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Revista Filipina

Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina

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Primavera 2016
Volumen 3, Número 1

     
Revista Filipina, Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Primavera 2016, Vol. 3, N
úm. 1

A
RTÍCULO
PDF: Teoría del Filipinismo…Aullón de Haro
PDF: Revista Filipina–Primavera 2016


TEORÍA DEL FILIPINISMO SEGUIDA DEL EJEMPLO GÓMEZ RIVERA

PEDRO AULLÓN DE HARO


I

FILIPINISMO” COMO CATEGORÍA


Es preciso proceder a la categorización de las tendencias, conceptos y saberes específicos relativos a materia filipina mediante la denominación estable de ‘Filipinismo’ y plenamente provista, en consecuencia, de sentido tanto cultural como disciplinar. Es “preciso” sencillamente porque la claridad y organización permite no sólo evitar esfuerzos inútiles por dispersos o confusos sino que hace posible construir una imagen de lo que hay y de lo que se pudiera hacer, permite un programa de trabajo y facilita un criterio bien fundado para el ejercicio del juicio y la investigación. Aquí se va a efectuar mediante ‘filipinismo’, al menos en alguna medida, una constatación, pero también y señaladamente una propuesta como Ideación del Filipinismo. Ello, en conjunto o por partes, pudiera ocasionar ciertas reacciones colaterales, lo cual es ya otro asunto y ahora no nos concierne. Conviene actuar sin presuposición metodológica alguna y empezar por el principio, que en este caso es la importante cuestión terminológica del marbete.

      Una visión no ingenua de la realidad y los mecanismos de investigación nos obliga a advertir en principio que: a) la terminología no es únicamente realización lingüística sino también epistemológica; b) la epistemología disciplinar no es aislable de las formaciones y corrientes culturales; c) del mismo modo que estas formaciones y corrientes se sirven por necesidad del trabajo lexicológico, éste no ha de ser ideológico, si bien la ideología es parte de la realidad léxica, aunque el estudio léxico se quiera o mantenga ajeno a aquélla, ajeno a un orden de creencias; d) pero al igual que ideas y palabras, creencias y estimativas pueden formar parte de la Historia de las Ideas o de la Historia de la Cultura, estas historiografías han de evitar confundirse con aspectos de la ideología que puede interferir o sobreponerse al tomar por objeto a aquéllas. Finalmente (e), en determinadas situaciones, es exigible la propuesta de una acción epistemológica tendente a la evitación de males de procedencia extraña y a la consiguiente formación de una posición de sentido propio.

      En términos de argumento teórico, nuestro propósito es comenzar por el principio, y para el caso esto exige, como ha quedado dicho, el examen del término ‘Filipinismo’ y todos sus campos significativos de relación. Diríamos que a este término corresponde, según dicta la conciencia lingüística del hablante hispano bien formado, la mejor atribución tanto del aspecto histórico-cultural e incluso científico como de la naturalidad expresiva necesaria a fin de poder asumir con normalidad la dimensión y eficacia requeridas por la determinación del fenómeno a designar y su campo (campo no ya léxico sino disciplinar), ciertamente extensos, que nos ocupan. Otras posibilidades morfológicas o derivativas de la palabra, a partir tanto del lexema base como de la gama terminológica establecible en el régimen de posibilidades de los marbetes generales de denominación de disciplinas, se revelan en español, ya a primera vista, según comprobaremos, de cualidad y capacidad lingüísticas inferiores, complementarias, subsumibles o parciales, por causas varias que será preciso examinar punto por punto. Entre esas otras posibilidades a delimitar sobresale, desde luego, ‘Filipinística’, en muchísima menor medida ‘Filipinología’, pero también procede sopesar otras varias realizaciones y problemas adyacentes, como veremos, y no sólo terminológicos.

      Las lenguas española y filipina comparten en razón de la convergencia histórica y la carencia de contradicción idiomática una similar regulación acerca de la creación de nuevas palabras. En general y en cualquier lengua occidental, el muy debatido sufijo ‘–ismo’ (o sus equivalentes) remite sobre todo a ‘tendencia’, o escuelas o corrientes, más que a concretas disciplinas, pero a veces las presupone. También puede remitir a ‘preferencia’, ‘actividad’ o ‘actitud’, o frecuentísimamente a alguna concreta especificidad científica o especializada. Por otra parte es de recordar que en lengua española existe una contextualidad y una flexibilidad considerables cuando la posibilidad de asimilación viene avalada por los usos. Y esto se diría equivalente, o que se puede trasponer, a la lengua filipina. Todo sea dicho, pues las cosas son las que son, en el caso que nos ocupa pesa sin duda y mucho la analogía y el contexto lingüístico creado por ‘Hispanismo’, que presupone disciplinas, si bien su valor es más general. Pero vayamos por partes.

      Es sabido que los términos de categorización periodológica, sólo secundariamente disciplinar, así relevantemente el par de las categorías histórico-estilísticas ‘clásico’ / ‘barroco’, y ‘clasicismo’ / ‘barroquismo’ (en parte deudores de ‘antiguos’ / ‘modernos’), que transversalmente atañen a las diferentes artes e incluso a las manifestaciones socio-culturales que en general encierran a aquéllas, describen una función especificativamente adjetiva y disponen de un carácter y un ámbito aplicativo de amplia dimensión, no ceñida a utilizaciones restringidamente técnicas o sin lugar y uso fuera de los límites cerrados del campo especializado. La otra opción morfológica a convocar, dentro del mismo ámbito histórico-estilístico, es la sobrevenida en breve tiempo, por histórica y natural, de ‘Romanticismo’ y ‘Vanguardia’. Se trata estas últimas de designaciones de objeto artístico y enclave periodológico producidas por los hechos históricos culturales inmediatos y revolucionarios, de modo parangonable a como un hecho bélico acontece, y efectivamente algo parecido fue mediante dos sustantivos y sus derivaciones (el primero alemán aunque de raigambre románica). Es decir, ocurrieron y el suceso léxico involucrado superó la posibilidad de posterior reflexión terminológica acerca del proceso y acuñación del mismo. Y el hecho por demás es que, en lo sustancial, con todo ello se refieren primordialmente objetos y no disciplinas en tanto que constructos de ciencia.

      ‘Filipinismo’ posee una primera acepción, de grado semántico menor a aquella global que aquí se propone, relativa a elemento o aspecto concerniente al idioma español de Filipinas, a la variante o rasgos que éste configura, o también por extensión, cabría añadir de manera natural, a las lenguas filipinas y, a su vez, al interés hacia la cultura que éstas representan. Matices aparte, esa primera acepción es la universalmente adoptada durante la época contemporánea en diccionarios o repertorios en general, no sólo de lengua española o de lengua filipina
1. Pues bien, en evidente sentido constructivo y de fuerza designativa, y dado que la lengua española es inherente al general proceso histórico filipino en tanto que formación cultural elaborada de la nación, esta acepción primera constituye en realidad una base de identificación esencial y en cierto modo garantista a propósito de una segunda acepción de mayor horizonte y alcance, esto es disciplinar, frente a la mera determinación referida de característica idiomática, y sobre la cual viene precisamente a constituir o incrementar, como antes ha quedado dicho, una distinción de grado. En su Diccionario de filipinismos, Wenceslao Retana incluye los términos ‘Filipinismo’ y ‘Filipinista’, términos por necesidad semánticamente contiguos, otorgando al primero dos acepciones que vienen a determinar a grandes rasgos sus dos esferas de significación: “Vocablo o giro propio de los que en Filipinas hablan la lengua española. || 2 Amor y apego a las personas y cosas de Filipinas”2. Únicamente faltaría a la segunda acepción el concepto de tendencia o escuela (que acaso se pudiera dar por presupuesto) y científico-humanístico o disciplinar para alcanzar la totalidad de sus posibilidades.

      Por todo ello ‘Filipinismo’, de no existir una razón lingüístico-terminológica fuerte y perturbadora, y no existe que conozcamos, es por principio el término a seleccionar como designación mayor, ya de las inclinaciones, influencias bilaterales o receptividad, ya de saberes o estudios y, en fin, del campo más estrictamente disciplinar que toma por objeto las entidades culturales, el pensamiento y las lenguas filipinas, o ya, por extensión, todo aquello perteneciente al archipiélago o al mundo filipino digno de ser objeto relevante de consideración humanística o capaz de ser referido significativamente a éste
3.

      Acaso convenga recordar que la discriminación de los diferentes regímenes de terminologías, ante todo las de valor genérico, por así decir, responde al curso de un proceso cuya aplicación en primer lugar ha de atender, bien a un criterio histórico natural de uso, o bien a la aplicación de un criterio netamente metodológico. Si ‘Ética’ o ‘Romanticismo’ resultan del primer término de la dualidad referida, ‘Bioética’ o ‘Prerromanticismo’ resultan de la aplicación del segundo criterio o de invención metodológica artificial. Pudiera decirse, de otra parte, que todos los objetos disciplinares poseen carácter multiplicativo y concurrente, sea por adición interdisciplinar o comparatista, sea por progresión propia o evolución de las ciencias. Y del factor desempeñado por el logro del éxito verbal o éxito terminológico, depende el resto. Ahora bien, no entraremos aquí en un examen de la intrincada casuística conducente a las bases de logro del éxito lexicográfico, si bien ‘Filipinismo’ es el marbete que se nos ofrece provisto del más natural y comprehensivo desenvolvimiento, tanto en idioma filipino como en español, lengua ésta por demás en la cual la actividad que le da contenido fue creada. Pero el ‘Filipinismo’, como es evidente, habrá de proyectar plenamente y por antonomasia su propia y plena vida en lengua filipina, en la propia lengua de la cultura objeto de estudio.

      Tanto en el ámbito de las Ciencias humanas como en el de las físico-naturales, las denominaciones disciplinares han de poseer una capacidad general y unívoca válida y común ya en el rigor estricto, ya en una más laxa utilidad en el plano de la divulgación. Esto, como es evidente, queda con frecuencia amparado en una base que no es sino la de adecuada formación de palabras, originariamente constituidas como terminología disciplinar o no, pero directamente griegas o también a su vez latinas, tal cual, sin reescritura, y así ‘Retórica’, Gramática’ o ‘Filología’, ‘Biología’, ‘Botánica’ o ‘Geometría’. Por común, sin duda, el término ‘Historia’ ha sido semillero de las mayores ambigüedades imaginables, disciplinarmente o no. Lo cierto es que el peso de la tradición milenaria supera y entreteje de mejor o peor manera cualquier circunstancia contextual de época. Ahora bien, los campos disciplinares de neta definición moderna y que responden sin embargo a realidades cuya existencia radica ampliamente en el mundo histórico y de la vida humana y no sólo en un puro proyecto de ciencia, exigen un añadido de
naturalidad y de solvencia contextual discursiva en menor grado exigible a campos correspondientes a mundos cerrados tal los especializadamente limitativos y por tanto terminologizados al modo de un lenguaje constituido a la manera de código artificial4. Esta doble condición es ciertamente la exigible a ‘Filipinismo’, es decir al sentido amplio y a su vez disciplinar que enunciamos. El espacio de significación que ‘Filipinismo’ ha de cubrir concierne como es obvio no a una ‘ciencia’ pura, ni a una sola disciplina autónoma, según también es evidente, sino (a) al dominio extenso de saberes y formaciones culturales al tiempo que (b) al exigible campo a definir por la gama de disciplinas que en él por necesidad concurren, desde la serie de la Filología a la de la Historiografía y la Antropología, y ello en virtud del objeto de estudio y las consiguientes variantes o problemáticas que a éste se pudieran adscribir. Es precisamente el objeto o conjunto de problemas aquello que en último término ha de definir al Filipinismo, sus metodologías y gama disciplinar. En adelante observaremos, entre otras cosas, la posibilidad, interna al ‘Filipinismo’, de una ‘Filipinística’.

      La pertinente observación versátil de la
analogía contribuye notablemente, como siempre en estos asuntos, a dilucidar dificultades y orientar establecimientos. ‘Filipinismo’ posee un valor de todo punto más general y comprehensivo que ‘Filipinística’ y ‘Filipinología’. Siendo ‘Filipinística’ fórmula de designación disciplinar de todo punto seleccionable muy por encima de ‘Filipinología’, en virtud de sus posibilidades de universalidad terminológica, automatismo y frecuencia, es inobjetable sea tomada en cuenta aquí relevantemente. ‘Filipinística’ sería preferente, desde luego, en lengua alemana, también en ruso5. No cabe omitir que ‘Filipinología’ analogiza sobre todo, aun de manera difusa o inapropiada, con la cenital formación humanística universalizada y tradicional de ‘Filología’’6, pero por supuesto no en relación al estricto concepto abstracto del ‘logos’, aunque extensísimo por atinente a las triples series disciplinares de la Ciencia lingüística y la Ciencia literaria (ambas formantes en justo sentido de dicha ‘Filología’)7, sino en el restringido a designación de localización concreta de una cultura y una lengua o familia de lenguas. Este rango amplificativo de ‘familia de lenguas’, en principio y dado el mosaico del archipiélago filipino, por dimensión fundamentaría sin duda un mayor sentido científico, sentido similar al de ‘Romanística’ o ‘Eslavística’8. De otra parte, y puesto que es necesario contar con la denominación a aplicar a quien ejerciese dedicación sobre la materia, se ha de partir en esto del hecho dado del uso establecido, ampliamente documentable y repertoriado de la palabra ‘Filipinista’ para aquel que se aplica al estudio de las lenguas y literaturas filipinas y su cultura; término naturalmente correspondiente del asimismo frecuente ‘Tagalista’, que no sería sino una especificación dentro de aquel otro más general. Creo innecesario entrar en particularizaciones posibles como las referentes a las lenguas cebuana, bicolana, ilocana y restantes miembros de la familia malaya filipina, incluido el criollo chabacano, y aún menos en incidencias muy laterales como la del árabe. Un elemento como el constituido por la lengua china ha de quedar, por decirlo así, sin institucionalidad propia más allá del adecuado estudio de su interesante ingrediente. Excepción habría que hacer de la lengua inglesa, no ya por su presencia en modismos y jergas muy extendidos, sino en tanto que algunos autores la han cultivado, sobre todo Nick Joaquín (1917-2004), el más o el único relevante entre todos ellos, y ya “clásico”, además como gran artífice de materia hispanofilipina9. En fin, si ‘Filipinista’ se atribuye con naturalidad a ‘Filipinismo’, igualmente es reconocible también para ‘Filipinística’, pero ya resulta en contravención respecto de ‘Filipinología’, que inevitablemente habría de exigir ‘filipinólogo’. Wenceslao Retana usaba y definió ‘Filipinista’ como “Persona que estudia y cultiva las lenguas, etnografía e historia de Filipinas”, añadiendo que es palabra: “comunísima. Y con tanto derecho para ser aceptada como americanista y orientalista. Verdad que los filipinistas somos relativamente pocos; pero no creo que sean muchos más los egiptólogos, que han logrado hospitalidad en el Diccionario”10. Este aspecto corrobora asimismo la prevalencia, pues, de ‘Filipinismo’.

      Por lo demás, la analogía más plausible y de autoridad en favor de ‘Filipinología’ sería la referente a ‘Sinología’, asentada en toda Europa, y sus correspondientes de Asia del Este: ‘Niponología’ (también ‘Japonología’, cada vez en mayor uso) y el más incipiente, sobre todo en español, ‘Coreanología’ (que presenta vacilación con ‘Coreanística’, pero que por evidentes motivos regionales, de no haber otros que lo invaliden, debe sobreponerse a este último), que le son deudores irrenunciables. Ahora bien, y esto es decisivo en este punto, a diferencia de la realidad étnica y civilizacional que asumen todos esos rótulos disciplinares, la base asiática filipina es malaya y, en su formación disciplinar, de fundamento occidental hispánico
11.

      ‘Filipinística’, según se ha podido ver, cedería sin duda, caso de ser propuesto, como valor general ante la sólida, necesaria e históricamente constatada amplitud de ‘Filipinismo’, es decir no ya por una acaso discutible mayor factibilidad fonética y morfológica sino por la capacidad de esta última entidad a la hora de subsumir a aquélla como posible parte. Esto es, el valor general de ‘Filipinismo’ puede subsumir la más restringida dimensión, limitadamente disciplinar, de ‘Filipinística’, aun refiriendo varias disciplinas y no sólo Filología, que ése es otro problema, pero no a la inversa. (Quizás sólo en una circunstancia como la alemana pudiera concebirse en sentido inverso, pero para ello tendría que haberse habilitado en esa lengua el término general correspondiente a ‘Filipinismo’). Lo cual significa a su vez que, en las culturas hispánica y filipina, que son las directamente concernidas, el marbete ‘Filipinística’ exige en cualquier caso la permanencia del global ‘Filipinismo’, mientras que este último puede superar por integración la posible necesidad científica y funcional de aquél, o en el peor de los casos encuadrar la mutua convivencia entre la designación generalista incluyente y la particularizadora, de restricción filológica. ‘Filipinística’ exigiría en las culturas filipina e hispánica una determinación de contenido filológico estricto casi inequívoco o, a lo sumo, de varias disciplinas pero en rigor delimitadas, lo cual es muy valioso, pero en exceso restrictivo. Quizás el uso y el trabajo en favor de su redimensionalización, pudieran conducir a una extensión
ad hoc más adecuada a las necesidades que la realidad suscita. La otra opción comparable es justamente la constituida por ‘Comparatística’ y ‘Comparatismo’, siendo la diferencia sustancial que éstos designan previa y limitadamente no un objeto sino una metodología, la gama de las ‘Metodologías comparatistas’, no una disciplina autónoma ni un objeto estable inherente tal sucede en ‘Germanística’ o ‘Romanística’. Con todo, frecuentemente ‘Comparatística’, si bien hubiera de ser en principio referible a todo sector disciplinario de método relacional o comparatista, ya fuera ‘Educación’, ‘Derecho’, ‘Antropología’, o ‘Biología’, ‘Anatomía’… comparadas, etc., por lo común refiere sin embargo dos campos metodológicos de todo punto preferentes: ‘Lingüística comparada’ y ‘Literatura comparada’.

      En consecuencia, ‘Filipinística’, por razones de factible y coherente dimensión entitativa, histórica e integradora, en el caso de que hubiera lugar a su particular desarrollo, será aceptable como marbete global relativo a la serie temática filipina de Filología, Historiografía y Antropología. La evolución de los usos de la ciencia real dirá.

      Por otra parte, el adjetivo ‘filipinístico’ ciertamente ha de quedar como palabra especializada, terminologización subsiguiente al usual adjetivo inmediato, ‘filipino’, de modo análogo a como ‘teorético’ lo es respecto de su anterior ‘teórico’. Véase esto mediante ejemplo de completa coincidencia morfológica: ‘humano’/ ‘humanismo’/ ‘humanístico’, de grado más general pero sobre el cual semánticamente asienta, en relación de
pars pro toto, ‘filipino’/ ‘filipinismo’/ ‘filipinístico’. Mientras, la sustantivación ‘lo filipinístico’, perfectamente aceptable, más pareciera sin embargo, al menos en cierta medida, un artificioso cientificismo a evitar a no ser en los casos en que la dimensión metateórica lo exija por capacidad especial de precisión frente a su previo de designación, el habitual ‘lo filipino’. Aquí concurre desde luego ‘filipinidad’, que será necesario constatar, en su esencialismo tanto abstracto como ideologizado o ideologizable.

      ‘Filipinismo’ es correspondiente de ‘Hispanismo’ y, al igual que éste, formula una realidad reconocible por históricamente existente, aun de menor proporción, y, en consecuencia, realiza un concepto necesario. Es función la de ‘Filipinismo’ por naturaleza y sin duda relativamente equiparable a la desempeñada por ‘Hispanismo’, con independencia de en qué medida y sentido y, por otro lado, posible grado de relación mutua. Si la conexión histórico-cultural es evidente, la contigüidad conceptual y de las entidades ha de dirimirse en virtud de modo y parte. Un ‘Hispanismo’ bien formado debiera ocuparse de una relación solidaria estrecha con todo ‘Filipinismo’, cosa que no puede afirmarse que notable y permanentemente haya sucedido, de igual modo que tampoco a la inversa, si bien es muy probable que con distinta responsabilidad en uno y otro caso. Sea como fuere, la convergencia cultural y subsiguientemente científica existe por principio y por tanto el principal error sería un intento de evolucionar como si así no fuese. Actúese, pues, en razón y consecuencia.

      Por lo demás, el hecho lexicológico no sólo radica en que la posibilidad de ‘hispanístico’ en cuanto a ‘Hispanismo’ sea equivalente a la de ‘filipinístico’ en cuanto a ‘Filipinismo’. Porque ‘Filología’, y en menor proporción ‘Antropología’ e ‘Historiografía’, definirían el criterio disciplinario dominante que rige el conjunto del contenido real del marbete ‘Filipinismo’
12. Y por otra parte, resulta lingüísticamente poco o nada apropiado, o el uso lo ha decidido así, ‘Hispanología’ o ‘Filipinología’. Sin duda, la potencia léxica de ‘Filipinismo’, como la de ‘Hispanismo’, coarta toda posibilidad de desarrollo de ‘Filipinología’ y ‘filipinológico’. A diferencia del asentadísimo ya referido ‘Sinología’ y, parcialmente, ‘Indología’ frente a ‘Hinduísmo’, por la sencilla razón añadida de que este último designa también religión. Fuera del mundo asiático, es un régimen de derivación morfológica para el caso de disciplinas que identifican culturas poco menos que excepcional, frente a cuando designan entidades abstractas no directamente humanas, para las que disfruta de cierta preferencia. Pero no parece residir en el sufijo –ismo de las escuelas y tradiciones religiosas de ‘Confucianismo’, ‘Budismo’, ‘Taoísmo’ la principal condición permanente para la opción morfológica de ‘Sinología’, sino la imposibilidad de éxito de ‘Sinismo’ y la potencia científica de la morfología derivada de ‘logos’ y el copresente ‘Filología’. Ahora bien, es el valor general, y el previo asentamiento del término en su sentido más restringido, como bien muestra la doble acepción definida por Retana, aquello que ha dado lugar a la anteposición de ‘Filipinismo’. Y a su vez por ello ‘Filipinística’, al igual que ‘Hispanística’ induce a convivencia con el más general, necesario e integrador ‘Hispanismo’.

      En correspondencia con ‘Hispanismo’ / ‘Filipinismo’, el carácter esencialista de ‘filipinidad’ resulta por tanto un paralelo de ‘hispanidad’13. Así desde luego es documentable en la literatura hispano-filipina del siglo XX, y como valor convergente, al margen de que ‘filipinidad’ pueda referir sobre todo una ‘Filipinidad’ culturalmente emparentada o no con la posible acepción de ‘Hispanidad’, con mayúscula, lo cual históricamente fue un hecho, mediante lo cual un asunto léxico accede a su tematización, tanto en la historia sociocultural e ideológico-política como en tanto objeto de la rama disciplinar de Historia de las Ideas. ‘Filipinidad’ disfruta de razones léxico-semánticas inherentes y de importancia, y también de una analogía que con historia propia sustenta también una doble acepción. Es el caso, como en realidad no debía ser de otro modo, que el uso del concepto retórico elocutivo de ‘latinidad’, en su designación del tradicional establecimiento escolar español, ‘Escuela de Latinidad’, y correspondiente en sentido específico a la más amplia y primera de las secularmente llamadas virtudes o cualidades del discurso, existió en Filipinas como parte del sistema educativo14.

      Ha de añadirse, por lo demás, a la gama léxica delineada, no ya el par ‘hispanófilo’ / ’filipinófilo’, sino la hermosa y asentada palabra ‘Filipiniana’, la cual tradicionalmente suele referir tanto en español como en filipino el dominio bibliográfico referente o representativo de la cultura o de la literatura filipina, pero que en general pudiera indicar, según el valor significativo que impone el morfema sufijo –ano / –ana, y su variante –iano / –iana, aquello que es característico o perteneciente a algo o alguien, ya sea gentilicio o no, y que en el caso que nos ocupa se diría que representa un incremento o grado especializado por encima del gentilicio propiamente dicho, ‘filipino’, su posibilidad de sustantivación, y que por demás el término femenino ‘Filipiniana’ a su vez asocia la base del femenino en plural de islas ‘Filipinas’. La palabra, como es sabido, ha sido específicamente naturalizada por ciertos usos como los bibliográficos y mantenida, aun hoy, convencionalizada por la Biblioteca Nacional de Filipinas
15, llegando incluso a ejercer una expansión analógica con el término ‘Rizaliana’, según es evidente en tanto relativo a la bibliografía del héroe nacional José Rizal. El éxito de ambos términos es resultado, como no podía ser de otro modo, de una conciencia lingüística filipina hispánica.

      Finalmente, en el sentido del desiderátum al igual que en el de nuestra ideación, es necesario asumir la voluntad de una ‘Filología Filipina’, concepto ya utilizado, cuando menos, por Vicente Barrantes y Wenceslao Retana, y preferible por general, en tanto que marbete, a ‘Filología Tagala’, que habría de multiplicarse subdividido en tantos términos como lenguas, es decir ‘Filología Ilocana’, ‘Cebuana’ y demás. En términos de ciencia real, y por tanto de cuerpo organizado, conviene reconocer que nos encontramos en una situación casi inicial, y por eso también de posibilidad proyectiva que ha de ser en sumo grado autoexigente y cautelosa. La denominación ‘Filipinística’ y su principal carácter filológico tampoco obstruiría sin embargo (ni desde luego que así sea lo aconseja la normalidad científica y discursiva) la convincente asunción de ‘Filología Filipina’. Y el asunto es que ‘Filología Filipina’ ha de existir, es una exigencia irrenunciable, ya como rótulo algún día triunfante y plenamente integrado en la ciencia real o, cuando menos, como simple fórmula sintagmática y ventana a la espera de desarrollo y factibilidad terminológica, y en todo caso hemos de velar por la preservación de su sentido y la posibilidad de su incremento, especialmente en la medida en que su ideación continúe evolucionando a propósito de unos estudios de lenguas, por cierto nada recientes pues fueron tempranamente iniciados por los misioneros españoles en el siglo XVI y en la actualidad son imprescindibles para toda futura proyección filológica y desarrollo coherente del Filipinismo. Al fin, ‘Filología Filipina’ y ‘Filipinística’ son términos llamados en alguna medida a convivir en el ámbito científico, al igual que aproximadamente ‘Germanística’ respecto de ‘Filología Germánica, y/o Alemana’, y menormente ‘Hispanística’ respecto de ‘Filología Hispánica y/o Española’. Pero si en estas últimas muestras se trata de elementos nominalistas y de matiz sobre una extensa realidad construida, en el ejemplo filipino no se trata de meras convenciones terminológicas sino de principios que enuncian voluntad de ser y existencia.

      Todo lo referido responde a una discriminación epistemológica indispensable y que ha de ser necesariamente observada, si se pretende actuar en rigor. Ahora bien, sería ingenuo pasar por alto tanto la circunstancia de la problemática disciplinaria actual, su situación de incipiente, múltiple y por ello relativamente sujeta a provisionalidad, como no tomar precauciones respecto de la agresiva depauperación promovida notablemente contra las Ciencias humanas en nuestro tiempo, y casi desde mediados del siglo XX, vehiculada a través de la lengua inglesa. Y ello con independencia de que alcance a tener mayor o menor uso futuro el término anglosajón y a la moda de ‘Estudios…’, en nuestro caso ‘Estudios Filipinos’. Al igual que, y valga como muestra bien distinta, ‘Estudios de Traducción’. Éstos son usos cuya propiedad y funcionalidad normal puede ser tenida por conveniente en tanto que práctica discursiva, pero el asunto importante y de fondo es otro bien distinto, muchísimo más decisivo y grave y meramente reflejado por la acuñación de esos términos como marbete. Es así preciso subrayar el hecho de que en buena medida esos usos son simples rasgos que acompañan e, inconscientemente o no, atienden a un vergonzante y rectamente inviable por tergiversador abandono de la ‘Filología’, abandono fundado ya en confusos intereses administrativos o bien en oscuros intereses de indefendible aminoración del saber serio y la tradición en disciplinas que son por principio históricas. Es la aminoración indefendible representada en nuestro tiempo por la gran tendencia depauperadora que identifica dominantemente el marbete anglosajón de ‘Estudios culturales’, el cual es el correspondiente inmediato del intento de supresión de las ‘Ciencias de la cultura’ y, a su vez, de las ‘Ciencias humanas’
16. Por desgracia, la cultura anglosajona, que ha disfrutado desde finales del siglo XIX de una cuantiosa y magnífica pléyade de pensadores humanísticos, desde Emerson a Dewey, Santayana o Eliot y que durante décadas fue también ejemplo de Filología Clásica oxoniense, desde hace medio siglo se encamina dirigista e invasivamente a exportar no el gran saber de sus excelentes maestros sino la depauperación antihumanística representada en lengua inglesa, primero, por la sibilina epistemología antifilológica de Karl Popper y Roman Jakobson y, después, por la serie lamentable de los nuevos sociologismos al amparo acomodaticio de aquélla al tiempo que de una corrección política destinada en último término a salvaguardar la gran autonomía de la ciencia tecnológica (o sea, la mera ingeniería) y su proyecto de mercado global desculturizado y sin pensamiento. Todo esto significa la liquidación de las Ciencias humanas y de toda Filología como representación indispensable y más característica de éstas17. Sería funesto y un lamentable añadido que la incipiente situación científico-humanística filipina fuese significativamente víctima a su vez de tales exportaciones.

      La disquisición epistemológica no es un lujo de sociedades ricas rodeadas por un margen de inflación cultural, sino una esfera importante para conducir el pensar correcto y constructivo mediante el cual transitar desde el desiderátum hacia la ciencia real. Esto exige conceptos y palabras. En ello todos somos parte en la medida de la propia esfera de nuestras responsabilidades, usos y su posibilidad. Ciencia y Crítica son exigencias éticas, pero además la condición necesaria para el saber y el dominio propios que por principio no pueden ser abandonados a un juego de intereses extraño. Y es de notar que existe, aun en casos extremos, un amparo para la acción: es el de cierta excentricidad propiciada por una rigurosa inteligencia de los hechos en el marco de posiciones periféricas. Pues bien, en una situación como la filipina, en la cual científicamente está aún buena parte de la base por construir, sin duda será difícil sobreponerse a las más fuertes, y asimismo por inercia, tendencias exógenas y depauperadoras, a lamentables exportaciones masivas difíciles de contener, pero también sería factible anticiparse a la marcha de los acontecimientos y establecer una posición de fuerza propia razonadamente constituida en el ámbito y los valores propios.



II

LAS GRANDES ÉPOCAS DEL FILIPINISMO

Una visión general al modo de hipotiposis a fin de diseñar una imagen histórica integral del Filipinismo permite advertir, en primer lugar, de un hecho de valor general previo y, por otra parte, según argumentaré, de la existencia de tres periodos en la evolución del conjunto. En buena lógica y según directamente se comprobará sobre la marcha de nuestra exposición, sólo la determinación de una imagen completa, desde los orígenes hasta el presente, de la evolución del Filipinismo y sus formas variables, así como la entidad definible y sus dimensiones, puede hacer aprehensible el carácter y el sentido de las partes o épocas y el todo. Nuestro objeto corresponde tanto a Historia de la Cultura y la Literatura como a Historia de las Ideas.

      La especificación de la cuestión de valor general previo deriva de la sencilla comprobación de que el ‘factor hispánico’, en relación al mosaico de la cultura malaya preexistente a la llegada de los españoles, no es un simple factor, de mayor o menor intensidad, sino un elemento de inherencia sustancial permanente a partir del primer momento, y evolutivamente aun de distinto modo, pero indesglosable, por cuanto atañe a los aspectos constitutivos de principio, a los aspectos de formación significativa del conjunto y, finalmente, como también se indicará, a los aspectos de conclusión actual y en consecuencia de posible proyección futura.

      La discriminación de grandes ‘épocas’ o segmentos históricos nítidamente especificables del ‘Filipinismo’, es decir sin complejizaciones sujetas a artificio metodológico por multiplicación de datos particulares, muestra que las ‘épocas’, como dijimos, no son sino las formas, la expresión o manifestación cultural plena de aquéllas. A este fin, como decíamos, es imprescindible la asunción por su base del contenido general que determina el ‘factor hispánico’, por cuanto éste es no sólo parte sino principio y medio del estudio de las lenguas y culturas subsistentes, autóctonas, a la par que aportación de una completa cultura religiosa y un plan político-administrativo conducente a una organización social y educativa, aquella que produjo la resolución de una entidad política de nación no conjeturable de otro modo. Pequeños y grandes accidentes aparte, el mayor ciclo cronológico filipinístico arranca del inicio o encuentro y juego de relaciones e integraciones, o incluso las desintegraciones que hubiere, concurrentes en el tiempo entre el mosaico de la base malaya y el factor hispánico, que no es único pero sí el fundamental. Las ‘épocas’ del ‘Filipinismo’ no serían, pues, sino las grandes formas y las resultantes dimensiones en que tal proceso se manifiesta, y han de constituir por sí, no un aspecto entre otros muchos de la cultura filipina sino un aspecto central, fundamental y decisorio, el cual hace posible la comprensión de un todo en sus partes y éstas en cuanto descripción y síntesis reconstructiva de aquél.

      El pitagorismo del tres y su penetrante eficiencia ofrece la disposición periodológica de un Filipinismo que visto en su pleno largo alcance no es más que el modo esencial de la evolución del archipiélago en sus épocas culturales mayores. Sería posible, sobre todo en lo que se refiere a la época moderna y contemporánea, multiplicar, a partir de ciertos acontecimientos, las determinaciones periodológicas. Así especialmente en lo que tiene que ver con los desgraciadísimos acontecimientos de los años 40 del pasado siglo. Pienso que no resultaría clarificador, en el caso que nos ocupa, superar decrecientemente mediante concreciones las distinciones periodológicas mayores, aun esto a costa de dejar ciertos rasgos en semisombra. Ese cometido no niego que pueda ser conveniente en cierto sentido, pero desde el punto de vista del historiador general. Es decir, es preferible para nuestro caso un criterio fundado en la ‘larga duración’ y la ‘expresión’, teniendo presente, por otro lado, la dialéctica interna de la continuidad y la discontinuidad, y ello tanto en lo que se refiere a la producción intelectual constatable dentro del Archipiélago como exterior. Por lo demás, haremos observación aunque con brevedad de los momentos subrayables y sus vacilaciones, de principio y final, las fórmulas de expresión a veces emblemáticas, las circunstancias y manifestaciones fuertemente simbólicas y las señaladamente influyentes, los modos de transición y la variedad de límites que cabe barajar mediante datos cronológicos. Pero en cualquier caso no pretendemos, en ningún momento, ejercer función general de historiadores sino más bien de observadores de una cierta fenomenografía.

      Es de notar que cuando menos la primera gran expresión artística filipina de envergadura es eminentemente la de la arquitectura barroca, lo cual establece de hecho un marco de relación hispánica, el de una universalidad barroca concerniente a todas las épocas y culturas pero que a partir del Siglo de Oro español dio impulso y trazo a un intenso y riquísimo internacionalismo que cruza de Europa a América, donde se hace propio, o de España y México a Filipinas, donde como arte eclesial cristiano se asianiza y deviene asimismo expresión de valor propio18. En estas formas artísticas excepcionales tanto por concepto como por expansión nacional filipina diríase que se revela la potencia de una filipinidad expresiva más tarde cercenada.

      La primera época del Filipinismo permite identificar a éste con el característico y decisorio proceso cultural del archipiélago que cronológicamente corresponde grosso modo con los siglos XVI-XVIII. Existe, pues, para la determinación de orígenes no una dificultad procedente de lo difuso sino una posible vacilación procedente de la rica multiplicidad de elementos considerables, desde el mismo bautizo con el nombre de Filipinas o la fundación de la primera iglesia y escuela de catequesis, el establecimiento de Manila como capital de la nación en 1571, o acaso más emblemáticamente el establecimiento de la primera imprenta, la publicación del primer libro tagalo…19. O la fundación de la que será primera universidad, cosa esta última que nos conduciría ya a 1611 y resulta a todas luces excesiva. Podría tomarse todo ello como un proceso de orígenes. Se trata, como es obvio, y aquí sólo queremos indicar sus pivotes, de la cultura católica y las letras y las artes del occidente hispánico inseminados en este gran archipiélago de Asia, en el cual, al menos programáticamente, el colonizador no se propuso desarrollar actividad bélica sino ser recibido amistosamente por sus habitantes autóctonos20. El Filipinismo nace en consecuencia inserto y gracias a un proceso general político y cultural. Principalmente se trata, comenzando por lo menos específico, aunque sí base de las realizaciones subsiguientes más allá de la mera acción inmediata: a) de la formación de un tejido administrativo e institucional de gobierno; b) de la formación de una red eclesial evangelizadora y educativa visible aun hoy en el sólido y rico tejido arquitectónico y plástico que perdura como patrimonio de la Humanidad; c) del estudio y reconstrucción de las lenguas autóctonas con vistas a promover dicha evangelización, es decir la gran base que actualmente se ha dado en denominar “lingüística misionera”, así como las comprensibles derivaciones que sobrepasando lo catequítico filtran, junto a las modalidades de formación técnico-práctica, otras de formación espiritual e intelectual que enriquecen las potencialidades del espíritu subsistente.

      Hay varios elementos de potente fuerza simbólica y efectividad intelectual que pudieran ser tomados como hitos para señalar la conclusión de la primera época del Filipinismo. Entre éstos se diría científicamente decisivo, a nuestro juicio, el ciclo de organización y publicación conjunta de la familia de las lenguas de las Islas Filipinas efectuada por Lorenzo Hervás, el padre de la Lingüística comparada, entre 1784 y 1801, según los volúmenes correspondientes de sus ediciones, primero italiana y después en Madrid y en español del Catálogo de las Lenguas. Es éste un hito tanto de la historia lingüística filipina como de la Lingüística universal. O más bien, cabría pensar no sólo en la operación lingüística de Hervás sino como conjunto en la vertiente filipinista de la Escuela Universalista Española del siglo XVIII, que se prolongaría durante varias décadas del XIX y que podríamos aducir se cierra con Federico Faura21. Desde un punto de vista particularmente historiográfico todo conduce a pensar en la redacción del Estadismo de las islas Filipinas, del historiador agustino y tagalista Joaquín Martínez de Zúñiga, obra de principios de siglo más tarde editada por Wenceslao Retana (en Madrid en 1893) y que también tuvo versión en inglés22. Quepa además seleccionar una posibilidad francamente diversa, la que ofrece la muy avanzada fecha de 1861, año coincidente del nacimiento de José Rizal y la publicación de la cenital obra en tagalo abreviadamente conocida como El Florante, es decir Florante at Laura, del comediógrafo tagalo Francisco Balagtas (o Baltazar)23. El hecho es que el periodo 1860-1898 fue históricamente decisivo y representa un modo especial del Filipinismo y el comienzo de su llamada “nacionalización”, sobre todo en las distintas fases discernibles con posterioridad al fusilamiento de Rizal.

      Ha sido subrayado con toda razón cómo a mediados del siglo XIX coincide una serie de hechos en romper el aislamiento, de fuerte imposición geográfica, entre Filipinas y España, y ello será cultural y literariamente decisivo24. Si la segunda época del Filipinismo conviniéramos que irrumpe en torno a 1860, se ha de empezar por advertir: (a) que ésta expresa característicamente el lento surgimiento durante el siglo XIX de un proyecto de emancipación nacional que encuentra su cenit, también intelectual y artístico, en torno al Desastre del 98 y años inmediatos y, dicho en pocas palabras, fracasó por intromisión de una tercera potencia sobrevenida, y engendraría sin embargo, en parte indudablemente como reacción pero también como consecuencia del crecimiento educativo y la cualificación del tejido cultural y una reacción moral, (b) una fase subsiguiente, el momento más brillante de la literatura filipina en lengua española, su asentamiento aunque en pocas décadas interrumpido, que adoptó como móvil el impulso propiciado por la figura de José Rizal y el amplio entorno que le antecede y sobre todo le subsigue. Porque además la revolución e independencia, como es bien sabido, se hizo en español. Y así, tras el llamado “timo” en que consistió la independencia, la época de dominio norteamericano lo fue también, paradójicamente, y en esto existe acuerdo unánime, del gran filipinismo literario en lengua española. Este es el contexto central del Noventayochismo filipino, importante nexo intelectual y sentimental con la cultura española e hispanoamericana del entresiglos que puede comprobarse largamente en la producción poética de este periodo, eficiente expresión del sentimiento cultural de los intelectuales de la época25.

      Por otra parte, (c) el proceso político e ideológico había de producir necesariamente y en varias oleadas una explayación cultural nacionalista, de sentido autóctono o étnico, no monolítico, pero en cualquier caso a menudo, y desde luego crecientemente más, tan antihispánico como antinorteamericano, reproduciendo en otro modo y circunstancia la raíz y el trazo del conflicto bélico del 98. Pero el siglo XX traería de inmediato la acomodación norteamericana. Esto sin duda significa formas de expresión que por primera vez fracturan, y en doble sentido, la identificación hispánica del filipinismo y de alguna manera han pervivido, procurando una recuperación y revaloración antropológica desde luego necesaria, pero también en ocasiones a costa de crear, por una parte, una –y esto es importante- revisionista y falaz reinterpretación en lengua inglesa del pasado hispánico y, por otra, una mitificación histórico-cultural de fundamento ya legendario o ideologizado, según inevitablemente en alguna medida ha de crear todo nacionalismo. En cualquier caso, la perspectiva nacionalista encuentra, a nuestro juicio, su aspecto de Filipinismo sin duda más importante y mejor orientado, matices particulares aparte, en la reivindicación y desarrollo de la lengua propia, el filipino de base tagala y por otra parte la amplia familia de lenguas filipinas. Este desarrollo de la lengua propia hemos sostenido en otra ocasión que es el requisito inequívoco a fin de que Filipinas pueda finalmente alcanzar su construcción nacional íntegra formando un ciudadano y un país de conciencia y cultura propias, intelectualmente autoconscientes y por ello correctamente situados ante sí y ante el mundo26. Este es el único camino posible rectamente entendido, o lo es una vez interrumpido el proceso histórico afianzable en lengua española.

      Y en cuarto lugar (d) es de observar cómo, con independencia de la actividad filipinista más nacionalista, el hecho es que tras la discontinuidad impuesta por los desmanes de la década del 40 lo cierto es que la segunda mitad del siglo XX produjo asimismo una apreciable proliferación internacionalizada, si bien casi por completo dispersa, de la investigación filipinista27. El caso precedente de Fernando Blumentritt (1853-1913) constituye no sólo el más extraordinario y temprano anticipo filipinista a ese propósito sino una muestra casi insólita que debe contar entre las grandes singularidades del humanismo moderno, pues no responde a necesidades prácticas, ya políticas o geográficas y demás28.

      La segunda época del Filipinismo viene a delimitar un extenso periodo, productivo y políticamente complejo, intensificado por un proceso revolucionario que fracasa y deviene en buena parte reasimilado por un neocolonialismo inconsecuente para la cultura y un adecuado proyecto político del país. Esto se prolonga y languidece sin visos de resolución hasta finales del siglo XX o principios del XXI. Es el prolongado neocolonialismo de la diglosia y el fracaso. La diglosia es el gran problema filipino contemporáneo.

      La realidad cultural filipina contemporánea presenta una imagen intrincada y no fácilmente entendible a ojos del estudioso europeo. El cruce asiático/occidental de la misma y la extraña circunstancia neocolonial del país lleva buena parte en ello. Sea como fuere, el hecho es que la segunda época del Filipinismo describe una amplia aportación aún mayor de lo que ya en principio se pudiera creer, y cuenta, para nuestro principal interés periodológico, con los grandes maestros de su construcción moderna, si bien es verdad que aún no adecuadamente reconocidos ni rentabilizados. En todo ello desempeña una función destacada la proyección de la figura de Rizal, que si en tiempos de Blumentritt respondía a la égida de la presencia viva, al paso de los años vino a representar un emblema político y la peculiar, aunque inevitable y muy lenta, recepción de su obra29. Existe afortunadamente un apreciable número de filipinistas contemporáneos, pero es seguro a nuestro juicio que Wenceslao Emilio Retana (1862-1924) y Epifanio de los Santos Cristóbal (1871-1928) configuran a modo de tándem el ejemplar paradigma de la construcción del Filipinismo moderno, tanto por su base instrumental, en particular bibliográfica, como filológica y cultural de perspectiva rigurosa, ética y plena sobre la realidad del país30.

      Ahora cabe preguntarse acerca de si existen elementos que permitan fundamentar y conceptualizar una tercera época del Filipinismo. No procede para nuestro actual interés intentar la discriminación de pequeños matices a partir de lo antes referido, proceso que conduce su propia dialéctica interna y externa y sus mecanismos de continuidad, pero sí interrogarnos en un sentido que permita determinar elementos significativos capaces de orientar sobre en qué momento se encuentra o si ha finalizado ese proceso. O dicho de otro modo, ¿cuándo o qué elementos es posible establecer como significativos a fin de decidir acerca del surgimiento de una nueva época del Filipinismo, si es que tal cosa fuera así determinable?

      Los grandes elementos operativos de la “segunda época” tuvieron resolución, en lo que a nuestros intereses se refiere, mediante (i) la creación sólida de una literatura filipina en lengua española y su dirigida desintegración subsiguiente (que acaso culmina política y convencionalmente en torno a 1973 y, sobre todo, 1987, al ser ya postergado el castellano como lengua oficial de uso); en segundo lugar (ii), la creación del Filipinismo moderno, que hemos propuesto mediante los nombre de Wenceslao Retana y Epifanio de los Santos; y por último (iii), la expansión de un nacionalismo antropológico de base filipina autóctona. A resultas de lo cual se ha de preguntar, asumida la realidad histórica, qué aspecto está ausente en lo descrito y sería capaz de otorgar sentido completo y actual a una nueva época del Filipinismo.

      Tomando el nacionalismo antropológico, tanto el Pilipinismo como la Pilipinisasyon, al margen de sus aspectos más ideologizados lo cierto es que cabe seleccionar elementos que exigen especial atención. Pero en este punto es de observar muy señaladamente la inclusión de la lengua inglesa, por cuanto la cultura universitaria desarrollada en inglés llevó a cabo un importante proyecto de intercambio, quizás más bien suplantador y dirigista, de influencia norteamericana. Esto no quita la importancia y el reconocimiento que requieren, sobre todo, sus principales y dispares ejemplos, muy valiosos, que cabe ejemplificar en las obras de Damiana Eugenio y Bienvenido Lumbera. Es de subrayar, pues, el hecho neocolonial de la progresiva implantación generalizada en inglés del sistema educativo durante el siglo XX. Desde el más estricto punto de vista ‘filipinista’ también podría decirse que ello ha producido destacados órganos y medios de investigación, aunque se pueda discutir la densidad de su textura, pero en cualquier caso una consecuencia importantísima de esa opción político-académica consiste, aun indirectamente, en haber contribuido al sostenimiento y generalización de la diglosia en el siglo XX filipino. Bien es verdad, por otra parte, que la anglicización de los estudios superiores puede tener un sentido auxiliar, sobre todo bibliográfico (inmediatamente me referiré a este asunto y su amplio concepto, en nota). Es un fenómeno común y muy útil para muchos países, y desde luego también ha contribuido al Filipinismo, pero en este caso a partir de una situación de orden anterior, viciada de base y sirviendo por ello de cierre o culminación académica en pro de una deficiencia general de repercusión ejercida sobre el común de la sociedad.

      Son también de notar sin embargo, y además en tránsito del siglo XX al XXI, valiosas realizaciones que, teniendo por objeto la cultura y la literatura más autóctonas, escapan a cualquier sentido nacionalista o ideologizante y, por ello, contabilizan en estricto favor de criterios de razón científica que permiten vislumbrar un régimen cultural más moderno y avanzado, un estilo distinto y propio, tal sucede con trabajos que pudiéranse ejemplificar en obras como la del antropólogo Fernando Nakpil Zialcita, en gran parte escritas en inglés desde la Universidad Ateneo de Manila. Consideración aparte y altamente representativa merece la producción del muy notable filólogo Virgilio S. Almario, que actualmente efectúa una intensa labor en la Academia de la Lengua Filipina (Komisyon sa Wikang Filipino), naturalmente en idioma filipino31.

      Es de señalar que el siglo XXI ha deparado ciertas evoluciones entre las que no cabe omitir la asunción del idioma filipino y las demás lenguas autóctonas en la enseñanza primaria, lo cual habrá de incidir en una disminución de las muy extendidas en el país fracturas educativas y patologías lingüísticas disléxicas, consecuencia de un grave error educacional durante largos años sostenido. Ciertamente, en el terreno de la administración política oficial se han dado algunos pasos relevantes, aunque muy tardíos, a este propósito, pero falta por iniciar el plan y decisión clave, que sin duda consiste en la implantación progresiva de un sistema universitario en la propia lengua nacional o, cuando menos, limitador de la oficialidad de la lengua importada a posición auxiliar32. Esto es simplemente exigible en un país que roza los cien millones de habitantes y los intereses generales inducen a atajar los importantes problemas generales.

      Tomando ahora por objeto el referido gran momento de la literatura filipina en español, que puede darse por desintegrado tras la guerra, cabe decir que la segunda mitad del siglo XX describe en este sentido un periodo de decadencia en virtud de sus producciones dispersas, de cuya irradiación, a veces pesimista, también surgen ciertas reflexiones y balances. Además de algunas contribuciones de materia política, administrativa o pedagógica, y sobre todo los trabajos lingüísticos formalistas de Antonio Quilis33 e historiográficos y literarios de Pedro Ortíz de Armengol34, lo subrayable consiste en varias investigaciones de historiografía literaria, muy valiosas aunque no de gran envergadura, que comienzan a publicarse en 1964 en Manila y podemos decir, salvo error, que concluyen en Madrid simétricamente en 1974, o mejor en 1999, como noble expresión intelectual y languideciente de la historia literaria de la primera mitad crecida del siglo, “filipinohispana” según a veces se designan35. Son por tanto trabajos de estudio histórico, de conclusión retrospectiva, a los cuales otorga un cierto replanteamiento la última aportación historiográfica literaria del siglo, en 200036.

      Pero de manera análoga e incluso más amplia a como advertimos en el caso de los estudios que toman por objeto la cultura más autóctona, los primeros lustros del siglo XXI también han deparado la creación, y distintivamente en lengua española, de una serie de investigaciones humanísticas que representan un verdadero cambio de perspectiva, un criterio renovador tanto en el horizonte en los estudios históricos como en el de la expresión filipina en las lenguas autóctonas y en lengua española. Esto con la capacidad necesaria de reconocer una especial y limitada existencia literaria sin perder de vista su significación reconocible y abierta al futuro en una época globalizada en la cual el hablante filipino español puede incluso azarosamente reencontrarse con su propia lengua y toponimia hispánica como lengua viva en cualquier lugar del continente americano o ya en la ilimitación cibernética. Se trata ahora de un Filipinismo asentado en las Ciencias humanas, en la historiografía y la filología, capaz por ello de afrontar sin ideología los estudios históricos en amplio sentido y las lenguas filipinas incluidas el criollo chabacano y el español junto al estudio de la literatura del archipiélago en sus diversas lenguas37. Los primeros lustros del siglo XXI permiten constatar la producción, en un fértil cruce hispanofilipino, de lo que decididamente podemos nombrar como la instauración de un Filipinismo en tanto que campo disciplinar estable, fructífero y actual. Es decir, un nuevo Filipinismo. La producción bibliográfica así lo atestigua ininterrumpidamente durante los últimos lustros, tanto por solidez temática como por cualidad metodológica38.

      La nueva base de estudios ha sido rigurosa y muy abundante durante los tres primeros lustros del siglo XX. No tanto en lo que tiene que ver directamente con la efeméride del centenario del 98, que todo sea dicho produjo una decena de sólidas investigaciones históricas, más varias de economía y alguna de geografía y medicina además de varias ediciones de textos clásicos y exposiciones con sus catálogos, producción que se vuelve a mantener al año siguiente pero algo más atenuada y con menor dimensión historiográfica. La excepcionalmente extraordinaria creación de estudios puede afirmarse que consiste en el mantenimiento español de una producción de investigaciones que en el periodo 2000-2015 ha tenido como resultado un centenar de monografías, entre las que cuentan unas cuatro decenas de materia histórica y adyacentes, a menudo en relación americana y comparatista, como bien manda el Galeón de Manila, y no siempre ni mucho menos por tratar de viajes y exploración o del desastre del 98, sino de una comparatística forjada en la voluntad de la exigente determinación interna de su objeto, sea hacienda y comercio, aspectos histórico-antropológicos, órdenes religiosas y evangelización, arquitectura o fortificaciones y artes y demás. No podrá decirse que todo ello se ha forjado de la nada o sin un pasado, pues lo hay de siglos de múltiple documentación, y de ciertas obras sobresalientes, pero constituye un hecho excepcional y significativo la renovación y productividad historiográfica referida. Lo cual sin duda contribuye de manera decisiva a la evidencia de una tercera época filipinista.

      Esta nueva historiografía es resultado, no sólo pero sí eminentemente, de dos Grupos de Investigación dedicados al estudio de Asia-Pacífico y de los imperialismos, con clara definición comparatista y de superación por tanto de objetos delimitados por nacionalidades. Son Grupos afincados en Madrid y Barcelona, encabezados por María Dolores Elizalde y Josep María Delgado y Josep María Fradera.

      Con todo, muy limitativo sería especificar un nuevo Filipinismo de la Historiografía sin Filología, sin los objetos ‘lenguas’ y ‘literaturas’. Hemos sostenido, con Huizinga, que en Ciencias humanas casi todo es Filología, pero tal afirmación tiene un sentido muy general y sólo parcialmente técnico. El sustancial tronco filológico, sin duda más lento, pero el único capaz de afirmar las Ciencias humanas y el objeto humanístico frente a la disgregación sociológica, ha de atender tanto a Ciencia lingüística como a Ciencia literaria, en el primer caso referido sobre todo a la gran tradición de la lingüística misionera, sin la cual nada hay, sobre todo sustentado en España por los investigadores Joaquín Sueiro Justel y Joaquín García Medall, y en el segundo caso, literario, sobre todo por el Grupo de Investigación Humanismo-Europa. A todo ello convendría sumar Revista Filipina, dirigida por Edmundo Farolán y editada por Edwin Lozada, publicación electrónica que cuenta entre las decanas de la red y ha venido a cubrir un gran espacio cultural del cual han desaparecido las revistas tradicionales en papel.

      Las nuevas perspectivas de estudio, ya abandonada la vieja mirada retrospectiva, discontinuamente desarrollada y languideciente, vienen a definir una diferente época, por lo demás abocada a la defensa humanística de las entidades propias frente a la actual vehiculada en lengua inglesa, idioma que en horquilla ha producido un doble puente difícil de sobrepasar pero, en cualquier caso, conducente a la diglosia. Se trata de la programación de una nueva consciencia filológica y filosófica, comparatística, desde la cual es posible concebir que la globalización ha de ser dotada de sentido, en la seguridad de que la cultura filipina, por razones tanto históricas como de futuro, debiera, aun desde la flaqueza, promover un gran esfuerzo, en la consciencia de que éste la hará constituirse en un lugar clave para tales aspiraciones y la lengua española uno de sus medios de decisión.

      En este sentido es de afirmar que el siglo XXI ha deparado la conformación de una tercera época del Filipinismo; un filipinismo atento al conjunto de la historiografía y las disciplinas y saberes requeridos y, desde luego, a las grandes lenguas concernidas. Esta es la nueva base filipinista, asentada distinguidamente en español mediante un tejido de investigación al que sólo falta su necesaria incorporación a los planes de estudio universitarios y al currículo académico. El nuevo Filipinismo posee un incisivo significado como posibilidad de verdadera construcción disciplinar y nacional filipina. A ella puede aportar, acaso aún modestamente, un saber y una práctica filológica indispensables para la constitución de una cultura elaborada capaz de crear un completo sistema académico y su correspondiente estadio científico en la lengua propia, única en la que es posible construir verdaderamente un país. El futuro dirá si se trata de un éxito para la nación filipina o de una recaída en errores del pasado.




III

EL EJEMPLO GÓMEZ RIVERA


Un ‘ejemplo’ puede ser tomado en positivo o por negativa. El buen ‘dar ejemplo’ pertenece al primer caso, aproximación al modelo o arquetipo digno de ser imitado; el segundo caso se refiere a lo rechazable, a lo sumo un valor anecdótico o a algo que encierra moraleja, alguna capacidad demostrativa. O el exemplum, que en Gómez Rivera procede como subsistencia de la segunda época del Filipinismo, de su último periodo más áspero, y ha alcanzado, al final de un camino casi inhóspito, a atravesar las puertas de una nueva época con su profecía. Una profecía que no era sino simple y certero diagnóstico de un estado real de cosas. Como figura individual, es la figura del valor de la fidelidad y la vida en el ‘principio’, aun a veces penetrado de mixturas, como los sentimientos cruzados de antigua invención agustiniana.

      El ejemplo Gómez Rivera lo es en primer lugar y en todo caso de aquello que en Comparatística o en Literatura comparada, es decir en campos metodológicos, se suele denominar talentos dobles, o multiplicados, mejor diríamos. Gómez Rivera posee, como en distribución aristotélica, la virtud de los medios auditivos del canto y el visual de la danza y el espectáculo, y además el historiográfico de la crónica y el memorialismo, el folclorístico de la canción y los usos y costumbres, el práctico del magisterio, y la filosofía moral del camino perpetuo, fiel a su propia fidelidad. El filipinismo de Gómez Rivera, sabido es, consiste en una expresión, acaso la más apasionada, del hispanismo contemporáneo, difícilmente parangonable tanto por la singularidad de la ‘figura’, o del paradigma que representa, quién sabe si trufado de amor profundo familiar y humano, quizás mixtura personalista, dura e insondable, así como por el universo filipino que en total representa y del cual constituye sumo ejemplo y enciclopedia activa.

      En la obra y en la acción de Gómez Rivera se reúne el saber y el respeto por la primera y gran época del Filipinismo, cuando la cultura autóctona se entrecruza con la hispánica; pero también reúne la visión y comprensión directa del florecimiento de la segunda época, ya entrado el siglo XX, que él hereda, para finalmente alcanzar, hoy, las puertas de una actual tercera época filipinista, en nuestro tiempo de Globalización. Pues bien, esta tercera época hubiese comenzado de otro modo, la hubiésemos alcanzado con mucho menos pertrecho, sin la presencia viva de Gómez Rivera y su afán por el idioma vivo, históricamente sobrevivido. De otro modo, la memoria y la vida filipinas configurarían un saber y una experiencia mucho más deficitarios.

      También consiste el ejemplo Gómez Rivera en una figura del alegato, por no sometido, pese a la espereza y la posibilidad acomodaticia o la historia de sumisiones sucesivamente acaecidas en el curso de los años, cosa que le convierte en solitario en su patria. Pienso que el concepto de resistividad sería adecuado a este especial caso de Gómez Rivera, el raro paradigma que ha hecho posible un modo activo de transmisión y subsistencia, la entrega de su lengua y su filipinidad como hispanidad viva. Esto representaría, ya por sí mismo, un lugar propio, arriscado y encumbrado del idioma. Es, hoy por hoy, el don que acrisola y simboliza la narración y memorial Quis ut Deus, primer Premio José Rizal de las Letras Filipinas.

      Como es sabido, la separación extremada clarifica la entidad de los conceptos. La posición en que ha perseverado Gómez Rivera eso permite. El costoso precio de este camino, pues conduce la vida y no se trata de una mera operación, es el propio de la travesía del desierto, o de un lugar hasta ahora cada vez más desertizado, si así se pudiera decir, hasta cuando el caminante resulta personaje solitario. El solitario sediento puede padecer espejismos, pero le salva la memoria. Entonces se convierte en paradigma. No se trataba de profetas, pero al final puede también atisbarse, como si hubiera permanecido prolongadamente en secreto, la profecía. Y el hecho es que el solitario está abocado a una obra solitaria, peregrina como él mismo en su patria. Quis ut Deus es una novela autobiográfica poblada de gentes, pero creación solitaria, razón muy importante porque significa un camino de pobreza y llevar a las espaldas el todo como responsabilidad del idioma, manteniendo como a hurtadillas la comunicación con el mundo en torno, con la prosa de su lengua y el pasado. Lengua tan inmensa como inmensamente lejana, y hoy sin embargo a retazos atrapada en red digital. Pero, Quis ut Deus surge como comunicación literaria tan sólo en la estricta medida inmediata en que lo permite la permanencia en la propia esfera de su idioma, la cual no es más que la de la memoria, memoria fabulada paradójicamente por más real, y la de los escasos lectores propios del lugar. Es decir, testimonio y fábula para pocos, o para el futuro, o mejor dicho ambas cosas a la vez.

      Por todo ello se trata también de paradigma histórico y alegoresis, no artistización. No es el caso. Aquí el arte en su sentido de artificio narrativo no se propone un intento de superación finalista de la propia memoria. Se trata de supervivencia de la palabra y “antropología”; el pasado como única posibilidad de futuro trazado desde un presente precario, y el proyecto de futuro como encuentro deseado del sí mismo o fe en lo que vendrá. El milagro es que la desesperanza no haya podido vencer la fe.

      La prosa hispánica de Gómez Rivera no está deslocalizada, lo que sucede es que su horizonte y su brújula no son los del discurso literario naturalmente situado, del discurso mexicano, bogotano o madrileño, de México, Colombia o Madrid, lugares grandes por el habla, donde no es concebible la existencia de supervivientes de una lengua perdida. Quis ut Deus es discurso como búsqueda de la propia ‘expresión’, casi única, filipina y superviviente, que a veces pareciera que quiere mirar a la de una América coetánea hoy exitosa, como lo hizo en tiempos del segundo filipinismo. Este ejemplo y donación al nuevo filipinismo se consuma como prosa reconstructiva de historia legendaria socioantropológicamente fundada. En esto consiste el reciente y tardío Quis ut Deus, tras el cual por cierto esperamos una nueva rememoración que lo complete a modo de genealogía histórica y puramente autobiográfica, memoria en tanto ejemplo y parte conclusiva de la historia de la vida filipina escrita en español. Es decir, en un futuro próximo esperamos de la expresión solitaria de Gómez Rivera la exposición de un devenir genealógico memorial y grande y por ello expresión renacida de la nación filipina. Sobre todo un “yo estuve allí y digo lo que he visto”. También una interpretación vitalista del devenir de la nación, ejecutada inevitablemente en la pervivencia solitaria del idioma propio, de todo lo cual ya es parte la serie de retratos que escribiera de los Presidentes de Filipinas. El idioma propio es pues salvación para Gómez Rivera pero también salvación de su país; a diferencia de la tentación libresca, que sería suicidio. La tentación libresca no se la puede permitir, no está en la esfera del solitario pleno, real e histórico. Como tampoco la tentación de la supervivencia literaria mediante el trabajo de orfebrería. El idioma propio del solitario realizado en obra solitaria necesita el mundo de que carece por completo.

      La antedicha expresión de Gómez Rivera es consecuencia de la expresión filipina perdida, cercenada, según puede comprobarse mediante el breve pero importantísimo ensayo filipinista La falencia filipina y la ruina de la expresión. En cualquier caso, Quis ut Deus no es puramente una novela ni una rebelión intelectual sino ante todo una pequeña enciclopedia narrativa de expresiones y costumbres, de estratos de lengua, tanto histórica como fabuladamente formada y, quizás sobre todo, un alegato sociocultural y político expuesto de manera meridiana y descarnadamente clara en su Epílogo. Esto también la convierte en obra ejemplar en el sentido clásico biográfico de la nación, y por tanto asimismo en obra de alta función didáctica, no porque pretenda ésta sino porque la encierra y transporta dentro de sí. En Quis ut Deus la estratificación de elementos, la suma de episodios, personas, casas y cosas únicamente adquiere su significado como archivo del pasado sometido a símbolo y argumento que enlazar con el tiempo que fue, el de la novela de Rizal, a fin de hallar respaldo, en último término, por analogía y prosecución, para la crítica del tiempo presente, el desastre de un pueblo que no llega a ser por haber perdido la consciencia y el dominio de su historia y expresión propia.

      La resolución no podía ser otra que empezar por la interpretación de la memoria, la memoria arcádica, al fin único fondo del sustento humano, sea de infancia, madre o tierra, pero memoria por otra parte bien activa, que mediante su afán de expresión afronta el mundo de una experiencia filipina e interpreta su dificultad, un problema nacional que se puede resumir en el grave concepto de diglosia. Es el gravísimo problema filipino ante el cual nunca ha habido verdadera consciencia ni decisión y ante el cual se explana y proyecta el ejemplo solitario de Gómez Rivera. Esta es su grandeza interpretativa, y sólo por ello ya habría de constituir un lugar de primer rango en el futuro de la cultura del gran archipiélago.

      La acción hispanística o filipinística e incómoda de Gómez Rivera y, en particular, su tardía novela, adquiere pleno sentido una vez realizada la travesía del desierto. El camino de la vida tiene tentaciones, somete a prueba, favorece la comisión de errores, pero si éstos no constituyen pecados en último grado, mortales; si se supera el batir de las aspas y no se acepta el camino corto de la mano izquierda, se alcanza la otra orilla, la vida plena como renacer. Vida con sentido y portadora pues de la lengua y su memoria. Así ha sobrevivido, como rediviva, la expresión cercenada, entre una prolongada lapidación de lenguas. Un tesoro para el futuro de Filipinas y el Filipinismo.




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1 Pienso que no es necesario entretener argumentos acerca de la pertinencia de abrazar en lo referido el conjunto de las lenguas filipinas y, eminentemente, el tagalo, o el filipino de base tagala, toda vez que el conjunto de las mismas es relacionable entre sí al tiempo que con el español, en completo sentido, tanto interno como externo histórico.
2 Cf. W. E. Retana, Diccionario de filipinismos con la revisión de lo que al respecto lleva publicado la Real Academia Española, Extrait de la Revue Hispanique, t. LI, Nueva York-París, 1921. Ahí mismo desarrolla el siguiente comentario: “No todos los FILIPINISMOS son privativos de los filipinos. Además, téngase en cuenta que buena parte de los vocablos son invención española (aplatanado, caída, convoy, etc., etc.). En lo tocante a los giros, la influencia china no tiene nada de despreciable. He aquí por qué la primera acepción no se ajusta a la definición que de americanismo da el Diccionario. La segunda acepción es allí más usada aún que la primera. Ejemplos: ‘El acendrado FILIPINISMO de Blumentritt’; ‘el dudoso FILIPINISMO de Barrantes’. Frases son estas que allí se escriben todos los días, desde hace muchos años” (pp. 92-93).
3 Dejamos, pues, al margen de la especificidad del Filipinismo todos aquellos aspectos de investigación que aun teniendo por objeto elementos del mundo filipino no poseen capacidad de incidencia en el ámbito de las Ciencias humanas y, por decirlo más estrictamente si se quiere, del objeto humanístico, tal sucede con ciertos tratamientos de, por ejemplo, economía de mercado, no así en radiodifusión y otros.
El caso moderno más llamativo y excepcional en Ciencias humanas dentro de estas problemáticas es indudablemente el representado por el término ‘Estética’, constituido disciplinarmente en la primera mitad del siglo XVIII, pronto asentado pero permanente y fuertemente discutido por motivo léxico (de objeto designado: habitualmente se proponía, desde Kant y Hegel hasta Milá y Fontanals, ‘Calología’ o ‘Callística’) ajeno al rango objetual de la disciplina que representa así como, por otra parte, a las dificultades ya muy posteriores suscitadas en virtud del devenir lexicográfico acontecido durante la segunda mitad del siglo XX en los sectores de la cirugía, la cosmética y similares. Con todo, muy distinto es lo que pueda acontecer una vez bien configurada la entidad disciplinaria de un término y su campo y su gama de problemas, a diferencia de cuando se trata de hechos equivalentes perceptibles en una situación que es inicial o correspondiente a un estadio formalmente próximo al de los comienzos. ‘Filipinismo’, afortunadamente, no padece ninguna complicada afección que pueda hacer pensar en ver comprometido su futuro.
5 En ruso, acaso por influencia del modelo alemán, existe el término ‘филиппинистика’ (filippinistika) para referir disciplina, pero extensamente en cuanto a estudios de lengua, historia, cultura, arte, religión, etnografía y literatura de las Islas Filipinas. Desde el siglo XIX se ejercen estos estudios en las universidades de San Petersburgo y Moscú, así como en la Academia de Ciencias Rusa, enmarcados dentro de los estudios de Orientalística, y dentro de éstos en los del Sudeste Asiático. Es de saber que las expediciones marítimas sobre todo han suscitado en estos campos el interés ruso. (Debo estos datos al prof. Jesús García Gabaldón).
6 ‘Filipinología’ viene a ser, paradójicamente, una propuesta procedente del mundo anglosajón, cuando en éste precisamente ‘Filología’ es marbete, a diferencia de los mundos germánico y románico, que no disfruta de clara y estable función de uso, de manera semejante o aun mayor a como sucede con ‘Ciencia literaria’ y ‘Ciencia lingüística’, ajenos al mundo anglosajón.
7 Es decir, el triple criterio diacrónico, teorético y aplicativo impecablemente desarrollado y establecido por la ciencia real como ‘Historia literaria’, ‘Teoría literaria, ‘Crítica literaria’ e ‘Historia de la lengua’, ‘Teoría lingüística’, ‘Lingüística aplicada’ (con sus variantes de denominación posibles, que no es el caso aquí enumerar). Para una fundamentación de este argumento, puede verse el primer capítulo de nuestra edición Teoría de la Crítica literaria, Madrid, Trotta, 1994.
8 Además, y como después se indicará, en ningún modo ha de cegarse el término de ‘Filología Filipina’.
9 Aunque también es de notar la existencia de varios autores jóvenes filipinos en lengua inglesa, como Merlinda Carullo Bobis. Esta autora puede ser tomada como ejemplo de escritor filipino que adopta el idioma inglés en virtud del ámbito lingüístico en que reside (Australia). El fenómeno diametralmente opuesto, más importante para el Filipinismo, estudiado por I. Donoso y A. Gallo (Literatura hispanofilipina actual, Madrid, Verbum, 2011), es el representado por aquellos otros que han reencontrado, sobre todo en países americanos, la cultura hispánica y la lengua española, lo cual les ha permitido o inducido a reconstruir la propia memoria filipina hispana. Entre éstos, Edwin Agustín Lozada en California, Elizabeth Medina en Chile, o Paulina Constancia en un itinerario con retorno que cruza de Cebú a México e incluso Canadá.
10 W. E. Retana, Diccionario de filipinismos, ob. cit., p. 93.
11 Por lo demás, no parece que, en sentido inverso, exista en China denominación estable ni propuesta alguna para disciplinas o estudios sobre Filipinas.
12 Pensaba con razón Johan Huizinga que en Ciencias humanas casi todo es Filología (Hombres e Ideas. Ensayo de Historia de la cultura, Buenos Aires, Compañía Fabril Editora, 1960). Esta realidad metodológica y de fondo específico ha sido desgraciadamente enturbiada por un sociologismo generalizado y desnaturalizador del objeto humanístico.
13 A mediados del siglo XX existió en Manila una revista mensual titulada La Hispanidad. Sin duda el mayor defensor filipino contemporáneo de este concepto ha sido a lo largo de toda su carrera el escritor, folclorista y profesor de Lengua española Guillermo Gómez Rivera, que fue director entre otras de la revista El Maestro de la asociación de profesores de español, a quien nos referiremos extensamente en la última parte del presente artículo. Una síntesis acerca de publicaciones y las varias asociaciones culturales o profesionales que las sustentaban puede verse en Luis Mariñas, La Literatura Filipina en castellano, Madrid, Editora Nacional, 1974, pp. 83-86.
14 Rafael Palma refiere la existencia sólo en Manila, aparte los establecimientos oficiales de enseñanza, de 23 “escuelas de latinidad y español” privadas. Cf. R. Palma, Historia de Filipinas, Quezon, University of the Philippines Press - Diliman, 1968, p. 347 (Ed. facs.).
15 Asimismo, se dio el nombre de “Proyecto Filipiniana” al programa de digitalización de las obras relativas a Filipinas depositadas en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid.
16 No será necesario recurrir aquí al absurdo por aberrante ‘Multiculturalismo’, desgraciadamente asumido, y con demasiada frecuencia es de creer que por mera inconsciencia léxica y patrón de moda, cuando lo que se quiere decir es ‘pluricultural’.
17 He realizado un análisis e interpretación de todo ello en Escatología de la Crítica, Madrid, Dykinson, 2013.
18 He dado razón de la universalidad barroca, eminentemente hispánica, en La Ideación Barroca, Madrid, Casimiro, 2015. Para los aspectos literarios, no tan visibles como el patrimonio arquitectónico, véase I. Donoso, “El barroco filipino”, en Id. (ed.), Historia cultural de la lengua española en Filipinas, Madrid, Verbum, 2012, pp. 85-145.
19 Como es sabido, la materia relativa en amplio sentido a la imprenta en Filipinas es obra de Wenceslao Emilio Retana, que sucesiva y extensamente se ocupó de ello, y también hay que reconocer que en relación con el chileno José Toribio Medina, cuya obra de 1896 le permite desarrollar todavía unas Adiciones a ésta en 1899. Los Orígenes de la Imprenta en Filipinas de Retana data de 1911. En el anterior y utilísimo Tablas cronológica y alfabética de Imprentas e Impresores de Filipinas (1593-1898) (Madrid, Victoriano Suárez, 1908; facs., Madrid, Libris, 2010) queda ya taxativa y definitivamente aclarado todo el asunto de orígenes desde las primeras páginas.
20 No procede entrar aquí en lo relativo a primeros pobladores pigmeos. Entiéndase, los acontecimientos poblacionales previos al asentamiento malayo y el desarrollo demográfico que discurre hasta la llegada de los españoles forma parte de la época prehistórica y protohistórica del archipiélago. Por otro lado, recordaba Delfín Colomé (La caución más fuerte, Manila, Instituto Cervantes, 2000, p. 5) siguiendo a Antonio M. Molina (Historia de Filipinas, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1984, 2 vols.), el expreso mandato recibido por la expedición de Legazpi (“Dondequiera que llegaren se ganarán la amistad de los habitantes y harán entrega a sus régulos de sendas cartas redactadas por el rey español. […] Únicamente en aquellos lugares en que los habitantes se mostraren amigos deberán desembarcar y establecerse, procurando conservar incólume dicha amistad. El empleo de las armas se justificará tan sólo como recurso extremo”).
21 Puede verse nuestra investigación reciente sobre La Escuela Universalista Española del siglo XVIII, Madrid, Sequitur, 2016.
22 La aportación historiográfica y bibliográfica de Retana es imponderable ya sólo mediante los tres volúmenes de su Aparato Bibliográfico de la Historia General de Filipinas (Madrid, 1906; ed. facs. Manila 1964). Para un balance en este sentido de la obra de Retana, puede verse Antonio Caulín Martínez, “Wenceslao E. Retana y la historia de Filipinas”, en Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, t. 6 (1993), pp. 419-440. Retana es parte clave de la reconstrucción historiográfica filipina, a la que naturalmente han contribuido enormemente la extensa serie The Philippine Islands, de Cleveland, y la Philippine National Bibliography de la Biblioteca Nacional de Filipinas; también S.L. Hilton y A. Labandeira, Bibliografía hispanoamericana y filipina, Madrid, FUE, 1983. Véase el balance de P. Hidalgo Nuchera y F. Muradás García, “Guía Bibliográfica para la historia de las islas Filipinas. 1565-1898”, en Estudios Americanos, t. LVII, 2 (2000), pp. 677-711.
23 Puede verse el reciente trabajo de Virgilio S. Almario: Si Balagtas at ang Panitikan para sa kalayaan. Pambasang Alagad ng Sining, Metro Manila, Komisyon sa-wikang Filipino, 2014. Es de recordar que Epifanio de los Santos, que hizo traducción del texto de Balagtas, entendió que éste constituía el monumento mayor de la lengua tagala en su momento de madurez, momento que es consecuencia del tratamiento que le otorgó el imperio español y que ya nunca más sería comparable ante las lenguas española e inglesa. Hoy quizás podamos pensar que este gran filipinista pudiera no haber acertado definitivamente en su predicción.
24 Muy bien resume esto enumerativamente Luis Mariñas en La Literatura Filipina en castellano: “la instalación del telégrafo ultramarino, a través de Hong Kong; la apertura del Canal de Suez en 1869; la sublevación de Cavite, en 1872, que crea una bandera y unos mártires para el nacionalismo filipino; la llegada masiva de libros de España; la ley de Educación de 1863, que establece en Filipinas por primera vez de forma efectiva una enseñanza dirigida por el Estado y en castellano; el establecimiento de la línea regular de vapores y la marcha a Madrid, en 1871, del pionero de los escritores filipinos que se formarán en España: Pedro Paterno”. (Ob. cit., p. 31).
25 Así lo he desarrollado con el título de La Poesía Noventayochista. El entresiglos en España, Portugal, América y Filipinas, que pronto aparecerá en Madrid, Dykinson.
26 Lo propuse así mediante el artículo “Filipinas en un contexto actual y universal de cultura”, en Revista Filipina, 2ª etapa, vol. I, núm. 2, Invierno 2013-Primavera 2014. Esto tiene otras importantes repercusiones, como principalmente la arraigada en el hecho de que mediante proceso histórico natural Filipinas ofrece la posibilidad única e insólita de síntesis cultural de Asia y Occidente
27 La inclusión en 1974 por Etiemble de un breve artículo (“Ojeada generalista sobre la literatura filipina”) como cierre de su autocompilación, en su día muy difundida, Essais de littérature (vraiment) générale (París, Gallimard; trad. española en Madrid, Taurus, 1977), publicitó en el mundo del comparatismo literario internacional el especial y desatendido caso de la literatura filipina. Esto sin duda tuvo considerable y benéfica influencia en pro de la difusión de los estudios filipinistas fuera de los restringidos ámbitos usuales del Filipinismo y en general ajenos a la Comparatística. Todo sea dicho, el artículo, aunque de escasa formulación conceptual, no se hallaba exento de pretensiones acaso desmedidas y, hasta cierto punto, propias de la época en que se publica, y ello a partir de la permanente autosuficiencia progresista autoarrogada por medio de una clave o cliché considerado apto para la interpretación automática de toda cultura colonial aun careciendo de conocimiento específico alguno acerca de la misma. Etiemble partía simplemente de haber escuchado en un Congreso comparatista en Friburgo (1964) una comunicación de Lucila Hosillos sobre el surgimiento y búsqueda de la identidad nacional por la literatura filipina y advirtiendo que en una bibliografía filipinoamericana no había encontrado ni una ficha de artículo en lengua francesa. Una bonita autoinculpación europea. Él, que se ocupaba hasta de literaturas malgaches, sentía estupor de haber caído en esta laguna del conocimiento. Pero lo que desconocía ‘verdaderamente’ eran las proporciones de la laguna.
28 La obra filipinista de Blumentritt, sin duda mediatizada por sus vínculos con Rizal, actualmente está siendo estudiada por la germanista Mª Rosario Martí Marco. No me sustraeré a reproducir aquí el juicio del siempre agradecido Retana a la labor de Blumentritt: “El nombre de este célebre bohemio, que llegó a ser el primer filipinista del mundo, comenzó a adquirir notoriedad por el año de 1880, cuando él era bastante joven aún. Por tal modo se apasionó de las cosas de Filipinas, que muchos suponían que había residido largo tiempo en aquel país y que lo conocía de visu palmo a palmo. En un merecido elogio que, hace ya no pocos años, le dedicó el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, se le llama "viajero". Blumentritt viajó muy poco por Europa, y murió sin haber visto, ni a mil leguas, Filipinas. Este es su mayor mérito: haber conocido profundamente, bajo todos sus aspectos, un país que nunca había pisado y al cual, puede decirse, consagró su vida entera. En 1882 publicó su primer Vocabulario, revelador de mucha lectura. Pero el autor, atendiendo más a la cantidad que a la calidad, acumuló y acumuló palabras sin tener en cuenta que casi todas eran del uso exclusivo de los indígenas y, de las restantes, una buena parte castellanas netas, como aceite, adarme, alcanfraz, alcoba, etcétera. A unas 2.000 ascienden las voces reunidas por Blumentritt en esta nómina, tomadas de los libros de viajes, de las monografías descriptivas, de la Flora del P. Blanco y, principalmente, de los vocabularios de las lenguas del país. De cada veinte de las catalogadas, diez y nueve no son filipinismos propiamente dichos. Si a esto se añade que Blumentritt no define, sino que se limita a dar una idea, con extraordinaria concisión, de lo que cada vocablo significa, resulta que este su primer Vocabulario, con ser trabajo de mérito, es de muy escaso provecho” (W.E. Retana, Diccionario de filipinismos, cit., p. 14).
29 Es necesario recordar que Noli me tangere se publica por primera vez en Alemania en 1887, salvando así posibles problemas de censura, y que en 1987 ha sido reeditada en ese país pero ya traducida (“Roman. Aus dem philippinischen Spanisch von Annemarie del Cueto-Moerth”). Por otra parte, el anteriormente citado Etiemble promovió para editorial Gallimard el estudio y edición correcta de esta obra de Rizal en Francia, a fecha de 1980, superando las deficiencias ideológicas de una versión anterior. Esto fue proseguido en 1984 y en la misma editorial por Daniel-Henri Pageaux, que redactó el prefacio y revisó el texto de la traducción de Jovita Ventura de Castro de la segunda novela, versión titulada Révolution aux Philippines / El filibusterismo. El mismo Pageaux había publicado, con motivo del volumen de homenaje a Etiemble, el artículo "Autour de José Rizal. La France et le problème des Philippines à la fin du XIXème s.", en Le mythe d'Etiemble, París, Didier Erudition, 1979, pp. 185-196, y posteriormente, "Naissance d'un archipel romanesque: les Philippines de J. Rizal", en L'imaginaire de l'archipel, ed. de Georges Voisset, París, Karthala, 2003, pp. 287-293. Gracias al prof. Pageaux tengo noticia de que Etiemble fue director de la tesis de doctorado sobre Rizal de la filipina Jovita de Castro, de cuyo tribunal él formó parte. Por lo demás, la nueva investigación francesa ha situado el ámbito de la llamada Historia oral, y sobre todo es obra de Nicole Revel. En Italia, las traducciones de Rizal, que son muy recientes, ya del siglo XXI, empiezan asimismo con Noli me tangere (Romanzo filippino tagalo, Livorno, Debatte, 2003), cuyo traductor, Vasco Caini, probablemente ha sido el más dedicado al autor, si bien buena parte de sus ediciones sólo se han publicado en la red. Por su parte, Andrea Gallo es sin duda el más importante filipinista italiano.
30 Epifanio de los Santos Cristóbal, dice en la Advertencia preliminar de su opúsculo Wenceslao E. Retana. Ensayo crítico acerca de este ilustre filipinista (Madrid, Establecimiento Tipográfico de Fortanet, 1909): “Cualquiera que hayan sido sus opiniones políticas, nos haya tratado o no con dureza antaño, nosotros los filipinos desapasionados no podemos negar que es Retana el primero de los investigadores de primera mano, y así resulta que sus obras de carácter histórico y bibliográfico han venido a convertirse en fuentes indispensables de consulta”. El opúsculo contiene una Bibliografía de Retana, limitada a su fecha pero con indicación de títulos previstos.
31 F. Nakpil Zialcita es característicamente el autor de Authentic Though not Exotic. Essays on Filipino Identity, Quezon, Ateneo de Manila U. P., 2005. Aun sin entrar propiamente en la extensa obra de Virgilio Almario, acaso convenga recordar su emblemático Rizal: Makata, Manila, Anvil, 2011; así como su reciente recuperación, junto a Elvin R. Ebreo y Anna María M. Yglopaz, del Vocabulario de la Lengua Tagala, de los padres Juan de Noceda y Pedro de Sanlúcar, en Manyla, Komisyon sa Wikang Filipino, 2013.
32 No se pierda de vista que en el ámbito académico y científico la lengua de uso se sirve instrumentalmente de una extensísima bibliografía en diversas lenguas, preferentemente y como no puede ser de otro modo las de gran producción científica, teórica y literaria. Como es evidente, la potencia cultural de una lengua tiene por base primera su número de hablantes y la dimensión de su población culta, de usuarios de lengua altamente laborada, así como la capacidad de traslado a la lengua propia, la capacidad de traducción, de los materiales bibliográficos relevantes disponibles en otras lenguas. Ciertamente no se trata de un juego de magnitudes cuantitativamente lineales, pero sí de la base necesaria sobre la cual cabe discernir rigurosamente hechos y circunstancias y obtener un criterio de sentido específico para el caso y sector que se trate de analizar. Por ejemplo, es evidente que quien desee en general hacer estudios de musicología habrá de valerse de materiales bibliográficos existentes en lenguas alemana o italiana muy por encima de lo disponible en lengua española, a pesar de que esta última posee un número de hablantes inmensamente superior al de esas otras dos, pero cualquier hablante de lengua española tiene a su disposición un conjunto general de materiales del dominio de las Ciencias humanas muy superior al de esas otras dos lengua europeas, y esto no ya en lo concerniente a materias de especificidad propia, como evidentemente puedan ser las del hispanismo o el mundo americano, sino en virtud de la potencia traductográfica ejercida, que en lengua española en líneas generales, por razones varias que ahora no es caso describir, es probablemente la más elevada. Por esta razón, la bibliografía no ya producida en lengua propia, o por supuesto la relativa a materias de preferencia propia, sino en general traducida, es en español medio científico necesario para otros ámbitos lingüísticos, dominantemente románicos, claro es, por proximidad familiar, o en general para aquellas poblaciones que por cultura tradicional o adquirida tienen acceso a la lectura de esta lengua. Como es evidente, el hablante filipino culto por formación propia inherente puede ser con extraordinaria facilidad lector de lengua española.
33 Sus investigaciones lingüísticas, mayormente ceñidas al análisis técnico fonético, aunque también editó el Arte gramatical de San José, comienzan señaladamente con Hispanismos en cebuano (Madrid, 1976) y culminan en la extensa edición póstuma de 2008 La lengua española en Filipinas.
34 Probablemente, el mayor autor filipinista español que alcanza a cubrir con varias obras la segunda mitad del siglo, sea Pedro Ortíz Armengol (Intramuros de Manila. De 1571 hasta su destrucción en 1945, Madrid, 1958; Letras en Flipinas, Madrid, 1999. Este último es compilación de trabajos que describen e interpretan la presencia filipina en la literatura española, conformando una suerte de tematología o imagología).
35 De 1964 es el trabajo de Estanislao B. Alinea, Historia analítica de la Literatura Filipinohispana (desde 1566 hasta mediados de 1964), Ciudad de Quezon, Imprenta Los Filipinos. Alinea ofrece unos muy ilustrativos preliminares que informan del estado de cosas literario a esa fecha. En la página IX, epígrafe (c), concluye con una sentencia que deja constancia de la grosera manipulación que tenía lugar mediante la traducción al inglés de los textos filipinos importantes escritos en español: “Las traducciones en inglés son miserablemente inadecuadas”. Una década después publica Luis Mariñas en Madrid La Literatura filipina en castellano.
36 Me refiero al estudio de ambiguo título La caución más fuerte, de Delfín Colomé, ya citado, y que es trabajo de los programados con motivo de la celebración del centenario del 98.
37 Es el sentido archipielágico indicado por I. Donoso en “Intracomparatismo literario: el paradigma filipino”, en P. Aullón de Haro, Metodologías comparatistas y Literatura comparada, Madrid, Dykinson, 2012, pp. 527-533; y en “Historiografía comparatista de las Letras filipinas”, en Id., Historiografía y Teoría de la Historia del Pensamiento, la Literatura y el Arte, Madrid, Dykinson, 2015, pp. 689-705.
38 Véase un muy breve muestreo a partir de comienzos de siglo: Joaquín Sueiro Justel, La enseñanza de idiomas en Filipinas (siglos XVI-XIX), La Coruña, Toxosoutos, 2002; Joaquín Sueiro Justel, Historia de la lingüística española en Filipinas (1580-1898), Lugo, Axac, 2003; Josep María Fradera, Colonias para después de un imperio, Barcelona, Bellaterra, 2005; Jaume Gorriz Abellá, Filipinas antes de Filipinas. El Archipiélago de San Lázaro en el siglo XVI, Madrid, Polifemo, 2010; Roberto Blanco Andrés, El Estado en Filipinas: Marco político y relaciones internacionales (1986-2010), Barcelona, Bellaterra, 2012; Isaac Donoso y Andrea Gallo, Literatura hispanofilipina actual, Madrid, Verbum, 2011; Isaac Donoso (ed.), Historia cultural de la lengua española en Filipinas, Madrid, Verbum, 2012; Pedro Luengo Gutiérrez, Manila, plaza fuerte (1762-1788). Ingenieros militares entre Asia, América y Europa, Madrid, CSIC, 2013; Josep María Fradera, La nación imperial. Derechos, representación y ciudadanía en los imperios de Gran Bretaña, Francia, España y Estados Unidos (1750-1918), Barcelona, Edhasa, 2015.




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