Revista Filipina

Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina

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Invierno 2013 / Primavera 2014
Volumen 1, Número 2

     
Revista Filipina, Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Invierno 2013–Primavera 2014, Vol. 1, N
úm. 2

BIBLIOTECA
PDF: Boxer Codex (1)


Boxer Codex (I)

Edición moderna de
ISAAC DONOSO


CRITERIOS DE EDICIÓN

A pesar de constituir fuente capital de la historia asiática de finales del XVI y quizá comienzos del XVII, el llamado Boxer Codex1 permanece sorprendentemente a día de hoy inaccesible, no sólo para la comunidad académica, sino también para todo aquel que quiera acercarse a su contenido. El descubrimiento de la existencia de un manuscrito iluminado, ilustrado con numerosas miniaturas y dibujos coetáneos a un texto presumiblemente del siglo XVI, causó maravilla, sobre todo ante las posibilidades que permitirían ver reflejo gráfico de población filipina en el momento del establecimiento de los españoles en Asia2.
      Con estos elementos se podían desmontar mitos sobre la población prehispánica, o construir otros. La consecuencia natural de este entusiasmo pictórico es que más allá del uso iconográfico y simbólico de los tipos dibujados en las láminas, el texto escrito en sí ha ido marginándose a lo largo de las décadas de forma inaudita como material histórico secundario. Hoy sigue siendo común leer a historiadores de reputación señalar que más allá de las imágenes, el
Boxer Codex no ofrece información nueva, y es un conjunto refundido de datos tomados de otras fuentes3. Una lectura autorizada del texto nos informará de inmediato que no es enteramente así4. Sin embargo, también es hoy común encontrar la actitud opuesta, señalar con entusiasmo que el Boxer Codex es panacea para explicar el proceso histórico asiático en el siglo XVI. En efecto, en los últimos años han aparecido anuncios de ediciones, traducciones, estudios en profundidad de un texto del que causa mucho prestigio hablar, pero del que ni siquiera contamos con una versión divulgativa. ¿Cómo pretender realizar “estudio y traducción” del texto, si no existe todavía una edición del original español?
      La Filología no empieza la casa por el tejado, y el principal problema del
Boxer Codex es un problema filológico, no histórico, mucho menos traductológico. Es imprescindible tener a día de hoy una versión autorizada, manejable y normalizada que permita argumentar con criterio empleando con corrección la fuente original. La Filología tampoco obedece a criterios de agenda, a intereses sectarios o a propaganda académica, se dedica a realizar su trabajo sin intereses ocultos. A todas luces el Boxer Codex parece un texto producto de la historiografía ibérica del siglo XVI, en una lengua afín a su tiempo, compuesto con los fines por los que se componían las relaciones de sucesos y crónicas, y con el añadido de ilustraciones de factura exótica a la iluminación coetánea occidental, de ahí que se describa como Sino-Spanish Codex.
      Nuestra edición pretende solucionar los problemas de la arqueología filológica y la edición crítica de textos que, de tan anotados, se vuelven inaccesibles. Por ello actualizamos la ortografía a la norma del español culto actual, añadimos signos de puntuación, división de párrafos cuando sea estrictamente necesario, y tratamos de reproducir un texto con fidelidad al original pero haciéndolo accesible a un lector moderno. Mantenemos sin embargo convenciones de la lengua del siglo XVI siempre y cuando no interfieran en la moderna lectura, con el fin de preservar el color sincrónico del texto. Ésta representa la primera entrega de nuestra edición, de un total de tres, que aparecerán en los próximos números de
Revista Filipina.
      Por consiguiente, creemos que es imprescindible en el momento actual la publicación de una edición normalizada del texto original del
Boxer Codex, y su puesta inmediata a disposición del público, tanto académico como general. En efecto, el Boxer Codex no sólo es un texto histórico con una iconografía singular, sino también una obra que se puede disfrutar como producto literario del Barroco hispánico en Asia.


[EDICIÓN, DESDE LA PÁGINA 3R A LA 68R]

Relación de las islas de los Ladrones

[3r] Este género de gente llaman los ladrones, habitan en unas islas que hay cuatrocientas leguas antes de llegar al cabo de Espíritu Santo, y son las primeras que descubren los navíos que vienen de Acapulco a estas islas Philipinas. Suelen hacer aguada en algún puerto de ellas, que hay muchos y buenos y, cuando no, se hace como en este viaje que se hizo el año de 90, por no haber falta de agua, que sólo por ella se suele tomar puerto. Ellos salen dos o tres leguas a la mar en unos navichuelos chicos y tan estrechos, que no tienen de ancho de dos palmos y medio arriba. Son de la forma que hay van pintados a los lados. Tienen un contrapeso de cañas con que están seguros de zozobrar, cosa que a ellos se les da bien poco porque son como peces en el agua y si acaso se hinche de agua, el indio se arroja en ella y la saca con medio coco que les sirve de escudilla y sino con una paleta con que bogan estos navichuelos. Traen vela latina de petate, que es hecho de palma y se sirve mucho de ellos en estas partes y hácenlos los moros con muchas colores y labores graciosas que parecen muy bien, principalmente los moros borneyes y terrenates. Son estos navíos tan ligeros, tal en dos o tres leguas del puerto y en un momento están con el navío abordo aunque vaya a la vela, y tienen otra particularidad en su navegación, que no tienen menester para ella viento más que el Poniente, séase cual fuere, que con ese marean la vela de suerte que van do quieren y es de manera que no parecen sino caballos muy domésticos y disciplinados, pues de estos navíos salen tantos en descubriendo navío de alto bordo que no parece sino que [3v] cubren la mar o que ella los brota.
      Suben de allí a rescatar hierro porque éste es su oro por esto lo estiman es más que no él, y de éste se sirven en todas sus labranzas y eras. Traen munchos cocos y agua fresca, muy buena, algunos pescados que cogen con anzuelo y algún arroz hecho a su modo, y envuélvenlos unas hojas y arrójanlo al navío por hierro, y traen también algunas frutas, como plátanos y otras, que no las conocíamos, en llegando como a tiro de piedra, lo levantan en pie y dan grandes voces diciendo
arre peque arre peque, que dicen algunos que quiere decir “amigos, amigos”, otros “quita allá el arcabuz”. Sea lo uno o lo otro ellos gritan y dicen arre peque. Traen en la mano una calabaza grande de agua y cocos o pescado. Al fin cada uno trae, muestra aquello que tiene primero que se acerquen, dan muchos bordos con extraña presteza y velocidad y en viendo hierro se acercan y rescatan por él todo lo que traen amarrándose para mejor rescatar de un cabo del navío por la popa. Y de allí y de todos los navíos les arrojan abundancia de lazos viejos y aros partidos de pipas y todo esto es muy de ver porque en cogiendo la soga donde va atado el hierro lo cortan con los dientes como si fuese un rábano y atan a ella los cocos y lo que les piden por señas.
      Tienen una cosa extraña para ser tan codiciosos de hierro que no dan más por un gran pedazo, que por un pequeño, y esto se probó allí con ellos, y si les echan un pedazo a la mar, son tan grandes buzos y nadadores que antes que lleguen muy abajo, lo cogen y se vuelven a su navío y así lo hizo allí uno que echándoselo, amainó la vela y la echó [4r] al agua, y luego él se arrojó tras ella y cogió su hierro, y entró en el navío y sacando la vela y mojada del agua y era grande y al parecer tuvieron que sacar 3 ó 4 hombres y él solo la sacó con muchas facilidad y la alzó, y sin rescatar más hierro se volvió allí. Deseábamos saber si tenían algún conocimiento de las armas que usamos y para esto tomé una espada desnuda y hice que la quería arrojar, y al punto que la vieron dieron un alarido alzando grandes voces, y era que todos querían que la arrojase, pero cada uno la quería particularmente. Y para esto, ofrecieron con señas toda el agua y frutas, pescado y más. Uno que pensó llevársela con aquellos sacó de debajo muchos petates y algunas arquillas curiosas, y todo lo ofrecía. Al fin se fueron sin ella y después volvieron otras dos veces con el mismo deseo, y ofreciendo lo que tenían. Todas estas muestras dieron de desear mucho la espada y también un cuchillo viejo que uno rescató lo apartó aprisa y sobre él hubieron de dirimir entre ellos. Al fin se quedó con él el que lo tomó, que al parecer debía de ser más principal y valiente, y aun de mejor rendimiento, por lo que querían estafar bailaban con ellos y hacían muchos meneos, al parecer para aficionar a que se lo comprasen, usando, a entender, que estimaban ellos aquello y que era bueno.
      Ella es gente muy corpulenta y de grandes y fornidos miembros, bastante indicio y argumento de su mucha fuerza y el tenerla es cierto por lo que les han visto hacer españoles que estuvieron juntos seis meses en una de estas islas, a los cuales ellos acometieron algunas veces, pero sin daño ninguno, y con alguno suyo por la bestialidad que tenían en moverse por las bocas de los arcabuces. Salta tanto que cayeron algunos que puso un poco más freno y conocimiento de lo que era pera [4v] Pero volviendo a lo de las fuerzas, es gente que toma uno, un coco verde y seco cubierto de una corteza de 4 dedos y poco menos de grueso, y tan tejido que es menester, si es seco, partirlo con un hacha, y le dan artos golpes antes que le desnudan de solo la corteza. Y ellos de una puntada me afirman le parten todo y dan con él en la cabeza, y hacen los mismo también. Dicen que un día estando rescatando en tierra con los españoles uno de estos indios se apartó y adelantó de los demás, y tres hombres se abrazaron con él para cogerlo y tenerlo para traerlo consigo y él se abrazó con ellos y los llevaba arrastrando y él, y va corriendo de manera que para que los soltase fue menester que acudiesen otros con arcabuces y entonces los soltó. Esto es lo que toca a las fuerzas.
      Su talle como digo es mucho más grande que el mío, hombres muy bien hechos de todo el cuerpo y mejor de piernas, que esto es gracia general en ellos, los indios de esta tierra. La cara ancha y chata, aunque otros bien agestados, pero todos muy morenos. La boca muy grande, y los dientes. Los labios aguzándolos como de perro y más, y los tienen con un barniz colorado que no se quita, que es para conservar la dentadura sin que jamás se caiga diente por viejo que sea. Otros los tienen en negro, que tiene la misma propiedad que el colorado, y esto hacen también los moros de esta tierra. El cabello tienen muy largo, unos suelto, otros le dan una lazada detrás. No visten, así hombres como mujeres género de ropa, ni otra cosa alguna, ni cubren parte ninguna de su cuerpo, sino como nacen andan. Tienen pocas armas y son sólo sus arcos con unas puntas, las flechas de hueso de pescado, unos dardillos arrojadizos, y pónenles punta, cuanto un género de hueso de pescado y muy fuerte, y de palo tostado. Usan honda, y ésta desembrazan con gran pujanza. Traen ceñidas unas talegas con picotas al propósito. No se sabe que tengan otras armas, salvo si han hecho algunos cuchillejos o otra cosa de hierro que rescatan. Dicen una cosa bien extraña de estas islas, que no hay en ellas ningún género de animal, ora sea nocivo o provechoso, ni tampoco ave o pájaro alguno. Esto no lo vimos porque no surgimos, pero lo afirman los que allí estuvieron, ser esto así. Esta es la noticia que hasta ahora se tiene de la gente de estas islas que llaman de Ladrones.


Descripción de la tierra de la provincia de Cagayán y el estado de ella.
Traje y uso de los naturales y sus costumbres. Ríos y esteros de ella

[9r] Está la boca del río que se llama Tajo, que es el mayor que hay en esta provincia, adonde está la población de los españoles, que se llama la ciudad de Segovia. Corre este dicho río de norte a sur. Sube hasta su nacimiento más de sesenta lengua y a la orilla de este dicho río hay muchas poblaciones de indios. Tienen muchos esteros que vienen a desaguar al dicho río, en los cuales hay asimismo cantidad de indios. Y hay algunos esteros que para subir a las poblaciones de los indios están cuatro o cinco días subiendo en barotos por los dichos esteros. Siembran a las orillas del río grande, y de estos esteros, mucha cantidad de arroz, borona y camotes, y antias, que es su comida y sustento. Apartados de los esteros en las montañas agrias habitan cantidad de negros, los cuales se sustentan con camotes y antias, y otras frutas salvajes que tienen, y buyos, que es una yerba que toda la provincia la estima en mucho, y es de mucho sustento para ellos.
      Es toda la provincia muy fértil de muchos altos cerros pelados y de algunos llanos y ciénagas, adonde en el verano siembran mucha cantidad de arroz. Tienen su invierno, que es desde primero de octubre hasta fin de febrero. Reina el norte en todo este tiempo, a cuya causa no se puede navegar la costa de esta provincia, por ser travesía y la mar muy brava. Hay en este tiempo en el río muchas avenidas que por los llanos, la avenida del sur le hace daños en los arrozales, y trae muchas veces con las avenidas los búfalos y venados que coge. Tienen los naturales mucho oro. Entiéndese que hay muchas minas de él en las montañas y no las quieren descubrir a los españoles a causa que no se las quiten. Tienen asimismo unas piedras que precian mucho, que se llaman
bulaganes y bahandines, que son las joyas que traen las mujeres. No se ha sabido, ni ellos saben dar razón, si las sacan de mina [9v] o dónde las hallan, más que todos dicen que las han heredado de sus pasados y así las estiman y tienen en mucho precio. Son negras y blancas.
      Acerca de su traje y costumbres de los hombres, es traer bahaques, y unos sayos de manta negra anchos y largos, hasta medio muslo. La mayor parte de los naturales andan en cueros, y hay un estero que se dice de lobo, que la gente de él traen los bahaques de corteza de un árbol curada, y en la cabeza una venda de la misma corteza. Y este mismo traje tienen por luto toda la tierra, sino estos de arriba, que es su uso ordinario. Y todo el tiempo que traen luto no comen arroz ni beben vino, sino tan solamente borona, camotes y otras yerbas. Traen el cabello largo, caído a las espaldas y cortado todo lo que toma la frente hasta las sienes. Traen encima de él unas guirnaldas de yerbas olorosas. Sus armas son lanzas y pavés largo de una braza, y de ancho tres cuartas. Tienen unas armas colchadas y un bonete a manera de morrión, coloradas, y unos puñales anchos de más de ocho dedos y de largo palmo y medio, con cabos de ébano con que de un golpe llevan una cabeza. Otros usan el arco y flechas, aunque por la mayor parte son los negrillos los flecheros. Tienen mucha yerba que en sacando una gota de sangre morirá con mucha brevedad, sino lo remedian con la contrayerba. Los indios de Purrao, que es cerca del nacimiento de este río Tajo, usan los indios de allí las armas de pellejos de búfano curado que son fuerte y duras de pasar, que tienen coseletes y morriones y paveses anchos y largos. Éstos tienen para sus guerras.
      Esta provincia es gente que tienen guerras unos lugares con otros, y no toman a vida a ninguno, aunque sea mujer o niños, sino les cortan las cabezas. Tienen en cada pueblo un principal a quien obedecen y respetan, y éstos, por la mayor parte, son a indios valientes que por sus hechos los han señoreado [10r] y los obedecen. Sus inclinaciones es procurar de quitarse el oro el uno al otro, y quitar una cabeza. Gente muy traidora y cruel. Todas sus fiestas son borracheras, cualquiera que solemnizan es bebiendo hasta que se emborrachan, y después luchan. Suelen armar pendencias entre ellos hasta que se matan unos a otros, y entonces se conciertan las juntas y traiciones que han de hacer para allí, a quitar el otro al principal del pueblo que les parece y cortar cabezas de indios o indias. Lo que adoran es al diablo invocándole, y de la figura que se les aparece lo pintan, llamándole generalmente
anito. Tienen asimismo un pájaro que llaman bantay que éste, todas las veces que salen fuera de su pueblo, aunque sea a sus contrataciones, si le canta a la mano izquierda del río o estero, se vuelven y dejan de seguir su viaje, temiéndolo por mal agüero. Y lo propio es de una garza parda si se levanta de la mano derecha y se sienta a la izquierda del río o camino donde van. Y haciendo, encontrado esto, siguen su camino y van muy contentos principalmente si van a hacer guerra con otros. Entienden que llevan la victoria de su parte, y si la tienen, y traen algunos despojos, o cabezas de sus enemigos, lo celebran asimismo con borracheras tañendo unas campanas que ellos tienen, bailando unos y bebiendo otros, y mujeres entre ellos, y todos celebran la fiesta de la victoria que tuvieron poniéndose en las guirnaldas muchas plumas amarillas de oro, péndolas, y éstas se las ponen los indios valientes que han cortado algunas cabezas. Y suelen estar en estos bailes y borracheras dos o tres días y más algunas veces celebrando esta fiesta.
      Los
maganitos que hacen, que es el adoración que ellos tienen. Es cruel lo que unas viejas e indios que andan en anitos de mujer, les dicen. Y éstos cuando quieren saber de su anito algún suceso, hacen traer a una sala o aposento cantidad de acerillas llenas de arroz y cangrejos y aceite y agua y unas yerbas verdes, y otras cosas que les piden, y todo esto cocido y junto. Lo dicho, si el anito [10v] es por algún enfermo, lo hacen que esté allí junto a sus hijos, y alrededor de él baila y canta con un paño en las manos haciendo muchos ademanes y así mismo le ayudan otras indias que no hacen más de bailar y volverse a su puesto. Y la maestra de esta ceremonia se queda con el enfermo. Y hablando entre sí con muchos ademanes se queda medio traspuesta y luego vuelve en sí y se va al enfermo, y le unta con aceite la cabeza y muchas partes del cuerpo, y le dice que el anito le dará salud. Y la comida que está en las salserillas, acabado el anito, come el enfermo de ella y los hijos y los demás de casa, y si sobra algo lo vienen a pedir los vecinos como si fuera pan bendito. Y cuando el maganito no es de enfermo, sino de esposorio, o por las cosechas de sus sementeras, traen todo el oro y piedras preciosas que cada uno tiene encima de sí. Y lo propio las mujeres con todas sus joyas. Y hacen juntas en casamiento en casa del desposado o del suegro. Y así para las sementeras, en una particular que tienen para este efecto, y allí en pie con su anito, bebiendo y comiendo, y tañen campanas que en veinte o treinta días que dura esta fiesta no dejan de bailar y cantar. En el baile, el cual nunca está vaco, sino que en cansándose unos entran otros luego, para entrar a ello. Y los demás principales e indios valientes están comiendo y bebiendo hasta que se emborrachan y caen, que entonces lo llevan a cuestas sus esclavos o mujer a que duerma. Y en volviendo en sí torna a la casa y junta, y se emborracha de nuevo. Y después de haber pasado todo esto, el tiempo en que están en su anito la vieja maestra saca unas cuentas coloradas y las da a los indios más principales y valientes, y a las mujeres de éstos, y ellos las estiman en mucho y las guardan como nosotros, las que son benditas. Y los platos, salserillas y vasijas en que se ha hecho este maganito, las quiebran y echan fuera de la casa, y no quieren que nadie se sirva de ellas. Y luego, otro día como salen de allí, lo que han de hacer [11r] sementeras acuden a ellas y ponen por obra, y las cultivan.
      Y si es casamiento, dándole el marido a la que ha de ser su mujer las arras, desde entonces lo queda, con condición que si por parte de ellas se deshace el casamiento, le ha de volver todo lo que le ha dado. Y si por parte de él, se ha de quedar ella con todo el dote, y es costumbre que el marido ha de dotar la mujer, y sino no se casan muchas. Es costumbre entre ellos de casarse y descasarse, por lo que se les antoja. Lo que hacen, en naciendo la criatura, es llevarla al río y lavarla, y la madre hace lo mismo. Y allí le cortan a la criatura el ombligo, y lo lavan muy bien, y lo ponen a secar y dánselo al padre para que lo guarde. Y él lo toma y lo guarda en una bolsa donde tiene las piecillas del oro. Ya los muchachos, en siendo de ocho años, les enseñan a tirar con un arco y flechas, y a otros, como tienen de jugar, una lanza y pavés, y con el arco salen grandes flecheros. Y si algún principal tiene algún hijo pequeño, procura en las guerras donde él va, traerle un muchacho o indio, para que les corte las cabezas y cebarle a su inclinación. Es gente muy celosa, y suelen matar las mujeres si las hallan con otros indios, y sobre esto acaece moverse guerras entre ellos que cuestan muchas muertes.

      La costumbre que tienen en los entierros es la siguiente:

 Llevan una sarta de bahandines y bulacanes, los cinco grandes, y los otros medianos, y los bulaganes muy buenos.
 Cinco sartas de bulaganes y bahandines de muchos géneros ceñidos en la barriga.
 Unas orejeras que suelen pesar quince taes de oro.
 Llevan un paño negro ceñido por la barriga y pecho con muchos leones de oro y otras figuras, sembrado por todo él, de mucho valor.
 Unos palillos de oro con plumaje que suele traer un puñal en la cabeza cuando va a las guerras, todo de oro de mucho valor.
 Entiérranlos en un hoyo de dos brazas de hondo, cuatro brazas de largo, y braza y media de ancho, donde está un baroto aserrado por medio, el medio de bajo entero, y el de arriba en dos pedazos como puertas, y una tabla por la misma abertura, y dos petates puestos encima, y allí [11v] le meten un chicubite de bonga, y otro de cal, y otro de buyo.
 Meten los dos chicubites de mantas, cada lado el suyo.
 Dos chicubites de platos, a cada lado el suyo.
 Un chicubite en que le ponen los riborcillos de aceite y otros muy olorosos aceites.
 Dos bateas, la una a la cabecera, y la otra a los pies.
 Cúbrenlo todo de tierra, y luego hacen un camarín sobre la sepultura.
 El traje de las mujeres es la chivarra, hasta el ombligo, largas de mangas, y las atan por las espaldas con una cinta.
 Tienen las mantas cortas hasta las rodillas, abiertas por un lado, en la cabeza traen trancado el cabello con un bejuco muy bien labrado y delgado y muy largo, el cabello muy bien curado con sus aceites.
 Andan descalzas aunque sea la más principal.

[Relación de los indios zambales]

[21r] Entre otras cosas que usan estos Zambales, es que si matan alguno, al momento le quitan la cabeza y hacen una como corona con el bararao, y por allí le chupan los sesos y después guardan el casco o cabeza, porque demás de tenerlo por hacienda entre ellos, es aquella la honra y los trofeos suyos, de manera que el que más hombres ha muerto y mayores crueldades ha hecho es temido por más bravo y valiente.
      Su habitación, ordinaria es por la mayor parte, en tierras montuosas y en serranías muy ásperas. Es gente muy suelta y ligera, muy atrevida para una bellaquería y traición, que con éstos hacen sus magias, pero cobardes. Atados de ellas usan un rito maldito y de gran crueldad, que es que si uno tiene muchos hijos, hace cuenta con la hacienda y oro que tiene y reparte a su parecer al primero y segundo, y si es poco, sólo al primero, y todos los demás los matan o venden por esclavos a otros. Y cuando le han de matar, hacen un maganito, que es su borrachera, y allí después de bienvenidos, matan el muchacho. También si se les muere algún pariente cercano o se lo matan, han de matar por aquél otros hombres en venganza de la muerte de su deudo, y hasta cumplir esto traen luto cortándose los cabellos de atrás y por delante no los traen, y dejando de comer arroz y otras cosas que ellos prometen de no hacer hasta vengarse. Comen carne cruda mejor que perros, porque en matando un carabao, que es búfalo, le abren y comen las tripas sin lavar ni limpiar de cosa, y éste tienen por gran regalo.
      Otras muchas cosas guardan que se parecen a los demás indios de estas [21v] islas, que por evitar prolijidad y decirlas en las demás relaciones que van con ésta no se refieren aquí.


Costumbres y usos, ceremonias y ritos de Bisayas

[27r] Acostumbran los bisayas a pintarse los cuerpos con unas pinturas muy galanas. Hácenlas con hierros de azófar puestos al fuego, y tienen oficiales muy pulidos que los saben bien hacer. Hácenlas con tanta orden y concierto y tan a compás, que causan admiración a quien las ve. Son a manera de luminaciones. Píntanse los hombres todas las partes del cuerpo, como son los pechos, barriga, pierna y brazos, espaldas, manos y muslos, y algunos los rostros. Las mujeres se pintan solamente las manos muy galanamente. A los hombres sirven estas pinturas como si fuesen vestidos, y así parecen bien, aunque andan desnudos de ordinario, que no traen en el cuerpo sino un paño de algodón, de largura de dos brazas poco más, y de anchura de tres cuartas, el cual con unas vueltas muy pulidas que con él hacen poniéndoselo revuelto a la cintura, y entre una pierna y otra, tapando con él sus vergüenzas y partes traseras, quedando todo lo demás del cuerpo desnudo. Al cual paño en su lengua llaman bahaque, y con esto parecen bien las pinturas como si fuesen un vestido muy galano. Tienen otra manera de vestidos, que son unas mantas de algodón que hacen unas como ropas de levantar. Son cerradas por la delantera. Traen los hombres en las cabezas unas muy galanas toquillas de muchas colores, que puestas en la cabeza hacen con ellas una manera de tocado como turbante turquesco. Llaman a éstas en su lengua purones, y cierto que es vistoso y galano. Y los que son mozos lo traen muy pulido, con muchas listas de oro.
      El hábito y vestiduras de las mujeres bisayas son unas mantas muy listadas de diversas colores hechas de algodón, y otros de una yerba que tienen, de que las labran, y algunas hay que las traen de tafetán raso y damasco, de lo que viene de la China. La hechura de todas ellas es cosida, la manta, por una y otra parte, quedando hecha [27v] como una saca grande de trigo con dos bocas, y metiéndose la una de las bocas por la cabeza cuando se la visten, y después la doblan de la cintura abajo, cayendo las dos bocas de la manta a la parte de abajo. Y dan una lazada con la misma manta por encima de la cintura, cogiéndola por ser muy ancha y tener lugar con ésta de dar la lazada, y les queda apretada al cuerpo, y la lazada a un lado muy galanamente hecha. Y entonces parece el vestido como si trujesen dos faldellines, el uno más largo que el otro, porque con la dobladura que hacen viene aparecer de esta facción que digo. Traen junto con esto unos pezuelos o jubones con unas medias mangas arrocadas que les llega hasta los codos, aunque algunas hay que traen enteras todas las mangas. Son muy justos, sin cuellos, y escotados. Abróchanlos por delante, con unas tiensas o cordones de seda, y muchas hay que traen mucha chapería de oro o espigueta, cada una como mejor pueda. No traen ningún género de camisas, ni las acostumbran, porque todo esto lo traen a raíz de las carnes, y se les parece la cintura y barriga. Traen las piernas descubiertas casi un palmo. Cuando van fuera llevan unas cubiertas como mantos. Son de algodón, y blancas, y algunas hay que lo llevan de tafetán de colores. Cuando van fuera las mujeres de sus casas, a ver y visitar otras, van muy despacio, haciendo mil meneos con el cuerpo, llevando un brazo colgando, mangueando con él, porque lo tienen por gran bizarría. Lo mismo hacen los hombres. Si sin principales suelen llevar las mujeres unas como coronas o guirnaldas en las cabezas hechas de oropel, que se les trae de la China a vender. Y algunas veces, cuando no lo tienen, las llevan hechas de flores y rosas de los campos.
      [28r] Los bisayas tienen y sienten del origen y principio del mundo una cosa harto para reír, llena de mil desatinos. Dicen que antes que hubiese tierra, había cielo y agua solamente, lo cual era
ab eterno, y que había un ave que andaba siempre volando entre el cielo y el agua sin hallar dónde reposar, que esta ave será el milano, el cual andando volando, cansado de su continuo volar, determinó de revolver hacia al cielo y al agua para ver si por aquí hallaría alguna parte donde poder asentarse y descansar del continuo trabajo que de andar volando tenía, porque en el cielo no hallaba lugar para ello ni menos en el agua. Y subiéndose volando hacia el cielo, le dijo que la mar decía que la mar se había de levantar en alto y meterse en el cielo hasta anegarlo con su agua, y que el cielo dijo al milano, que si la mar hiciese lo que decía, para quererle anegar, que él le echaría encima de su agua muchas islas y piedras, de manera que no pudiese jamás llegar su agua a donde el cielo estaba, ni hacerle mal alguno, porque con las islas y piedras que le echaría encima, la mar se andaría a la redonda de ellas y no tendría lugar de se levantar contra el cielo, como decía, ni subirse en lo alto, porque el mucho peso de las islas y piedras se los estorbaría. Pues luego que el milano oyó esto al cielo, se bajó a la mar y le dijo que el cielo estaba muy enojado con ella, y que le quería echar encima muchas islas y piedras muy grandes y de mucho peso. Habiendo la mar entendido lo que el milano decía que el cielo quería echar contra ella, se enojó contra ella de tal manera que comenzó a levantarse y a crecer y subirse tanto arriba, con tanta fuerza e ímpetu, con determinación de anegarle, que el cielo comenzó a temer y a irse subiendo más arriba porque la mar no le anegase. Con lo cual la mar se levantaba con más fuerza y furor [28v] y procuraba subir más alta. Y visto el cielo que todavía la mar le iba siguiendo y creciendo más le comenzó a echar encima muchas piedras muy grandes y muchas islas, con el peso de las cuales la mar se fue abajando a su lugar donde estaba primero, y andaba entre las islas y piedras que el cielo le había echado encima, que no pudo más subirse contra él, quedándose el cielo en su mismo lugar muy contento con lo que con la mar había hecho.
      Pues luego que el milano vio la tierra sobre la mar bajó allá con mucho contento por haber hallado donde descansar del continuo volar que tenía, y que estando en la tierra descansando vio por el agua venir una caña que tenía dos canutos tan solamente, los cuales la resaca de la mar los traía y llevaba hacia la tierra donde el milano estaba, a la orilla de la cual siempre la resaca de la mar los llevaba a dar a los pies del milano. Y aunque se desviaba a otra parte para que no le diesen en los pies, todavía la caña se iba a donde el milano estaba, y le daba en los pies, y le lastimaba con los golpes que le daba. Por lo cual el milano comenzó a dar grandes picadas en la caña, y hizo tanto con el pico que vino a quebrar y deshacer los dos canutos de caña. Y de ellos salieron luego, del uno un hombre, y de otro, una mujer, y que éstos fueron el primer hombre y mujer que hubo en el mundo. Y que el hombre se llamó Calaque y la mujer Cabaye, de los cuales dicen los bisayas que tuvieron principio los nombres de mujer y hombre, que entre ellos hay. Porque en su lengua llaman al hombre
alaque y a la mujer babay, derivados de estos dos primeros nombres de hombre y mujer, que fueron hallados en los dos canutos de caña que el milano hizo pedazos.
      Dicen más, que luego que el hombre y la mujer salieron de los dos canutos de caña, el hombre dijo a la mujer que se casasen [29r] el uno con el otro para que multiplicasen y viviesen generación, y que la mujer no quiso venir en el casamiento, diciendo que no era justo que ellos se casasen, porque eran hermanos, y se habían criado juntos en aquellos dos canutos de caña, donde no había de por medio más que tan solamente un nudo de la misma caña. Que si se casaban los castigarían sus dioses, Maguayem y Malaon, que así nombran y llaman a éstas que son los más principales dioses que entre ellos hay. El hombre dijo a la mujer que de ello no tuviese ningún miedo, que bien se podrían casar y que, para saber si los dioses se enojarían o no, de ello que se lo preguntasen a los peces de la mar, que ellos dirían si se enojarían sus dioses de sus casamientos. Y con este acuerdo lo fueron a preguntar a las toninas, y les respondieron que se podían muy bien casar, que no tuviesen temor que fuesen por ello castigados de sus dioses, porque también se habían ellos casado siendo hermanos como ellos, y habían venido en grande multiplicación y abundancia como veían, y no les había castigado por ello los dioses. Y aunque esto vio y entendió, la mujer no quiso venir en el casamiento con su hermano, por el temor que a sus dioses tenía.
      Y el hombre le tornó a decir que para más satisfacción de saber si sería bien casarse entre ambos, y que no se enojarían de ello los dioses, se lo tornasen a preguntar a las aves, que ellas lo dirían. Y acordados en esto, se fueron entrambos a las palomas y se lo preguntaron, diciéndoles como eran hermanos, y si los dioses se enojarían si se casaban el uno con el otro. Las palomas dijeron la misma respuesta que habían dicho las toninas, diciéndoles que era bien que los dos se casasen y que hubiese de ellos mucha generación, porque lo mismo habían ellas hecho, por lo cual habían multiplicado tanto en la tierra, y que aunque eran hermanos, no se habían por ello [29v] enojado los dioses.
      Y con todo esto que la mujer oía no osó determinarse a casar por el temor que a los dioses tenía, sino vino a decir que si se había de casar, era preguntándoselo a algún dios de los suyos. Y que si él se lo decía, que entonces se casaría, y no de otra manera. Y el hombre dijo que así se hiciese, y de un acuerdo fueron ambos a lo saber y preguntar al dios Linuc, que es el temblor de la tierra. Y habiéndoselo preguntado, dio por respuesta y dijo que será cosa justa que ellos dos se casasen y ampliasen el mundo con su generación, que no temiesen que por ello los dioses se enojarían. Con lo cual la mujer vino y concedió en el casamiento, pues los pescados y las aves, y el dios Linuc, se lo decían, con que el casamentero entre ellos fuese el mismo dios Linuc, temblor de la tierra, y volviendo a él para que los casase. Y los casó, y quedaron contentos.
      Dicen más, que poco tiempo adelante, la mujer se empreñó y vino a parir de una vez mucha cantidad de hijos e hijas, que no les podían sustentar después de criados, porque eran todos tan haraganes que se estaban en casa y no se les daba nada por buscar lo necesario ni menos querían ayudar a sus padres para ello. De lo cual se vinieron a enojar con los hijos y determinaron de los echar de su casa. Y para esto un día, viniendo el padre de fuera, fingió venir muy enojado y, entrando en casa, como los vio a todos jugando y ociosos, tomó un palo y, dando grandes voces, dio tras los hijos, dando a entender que los había de matar. Y los hijos dieron a huir, no osando esperar a su padre, viéndole tan enojado, temiendo que les había de matar. Y se apartaron unos de otros donde mejor pudieron, yéndose muchos fuera de casa de su padre [30r] y otros se metieron en el aposento de la casa, y algunos se quedaron en la casa principal de ella, y otros se escondieron detrás de las paredes de la misma casa, y otros se fueron a la cocina y se escondieron entre las ollas y en las chimeneas.
      Dicen pues estos bisayas que de éstos que se metieron en los aposentos de la casa, se avienen ahora. Los señores y principales que hay entre ellos y los que mandan y a quien respetan y sirven, que son entre ellos como entre españoles, señores de título, llámanles en su lengua
datos. Y a los que se quedaron en la sala principal de la casa, son los caballeros y hidalgos entre ellos, porque son libres y no pagan cosa ninguna. A éstos llaman en su lengua timaguas. Los que se pusieron detrás de las paredes de la casa dicen que son los que tienen por esclavos, a los cuales llaman en su lengua oripes. Los que fueron a la cocina y se escondieron en las chimeneas y entre las ollas, dicen que son los negros, diciendo y afirmando que vienen de ellos todos los negros que hay en las Philipinas, e islas del Poniente, en las serranías de ellas. Y de los demás que se fueron afuera de casa, que nunca más volvieron ni supieron de ellos, dicen que vienen todas las demás generaciones que hay en el mundo, diciendo que éstos fueron muchos y que se fueron a muchas y diversas partes. Y esto es lo que tienen del principio y creación de los hombres, teniendo junto con esto a sus antepasados por dioses, como los tienen, diciendo que les pueden favorecer en todas sus necesidades y dar salud, o quitársela. Y así cuando las tienen, los invocan y llaman, teniendo que a todo les han de acudir.
      [30v] Dicen asimismo que la causa por que los que mueren no tornan a volver a este siglo es porque uno de sus antepasados, luego que comenzó a haber hombres, que se decía Pandaguan, que fue el primero según ellos que inventó el arte y manera de pescar, y hizo en la mar corrales para este efecto, que tomó un día en un corral de pescar que hizo, un tiburón, y que sacándole en tierra, se le murió, y que le hizo obsequias como si fuera algún hombre. Con lo cual se enojaron contra él los dioses y enviaron un rayo del cielo que mató a Pandaguan, porque hizo obsequias al tiburón, al cual Pandaguan, después de muerto, los dioses lo llevaron al cielo y entraron en consulta con él y lo tornaron a enviar al mundo, habiendo pasado treinta días que murió, para que viviese y estuviese en él. Y que en estos treinta días que Pandaguan estuvo en el cielo y fuera del mundo su mujer, que se decía Loblobam, se amancebó con uno llamado Marancon, entendiendo que Pandaguan, su marido, no había del volver más al mundo.
      Tenía Pandaguan en esta su mujer un hijo, que se decía Anoranor, el cual fue el primero que vio a su padre cuando volvió al mundo, porque estando en su casa lo vio, porque allá fue donde primero Pandaguan vino por ver a su mujer Lobloban. Y preguntando a su hijo Anoranor por su madre, le dijo el hijo que no estaba en casa. Y mandole que la fuese a buscar, y le dijese que ya había resucitado, y que los dioses le habían enviado al mundo, y que quedaba en su casa aguardándola. Estaba Lobloban en aquella razón, cuando el hijo le fue a decir lo que Pandaguan le mandaba, en casa de su amigo Maroncon, holgándose en un convite que le hacía de un puerco que había hurtado, por lo cual es temido entre los bisayas este Maroncon, por el inventor del [31r] hurto. Y como el hijo dijo a Lobloban que se fuese luego a su casa, porque ya Pandaguan había resucitado, y le enviaba a llamar porque la quería ver, enojose de esto Lobloban con su hijo Anoranor, dándole muy ásperas y fuertes muestras, diciéndole que mentía en lo que le había dicho, y que se fuese y no le dijese ninguna cosa de aquéllas, que pues ya Pandaguan era muerto, que no había de volver más al mundo, que pues el tiburón a quien él mató y hizo obsequias no había resucitado, menos resucitaría Pandaguan, su padre.
      Y con esta respuesta volvió Anoranor a su casa y dijo a su padre Pandaguan, lo que su madre Lobloban había dicho, dándole con esto cuenta de todo lo que había hecho después que fue muerto con el rayo por los dioses, y cómo se amancebó con Marancon. Sintió mucho Pandaguan esto y, saliéndose de su casa con mucho enojo contra su mujer, se fue al infierno, a quien llaman en la lengua suya Sular, y que nunca más pareció ni volvió al mundo, de lo cual tienen estos bisayas que los hombres se hicieron mortales por haber hecho Pandaguan obsequias al tiburón muerto. Y tienen también que la causa por que los muertos no vuelven a esta vida del mundo después que mueren, fue porque la mujer Lobloban no quiso venir al mandado de Pandaguan su marido, porque de antes de todo esto que hemos dicho, tenían por inmortales a los hombres, y si alguno mataban los dioses, le resucitaban luego y volvían al mundo, y a vivir como primero como hicieron a Pandaguan.
      Mas desacatados los que se morían y van al infierno, a quien como hemos dicho llaman Sular, hasta tanto que hubo entre ellos una cierta mujer [31v] llamada Si Baye Omahelury, y otros llaman Si Bay Omastiasan, la cual dicen ordenó un sacrificio a sus dioses para que las ánimas de los que muriesen no fuesen al infierno , sino que fuesen por ellos enviadas a cierta parte de aquellas islas en las más ásperas montañas, donde no fuesen vistas de ningún viviente, donde estuviesen en vida regalada, y en banquetes, de lo cual adelante daremos más particular relación. A este sacrificio que esta mujer inventó llaman en su lengua
maganito, y puédenlo hacer hombres y mujeres, y los que los hacen les llaman baylanes si son hombres, y si son mujeres baysanas, que es como entre nosotros hechiceros o hechiceras, o encantadores o encantadoras, y entre los gentiles romanos, sacerdotes o sacerdotisas. Éstos invocando a sus dioses o demonios, por mejor decir, con ciertas palabras supersticiosas y ademanes que tienen, matando el sacerdote o sacerdotisa que ha de hacer el sacrificio, con sus propias manos, con una lanza, un puerco, al cual cortándole la cabeza la pone por sí y aparte de toda la demás carne, no tocando nadie a ellas de los que presentes se hallan, sino tan solamente el sacerdote que ha de hacer el sacrificio, o maganito, como ellos dicen, diciendo que aquella cabeza es para los dioses y que nadie puede tacar a ella, sino el que hace el sacrificio. El cual después de haber hacho el sacrificio o hechizo se la come él solo, y la demás carne se reparte entre todos los que se hallan presentes al sacrificio, comiendo muy espléndidamente, bebiendo cierta bebida que hacen de arroz, hasta que se emborrachan y los llevan a sus casas sus criados y amigos, de los brazos [32r] o a los hombros.
      Y este sacrificio es el que acostumbran hacer cuando está alguno enfermo, y para que sus dioses le den salud y saber de ellos si les es acepto este sacrificio hacen esto: Toman los que tienen este oficio de sacerdote el redario del puerco que han muerto, y pónenlo sobre el suelo de una olla de barro, tocando a este tiempo unas campanas que ellos acostumbran, haciendo con ellas muy grande ruido, diciendo algunos cantares y haciendo otras cosas de regocijo y alegría, estando a todo presente el enfermo por cuya salud hace el sacrificio, derramando por el suelo mucha de la bebida que allí tienen para sólo este efecto, diciendo que aquello que se derrama es para que beban sus dioses, invocando junto con esto a sus antepasados, teniendo por cierto que les pueden favorecer y dar salud, porque también los tienen por dioses. Y si acaso el enfermo muere, siendo el tal persona poderosa, cuando le entierran meten juntamente con él algunos de los esclavos que tiene, enterrándolos vivos de por sí, porque al principal pónenlo en un ataúd de madera dentro de su misma casa, diciendo que los han de menester los difuntos para que les sirvan en el otro mundo, y les aderezan la comida y lo demás que hubieren menester. Para lo cual hacen otro sacrificio y borrachera de muchos convites, invocando a los demonios con ciertas palabras que acostumbran, pidiéndoles que tengan por bien las ánimas de todos aquellos que allí se entierran, las dejen salir del infierno y las lleven a unas serranías muy ásperas y muy altas, adonde no habita gente [32v] por su mucha aspereza, para que allí estén holgándose y banqueteando en vida regalada, en las cuales ellos entienden que están sus antepasados ocupados de continuo en comer y beber muy regaladamente. Y afirman tan en su seso este desvarío que oírselo pone admiración, de ver cuán creído tienen esto, que no hay quien se lo quite de la cabeza, aunque más les digan y afirmen que no es así ni pasa eso.
      Tienen otros abusos y supersticiones como es que saliendo de sus casas para alguna parte, si alguno de ellos u otro estornuda, se tornan a entrar en ellas y se están un cierto espacio de tiempo que no tornan a salir. Y acabado, salen y van a hacer lo que iban. Y cuando han de ir a alguna parte fuera de sus pueblos, a contratar o a hacer guerra, o a otra cosa alguna, echan suertes con unos colmillos de caimanes que para esto tienen, para por ellas saber si les ha de suceder bien en aquel camino que quieren hacer. Y si la suerte muestra que ha de suceder bien van luego a ello, haciendo primero dos o tres días borracheras. La misma orden guardan si han de ir a la guerra. Y su la suerte no es buena, dejan el camino o viaje por algunos días, hasta que le salga buena suerte.
      Hay asimismo entre los bisayas unos a quien ellos llaman
axuanes o malaques, que es lo mismo que entre nosotros brujos. Y dicen que tienen poder para matar a quien ellos quieren con sólo decir que se mueran las personas a quien estos axuanes o malaques quieren matar. [33r] Y dicen que también hacen los mismo si se enojan con alguna persona, que con sólo el mirar la matan. Y si alguna vez sucede que en el pueblo oparte donde alguno de estos hechiceros están, que muere alguna personal principal o hijo suyo, matan luego los parientes del principal que murió al hechicero que está o vive en aquel pueblo, juntamente con todos los de su casa y parentela, diciendo que aquel brujo mató al tal principal, y que por esto nadie de su linaje ha de quedar vivo, porque el que quedare ha de ser como el mismo hechicero y ha de matar a otros muchos.
      Cuando juran acostumbran decir en sus juramentos estas palabras, teniéndolas por gran juramento, y que el que las dice, no ha de osar decir mentira: “el sol me parta, váyame yo con el sol o muérame con él, o el caimán o lagarto me coma si esto que digo no es así verdad”, temiendo que si no la dicen, les ha de suceder lo que en el juramento han jurado. Y con todo dicen mil mentiras y falsos testimonios.
      Tienen por muy cierto que todos los que mueren a puñaladas o les come algún lagarto o bestia fiera, así de mar como de tierra, o al que mata algún rayo del cielo, que los tales a quien semejantes muertes suceden, sus ánimas van al cielo con sus dioses, y no a las serranías altas que atrás dijimos que van los que mueren de sus enfermedades, diciendo que éstos se suben al cielo por los arcos que en él parecen cuando hay lluvias, a los cuales estiman y tienen en mucho, diciendo que son muy valientes.
      No tienen templos ningunos, donde adoren y reverencien [33v] a sus dioses, ni menos tienen ningunos religiosos que les enseñen ni prediquen sus ritos ni hagan vida de abstinencia, ni religión como tienen los demás idólatras que hay en el mundo. Tan solamente tienen los hechiceros y hechiceras que hemos dicho, los cuales no hacen otra cosa más que las supersticiones de matar el puerco, con todo lo demás que sobre ello dijimos, ni hay más orden de religión.
      Estos bisayas traen el cabello muy largo, así hombres como mujeres, y précianse mucho de ello, peinándose muy a menudo, echando en él ciertos ungüentos olorosos que hacen para ello. Tráenlo cogido a un lado de la cabeza, hecho con el mismo cabello una lazada muy pulida que no se les deshace si de propósito no se la quitan. No traen ningún tocado las mujeres en que lo traigan cogido, sino solamente como he dicho con la lazada, que en su manera es muy pulida y parecen bien. Y los hombres lo traen cogido con unas telillas muy galanas con que le dan unas vueltas a la redonda de la cabeza, a las cuales llaman
purones, de que luego trataremos.
      Los hombres y mujeres traen las orejas abiertas por muchas partes, y en las aberturas de ellas se ponen las mujeres y hombres muchas y joyas de oro hechas con mucho primor, porque hay para esto en ellos muchos y muy buenos oficiales que labran de filigrana escogidamente y con mucha sutileza. Unas son de hechura de rosal, y éstas las traen las mujeres solamente, y llámanlas
pomaras. Otras son como argollas redondas [34r] que las traen los hombres y mujeres, llámanlas pamicas, y traen algunos tres o cuatro pares de ellas en las orejas que, como tienen tantos agujeros en ellas, lo pueden hacer.
      No tienen estos bisayas rey ni persona mayor a quien todos obedezcan. Generalmente lo que más tienen es en cada un pueblo, hay uno o dos, o más principales a quien en su lengua, como hemos dicho, llaman datos, que es como en España señores de título. A éstos obedecen los de aquel pueblo en todo lo que les mandan, porque los más de ellos son esclavos de éstos y, los que no lo son en el pueblo, son deudos de los datos, a los cuales llaman
timaguas, que es lo que en Castilla hidalgos, porque son exentos de no pagar ni contribuir ninguna cosa a los datos o principales.
      Tienen de ordinario entre sí los bisayas muchas guerras y diferencias, mayormente antes que viniesen españoles a su tierra, que apenas había pueblo que tuviese paz con sus vecinos, matándose y robándose unos a otros con mucha crueldad, haciéndose mil traiciones, que de esto son grandes maestros, tomándose unos a otros por esclavos, no guardando la palabra que daban y prometían. Ahora después que hay entre ellos españoles, han cesado casi de todo punto estas cosas, porque apenas hay entre ellos guerras y diferencias, porque los españoles se las componen y les quitan de debates, porque como los tienen en encomienda, y les pagan tributo, procuran de que no vaya ninguna de estas cosas, y las justicias por su parte hacen lo mismo.
      [34v] Las armas que estas gentes acostumbran son unos puñales de extraña hechura, las vainas de madera llámanles
bararaos, y unas lanzas con unos hierros de hechura de lenguados, las astas pequeñas, de la estatura de un hombre poco más. Tienen paveses de madera con que se cubren los cuerpos cuando pelean. Son largos y angostos. Tienen algunos muy galanos y pintados. Hacen unas armas a manera de corazas de hilo de algodón muy fuertes, que aunque les den o tiren con una lanza, aunque sea de muy cerca, no les harán daño ninguno. Tienen otras hechas de palo a manera de petos y espaldares, que defiende una flecha y una lanza, detienen arcos y flechas, en los hierros de las cuales echan algunas veces ponzoña, que hay mucha en todas las islas Philipinas y, en algunas de estas islas, usan unas cerbatanas como las que en España hay con que matan pájaros, con las que les tiran unas flechuelas muy pequeñas con hierros muy agudos, las cuales tiran por el agujero de la cerbatana. Y van los hierros de estas flechuelas llenos de ponzoña o yerba y, si hacen sangre en la herida que dan o hacen mueren de ellas, aunque sea muy poca. Hacen muchas lanzas de palo y cañas, con las puntas tostadas, las cuales tiran muy a menudo cuando pelean unos con otros. Tienen rodelas hechas de bejucos. Son muy fuertes porque no se pueden cortar ni pasar de ninguna cuchillada que sobre ellas den. En algunas partes traen en las cabezas unos como cascos o morriones hechos de cuero de pescado, que son muy fuertes. Tienen algunos coseletes hechos de cuero de búfano, y algunos hay de cuero de elefante, que hay algunos en una isla llamada Xoló, aunque no son [35r] tan grandes como los de la India.
      Tienen mucha manera de navíos de muy diferentes hechuras y nombres, con los cuales hacen sus guerras y van a sus navegaciones. Son por la mayor parte pequeños, los que usan para la guerra e ir a robar, llaman
barangays y, si son algo grandes, llámanles vireyes. Éstos son muy largos y angostos, van en ellos cincuenta personas y, si son algo grandes, van ciento, todas las cuales han de remar, excepto el principal que va en el navío. Los remos de estos navíos son del tamaño de una vara de medir, poco más, con sus palas muy bien hechas. Estos remos no los atan al navío para remar con ellos, sino que sentados los que reman a bordo del navío, van remando con el remo muy descansadamente con entrambas manos. Son los navíos demasiadamente ligeros, echan dos o tres andanas de remos por banda cuando tienen gente para ello, yendo asentadas y puestas estas andanas que digo en unos contrapesos que los navíos llevan hechos de cañas muy grandes que hay en todas las Philipinas, e islas del Poniente, los cuales contrapesos van fuera del cuerpo del navío por entrambas partes, y en ellos van sentados los que reman, muy sin pesadumbre. Con estos contrapesos van los navíos muy seguros que no pueden zozobrar y cubren mucha mar a causa que suspenden el navío para arriba y no quiebran las olas en el cuerpo del navío, sino en el contrapeso. Usan de velas redondas como las nuestras. Tienen otros navíos que llaman birocos, son más grandes que los que hemos dicho porque hay algunos [35v] que son de porte de quinientas o seiscientas hanegas de trigo. Son también de remos, mas son muy largos y van atados al navío, como los nuestros, y tienen diferente hechura. Éstos son los mayores navíos que tienen, todos los demás son pequeños, y nómbranlos por muy diferentes nombres, y tienen diferentes hechuras, que no hay para qué tratar aquí de ellos, pues no importa mucho.
      No tienen estas gentes justicias ni hombres diputados para el bien común o de sus repúblicas, ni se castigan los delitos que hacen o cometen por ninguna persona, sino que, cada uno que es agraviado, toma por sí la satisfacción de las injurias que le son hechas. Los principales hacen lo que quieren, sin haber quien les vaya a la mano, haciendo esclavos al que se les antoja por muy poquito que contra ellos se haga, y dan libertad con la misma facilidad a quien quieren, sin haber quien en nada les vaya a la mano. Aunque después que los españoles están en las Philipinas y las tienen pobladas, no les dejan hacer ni consienten a nadie ninguna de estas tiranías, yendo a la mano a los principales y a los demás que las quieren hacer, y lo mismo hacen las justicias donde están.
      Los edificios y casas que tienen, y asientos de los pueblos, son muy ruines, porque no tienen traza, ni orden ni concierto en ello. Son de palos y de cañas muy grandes, que hay en todas las Philipinas e islas del Poniente, porque tienen a siete y a ocho brazas, y tan gordas como casi el muslo. Sírvense de ellas [36r] para todos sus edificios y obras. Hacen de ellas las paredes y suelos altos de las casas, partiéndolas por medio, y tejiéndolas unas con otras de la manera que los cesteros. Hacen los mimbres cuando hacen alguna canasta. Los pueblos no tienen concierto en sus calles ni casas, sino que cada uno la asienta y pone donde le parece. Hay en las calles y entre las casas muchos árboles silvestres y palmas de cocos, aunque es las partes que hay doctrinas, los religiosos les han puesto que tengan en esto alguna policía, y la hay. Tienen de ordinario las casas y pueblos a la orilla de los ríos y partes pantanosas y cenagosas, porque entre ellos lo tienen por mejor. Báñanse todos los días, así hombres como mujeres, una o dos veces al día públicamente, echando las carnes de fuera, tapándose las vergüenzas con las manos tan solamente, hasta entrar donde se las cubre el agua, a cuya causa son todos lo más muy grandes nadadores y amigos de andar en el agua, así hombres como mujeres, porque desde que nacen los enseñan a esto.
      En sus casamientos tienen esta costumbre, que queriendo casar algún padre a su hijo con hija de otro, el padre del hijo se concierta con el padre de la hija, en esta manera, que le da para ella, y porque se case con su hijo, cierta cantidad de oro o su valor, como mejor entre ellos se conciertan, conforme a la calidad de cada uno. Y esta cantidad se la da al padre de la moza y se queda con ella, sin darla a su hija, hasta tanto que los casados hacen y tienen casa por sí y aparte, que entonces se la dan. En estos casamientos se ayudan los parientes unos a otros de esta manera, que el padre de la desposada hace al padre del desposado, que a sus deudos [36v] de la desposada alguna cosa por razón del casamiento, y lo que les dan a los parientes, se quedan con ellos.
      Mejoran entre ellos de ordinario a las mujeres, diciendo que pues ellas no han de ir a ganar lo necesario, las han de mejorar. Puédense casar con las mujeres que quisieren, estando vivas todas sin que por ello tengan pena ni castigo. Si quieren descasarse de la mujer que tienen, lo pueden hacer dejándole lo que dio por ella al tiempo que se casó, al cual precio llaman
buguey, que es lo que en España llamamos dote. Y si es la mujer la que se quiere descasar, no ha de llevar nada. Y cualquiera de los dos se puede luego tornar a casar. Si la mujer hace adulterio, puede el marido dejarla y quitarle todo lo que tiene, y pudiendo, a ver al adúltero, lo puede matar en cualquier parte sin pena ninguna. Y si le da alguna cosa, la puede tomar y le perdona por ello. Y con esto no es afrenta entre ellos, aunque lo que le da sea de muy poco valor. Al principio del casamiento no paran en que la mujer esté virgen o no, porque todas las más están a este tiempo corrompidas, y no hacen caso de esto, ni reparan en ello, aunque tienen por afrenta el parir no siendo casadas. Traen las mujeres en los brazos muchas manillas de oro y otras de marfil, y también los hombres usan de esto muy de ordinario. A las de oro llaman gambanes, y las de marfil tiposos. Estiman en mucho las de marfil. Traen al cuello algunas cadenas de oro, teniéndolas por mucha gala y bizarría. Las mujeres se ponen en las piernas manillas de oro y latón, [37r] porque las traen descubiertas hasta las pantorrillas, y tiene traer manillas en las piernas por mucha gala.
      Los juegos y pasatiempos son hacer que los gallos peleen unos con otros, teniéndolos para esto muy cebados y regalados en sus casas. Y cuando han de pelear, pónenles unas navajuelas muy sutiles y agudas hechas como de anzuelo con un encaje para atársela a las piernas, junto a donde las nace el espolón. Y de esta manera les hacen pelear unos con otros, poniendo por precio que el dueño del gallo que saliere vencedor lleve al vencido para se le comer o hacer de él lo que quisiere.
      Este solo juego y pasatiempo tienen, y hacen borracherías, que esta es la fiesta más principal que entre ellos hay. No tienen día de fiesta, ni de guardar para ninguna cosa. Ahora que los españoles están en aquellas partes, han tomado de ellos algunos juegos, como es el del argolla, y damas de ajedrez, de que hay muy buenos maestros, especialmente del argolla. Algunos se han dado a los naipes, y los juegan, aunque de éstos hay pocos.
      Los oficios que hay entre ellos son carpinteros, que hacen todo lo que se les pide de carpintería, como son casas, cajas, navíos, bancos. Los navíos hacen sin llevar ningún género de hierro ni brea ni otro betumen, sino tan solamente la madera. Y hácenlos tan estancos que no les entra agua ninguna. Son en extremo muy pulidos y bien labrados. Y plateros de oro, que labran de filigrana, sutilísimamente y saben fundir y afinar el oro muy bien. Y herreros que hacen de hierro muy bien cualquier herramienta [37v] que se les pida. Éstos son los oficios que entre ellos hay más ordinarios, y hacen todos los demás en que les imponen, que para todo tienen habilidad.
      Son en general grandísimos haraganes y enemigos del trabajo. Gastan el más tiempo del año en andarse holgando y emborrachándose, que si la necesidad no les constriñe, se dejarían de sembrar sus sementeras y arroz, y las demás cosas que siembran para su sustento. No tienen huertas ni legumbres, ni árboles frutales que cultivar, porque todas sus frutas son silvestres, y agras y de mal gusto y paladar. Sólo los plátanos son buenos, y de éstos hay gran cantidad y diversidad de muchas suertes de ellos, los cuales cultivan en sus casas y sementeras, con algunas cañas dulces y patatas y camotes, de que también hay abundancia.
      No acostumbran a dormir en camas ni las tienen, aunque hay comodidad para ello, porque las podrían hacer de cierta cosa que cogen de los árboles que en su lengua llaman baro, que sirve por colchones, como lana. Duermen en el suelo de sus casas, en lo alto de ellas, que es lo que habitan, porque de lo bajo no se sirven. Ponen debajo de los cuerpos tan solamente unas esteras de palmas. Otros duermen en unas como hamacas hechas de mantas de algodón, las cuales cuelgan con dos ramales de soga de los palos o cañas de la casa, y de esta manera son sus camas.
      Las mujeres tienen por afrenta parir muchas veces, especialmente las que habitan en los pueblos [38r] cercanos al mar, diciendo que el tener muchos hijos son como puercas. A cuya causa, después que tienen uno o dos, las demás veces que se empreñan, estando ya de tres o cuatro meses, que se les echa de ver la preñez, matan la criatura en el cuerpo y vienen a mal parir. Y hay mujeres que tienen esto por oficio y, sobando las barrigas, ponen cierta yerba con que muere luego la criatura, y mal pare la preñada. Acostumbran también hacer esto las que no son casadas cuando están preñadas, que también tienen por afrenta tener hijos no siendo casadas, aunque no la tienen en andar y tener cuenta con los hombres siendo solteras, y estar con ellos amancebadas. Son todas más ordinariamente más amigas del trabajo que no los hombres, porque cosen, labran, hilan y tejen mantas de algodón, y otras cosas de que se visten. Van a las sementeras y trabajan en ellas haciendo oficios de hombres. En general son muy dadas al vicio de la carne, y muy interésales. No saben agradecer ninguna buena obra que por ellas se haga, y los mismo hacen los hombres. Y aunque les den mucho, jamás agradecen nada, y no saben dar en recompensa de lo que les dan ninguna cosa, porque su negocio está fundado en interés, sin el cual no hay hacer virtud.
      Hay entre estas gentes tres suertes y maneras de esclavos. Unos a quien llaman
hayo heyee. De éstos se sirven dentro de su casa de todo lo que han menester, y mientras que son soltero les [38v] hacen todas las cosas que les mandan y, en casándose, toman casa de por sí. Y mientras no tienen hijos, acuden a hacer el mismo servicio que hacían cuando estaban dentro de las casas de sus amos, de cinco días de la semana los dos, y entonces son de la segunda suerte de esclavos, a quien llaman tuheyes. Y, en teniendo hijos, van quitando de los días del servicio a su amo y, si tienen muchos hijos, no sirven de ninguna cosa, diciendo que harto tienen que hacer en buscar de comer para sus hijos. A la tercera suerte de esclavos llaman horo hanes. Éstos tienen tan solamente nombre de esclavos, porque no sirven de ninguna manera, sino es cuando sus amos van fuera a alguna guerra, que entonces los llevan para bogar en los navíos en que van por la mar. Y si es por tierra van haciendo oficios de soldados. De ordinario llevan éstos a sus casas cuando hacen algún convite y borrachera, para que se hallen en ellas como convidados y, cuando estos esclavos se mueren, sus haciendas, sin dejar nada, las toman sus amos para sí y, si tienen hijos, los tales hijos no han de servir a los amos de sus padres, mientras los padres viven. Mas luego que mueren sus padres, han de servir a sus amos en lugar de sus padres, y en el mismo oficio que hacían, siendo entre ellos esto ley inviolable. Acostumbran también los principales hacer esclavos a los que matan alguno o cometen algún adulterio, y esto es no teniendo alguna cosa con que poder pagar [39r] la muerte o adulterio que hicieron. Y en esto no perdonan a nadie, aunque sea muy cercano pariente suyo y la pena que por estos delitos les imponen es cierta cantidad de oro o su valor, que será como en Castilla, quince ducados cuando más. Y no pagando esto quedan hechos esclavos.
      Acostumbran los padres vender a los hijos, y hermanos a hermanos, en tiempo de necesidad y hambre, y quedan los vendidos hechos esclavos perpetuos. No se prestan unos a otros cosa alguna y, cuando alguna cosa de éstos hácenles, han personalmente de servir hasta tanto que se la paguen realmente, no descontando por lo que les han servido, ninguna cosa. Y de otra manera no hay hacer virtud, aunque sea un hermano con otro. También se puede uno a sí mismo hacer esclavo de esta manera, que siendo tan pobre que no tenga ninguna cosa con que poderse sustentar, porque le den de comer y lo demás necesario, se puede hacer esclavo. Y hay muchos que por sólo esto lo son. Tienen otras muchas suertes y maneras por que hacen los principales esclavos, por no más de que pisan el sol, las cuales por ser tantas, dejo de las decir aquí por no cansar con ellas al lector. Y porque se vean algunas y saquen por ellas las demás, diré solamente dos. La una es que, por sólo que alguno pase por junto a un principal o, si el principal se topa con él, sino se desvía tan presto como quiere, le hacemos esclavo. Y si alguno entra o pone los pies en el agua, sementera del principal, le hacemos esclavo. Y a este tono van las demás cosas que tienen para hacer esclavos. No tienen ley ni costumbre de obligar a nadie a pena de muerte por ningún delito, sólo pueden hacerlos esclavos como hemos dicho, mas matarlos en ninguna manera.
      [39v] Tienen por hermanos tan solamente a los que son hijos de un padre y de una madre, y si el padre o la madre se casa, segunda vez, y del matrimonio tienen algún hijo o hija, los que antes tenían cualquiera de ellos del primer matrimonio, no se tienen por hermanos de los del segundo matrimonio, ni los nombran por tales, porque tan solamente llaman hermanos a los que son hijos de un mismo padre y de una madre. No acostumbran celebrar matrimonio ni hacerlo con estos hermanos de padre o de madre, que ésta sola diferencia hacen de los demás deudos, porque con todos se casan, en cualquier grado de parentesco que sea, fuera de padre y madre o hermanos de padre y madre, o de estos hermanos de padre o madre, tan solamente a quien decimos que no tienen ni nombran por hermanos.
      Las obsequias que estas gentes hacen a sus difuntos son que, muriendo algún principal, le meten en un ataúd de madera y pónenle en lo alto de la casa, y todas las noches le alumbran dos esclavos suyos con unos hachones de cañas encendidas que ellos acostumbran de ordinario para este menester. Hacen de esto más de dos meses arreo, y hacen matar algunos esclavos del difunto, dándoles la misma muerte que su amo tuvo, como es que si murió ahogado en el agua, ahogan también a los esclavos en el agua. Y si lo mataron a puñaladas, mátanlo a puñaladas, de manera que de la misma muerte que el amo muerte, han de ser muertos los esclavos. Y si muere de su enfermedad, ahóganlo o entiérranlo vivo, diciendo que así es menester se haga, porque estos esclavos que matan en la manera que hemos dicho, dicen [40r] que son para que vayan al otro mundo a servir a sus amos y aderezarles la comida, poniendo junto con esto algunas ollas y platos debajo de las casas con alguna comida, colgados del enmaderamiento de la casa, diciendo que aquello es para que los difuntos coman. Y a los muy principales acostumbran enterrarlos en unos navíos, a quien llaman barangay, como muchos esclavos suyos vivos, y metiendo mucha comida, vestidos y joyas, diciendo que los esclavos son para que les sirvan, como cuando andaban navegando por la mar.
      En las cosas de su comer, no son nada curiosos, porque no saben hacer guisados, ni tienen en ello alguna policía. Su ordinaria comida es un poco de arroz cocido en agua tan solamente, y un poco de pescado seco al sol, que huele mal. Y esto tienen por comida. También tienen algunas gallinas y puercos y venados, de que hay abundancia en las Philipinas. Y búfanos, que los hay en algunas partes de estas islas muy grandes y feroces. Tienen vino de muchas suertes, porque le hacen de arroz, de palmas de cocos, y de plátanos, y de otro género de palmas que se crían en los lugares cenagosos, a quien llaman en su lengua
nipa. Éste es razonable vino, y se emborrachan con él. El que más ordinariamente beben es el de arroz, y llámanle pangasi.
      Cuando hacen amistad con los que tienen guerra o con otros algunos, acostumbran sacarse un poco de sangre de los brazos o de otra parte del cuerpo, y danla a beber a los que quieren ser sus amigos. Y los otros hacen otro tanto, y de esta manera dicen que [40v] que queda el amistad y paz hecha perfectamente, y que no se ha de quebrantar.
      También acostumbran hacerse la dentadura negra o morada, haciéndola muy de propósito de esta manera, con cierto zumo o yerba, que para esto acostumbran traen en las bocas. Y algunos traen los dientes engastados en oro. Especialmente traen esto las mujeres, haciendo con el oro en la dentadura una facción como almeninas, tan pulidamente asentadas en el mismo hueso del mismo diente, que no parece sino que allí en la dentadura se nació juntamente con ella. Y ponen esto de manera que nunca jamás se cae el oro. Hay entre ellos de este menester muy grandes y pulidos oficiales.
      No tienen género de música ni instrumento de ella, sino tan solamente unas como guitarras o rabeles, que tienen tres o cuatro cuerdas de alambre, en las cuales tañen sin primor alguno ni concierto. Usan junto con esto algunas trompas hechas de caña, que tañen con ellas de la misma manera que nosotros con las trompas de París, poniéndoselas en la boca y dándoles con el dedo en una lengüeta que tienen hecha de la misma caña. Esto lo tienen de música. Y cuando van remando en los navíos, van cantando a compás como van echando el remo, a veces apresuradamente, y otras yendo más despacio.
      Finalmente, acostumbran en el pecado de la carne, una cosa, la más nueva y nunca vista [41r] ni oída jamás, en la cual parece el grande vicio y bestialidad que en este particular tienen. La cual es que los hombres se ponen en el miembro genital y traen de ordinario en él unas rodajas o sortijas, con unas puntas a la redonda que salen de las mismas rodajas o sortijas, como de la forma de ésta que está en el margen. Las cuales hacen de plomo o de estaño, y algunas hay de oro. Tienen hechos dos agujeros en la parte que hace el redondo la sortija o rodaja, uno por la parte de arriba y otro por la parte de abajo, por donde entra o meten un pernete o clavo del mismo metal que es la sortija que atraviesa el miembro del hombre, por el nacimiento del prepucio, y así queda la rodaja o sortija puesta en el mismo miembro genital de la misma manera a como cuando se pone una sortija en el dedo. Y así tienen acceso con las mujeres, y están todo un día o una noche pegados y asidos el uno con el otro, de la manera que quedan los perros cuando acaban de hacer semejante acto, sintiendo en esto gran delectación, mayormente las mujeres. Hay algunas de estas rodajas o sortijas que son muy grandes. Tienen más de treinta suertes de ellas, y de cada suerte tienen su nombre diferente. Y el general de todas es en su lengua
sagra. Han tenido muy especial cuidado los españoles, después que están entre estas gentes, de quitar esta abominable y bestial costumbre, y han quitado muchas de ellas a los naturales, y castigándoles con azotes, porque las traen. Y con todo esto no ha provechado nada, porque las traen y usan [41v] muy de ordinario. Traen el pernete o clavo que entra por los agujeros de la rodaja o sortija, y por el miembro del hombre, continuamente puesto en el mismo miembro, porque el agujero no se cierre o, porque al tiempo de poner la sortija o rodaja, no les dé pesadumbre. Costumbre inventada por el demonio, para que con ella los hombres ofendan más a Dios, nuestro Señor, en este vicio.
      Esto que hasta aquí hemos escrito son los ritos y ceremonias, usos y costumbres que los bisayas y gentes que habitan en las islas Philipinas del Poniente, hemos sabido, y esto de las personas más viejas y principales que hay en ellas, porque son los que mejor las saben, por información bocal de sus pasados, que de unos en otros ha venido de tiempo inmemorial, y lo cantan en sus cantares, donde dan a entender su principio, y cuentan sus guerras, y todas las demás cosas que hemos dicho, porque no tienen otra escritura ni cosa que se lo diga ni enseñe, sino son sus cantares, a quien ellos en su lengua llaman
biaus.


Costumbres y usos de moros de las Philipinas islas del Poniente

      Los que llaman moros en las islas del Poniente, no es porque sean moros, ni guarden los ritos ni ceremonias de Mahoma, porque no lo son, ni tienen ninguna cosa de moro, sino sólo el nombre. Sino porque luego que aquí llegamos los españoles, nos pareció que [42r] eran moros, y que tenían algunos ritos de Mahoma, porque hallaron de ello muchas muestras entre ellos a causa que venían a estas islas los naturales de la isla de Borney, a tratar y contratar, y éstos de Borney son moros como los de Berbería, y guardan la secta de Mahoma, la cual comenzaban a enseñar a los de las Philipinas, y así comenzaban a tener algunas cosas de ella, como era el retajarse y no comer carne de puerco, y otras cosillas de la ley de Mahoma. De esta suerte y de aquí se les vino a poner el nombre de moros que tienen, más ellos son realmente gentiles, y tienen casi las mismas costumbres y modos de vivir que los bisayas, aunque en lo de la creación del mundo y de los hombres lo sienten de otra manera que ellos, porque tienen mucha más lumbre de razón natural, y más vivos y sutiles ingenios. Y así rigen sus cosas por mejor orden y concierto que no los bisayas. Y porque todo lo digamos, pasa de esta manera:
      Tienen los moros de las Philipinas que el mundo, tierra y cielo, y todas las demás cosas que en ellos hay, fueron creadas y hechas por un dios tan solamente, al cual dios llaman en su lengua Bachtala,
napalnanca, calgna salabat, que quiere decir “dios, creador y conservador de todas las cosas”, y por otro nombre le llaman Mulayri. Dicen que este su dios está en el aire antes que hubiese cielo ni tierra, ni las demás cosas, y que fue ab eterno y no hecho ni creado de nadie, ni por nadie. Y que él solo hizo y creó todo lo que hemos dicho, por sola su voluntad, queriendo hacer una cosa tan hermosa como es el cielo [42v] y la tierra. Y que hizo y creó de la tierra un hombre y una mujer, de los cuales descienden y vienen todos los hombres y generaciones de ellos que hay en el mundo. Y dicen más, que cuando sus antepasados tuvieron noticia de este dios, que es el que ellos tienen por el más principal, que fue por unos hombres profetas cuyos nombres no saben decir, porque como no tienen escritura que se lo enseñe, se han olvidado de los nombres propios de estos profetas. Más lo que de ellos saben es que en su lengua les llaman tagapagbasa, nansulatana dios, que quiere decir “declaradores de los escritos de dios”, por los cuales supieron de este su dios, diciéndoles lo que hemos dicho de la creación del mundo y de los hombres y de lo demás. A éste pues adoran y reverencian en sus entendimientos y en ciertas juntas que hacen en sus casas, porque no tienen templos para esto, ni los acostumbran, donde hacen unos convites y borracheras donde comen y beben muy espléndidamente, teniendo presentes a esto, unas personas a quien en su lengua llaman catalonas, que son como sacerdotes, y de estos hay hombres y mujeres. Lo que dicen que hacen es decir ciertas oraciones o palabras secretas, con alguna ofrenda de comida o bebida, pidiéndole que tenga por bien que haga aquello que le es pedido por la persona que hace aquel sacrificio, echando juntamente con esto ciertas suertes que también acostumbran, con unos huesos o cuentas que para esto tienen [43r] de respecto. Los cuales catalonas o sacerdotes llevan cierta paga por hacer el sacrificio.
      Tienen asimismo otros muchos dioses que dicen les sirven para otra cosa particular, los cuales dicen que sus antepasados inventaron y hicieron, diciendo tener de ellos necesidad, como es el dios que llaman Lacanbaco, al cual tienen por dios de los frutos de la tierra, y hacen para cuando esto lo han menester, un convite y borrachera en las sementeras, en una ramada que allí hacen para este efecto, en la cual ponen una manera de altar, y en él ponen una estatua de palo que dicen que es el dios Lacanbaco, con los dientes y ojos de oro y la natura dorada y del tamaño que quieren se sea la espiga de sus arroces, y tiene el cuerpo todo hueco. Y allí a la redonda se ponen a comer y banquetear, los que hacen el sacrificio y lo mandan hacer. Que los que lo hacen son los sacerdotes que hemos dicho, los cuales meten al dios Lacanbaco en aquello que allí comen en la boca, y le dan de beber de la bebida que tienen y, diciendo algunas palabras, tienen por cierto que les ha de dar muy buenos y cumplidos frutos de lo que le piden.
      Tienen otro que dicen que es el dios de los campos y montes, al cual llaman Quinon sana, y al cual hacen sacrificios por los mismos sacerdotes llamados catolonas de algunas comidas, y dicen algunas palabras cuando esto hacen, pidiéndole a este dios que cuando anden en los campos y montes, no les hagan mal ni daño [43v] ninguno, diciendo que es poderosos para hacerle mal y daño y, porque no se lo haga, le hacen este sacrificio y convite, por tenerlo grato y propicio. Y a este mismo le tienen y temen mucho.
      Tienen otro llamado Lacapati, al cual le hacen los mismos sacrificios de comida y palabras, pidiéndole agua para sus sementeras, y para que les dé pescado cuando van a pescar al mar, diciendo que si esto no hacen, que no han de tener agua para sus sementeras, ni menos cuando vayan a pescar han de tomar pescado ninguno.
      Tienen otro a quien llaman Sayc. Éste tienen por dios de la mar, al cual hacen también sacrificio de banquetes y comida por los mismos sacerdotes, pidiéndole que cuando fueren navegando por la mar, les libre de tormentas y borrascas, que les dé buenos tiempos y sosegados vientos, teniendo que para todo esto es poderoso.
      Tienen también a la luna por dios, a la cual adoran y reverencian todas las veces que es nueva, pidiéndole que les dé vida y riquezas, porque creen y tienen por cierto que se las puede dar muy cumplidamente y alargarles la vida.
      Tienen también a sus abuelos por dioses, diciendo que están en el aire mirando siempre por ellos, y que las enfermedades que tienen se las dan o se las quitan sus abuelos. Y así les hacen muchos banquetes y borracheras [44r] por los mismos sacerdotes cuando están enfermos. Y habiendo rogado el sacerdote por la salud del enfermo, estando muchos presentes a esto, toma el mismo sacerdote un buyo, que es cierta comida de una bellota que hay en las Philipinas, y una hoja envuelta en la bellota, que de ordinario la andan mascando todos los de estas islas, porque es buena para el estómago y dentadura, y untan con aquello mascado a todos los que se hallan presentes a este sacrificio, para que no les dé aquella enfermedad que el enfermo tiene. Y con esto tienen que sus abuelos les dan salud en sus enfermedades.
      Tienen otros ritos y agüeros, como es si sueñan algún sueño que no les venga a propósito de lo que quieren hacer cuando quieren ir fuera de sus casas a alguna parte, o estornudan, u oyen cantar un pajarón a quien ellos llaman Bactala, o atravesar por delante de ellos algún ratón u otra sabandija cuando quieren ir camino o, estando en sus casas para ir a ello, se vuelven, y en tres días no tornan a ir a aquella parte o camino que querían hacer. Y, pasados, vuelven a hacer su camino. Y si acaso alguna cosa de éstas que hemos dicho les sucede en el camino o en cualquier parte de él, dan la vuelta a sus casas entendiendo que no les ha de suceder bien aquello que van a hacer. Y si van a la guerra, hacen lo mismo que hemos dicho de los bisayas, y lo propio es en el juramento que hacen y dicen, las mismas palabras que dijimos [44v] en lo de los bisayas, aunque demás de ellas tienen los moros unos idolillos pequeños que tienen en la mano cuando hacen el juramento, el cual es de barro o metal, y muy feo, quitado algún miembro de él. Llámanle a este Zumpa, en el cual juran diciendo estas palabras más que las que hemos dicho: “yo me torne como este Zumpa, si no es verdad lo que aquí digo”, teniendo por creído que si dicen mentira ha de suceder luego lo que dicen que les venga por el juramento. Fuera de este juramento cuando quieren averiguar la verdad entre ellos, que sea muy cierta lo que dicen, hacen esto: que se van a un río y allí, en lo hondo del agua, toman cada uno una hasta de palo en las manos, y déjanse ir debajo del agua, diciendo que el que más espacio de tiempo estuviere debajo de ellas sin rellosar aquél, dice verdad. Y así a un tiempo se dejan ir y meten debajo del agua, y el que está más, ése dicen que dice verdad y alcanza justicia, y el otro se da y queda por condenado de lo que le piden o pide, y ésta es la más evidente prueba de decir verdad que hay entre ellos.
      No tienen rey entre ellos, ni persona diputadas para que administre justicia, ni cosas de república, sino que en esto hacen lo mismo que lo bisayas, que los que son principales hacen lo que quieren, quitando y dando las haciendas a quien y mejor les parece, por muy poca ocasión. Aunque es verdad que son los moros [45r] más llegados a razón, y tienen más concierto y policía en sus cosas, y mejor modo de vivir y, en todas las cosas de razón, les hacen ventaja. Tienen mejores casas y edificios, y con más concierto, aunque también están en lugares cenagosos y orillas de ríos. Andan los moros vestidos de ropa de algodón, y no desnudos como los bisayas. Sus vestidos son unas chamarretas o saltaembarcas escotadas y sin cuellos, y con sus mangas y sus zaragüelles bien hechos, aunque también traen de la cintura para abajo unas mantas muy bien puestas con que traen las carnes tapadas hasta la rodilla, porque de allí para abajo traen las piernas de fuera, poniéndose las pantorrillas hasta las rodillas muchas como cadenetas menudas hechas de azófar, que ellos llaman
bitiques. Y esto lo traen los hombres tan solamente, teniéndolo por mucha gala. Traen asimismo muchas cadenas de oro al cuello, mayormente si son principales, porque esto es de lo que más se precian. Y hay algunos que traen de estas cadenas más de diez y doce de ellas en la cabeza. Traen unas toquillas puestas que no son anchas ni largas, que no dan más que una vuelta a la cabeza y con un nudo en ellas. No tienen el cabello largo porque se lo cortan como en España se acostumbra. No traen barba ninguna, ni se la dejan crecer, aunque son todos en general mal barbados, y la que les sale se la pelan muy de propósito. Y los bisayas hacen lo mismo. Los moros traen tan solamente bigotes [45v] que esto no se pelan, y los dejan crecer todo lo que pueden. Los bisayas en ninguna manera. No acostumbran traer calzado ninguno, ni traen las orejas abiertas los hombres, como hacen los bisayas, las mujeres sí, en ellas muchas joyas de oro, porque son más ricas que no las bisayas. Y también usan hombres y mujeres traer muchas manillas y ajorcas de oro en los brazos, en las piernas no las acostumbran, y las mujeres traen también al cuello las mismas cadenas de oro que traen los hombres. Los moros no se pintan ninguna cosa de su cuerpo. En la lengua hay alguna diferencia, aunque todos se entienden muy bien, porque es como castellana y portuguesa, y aún más semejable. Son muy amigos de mercar y vender, y de tener contrataciones unos con otros, y así son grandes mercadelejos y buscavidas y muy sutiles en su manera de tratar. Y son grandes amigos de buscar y ganar dinero, y lo procuran haber por todas las vías que pueden. Para ganarlo son amigos de servir a los españoles, y así sirven por meses. Cuentan el año por lunas, y es de una cosecha a otra. Tienen ciertos caracteres que les sirven de letras, con los cuales escriben lo que quieren. Son de muy diferente hechura de los demás que sabemos. Hasta las mujeres comúnmente saben escribir con ellos y, cuando escriben, es sobre ciertas tablillas hechas de cañas de las que hay en aquellas islas, encima de la corteza. El uso de la tal tablilla, que es de ancho cuatro dedos, no escriben con tinta, [46r] sino con unos punzones con que rompen la tez y corteza de la caña. Y con tener letras no tienen libros, ni historias, ni escriben cosa que sea de tomo, sino solamente cartas y recaudos unos a otros. Y para esto solamente se sirven de estas letras, las cuales son solamente diez y siete. Es cada letra una sílaba, y con ciertos puntillos que les ponen a un lado o a otro de la letra, o a la parte de arriba o a la de abajo, hacen dicción, y escriben y dicen con esto lo que quieren. Y es muy fácil de prender, porque riendo se dará a ello alguna persona, en poco más de dos meses se deprende. No son muy prestos en el escribir, porque lo hacen muy despacio. Y lo mismo es en el leer, que es como cuando deletrean los muchachos en la escuela.
      Sus pueblos también los asientan y pueblan en partes cenagosas, y donde hay agua e ríos, como los bisayas, porque se acostumbran bañar de la misma manera, dos o tres veces al día. Tienen en ellos más concierto y policía, así en los edificios como en lo demás que los bisayas, aunque también hay árboles y palmas de cocos en las calles. Hay en los moros los mismos oficiales de carpinteros, herreros y plateros, y más oficiales de hacer y fundir artillería de bronce, que también la usan y tenían al tiempo que los españoles entraron en las Philipinas, donde ellos estaban. Ahora no la tienen, porque se la han quitado los españoles. Era toda pequeña, porque lo más que tenían era algunos falcones y mucha verserra. Piezas grandes no las tenían, [46v] ni hacían, aunque ahora las saben muy bien hacer y fundir.
      No comen carne de puerco, como hemos dicho, porque esto se les pegó de los moros mahometanos de Borney, que venían a tratar con ellos, con otras cosas de la secta de Mahoma que les enseñaban. Comen carne de cabra, búfano y gallinas y patos, que todo esto crían y tienen. Los bisayas no comen la carne de cabra, y los unos y los otros no comen queso ni leche, porque lo tienen por cosa muy asquerosa. Hacen muchas borracheras de ordinario, porque ésta es su principal fiesta, y el hacer pelear los gallos como dijimos en lo de los bisayas. El vino que beben es el que sacan y hacen de las palmas de cocos, luego que lo cogen fresco de las palmas, que es dulce y como mosto de uvas. Llámanle en su lengua tupa.
      El vestido de las mujeres no es tan galano ni pulido como el de las bisayas, porque se ponen unas mantas de algodón o de tafetán revueltas al cuerpo, con muy poca policía. Los jubones y corpezuelos que traen son de la misma facción que dijimos ser los de las bisayas, y también traen el vestido a raíz de las carnes, pareciéndoles por la cintura y pechos, porque no usan camisas ningunas ni calzado. Las que son principales acostumbran, cuando van fuera de sus casas, que sus esclavos las lleven en los hombros, y de esta manera van por todas las calles. Llevan todas encima del vestido unas mantas pequeñas que les llegan a la cintura poco más. Son de algodón y de colores, y algunas hay de tafetán raso y damasco [47r] de lo que viene de la China.
      En lo de los casamientos hacen lo mismo que los bisayas y ni más ni menos. En lo de los esclavos, y en el hacer amistades con sus enemigos y con los que vienen a sus pueblos. También acostumbran a traer la dentadura negra o morada, y para ello hacen lo que dijimos que hacen los bisayas, porque lo tienen por gala.
      No tienen género de música, sino tan solamente las guitarras que dijimos que tienen los bisayas, en las cuales tañen con más primor que los bisayas. Y especialmente las tañen mujeres, y se entiende por el son que con ellas hacen como si estuviesen hablando. Y así muchas veces, está una en su casa y algún enamorado suyo en otra casa, allí cerca donde se puedan oír las guitarras. Tañen con ellas y se están requebrando, diciendo por lo que tañen lo que quieren, y así se entienden. Y esto no lo saben hacer todos porque se deprende y enseña entre ellos de la manera que en España la jerigonza de los ciegos.
      Cuando se muere alguno, hacían un ataúd de madera en que lo meten y lavábanle el cuerpo, y poníanle algunos ungüentos olorosos con que se le untan, poniéndolos en el ataúd, algunas mantas y no otra cosa, y entierran el ataúd debajo de tierra. No meten oro ninguno ni joyas como los bisayas. Y después, los moros que quedan vivos deudos del difunto, ayunan un año arreo, sin comer más que yerbas o frutas silvestres, y plátanos, y no otra cosa. Y a esto llaman ellos
magarahe. También lo hacen los bisayas, mas no lo hacen tanto tiempo. El moro que muere pónenle dentro de la sepultura un [47v] esclavo suyo, al cual meten vivo debajo del ataúd, a la parte que está la cabeza del difunto, para que en el otro mundo le sirva.
      En el heredar las haciendas de sus padres tienen parte todos los hijos, aunque sean bastardos o adúlteros, aunque no en tanta cantidad y parte como los legítimos. Cásanse con todos sus parientes, excepto con hermanos. No acostumbran a dormir en camas, porque en esto hacen lo mismo que hemos dicho de los bisayas. Tienen también por afrenta las que no son casadas de parir, y matan las criaturas como las bisayas, aunque las que son casadas no se afrentan de parir muchas veces, antes lo tienen por bueno, y así no procuran malparir ni matar las criaturas como dijimos que hacían las bisayas casadas. Son generalmente todas muy viciosas en la carnalidad, y muy interésales y hacen lo demás que las bisayas. Puédense casar con las mujeres que quisieren estando vivas, y hacen las mismas cosas que dijimos hacen los bisayas en este particular. Guardan la misma orden cuando se casan. Tienen también muchas suertes de navíos y con muy diferentes nombres, que les sirven así para sus contrataciones como para las guerras, y son casi de la misma suerte que los que tienen los bisayas, aunque no tan buenos ni pulidos.
      Acostumbran las mujeres traer en la cabeza sobre el cabello, que lo traen suelto, unas como diademas hechas de oro, y esto las que son principales, porque las que no lo son las traen de concha de tortuga, son muy galanas. Tienen también entre [48r] estos moros muchas guerras y diferencias con los pueblos sus comarcanos, y con otros, en las cuales hacen las mismas cosas que hemos dicho de los bisayas, y usan y traen las mismas armas. Y los más principales hacen todo lo que quieren sin haber quien les vaya a la mano en nada.
      Esto es lo que acostumbran los moros y bisayas de las islas Philipinas y lo que de ellos hasta ahora hemos sabido.


Relación de los ritos y ceremonias gentilezas de los indios de las islas Philipinas

[59r] Aunque es verdad que en estas islas de Luzón, Panay y Cebú hay infinidad de lenguas, unas diferentes de otras y, por el consiguiente, diferentes trajes, unos barbarísimos y otros de mediano entendimiento y otros de muy más claro, en lo que toca a ritos y ceremonias gentilezas, casi todos concuerdan y, si en alguna partes difieren en algo, es tan poca la diferencia, que sería inconveniente tratar de cada nación de estas de por sí, y así de todas ellas se hace un epílogo.
      Cuanto al primero, es de notar que estas gentes temían y reverenciaban a un dios, hacedor de todas las cosas, que unos le llaman Bathala, otros Molaiari, otros Dioata y, aunque confiesan a este dios por hacedor de todas las cosas, ni saben ni tienen noticia cuándo ni cómo la hizo ni para qué, y que su morada es en el cielo.
      Siempre han tenido y tienen conocimiento de que tienen alma, y que está apartada del cuerpo. Va a cierto lugar que unos llaman
casan y otros maca. Éste dicen está dividido en dos poblaciones grandes con un brazo de mar en medio. El uno dicen es para las almas de los navegantes, y éstos andan vestidos de blanco, y es otro para todos los demás, los cuales andan vestidos de colorados, por más preeminencia. Dicen que las almas que habitan en estos lugares mueren siete veces, y otras tantas vuelven a resucitar, y que pasan los propios trabajos y miserias que pasaban en este mundo en sus cuerpos, pero que tienen poder para quitar y dar salud, y que para el efecto viene por los aires, y por esta causa le reverencian pidiendo ayuda, haciendo borracheras solemnes, comiendo puercos, gallinas y los mejores manjares y guisados que a su modo pueden. Júntanse los parientes y vecinos, cantan, danzan y bailan al son de atambores y campanas, con mucho estruendo de palmadas y gritos. Ponen altar con candelas, adornado de las mejores mantas y preseas de oro que tienen. Ofrecen de todo al anito, que así le llaman al alma cuando la invocan. Úntanse con la sangre de lo que han muerto para comer, [59v] en ciertas partes del cuerpo, temiendo que aquello les ha de ser causa de salud y larga vida. Y todo esto administra un sacerdote vestido en hábito de mujer. Le llaman bayog o bayogrun. O una mujer del propio oficio, que llaman catolonan. Y esta fiesta se viene a fenecer quedando todos borrachos, o la mayor parte, y a esto llaman los indios maganito, y pues está dicho de lo que es maganito, digamos de los sacerdotes y sacerdotisas que tienen, y lo que es anejo a sus oficios, y luego consecutivamente los ritos y ceremonias que en cosas particulares tienen y usan los indios.
      Aunque estos indios no tienen templos, tienen sacerdotes y sacerdotisas, los cuales son los principales maestros de sus ceremonias, ritos y agüeros, y a quien en todos los negocios de importancia, todos se encomiendan, pagándoles muy bien su trabajo. Ellos, ordinariamente, éntrale mujeril su modo, melindre y meneos. Es tan afeminado que quien no los conoce juzgara ser mujeres. Casi todos son impotentes para el acto de la generación, y así se casan con otro varón y duermen juntos como marido y mujer, y tienen sus actos carnales y finalmente son sométicos. Éstos se llaman
bayog o bayoguin. Las sacerdotisas ordinariamente son viejas. Y éstas, es su oficio curar enfermos o, con palabras supersticiosas, o asistiendo en las borracheras invocando las almas de sus antepasados para el fin que pretenden, y haciendo las ceremonias que adelante se verán.
      El oficio de los sacerdotes es acudir a todas las necesidades en general, acudiendo a invocar lo que las sacerdotisas, aunque con más ceremonias, más pompa y más autoridad. Hay también otro género de éstos a quien llaman
catolonan, el oficio de los cuales es el propio de las sacerdotisas, y éstos, ni ellas son de tanta autoridad como los que andan en hábito de mujer. Finalmente los unos ni los otros son hechiceros, y cuanto hacen, o es con hechicerías o engaños, para vaciar las bolsas del pueblo ignorante.
      Estando enfermos usan de muchos géneros de ritos, unos [60r] con más aparato y otros con menos, según la calidad de cada uno, porque la gente principal ordinariamente hacen
maganitos o borrachera solemne de la manera que atrás se ha dicho, asistiendo un sacerdote o más, el cual invoca sus anitos y dicen que vienen, y que los circunstantes oyen un ruido como de flauta, que según dicen los sacerdotes es el anito que habla y dice que el enfermo tendrá salud. Y con esto se prosigue la fiesta con gran júbilo. Y si el enfermo muere habiendo dicho el anito que tendrá salud, da por excusa el sacerdote que la voluntad de su anito fue buena, pero que otros anitos de más poder lo estorbaron. Otros hay que enciende un hacho de zacate y lo echan por la ventana, diciendo que con aquello espantan a los malos anitos, causadores de la enfermedad, y que con esto se van. Otros echan suertes teniendo colgado de la mano un pedazo de palo atado en un hilo, o un colmillo de caimán, y ellos propios lo menean diciendo quién es la causa de la enfermedad de fulano, es fulano o no es fulano, no es zutano, pues quién, fulano. Si hablan de consigo propio los que esto hacen y, enderezando la suerte que menean con su mano a quien les parece, de modo que se ve evidentemente patraña del que esto hace. Y con todo, no se persuade nadie a que lo es, sino que es aquello cierto. Otros que no tienen tanto caudal y costilla para gastar, ofrecen un poco de arroz cocido y un poco de pescado y vino, pidiendo salud al anito. Otros con mediana borrachera ofrecen al anito, y asiste una sacerdotisa o un sacerdote delos inferiores que llaman catolonan. Y éstos administran lo necesario y dicen que la causa de la enfermedad del enfermo es que el alma se le ha ido y que, hasta volvérsela al cuerpo, no sanará. Y luego le ruega el enfermo que dé orden como se le vuelva. Y para esto les pagan adelantado conforme se concierta, y luego el catolonan se pone solo a un rincón, hablando entre sí. Y al cabo de un rato se llega al enfermo y le dice que se alegre, que ya tiene el alma en el cuerpo y que sanará, y con esto hacen su borrachera. Y si el enfermo muere, nunca le faltan excusas para disculparse. Y en estas borracheras calientan agua con la cual se lavan la cara todos, sanos y enfermos, diciendo que aquello preserva de enfermedad y alarga la vida.
      [60v] Lo más general en estas islas es enterrar luego sin dilación los muertos, aunque no ha todos se les hace igual pompa, porque la gente común no hace más de amortaja con una manta blanca al difunto, y enterrarlo, o junto a su casa o a su sementera, y luego hacen una borrachera, y con esto concluyen. Pero los principales los amortajan con las más ricas mantas de seda que tienen, y lo echan en un ataúd de madera incorruptible, y dentro echan algún oro conforme a la posibilidad del muerto. Y entiérranlo debajo de una casa, que para el efecto tienen hecha, donde se entierra toda la parentela. Y cercan la sepultura con cortinas, y tienen sobre la sepultura lámpara encendida y comida, que ofrecen al muerto. Y esto dura conforme la persona es, y algunas veces pasa de tres o cuatro años, y aun ponen una mujer u hombre que esté de guardia todo este tiempo. En algunas partes matan esclavos y los entierran con sus amos, para que tengan quien les sirva en la otra vida. Y pasa a tanta desventura esto que muchos arman un barco con más de sesenta esclavos, y lo cargan de comida y bebida, y meten dentro al muerto y a él. Y a todo el barco, con todos los esclavos vivos, lo entierran debajo de tierra. Y hacen las obsequias bebiendo más de un mes. Otras hay que tienen el difunto en casa seis o siete días, para que destile el jugo que tiene. Y en el interín, con toda aquella hediondez, están bebiendo que nunca paran. Y luego le quitan la carne de los huesos y la echan a la mar, y los huesos los guardan en una tinaja. Y al cabo de muchísimo tiempo, si les parece, los entierran con tinaja y todo, y si no déjanlos estar en casa. Pero la cosa de más asco y horror que hacen es que, en metiendo los huesos [61r] en la tierra, y con ella beben sirviéndoles de taza, y esto es en lo que llaman Batán hasta Mariveles. Otros hay que no entierran los muertos, sino los llevan a un cerro, y allí los arrojan. Y luego se vienen huyendo a porfía, porque tienen que el que quedare postrero morirá, y por esta razón hay pocos que se atrevan a llevarlos. Y los que se atreven es porque se lo pagan muy bien cuando los llevan a enterrar. No los sacan por la puerta principal, sino por una ventana. Y si los sacan las cierran luego y la mudan a otra parte, porque tienen que los que pasaren por donde el muerto pasa, morirán. Lloran a los muertos, no sólo en casa, pero por el camino cuando los llevan a enterrar, diciendo endechas en las cuales publican las hazañas y virtudes del difunto, lo cual más parece canto que llanto, por lo mucho que gargantean y entonan la voz, casi lo más sin lágrimas, que para este efecto buscan de intento personas que lo saben hacer y casi lo tienen por oficio. Donde muere principal, ninguno del pueblo a cantar ni tañer género de instrumento de regocijo, ni aun los que pasan en barcos por su puerta, so gravísimas penas.
      Los géneros de lutos que éstos tienen por sus difuntos es abstenerse de comer arroz tantos años como trae o dio de dote, y esto es cuando a los casado por sus mujeres, que los demás cada uno deja de comerlo conforme lo que sintió la muerte, o la falta que le hace el difunto. El viudo se mete dentro de una cortina si es principal, y en cuatro días no come cosa ninguna, porque dice que si esto no hiciese, se tornaría loco. Y en todo este tiempo anda un sacerdote bailando alrededor, cantando. Y si el muerto tenía esclavos, y sus parientes los tienen, todos los rapan a navaja por luto, y todos los parientes varones [61v] hacen lo propio, y las parientas cortan parte de los cabellos, y no todos. No se visten de seda ni se adornan con oro los parientes mucho tiempo. Pónense los varones en algunas partes collares de bejucos, y ellas en las muñecas, y no se bañan ni quitan el luto hasta matar alguna persona. Y entonces se lo quitan, y hacen borrachera solemne y van fuera los lutos.
      Las mujeres que desean empreñarse crían puercos regaladísimamente, dándoles a comer de los manjares más gustosos que hay, y desde entonces los dedican para sacrificarlos al anito en pariendo. Y tienen tanta confianza en que criándolo se han de empreñar, que es cosa particular. En empreñándose no se quita el marido el marido el cabello hasta que la mujer pare, teniendo que si antes se lo quita, la criatura no saldrá a luz, aunque esto no es en todas partes, sino en algunas.
      En pariendo la mujer, no consienten en algunas partes que muelan arroz debajo la casa, sino lejos de ella, porque tienen que si del arroz que salta de los pilones comen las gallinas, morirá la criatura. Hacen
maganito en pariendo, juntándose en él toda la parentela y vecindad. Comen con gran contento el puerco que criaron, regalado para el efecto, y todos se untan con la sangre de él, y untando a la criatura. Y bañan con agua al recién nacido y a la parida, y tienen particular cuidado de pagar a las parteras, porque tienen que si no les contentan, saldrá la criatura llorona. Y las parteras, cuando hacen su oficio, hacen oración a la primer partera que hubo en el mundo, a la cual no conocen ni saben quién es, diciendo: “Oh tú, primera partera, cuyo oficio por tu voluntad ahora hago, dame favor [62r] para que mediante mi ayuda salga a luz esta criatura”.
      Todas las veces que los principales comen, ponen en platillos en su propia mesa, de por sí de todo lo que comen y beben, por ofrenda a los anitos y al Molayare o Bathala, creador de todas las cosas. Y del arroz u otro cualquier fruto nuevo, no convidan a nadie, ni la ropa nueva, no consienten que otro la estrene, porque tienen que haciéndolo, han de padecer falta de aquella cosa.
      No consienten que en la crina donde crinan el arroz nadie coma cosa, porque tiene que, el que comiere, se morirá o se volverá loco.
      Cuando llueve con sol y el cielo está algo bermejo, dicen que los anitos se juntan a darles guerra. Y están, y con grandísimo temor, y ni mujeres ni niños consienten que bajen de las casas, hasta que escampe y el cielo se pone claro.
      Cuando la tierra tiembla, dicen que los anitos lo hacen, y por esto todos dan alaridos y golpes en las casas haciendo mucho estruendo, diciendo que con aquello se espantan los anitos, y cesa el temblor.
      Cuando cazan tienen por agüero de que no cogerán nada nombrando cualquier cosa, tocante a la pesquería y pescando, si nombraren cualquier cosa. De caza lo propio.
      Cuando van camino por alguna tierra, tienen muchos agüeros. En algunas partes hay un pájaro azul, colorado y negro que llaman
batala. Este nombre quiere decir “dios”, y así dicen los indios que este nombre le es impropio, porque ellos no lo tienen por dios, sino por un mensajero suyo, que con su canto da a entender a los hombres [62v] la voluntad del mismo Batala, que es dios. Y que por esto, cuando van camino y oyen el canto de este pájaro, o se paran o vuelven, o prosiguen su viaje conforme lo que han entendido del canto del pájaro, “si estornuda algo voy”. En cantar lagartija, “va travesar el camino alguna culebra”. Se vuelven del camino diciendo que también son aquellas señales que dios les envía, para declararles que no es su voluntad que pasen adelante, y que si pasaren, les ha de suceder mal.
      El primer día que parece la luna nueva, la adoran y le piden mercedes. Unos que les depare mucho oro, otros que les dé mucho arroz, otros que les dé mujer hermosa o marido gentil, hombre y bien acondicionado y rico. Otros que les dé salud y larga vida, y finalmente cada uno le pide aquello que más apetece.
      Yendo por agua al río, o en barco, hacen oración al caimán, pidiéndole que se vaya a lo hondo, y no les atemorice ni haga mal, que ellos no son sus enemigos, ni pretenden su daño, sino que antes buscan su provecho, que allá se lo haya con sus enemigos, Llámanle abuelo y dicen que son sus parientes, y otras boberías a este tono. Otros le ponen ofrenda de comida orilla el río, y tienen particular cuidado en esto. Y de todo no pretenden de él más que no les haga daño. Y si acaso los que van en barco lo ven andar encima del agua, lo tienen por mal agüero, y se paran hasta ver otro agüero bueno para pasar adelante.
      Creen en sueños y así tienen cuenta en soñando, si el sueño es bueno o malo. Y si es bueno lo tienen por buena señal, y el malo por mala. Y siendo [63r] malo luego hacen
maganitos, ofrendas y oraciones a su dios o anitos, y están tristes hasta que ven agüero que les significa algún bien suyo en contra de lo que soñó.
      Y a los tocados de yerba mortífera o ponzoña, y a los apostemados o enfermos de enfermedad peligrosa, los curan con palabras que sólo en la isla de Burney, que guardan la secta mahometana, se entienden, por ser ordenadas allí. Y cuando curan, juntamente con las palabras, van mascando una yerba que llaman buyo. Y tienen tanta fe con estas palabras los que curan y los curados, que es cosa maravillosa que en diciéndolas dice luego el enfermo que siente mejoría.
      El aceite de ajonjolí con que se curan le hacen cierto conjuro, a manera de bendición, con palabras burneyas. Y éste le guardan con mucho cuidado, para curar las enfermedades arriba dichas.
      Usan también de estas palabras o conjuros para hacer a los gallos valientes e invencibles.
      Usan asimismo de algunos conjuros para sus amores, y que les quiera bien y que no les vean ni sospechen de ellos cosa los maridos de sus requebradas, ni otra persona, sino solos los que ellos quieren. Y para ello traen escrito el conjuro consigo.
      Usan de yerbas que las personas que la reciben se aficionan a la que la da, y por el contrario, usan de otras que desaficionan.
      Usan de nóminas supertinacias, unas para no ser vencidos en guerras, otras para no poder ser presos, otras para hacerse invencibles, otras para ser bien afortunados, otras para que no los lleve el caimán, otras para hurtar a su salud, otras para [63v] tener larga vida, otra para que no le empezca yerba mortífera ni ponzoña, y para otras mil cosas. Estas nóminas, unas son con colmillos de caimán, otras con piedra de hombre, otras con cabellos que dicen son de duende, otras con yerba que aficiona, otras con algún hueso o raíz de árbol. Finalmente les echan mil invenciones a este tono, y en algunas traen conjuros en lengua burneya, y todo esto estiman en mucho.
      Y cuando hacen alguna casa, antes de ponerle el techo, ponen un espantajo en lo más alto de ella, para que el búho no se asiente encima, porque tienen por agüero que los que en ella viven, se morirán. Y si en la casa donde viven se asienta o entra dentro alguna golondrina o culebra, o dejan la casa o hacen borrachera, o
maganito, porque temen que se morirán si no lo hacen.
      Y cuando hacen algún barco, al tiempo que lo echan al agua la primera vez, sueltan una flecha hacia el cielo, o un arcabuz, diciendo que si aquello no hacen, que la
banca, que así la llaman, no será ligera.
      Cuando hacen algún navío de los que andan al trato mercadereando, al echarlo al agua hacen lo propio que a los barcos. Y demás de esto hacen borrachera pidiendo a sus dioses y a los anitos que lo haga dichoso y que les dé mucha ganancia en sus mercancías.
      Antes de sembrar sus mieses, unos hacen
maganito y otros ofrecen al anito, pidiéndole que aquella sementera venga a colmo y que no se pierda. Y si después padece la sementera algún trabajo, o de mucha agua o de poca, y el arroz se va perdiendo, tornan de nuevo a sus ofrendas y maganitos.
      [64r] Y cuando tienen alguna guerra, hanse de ir o entrar en ella, hacen junta. Y en ella tratan lo que han de hacer, y juntamente
maganito general para que tengan buen suceso. Si vencen, entran con la presa en su pueblo, cantando cantos de victoria, y hacen borrachera solemne. Y si son vencidos, entran los que quedaron con grandísima tristeza.
      Y cuando salen de prisión o escapan de algún trabajo, es cosa ordinaria hacer borrachera y ofrenda al anito o a su dios, juntándose a ella todos los parientes y amigos, con mucho regocijo y contento.
      Y cuando dos que se aman se apartan, el que queda es cosa ordinaria prometer al que se va, por tristeza. Y en señal de amor dejará de comer cierta cosa, o que no se mudará la ropa, o no se vestirá de tal color, o no dormirá con cabecera, o en estera, o no se bañará hasta que se tornen a ver. Y casi siempre lo cumplen.
      Tienen por costumbre en esta tierra acerca de sus casamientos, que el varón dota a la mujer, al revés de nosotros. Y después de haber dado el dote, hacen borrachera y, para firmeza del casamiento, juntan a los novios dándoles de comer en un plato. Y estando comiendo, o cuando los juntan para esto, llegan sus padres y dícenles que vivan muchos años y que se quieran mucho. Y a la noche los llevan a la cama, o la madre de ella, o alguna vieja. Y allí los acuesta y cubre con una manta, diciéndoles palabras de chocarrería. Bajan al suelo de la casa y en derecho de la cama de los novios. Hincan una estaca diciendo que aquello hace el novio más apto y potente para la cópula. Y esto de la estaca no es en todas partes, sino en algunas. Tienen asimismo por costumbre que el novio, demás del dote que da, da cierta paga a cada uno de los parientes más cercanos de ella, que es un modo de cohecho para que consientan el [64v] casamiento. Y sin esto y sin dote son muy raros los que se casan, porque ellas lo tienen por notable afrenta, aunque sea la más vil y desastrada.
      En esta tierra hay algunos hombres valientes a quien los indios llaman
bayani, y el llamarles de este nombre es por preeminencia o dignidad. Éstos se ponen en la cabeza cuernos de búfano de dos palmos de largo, cubiertos de chapas de oro. El oficio de los cuales es andarse como dicen de boda en boda, bailando. Y es de tal manera que cualquiera que le convida lo toma después por blasón y fanfarria, decir que hizo fiesta al bayani. Y así, ninguno que tenga mediana, pasa día, deja de procurar de hacer la fiesta para tomar este blasón. Esto es porque la costa de esta fiesta es mucha, y no tienen todos costilla para ello. Y como los ricos son estimados y los pobres desechados, no ha menester más para estar en fama de rico que saber que tuvo costilla para hacer fiesta al bayani. Y lo que pretenden del bayani por esta fiesta es que tienen, les hará su dios buenos por este medio y amados del pueblo.
      Y hay también brujas como en España, y no brujos, las cuales usan muchas maldades y son temidas y reverenciadas, y acuden todos a darles lo que piden, por el miedo que les tienen. Y pues el oficio de las brujas en todas partes es uno, no hay para qué decir aquí las cosas que hacen.


Costumbre de moros

[65r] La gente de esta tierra nunca tuvieron rey, ni sus antepasados dicen haberlo tenido. En cada pueblo había tres o cuatro principales, conforme era el pueblo, y los que obedecían a éstos eran sus esclavos, que tenían obligación de les obedecer, porque no les servían dentro de sus casas, sino de cuando el principal fuese a la guerra, ir con sus armas, y llevaban la comida de sus casas. Y si iban por la mar, habían de ir bogando. Éstos tenían otras obligaciones, que después se declararán, y sólo el principal y los indios libres iban sin bogar en el cuerpo del navío. Y también si algún esclavo iba allí, que fuese muy valiente, le hacía el principal sentar con los indios libres, y esto tenían por muy gran honra. Sus guerras no son en campaña, sino de emboscadas, y albazos y traiciones. Tenían por armas para defensa de sus cuerpos una manera de coseletes de cuerno de búfano, que les cubría el pecho y estómago, y no les llegaba al ombligo, y por detrás el propio largor. Y esta arma tráenla tan corta por andar más ligeros, y encubrirse mejor con sus paveses, que les llega hasta el pecho, y de obra de dos palmos y medio de ancho. Suelen traer algunos sayos que les llega hasta la rodilla, sin mangas, con mucho estofo de algodón, y muy basteados. Suelen traer unos tejidos de caña y cordeles de poco más de un palmo de altor. Cíñenselo al cuerpo, que les da una vuelta. Las armas que traían eran paveses como he dicho, y los que las traían, traían también lanzas arrojadizas, los hierros de más de un palmo, y de tres a cuatro dedos de ancho. Traen algunos en los propios paveses encajado, un cuchillo grande de más de tres palmos de largo, y de tres a cuatro dedos de ancho, son retorcidos. Traen esta arma para, en haciendo el golpe con la lanza, echar mano de este cuchillo y pelear con él las cuchilladas, alargándose con su pavés y, si llegan a los brazos, traen sus puñales en la cinta, de palmo y medio de largo, y de cuatro dedos de ancho. Hay también entre estos moros algunos flecheros, aunque pocos, que éstos no traen otra arma ofensiva sino su arco de palma montesina negro, con cuerdas de cáscara de árbol. No traen más de cinco o seis flechas en la mano, porque no usan carcaj, y su puñal en la cinta. Tienen estos indios algunos versos que compraban de los burneyes, y algunos que ellos hacían en la tierra con metal que les traían los chinos y [65v] éstos los llevaban en los navíos cuando iban por la mar. Y cuando los habían de disparar no sabían hacer puntería con ellos, sino poníanlos en la proa y pegábanles fuego.
      Si traían alguna cabeza entraban en el pueblo con gran regocijo y hacían borrachera dos y tres días. Tienen obligación todos los esclavos de los principales, que se llaman
alipe namanahe, quiere decir propiamente “esclavo que vive de por sí”. Éstos tienen muchas obligaciones, y aquí tienen ésta, que ha de acudir cada esclavo con un tibor de quilán, que es hecha de cañas dulces. Es bebida que ellos usan de ella. Y también acudían con tantas gantas de arroz limpio. Hay otros esclavos que llaman tagalos, a unos llaman namamahi, otros aguiguiltil. Namamahi quiere decir indio que tiene casa de por sí, y aguiguiltil indio que está y vive en casa del amo, y le sirve de día y de noche, y lo sustenta. Este esclavo lo puede vender el amo, porque estos esclavos que están en casa de sus amos, ninguno es casado, sino solteros y solteras. Y, si es varón, en queriéndose casar, no se lo quitaba el principal. Y este tal, en casándose, se llama namamahe, que vive ya de por sí. Y las esclavas que estaban en casa de los principales, por maravilla les daban licencia para que se casasen, y a los hombres no se la estorbaban a ninguno. Tienen obligación los esclavos que viven de por sí a equipar el navío a su amo cuando va fuera, y llevar ellos su comida. Y cuando hace el principal borrachera de obligación, como cuando se casa, o cuando le ha sucedido una muerte, o si se ha anegado o si a estado preso, o si ha estado enfermo, todas estas cosas hacen grandes borracheras, y esto ha de acudir el esclavo que vive de por sí con un tibor de quilán, o vino, y tanto arroz, y asistir a las borracheras dichas. Y si el principal no tiene casa, estos esclavos se la hacen a su costa sola. Les hace el amo al cortar los argues una borrachera y otra cuando los levantan, y a esto se juntan todos los indios del pueblo. Y si al levantarlos caía algún indio de arriba, lo tenían por agüero, y no hacían la casa. Y otra borrachera hacía cuando cubrían la casa y, al hacerla, acudían todos los esclavos que el principal tenía y vivían de por sí. Y ellos le cortan [66r] la madera y lo necesario para la obra de la casa, y por esto no les da más que la comida.
      Daban estos esclavos que vivían de por sí cada año a su amo de tributo cien gantas de arroz en cáscara, que cada ganta tenía más de un cuartillo de almud. Y de todas las semillas que sembraban acudían a su amo con un poco de cada cosa. Y si hacían quilán, acudían con un tibor, y si iban a caza de venados, habían de dar una pieza al principal. Y si su amo era de los que guardaban la secta de Mahoma y llegaban con venado, antes que los perros lo oliesen muerto, lo degollaban primero, o le diesen lanzada para que comiese su amo de él, porque lo mandaban así los sacerdotes que mostraban la secta de Mahoma, que no comiesen carne sino fuese degollada primero. Y cuando moría alguno de estos esclavos tenían estas obligaciones dichas: si tenían hijos, le tomaba uno el principal para servirse de él en su casa, y éstos son los
aguiguiltil, que están dentro de la casa del principal. Y si se casa un indio libre con una india esclava, un esclavo con una india libre, y han hijos, los parten en esta manera: el primero es libre, y el que sucede, es esclavo. Y por esta orden los parten tantos a la madre como al padre. Y de los que son esclavos no puede tomar el principal más de uno para su casa, y esto lo propio es que sea el padre y la madre esclavos. Y si tienen muchos hijos, cuando muchos tomados para el servicio de su casa, y si toma más, lo tienen por agravio y tiranía. Y en saliendo que salen una vez en casa del principal para casarse, no vuelven a servirle más, sino a las obligaciones que tienen los namamahe, sino es que el principal les hace fuerza. Y esto tiénenlo por gran agravio y tiranía, haberles dado ya licencia para que salgan de su casa y hacerles volver a ella. Y estos esclavos heredaron de sus antepasados con estas costumbres.
      Hacían también a un indio esclavo aunque fuese libre como le hallasen en algún hurto, por pequeño que fuese. Y si era pobre, que no tuviese en qué echarle pena de dinero, si tenía el tal indio parientes ricos y pagaban por él, quedaba por esclavo de sus parientes. Y esto hacínalo sus parientes por no verle esclavo en poder de otros. También si uno hallaba a otro con su mujer y no lo mataba, y no tenía hacienda en qué penarle, le hacían esclavo. Si un indio pobre pedía alguna cosa emprestada [66v] y quedaba de se la pagar dentro de tanto tiempo, y aquello había de ser con logro, como iba pasando el tiempo así iba creciendo el logro. Y esto de logro se usa hasta ahora cuando emprestan algunos dineros. Digo que con un tostón que diesen dentro del tiempo que quedaban, había de volver dos. Y si se pasaba otro tanto tiempo sin pagarlo, eran cuatro, y de esta manera iba creciendo hasta que lo venían a hacer esclavo. Y de estos esclavos hay muchos, y por las deudas de los padres tomaban los hijos y los hacían esclavos. Y cuando quedaba algún huérfano que no tuviese quién volviese por él, le achacaban los principales los principales que su abuelo le debía alguna cosa, y por esto le hacían esclavo, aunque no lo debiese. Y también si no tenía padre ni madre ni tío, hermano de su padre, cualquier otro pariente que fuese sustentándole, se servía de él como si fuese su esclavo que lo hubiera comprado. Cuando le viene la primera vez a una mujer su costumbre la cercan de mantas alrededor y tapan las ventanas, de suerte que esté, donde ella está, muy oscuro. Y le vendan los ojos, y no ha de hablar nadie con ella en aquel tiempo, sino es la india que hace las ceremonias. Si es libre está así cuatro días, y si es principal veinte días y un mes. Y no come cada vez sino dos huevos y cuatro bocados de morisqueta a la mañana, y otros tantos a la noche, y esto es aquellos cuatro días. Y aunque le hablen quienquiera que sea no ha de responder, porque dicen que si entonces hablan han de salir muy parlonas. El vendarles los ojos es porque no vea alguna cosa deshonesta, que dicen que si la ven, que han de ser malas mujeres de su cuerpo. Y que si les da el viento, que han de andar como tontas de la cabeza, y por esto se cercan tanto con las mantas. Y cada mañana, antes que dios amanezca, las coge un indio y las lleva en hombros vendados los ojos al río, y la meten ocho veces en el agua, y luego la asienta en un asiento que tienen hecho en el río alto del agua, que está muy cercado con muchas banderitas de papel y de manta, y allí le quitan la venda y se tapa ella con sus propias manos, hasta que se la vuelven a poner en los ojos. Y la cargan en los hombros y la vuelven a su casa, y la untan con aceites que ellos tienen con almizcle, o con algalia, y con otros olores que ellos tienen.
      Cuando las mujeres están preñadas, no se quitan los maridos [67r] el cabello, porque dicen que han de nacer sus hijos calvos y sin cabellos. Y las preñadas que son primerizas tienen por abusión en subiendo a cualquier casa, sino les dan en llegando un poco de sal o un buyo, pero la sal no les has de faltar para comer allí, y dicen que sino la comen les han de dar cámaras cuando paran. Tienen por abusión el comer dos plátanos que estén pegados uno con otro, y otra cualquier comida como estén dos en una, que dicen que han de parir dos criaturas de un vientre. Y el parir dos de un vientre lo tienen por grande afrenta. Tienen también por abusión el comer de dos arriba en un plato, porque no paran muchos hijos de un vientre. Y en pariendo que paren tienen hecho un cerco de mantas y allí las tienen cuatro días. Y al cabo de los cuatro días hacen calentar agua y se bañan y bañan a su hijo. Éstas son las indias principales, que la gente vulgar luego en pariendo se bañan con agua caliente y a su hijo también.
      Crían estos indios a sus hijos con mucho regalo para lo que ellos tienen, y no los castigan en ninguna manera poco ni mucho, y así cuando son grandes no tienen ningún respeto a sus padres, antes si les enojan toman un palo y les dan con él a los padres. Y si el padre es esclavo y el hijo lo rescata, se sirve de él como de su propio esclavo.
      Cuando hacen la más solemne fiesta a su dios es cuando quiere saber alguna mujer de su marido o de su padre, y otra cualquier persona que está ausente. Ponen su altar pequeño con su manera de manteles colorados y de otra color, y en el altar ponen un ramo de albahaca en un jarro con agua o taza, y en una salsereta un poco de sal molida y junta, de suerte que esté llana. Y en una hoja de buyo un buyo mascado. Y ponen su tiesto con su braza donde echan perfume, y a cada lado del altar se pone una persona pariente de él, por quien quieren preguntar que anda fuera. Y el maestro de las ceremonias se sienta cruzados los pies, quitada la toquilla, y pone las manos y adora al altar. Y en esto hay gran silencio en la casa, porque hay mucha gente, y abajo de la casa tienen puesta centinela para que no haya perros ni gatos debajo que den ruido. Y dice ciertas palabras el maestro de las ceremonias, a una escudilla que tiene con agua, y toma luego con unas hojas de palma y lanza y los rocía a todos y dice que aquella agua quita los pecados. Y luego se vuelve al altar y está un rato y le da un temblor [67v] en el cuerpo y, en quitándosele, dicen que miren lo que está puesto en el altar. Y acuden los que están puestos a los lados y míranlo, y si el albahaca está lacia, y las ramas se caen hacia la banda de los que están a los lados, y miran la salserita que tiene la sal, y si está la sal hendida y las hendiduras van para los lados donde están los parientes porque se procura, que están a los lados, dicen que está muerto y, por el consiguiente, el buyo mascado ha de tener hechas rayas como la sal. Y alcánzanlo en la hoja en que está puesto y míranlo, y si queda la hoja mojada es mal señal, que dicen que significa que ha de haber llanto. Y si aquellas rayas de la sal y del buyo y ramas de albahaca se caen a diferente parte que adonde están, los dos indios puestos miran hacia qué casa van derechas, y luego el dueño de aquella casa le promete al dios de hacer una borrachera en su nombre, porque es aquella señal de que está su dios enojado del dueño de aquella casa. Y si el albahaca no se lacia ni la sal se hiende ni el buyo hace aquellas rayas, lo tienen por buena señal y, en acabando de mirar lo que está puesto en el altar, comienzan a hacer su borrachera.
      Cuando había algún cometa decían que significaba que se había de despoblar un pueblo grande, o que había de morir algún principal. Cuando en la luna veían algún cerco decían que significaba muerte de algún principal. Cuando se eclipsaba la luna, si estaba algún indio para ir a alguna parte fuera del pueblo, aunque le importase mucho, dejaba de ir por más de un mes, y muchas veces dejaba la ida del todo. Cuando iban navegando, si les hacía mal tiempo se desnudaban todos, uno a uno, y se miraban si tenían algún lunar delante y, si lo tenía, le echaban en el plan del navío. Y por el consiguiente, se holgaban si lo tenían en las espaldas. Tenían también por agüero si uno tenía en la frente algún remolino, y éste también le hacían meter debajo del navío, hasta que tuviesen buen viento. También tenía por agüero el poner la boca de la olla hacía la proa, porque decían que había de venir el viento derecho a la boca de la olla. Asimismo cuando van navegando tienen por costumbre llamar el viento por la popa, y si alguno le llama por la proa, le riñen y echan de allí creyendo que por donde llamaren el viento por allí ha de venir.
      También usan la gente serrana de la laguna, en algunas partes traen entre el cuero y la carne cercado de pelotillas de brea virgen de tamaño [68r] de garbanzos gruesos, y esto hácenlo cuando son ya para conocer mujer. Tráenlas debajo del capullo y entre cuero y carne del miembro.
      Si algún pueblo, o porque ha sido robado o por hambre o por pestilencia, va cabizbajo, todos dan tras de él, aun los amigos, hasta consumirlo.
      Si algún navío se arriesga o da a la costa, todos acuden a robarlo, aunque sean de su mismo pueblo y, si es gente extranjera, aunque sean aliados que vengan allí a tratar. Les roban y cautivan a todos, en especial si es toda la gente extranjera.
      Asimismo el esclavo
namamahe, que es el que vive de por sí, si su amo lo vendía, no le daban por él más que dos taes de oro y, si él se rescataba, daba por la libertad de su cuerpo al principal ocho y diez taes de oro, y uno o dos esclavos en lugar de su cuerpo. Y el que compraba este esclavo le compraba con las obligaciones que atrás se declararon. En algunas partes daban en lugar de tributo a sus amos tantas brazas de sementera, y ésta la labraban y cultivaban ellos a su costa.

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1  El manuscrito original único se encuentra en la colección [Boxer mss. II, Lilly Library LMC 2444], descrito como “Sino-Spanish Codex dating from the late sixteenth century and frequently called the Boxer Codex”, de la Lilly Library Manuscript Collections, en la Universidad de Indiana, Bloomington. Actualmente se encuentra completamente digitalizado.
2  Cf. Charles R. Boxer, “A late sixteenth century Manila MS”, en Journal of the Royal Asiatic Society of Great Britain and Ireland (JRAS), abril, 1950, pp. 37-49.
3  Ésta es la impresión que al final perpetuó el estudio y edición por parte de Carlos Quirino y Mauor García, “The manners, customs and beliefs of the Philippine inhabitants of long ago: being chapters of ‘A late 16th century Manila manuscript’, transcribed, translated and annotated”, en The Philippine Journal of Science, diciembre, 1958, vol. 87, núm 4, pp. 325-453. Se trata de la única edición y traducción que hasta el momento existe de la parte filipina, dejando muchos espacios como [illegible], barras de división de líneas y una nula intervención ortográfica que imposibilitan una lectura cómoda del texto, y ofrecen muchas lagunas con respecto al original.
4  Por ejemplo para el caso de Brunéi, otra de las pocas secciones que han recibido atención: John S. Carroll, “Berunai in the Boxer Codex”, en Journal of the Malaysian Branch of the Royal Asiatic Society (JMBRAS), 1982, vol. 55, núm. 1, pp. 1-25. Sin embargo y a pesar de la capital información contenida en esta sección, la historiografía de Brunéi todavía no ha estudiado con atención el texto contenido en el Boxer Codex. Con el fin de estudiar las fuentes españolas sobre la historia de Brunéi, al presente realizamos un proyecto que esperamos desarrollar cuando encontremos la financiación adecuada.