Revista Filipina

Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina

Navigation

Otoño 2014
Volumen 2, Número 1

     
Revista Filipina, Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Otoño 2014, Vol. 2, Núm. 1


CREACIÓN LITERARIA Y ACTUALIDAD
PDF: La visita de Rizal


La visita de Rizal

ELIZABETH MEDINA


Cuando oyó que tocaban a la puerta, Butch Cojuangco se limitó a responder fuerte: ―¡Adelante!― sin despegar los ojos del televisor de alta definición en que veía la película “José Rizal” en DVD. Más adelante se dio cuenta de lo extraño que eso fue: tocaron la puerta, no el timbre. Alcanzó el control remoto de la puerta y apretó un botón para soltar el seguro.

     Un hombre entró que decía: ―Discúlpeme usted...― y luego añadió en español: ―Buenas tardes amigo... ¿Me puede decir, por favor, si acaso estoy en el Hotel Oriente?

     Butch, quien seguía con la mirada fija el televisor, creyó oír algo en... ¿español?

     Entonces miró en dirección a la puerta y lo vio; un hombre de más bien baja estatura que vestía americana oscura y portaba un sombrero hongo color negro en la mano. Su cabello, partido a un lado y cuidadosamente peinado, formaba una onda sobre la sien derecha. Llevaba un bigote corto. El rostro bien formado y de rasgos atractivos. Los ojos comunicaban una profunda seriedad. Mucho más tarde, cuando Butch evocaba las imágenes de aquel extrañísimo encuentro con toda la fuerza de su memoria, se daría cuenta de que el visitante no estaba tan calmado como él, Butch, había dado por sentado.

¿Habla usted castellano? ―le preguntó.

     Butch se puso erguido en el sofá donde segundos antes estaba echado hacia atrás. Entendió que el hombre le hablaba en ese idioma y notó el sombrero insólito, el traje insólito. Automáticamente le contestó en inglés.

     ―¿Quién eres? ―respondió, algo descortésmente, debido a la sorpresa. ¿De dónde se habría materializado? Él, Butch, se encontraba en su condominio en Bonifacio Village. Había un circuito cerrado de televisión en el primer piso, en todos los pasillos. Un conserje no permitía la entrada a gente desconocida a no ser que presentaran identificación.

     ―Buenas tardes ―respondió el hombre en un inglés muy bien pronunciado―. Mi nombre es Dr. Rizal, José Rizal Mercado, a sus órdenes. Al parecer estoy perdido…

     Butch oyó lo que dijo pero no registró su sentido. ―¿Quién? ―volvió a preguntar.

     ―Dr. José Rizal Mercado ―dicho esto, el hombre se acercó hasta llegar a un metro de distancia, mano derecha extendida y el sombrero hongo en la izquierda.

     Butch se levantó apresuradamente y le dio la mano. El hombre le dio un apretón de manos firme, pero la mano se sentía fría. Butch miró la cara del “Dr. Rizal” con detención. El cutis era de un hombre de piel morena que no había salido al sol durante mucho tiempo, pero tenía aspecto muy sano, y juvenil.

     ―¿Se trata de una broma acaso? ¿Lo habrán mandado a hacer esto mis amistades? ― insistió Butch.

     ―Le ruego me perdone que le importune, gentilhombre, veo que está usted muy ocupado... ―y echó una mirada al televisor y las imágenes que aparecían en pantalla. Se trataba de la escena en que Leonor Rivera recibía al joven José, quien la cortejaba, en el salón de visitas de su casa.

     ―¿Me puede decir quién eres? ¿Es esto una chanza? ¿Se trata de una chanza ingeniada por mis compadres? ―volvió a insistir Butch.

     ―Lo siento con todo el alma, pero creo que ha habido un malentendido ―replicó el hombre que acababa de presentarse como Dr. Rizal. Su voz era firme, de timbre agradable, pero suave. Hablaba un inglés con fuerte acento británico y a veces pronunciaba los vocablos como un parlante nativo de tagalo. También al igual que un tagalo, su inglés era exageradamente enunciado, como aprendido en la escuela. No era un inglés moderno; es decir, no era estadounidense.

     Prosiguió:

     ―Acabo de arribar a Manila esta mañana desde el extranjero, salí del hotel para dar un paseo en la Luneta después del almuerzo, y acabo de volver. Sin embargo, pareciera que éste no es mi hotel ―el Hotel Oriente, en la calle Real, Intramuros―, ¿no es verdad?

     ―¡Podrás apostar que no! ¡Si ni siquiera estás en Manila! ―de repente un escalofrío recorrió la espalda de Butch―. Dios mío ―dijo para sus adentros―, ¿qué mierda está pasando? ¿Será un fantasma quien está parado delante de mí? ―palideció y abrió los ojos como si estuvieran por saltar de las órbitas. Miró detrás de sí al televisor, y de nuevo al hombre, y extendiendo las manos delante de sí como si pudiera caer de espaldas, empezó a caminar lentamente hacia atrás en sentido diagonal a la derecha, sus pies descalzos tanteando el mullido alfombrado color blanco invierno del living comedor, hasta que la gran repisa de libros sobre la pared detrás del televisor detuvo su retirada. Se apoyó contra el mueble, la mirada clavada sin la más mínima educación sobre la visita inesperada.

     El hombre que dijo ser Dr. Rizal también pasó por un cambio de expresión. La expresión del rostro se puso totalmente en blanco por un momento y levantó la mano derecha al pecho, introduciéndose en un bolsillo en el lado izquierdo de su chaleco, donde terminaba una cadena de oro. Sacó una diminuta cajita de madera y, mirándola, apretó un botón metálico a un costado de ella, y apareció un pequeño reloj.

     ―No puede ser ―dijo―. Mi reloj dice que son las cinco, pero… ―miró detrás de Butch hacia los grandes ventanales que llevaban al balcón, al cielo de Makati que ya estaba oscuro e iluminado con las luces de casas, de calles...― ¡ya es de noche! ―su frente se frunció y su rostro adquirió una expresión de alarma.

     Cuando el hombre miró su reloj Butch hizo lo mismo en un movimiento reflejo y vio que eran sólo unos segundos pasado las ocho de la noche.

     ―Sino ka!?1―le gritó Butch, porque le había cogido un susto terrible. Su cuerpo se encogió y sus manos se aferraron a la superficie pulida de madera oscura del librero detrás de él, como para estabilizarse.

     La expresión de la cara del hombre se ablandó al escuchar las palabras en tagalo y dijo, haciendo un ademán con los brazos extendidos como para calmar al otro: ―Maginoo, cong ano man ang inyong ngalan, ipagpaumanhin at huwag matacot, sapagca’t aco rin man ay nalilito’t lubos na nababagabag2.

     Luego volvió a hablar, esta vez en inglés, detectando al parecer que el joven se encontraba al borde del pánico, y registrando la confusión en el rostro de Butch al escuchar las frases en tagalo antiguo. Habló con acento suave como si tratara de tranquilizarlo, repitiendo: ―Me llamo Dr. José Rizal. Al parecer ha acontecido algo insólito y anómalo. Le ruego me dispense y no tema usted. No pretendo hacerle daño, se lo juro, le doy mi palabra de honor.

     Butch notó que su inglés era de verdad extraño: sonaba rebuscado y falso, como si fuera sacado de un guión teatral. Sin embargo, pronunciaba su parlamento con absoluta naturalidad, como si acostumbrara hablar así todo el tiempo.

     Finalmente Butch cayó en la cuenta de que no se trataba de una chanza, tampoco el hombre era ladrón. ¿Podía tratarse de un lunático? Caminó hacia el intercomunicador y llamó al conserje. Una voz respondió:

     ―¿Mande?

     “Jaime, sino ang pinapasok ninyo na lalaking naka―amerkanang itim at may dalang sombrero?

     “Wala po kaming pinapasok, Ser.”

     “Ano? Eh di sino itong lalaking nakatayo sa living room ko?

     “Hindi po namin alam, ser. Gusto po ninyong tawagin namin ang Sikyuriti?3
Butch volvió la mirada hacia el hombre, quien seguía tranquilamente allí, mirando su alrededor con una expresión en la cara, que parecía mezcla de sorpresa y un dejo sutil de buen humor.

     ―Huwag na, okey lang4―y soltó el botón. Se dirigió a “Dr. Rizal”.

     El “doctor” ahora miraba el televisor fijamente.

     ―¡Qué maravilla! ―exclamó en voz baja.

     ―Se llama ‘televisión’ ―dijo Butch, ahora observándolo con detención y registrando todas y cada una de sus reacciones.

     Dr. Rizal se dio media vuelta y dijo a Butch con feliz asombro: ―¿Teh-leh-VEE-shon? ―entonces se quedó en silencio un rato, como perdido en los pensamientos; luego preguntó:

     ―¿Se trata de algún tipo de aparato receptor?

     ―Básicamente sí, eso es.

     Entonces Dr. Rizal le formuló la próxima pregunta inevitable.

     ―¿Cuándo fue inventado semejante aparato?

     ―Uuuff, hace muchísimo tiempo, mucho antes que hubiesen empezado a venderlo a gente común y corriente como yo. En el año 1922, más o menos.

     ―¡1922! ¡Madre mía! Y ¿qué año es éste?

     Butch lo miró fijamente mientras le respondió.

     ―2003. Es el siglo XXI.

     Al escuchar las palabras, el hombre vestido de traje americano oscuro con cuello blanco falso sobre una impecable camisa blanca, y corbata de seda color celeste con alfiler de corbata de oro en forma de abeja, reaccionó como si una mano invisible le hubiera propinado una bofetada. Pero al momento recuperó el aplomo. Se le notaba el temple de acero. Era un hombre poco común.

     ―De modo que… he viajado al futuro ―musitó.

     ―No entiendo español ―Butch le dijo.

     Rizal respondió en inglés.

     ―Ah, disculpe usted mi mala educación. Usted habla inglés, claro está. Muy bien… ¿Me da permiso para tomar asiento? ―Dr. Rizal preguntó.

     ―¡Por supuesto! ―Butch hizo un ademán torpe hacia el sofá, tapizado desordenadamente con las secciones del diario dominical y varias cajitas de DVD. Se puso a ordenarlo, diciendo al mismo tiempo:

     ―Adelante por favor.

     Rizal se sentó en un extremo del enorme sofá. Miró las escenas de la película sobre la pantalla. Ahora se veía la escena en que el niño Rizal gritaba y lloraba mientras la Guardia Civil se llevaba a su madre detenida fuera de su casa.

     ―¿De qué se trata esta historia en imágenes que está usted viendo, Sr…?

     ―Me llamo Butch Cojuangco… ―de repente sintió que debería ser un poco más formal y añadió― Fernando Cojuangco, pero me llaman ‘Butch’.

     ―Boutch ―repitió Rizal, con incierto acento.

     ―Efectivamente, esto es lo que llamamos un “film” ―Butch dijo la palabra inglesa, movie― y se trata de usted.

     Maldición, estoy totalmente loco, dijo Butch para sus adentros. Y así y todo, Jaime había contestado el citófono ¡como si tal cosa! Y todo lo demás parecía normal. Sin embargo, este personaje había aparecido que decía ser José Rizal. Butch empezó a observarlo con toda atención. No se veía como la mayoría de las imágenes que circulaban en los libros y en la prensa. Era más apuesto si bien no tenía una cara “bonita”. Tenía la nariz levemente achatada de los malayos, pero sus facciones eran muy armoniosas, la mandíbula un poquito cuadrada le daba aspecto de decidido, y de los ojos se destellaba una mirada muy inteligente. La boca bien formada y los dientes, cuando él sonreía, se veían iguales de bien formados y blancos. Su postura era erguida pero no tensa. Bueno, después de todo el tipo es atleta, Butch se dijo. Se le notaba que se sentía a gusto dentro del pellejo. El superhombre filipino...

     Butch decidió seguirle el juego a la situación extrañísima que había irrumpida en un domingo cualquiera de su vida, cuando se encontraba, como siempre, aburrido como ostra y pronto por zambullirse otra vez en la rutina estresante manilense de cada día lunes. Había colocado la película José Rizal en el pasa-DVD, una que había visto por lo menos cinco veces, aunque en esta ocasión le prestaba más atención que en las anteriores. A propósito decidió formularle preguntas al experto, ya que tenía sus dudas. Al poco andar, sin embargo, fue desviado de la intención. Su visita imponía otra dinámica y el diálogo entre los dos continuó fluidamente, con vida propia, como una corriente de lava.

     ―¿Se trata de mi persona? ―preguntó Rizal, y pareció causarle gracia― ¿Y por qué se darían el trabajo?
     ―Porque eres el filipino más insigne que haya existido jamás ―respondió Butch acaloradamente… Luego se dio cuenta que bromeaba. Pensó: ¿Acaso sabe que murió? Tendría que andar con mucho cuidado. Si se habían encontrado debido a una anomalía de las leyes físicas que catapultó a Rizal al futuro, entonces él, Butch, tenía la responsabilidad de no meter mano en la conciencia de Rizal. No era ningún estudioso rizalista pero se acordaba de alguna que otra cosa sobre la vida del héroe nacional. Bueno, por ejemplo, que murió fusilado. Obviamente este Rizal aún no había muerto. Se veía tan real y vivo como él, Butch. Salvo que su mano se sintió fría...

     ―¿Será verdad? Conozco a gente que opina distinto ―respondió, y una expresión sombría cruzó su rostro fugazmente―. Es usted filipino, ¿no es verdad? Estoy en mi país, las Islas filipinas, ¿correcto? ¡Ah! ¡Discúlpeme usted, me había dicho que no entiende el español!

     ―Por favor, no se haga problema, entiendo algo de español, sí, sí, está usted en Filipinas ―Butch había dicho el nombre en inglés, the Philippines, y lo repitió en castellano.

     ―Me facilitaría algo para beber, si fuera tan amable?

     ―Oh, por supuesto, ¿qué le apetecería….ah, Coca? ―(no, no tiene idea qué es la Coca Cola...)―. Ah… ¿café?, ¿té? ―(claro que este filipino que sonaba británico tendría la costumbre de tomar té, o café).

     ―Sí, muy amable, una taza de té sería muy bueno, sobre todo porque tengo un poco de frío.

     ―Un momento por favor ―dijo Butch, haciendo un gesto con las manos mientras se dirigía a la cocina, como rogándole a Rizal que se quedara ahí, que no se fuera.

….

     Preso del nerviosismo, mientras preparaba una taza de té del modo más rápido que podía, Butch intentaba dilucidar la mejor forma de afrontar el hecho más extraño e insólito que le había sucedido en toda la vida. ¿Acaso soñaba? ¿Se trataría de una pesadilla? Algún tipo de magia negra que alguien le había contratado a alguien para que se la practicara sobre él como una venganza? Hasta encontraba insólito que pensara de ese modo, si era un tipo posmoderno, ni se interesaba en la historia, la genealogía, ¡nada de esas cosas! Era gerente de tecnología de informática para la empresa de inversiones de su familia, en realidad no era otra cosa que un nerd con título de gerente. Jamás compraba libros de historia, de hecho los mantenía a raya porque eran tan demasiado aburridos. Los escribía gente que parecía incapaz de decir nada derechamente y estaba convencido que se debía a que, sencillamente, no tenían nada, mucho que decir. La historia filipina era una lata. Fue la película sobre Rizal lo que volvió a avivar su interés, ya que después de todo, ¡el Noli era un libro entretenido! Estaba de moda hacerse el desentendido frente a cualquier cosa que oliera a historia actualmente, pero él no era uno de esos muchachos enloquecidos con el texting, indiferente a todo salvo sus juguetes y fiestas. Él era un joven viejo de 33. Quería nada más que tener espacio para ser, y punto. Todavía no estaba preparado para casarse y sentar cabeza. Ya lo haría, pero no había duda que llegado el día la familia enfocaría toda su atención sobre él, lo que equivaldría a un nuevo nivel de exigencia, de presiones, en circunstancias, que lo que él quería y necesitaba por un poquito de tiempo más, con todo el alma, era que lo dejasen lisa y llanamente en paz.

     Colocó una taza de té con agua dentro del microondas y se puso a hurgar por si encontraba bolsas de té en estado servible. Encontró unas de oolong, gracias a Dios, y té verde. Sacó la cabeza en dirección al living, donde vio a “Rizal” absorto en la película, y llamó: ―Sr. Rizal: ¿quieres oolong o té verde?

     ―Té de oolong, por favor, muchas gracias.

     Butch pensó: este tipo es medio inglés, así que será mejor que le traiga un poco de leche también. Y azúcar.

     Sacó la taza de té, el azúcar y la leche sobre una bandeja. Rizal lo vio, sonrió y volvió a mirar la pantalla de televisión. Luego volvió la cabeza hacia Butch y le habló.

     ―Gracias, sí por favor, una gota de leche y una pizca de azúcar.

     Butch se sentó sobre el sofá a poca distancia de Rizal y colocó la bandeja sobre la mesa de café, agregó una cucharadita de azúcar y una gota de leche al té, y le sirvió la taza sobre un platito a Rizal.

     ―¿Se le ofrece alguna cosa más? ¿Le gustaría unas galletas, bizcochos?

     ―No gracias ―respondió con seriedad.

     Luego comentó:

     ―Esta ‘
Mou-vi’, como usted lo llama, trata de mi persona, ¿correcto?

     ―Sí.

     ―Al parecer es una mezcla entre mi biografía y mis novelas.

     ―Sí, así lo hizo quien la dirigió.

     ―¿Por qué lo hizo así? Se presta a la confusión, ¿no es verdad?

     ―Bueno, sí, pero supongo que fue un recurso artístico.

     ―Ah, por supuesto, ya lo veo: un artífice dramático.

     ―Justamente.

     ―Pero... ahora me estoy viendo en la cárcel y al parecer conferencio con mi abogado defensor.

     ¡Diantres! ¡Vería su propia ejecución!

     ―Disculpe Sr. Rizal, pero debo apagar esto ahora ―Butch cogió el control remoto y apagó el televisor.

     Rizal miró el dispositivo con asombro: ―
¡Formidable! ―exclamó―. Con permiso ―dijo, y sacó el control de la mano de Butch.

     ―¿Cómo lo hizo usted?―

     Butch le enseñó cómo y empezó a encender y apagar el televisor. Entonces Butch le mostró cómo apagar la película y ver los canales. Sin embargo, Rizal pareció perder interés repentinamente y le preguntó:

     ―¿Cuál es el estado actual de mi, o sea, de nuestro, país?

     ―¿De verdad que lo quieres saber? ―replicó Butch―. No, tú no quieres saber nada. No quiero ser quien te responda.

     ―Ahá ―dijo Rizal en voz baja―, así es que todo lo que preví y contra lo que intenté advertirles a ellos se ha hecho realidad.

     ―No sé qué fue lo que viste ―Butch respondió.

     ―¿Me permite hablar con usted con total franqueza? ―preguntó Rizal. Puso la taza de té sobre la mesa y sentándose sobre el borde del sofá giró el cuerpo hacia Butch

     ―Adelante ―dijo Butch con tono de resignación―. Lo que yo sé será mucho peor que cualquier cosa que me puedas decir.

     ―Esta ‘película’ es muy rara. Al mirarla me da la sensación extraña de que en la época de ustedes la gente está presa de mucha ignorancia y confusión.

     ―¿Por qué dices eso?

     ―No la he visto toda; tal vez debería mirarla por completo antes de verificar mi intuición.

     Sin embargo, Butch no quería que viera su propia ejecución.

     ―No se preocupe, ya sé que moriré ―dijo, como si hubiese escuchado hablar en voz alta a Butch.

     Butch lo miró asombrado.

     ―¿Puedes leer mis pensamientos?

     ―No es tan difícil, amigo mío. Yo sé lo que me sucederá; aunque siempre acaricié la esperanza de que mis peores temores resultarían equivocados.

     ―Pero, ¿cómo puedes saber eso después de mirar tan sólo una parte pequeña de una película? ―preguntó Butch.

     Rizal respondió: ―No se trata más que de una intuición, pero... ―y agregó, al parecer con cierta renuencia a revelar un detalle tan íntimo― …he sido bendecido, o más bien maldecido, con una intuición muy poderosa.

     De repente le hizo una pregunta a Butch, al parecer sin ton ni son: ―¿Le gusta mucho la literatura, la poesía?

     ―Cuando era más joven leía literatura porque había que hacerlo para el colegio. Literatura norteamericana. Y poesía, pues bueno: un poco en tagalo; tuvimos que leer
Plorante at Laura en la secundaria, y por supuesto poesía norteamericana.

     ―¿No se les enseña ningún otro tipo de literatura? ¿Nada de literatura española, francesa, inglesa?

     ―No, a no ser que uno la lea por iniciativa propia.

     ―Ahá, entiendo… y usted ha ido a la universidad, ¿no es verdad?

     ―Sí, estudié economía y después, computación ―Butch dijo el término inglés:
Computers.

     ―
¿Com-piYU-ters? ―repitió Rizal.

     ―Las computadoras son máquinas con circuitos que hacen esto —apretó los botones en el control remoto—, y prácticamente todas las máquinas que se usan hoy en día funcionan a base de las computadoras.

     ―¿Todavía mueren las mujeres al dar a luz?

     ―No, ya no, a no ser que se encuentren lejos en los
boondocks donde no hay médico ―Butch usó la palabra inglesa originada en la voz tagala para ‘monte, espesura’, incorporada al inglés por los soldados gringos durante la guerra filipino-norteamericana entre 1898 y 1901.

     ―¿
BOUN-docs? Viene de la palabra bundók?

     ―Correcto.

     ―¿El término es hoy inglés?

     ―Efectivamente. Los norteamericanos la adoptaron.

     ―Ahá… ―Rizal dirigió la mirada más allá de Butch como si viera algo muy a lo lejos― ¿Hubo mucho sufrimiento? Bajo los americanos, me refiero.

     ―¿Sufrimiento? ¡En absoluto! ¡Si los americanos modernizaron Filipinas! Fueron nuestros salvadores.

     Rizal lo miró con fuego en los ojos.

     ―¿Qué significa esa palabra ‘salvadores’?, ¿me dice que los americanos salvaron Filipinas?

     ―Oh, perdón: quería decir que los americanos salvaron Filipinas de la invasión japonesa durante la II Guerra Mundial, eso fue en 1945 —añadió, dándose cuenta de que Rizal no tenía la más mínima idea de todo lo que para él era historia moderna.

     ―Pero eso fue en 1945. ¿Qué sucedió antes? ¿Acaso Filipinas seguía bajo España? ¿Es que Japón invadió Filipinas y EE.UU. la socorrió ya que España no era capaz de hacerlo?

     ―Claro que no… EE.UU. nos gobernó después de España ―luego, dado que no quería referirse al tema de la ejecución pero de todos modos había que decir algo, aclaró:

     ―Sucedió a comienzos del siglo XX.

     ―Entiendo. ¿Y qué de la revuelta tagala?

     ―¿A qué te refieres?

     ―¿No hubo ninguna revolución armada de los tagalos?

     ―Sí, la hubo ―Butch quedó en silencio y clavó la mirada en la alfombra―. Fracasó. Tal como tú lo pronosticaste en
El Filibusterismo.

     ―Por lo tanto Filipinas no se liberó.

     ―Bueno, pues ¡sí, lo hizo! ―Butch protestó acaloradamente―. Sólo que pasó un poco después: en 1946 fue declarada una república por los Estados Unidos. ¡La nuestra fue la primera república democrática en Asia!

     Rizal lo miró, pasmado. Su cuerpo enteró se puso rígido. Butch había esperado que se manifestara complacido y su reacción lo cogió totalmente por sorpresa.

     Sin embargo, Rizal no hizo ningún intento de explicar. Se dio cuenta que Butch no había esperado su reacción y recobró la calma.

     ―¿Y es esa la razón por qué ustedes hablan inglés hoy por hoy?

     ―Exactamente.

     ―¿Y qué del español? ¿Quedó en el olvido?

     ―Oh, los filipinos jamás hemos hablado español.

     Esta vez Rizal palideció con la furia. Se incorporó de súbito, mirando a Butch con ira en los ojos. De repente ya no era petiso, sino que se erguía alto como una torre por sobre Butch, quien se dio cuenta que había metido la pata en grande.

     ―
¡Qué estupidez! ¿Quién le ha dicho tal mentira?

     Butch levantó las manos en un gesto que no quedaba claro si era para defenderse de la ira de Rizal, o para tranquilizarlo.

     ―Pero es lo que mi familia me ha dicho, lo que mis profesores me enseñaron, es lo que dicen nuestros historiadores, periodistas, ¡todo el mundo lo dice!

     ―¿Y qué de sus abuelos? ¿Acaso no hablaban español?
¿Qué dijeron ellos?

     ―¿Mis abuelos? Bueno, mi mamá hablaba un poco de español, sus padres hablaban español. Lo mismo el abuelo de mi papá. Pero sabes, siempre nos dijeron que sólo el 6% de los filipinos hablaban español... ―entonces añadió algo sobre lo que en verdad nunca había reflexionado―: Mis abuelos jamás hablaban del pasado.

     Rizal se había puesto a marchar rápidamente sobre el mullido alfombrado del espacioso living y ahora dejó de caminar y volteó el cuerpo hacia Butch. Sus ojos resplandecían cual mármol negro pulido.

     ―¿Sabe que los frailes deben de estar felicísimos ahora? ―le dijo, con amarga ironía en su voz.

     Luego agregó: ―¿Y la Iglesia? Dígame usted: ¿sigue siempre todopoderosa la Iglesia en este país?

     Butch se quedó callado.

     ―¿Y qué de los ricos? ¡Ah! No me diga nada, no hace falta. Si todos ustedes hablan inglés hoy y sólo estudian...

     Butch lo interrumpió.

     ―¡Pero hablamos el tagalo! ¡El inglés es sólo nuestro idioma oficial para comunicarnos con el exterior, ahora le damos énfasis al tagalo! Bueno... en realidad es tagalo, pero ahora se llama ‘filipino’.

     Rizal sonrió: “¿De modo que el filipino —vale decir un habitante de las Islas filipinas— hoy tiene un idioma nacional también llamado filipino? ¿Acaso significa que las demás lenguas indígenas no merecen llamarse
idiomas filipinos? ¿Por qué la insistencia en un lenguaje dominante cuando tenemos tantos? Lenguaje es riqueza y si con eso se pretende afirmar que los filipinos tienen un solo idioma nacional pues entonces ¡abogan por el empobrecimiento cultural! Aparte de que yo sé que las demás regiones con sus idiomas han de objetar semejante forzamiento, porque con todo respeto, el asunto huele a favoritismo. Oh la la, ça va mal, ça va très mal...”.

     Mientras hablaba se había acercado al librero y se puso rápidamente a revisar los libros que allí había, tras lo cual se dirigió a Butch y preguntó:

     ―No obstante lo que afirma usted, no parece tener ningún libro aquí en la lengua tagala, o
filipino, como usted lo llama, ni en cualquier otro idioma. No veo sino libros en inglés.

     ―Hay periódicos, películas, programas radiales en taga… quiero decir, filipino.

     ―¿Y usted lee aquellos periódicos? ―dirigió la mirada a la pila de periódicos encima del sofá―. ¿Ése periódico está editado en ―una pausa— filipino?

     ―No.

     Rizal caminó lentamente hacia Butch, parando al llegar frente a frente con él.

     ―¿Acaso cree usted que escribí mis libros sólo para los españoles?

     ―¡
No sé, lolo José! ―Butch contestó con quebranto en la voz. Por alguna inexplicable razón saltaron lágrimas en sus ojos. Había algo en la presencia del hombre delante de él que lo conmovía, que hacía que se sintiera otro. Empezó a presentir cosas que su mente racional no podría jamás computar. Las palabras lolo José habían saltado de su boca, sin que supiera de dónde.

     Entonces profirió un dato que creía le causaría contento a Rizal.

     ―Los filipinos todavía leemos
Noli me tangere y El Filibusterismo, lolo.

     ―¿En castellano? ¿En ‘filipino’? ¿O únicamente en inglés? ―preguntó Rizal con amargura.

     ―Escuche
lolo… un escritor y columnista famoso con fama de nacionalista una vez escribió que usted hubiera estado a favor del cambio de idioma a inglés porque usted hablaba inglés.

     ―¡Qué ridiculez! En efecto, hablo inglés. Pero ¡jamás hubiera aceptado hablar inglés a condición de abjurar el castellano! ¡Ah! Veo que los perseguidores siguen vivos y coleando en Filipinas: ¡los perseguidores de la cultura y la educación!

     ―Pero
lolo José, ¡odiábamos a los españoles, odiábamos a los acaudalados y arrogantes mestizos de español! ¡Míreme a mí! ―con asombro, Butch se escuchaba a sí mismo admitir cosas que en su vida le había expresado a nadie―: ¡Soy chino! Y lo que es peor, llevo el apellido de chinos billonarios y la gente cree que soy oligarca, pero no es verdad. ¡Rechazo la creencia de que los chino-filipinos somos chinos primero y último! ¡No quiero continuar esa mentalidad! ¡Soy filipino! Sin embargo, hasta mis compatriotas discriminan en contra de mí, aunque no me lo digan a la cara. ¿Acaso es culpa mía que nací de una familia chino-filipina con medios? ¡Si hemos trabajado muy duro para ser quienes somos y tener lo que tenemos!

     Butch dejó de hablar abruptamente, algo choqueado por el propio arrebato. Había notado que mientras hablaba, Rizal había barrido su cuerpo entero con la mirada, lenta y calmadamente. Durante largos segundos hubo silencio entre los dos hombres. El tono habitual de Rizal de tranquilidad había vuelto y Butch se sintió rápidamente envuelto en una suave atmósfera de sosiego. Ahora veía un bondadoso desapego en los ojos de Rizal.

     ―No: no es culpa suya ―dijo lentamente, con cansancio en la voz―. Sin embargo, sigue habiendo una deuda histórica que hace falta saldar. En mi tiempo los chinos no querían a nada ni a nadie aparte de a sí mismos y en consecuencia no eran queridos. He reflexionado sobre el asunto muchas veces, por qué del conflicto que envenena las relaciones entre los muchos grupos étnicos en mi patria, y he llegado a sólo una conclusión: porque hemos de aprender que el conflicto y el desprecio sólo nos pueden llevar hacia nuestra destrucción y la de esta tierra encantada.

     Butch se largó a llorar. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y no era capaz de pararlas.

     ―Perdona,
lolo José, perdóname por favor. Perdona a mis padres... a mis abuelos.

     Rizal seguía de pie, mirando hacia abajo a Butch, sentado sobre el sofá, con la espalda antes erguida y ahora curva, sus manos cubriendo la cara.

     ―Sosiéguese muchacho. Tranquilo. Déjeme hacerle la siguiente pregunta: ¿si yo no hablara inglés, podría sostener este diálogo conmigo? ¿Podríamos tener esta conversación en tagalo, por ejemplo?

     Butch se secó los ojos con la servilleta de papel de Rizal y miró hacia arriba con una sonrisa vergonzosa.

     ―No podríamos,
lolo. Hablo un pésimo tagalo. Sólo sé hablar taglish.

     De nuevo Rizal lo miró con extrañeza.
     ―¿Tag-LEESH? ¿Qué es eso?

     ―Es la mezcla de tagalo e inglés,
lolo ―Butch seguía cabizbajo mientras hablaba.

     ―Levante usted la cabeza. Míreme usted a los ojos cuando me hable, hijo.

     Rizal se dirigió al juego del comedor, tomó una silla y la llevó hacia donde Butch estaba sentado sobre el sofá. Se sentó sobre la silla al revés, con las piernas alrededor del respaldo.

     En tono calmado, dijo: ―El español es vuestro idioma. Mucho más que el inglés.

     Butch se estremeció, abrió grandemente los ojos con sorpresa y algo de indignación.

     ―Pero
lolo, cómo es posible, si todos dicen que es el idioma de los opresores, es lo que me enseñaron, lo que se sigue enseñando en todas las escuelas.

     ―Los opresores no tienen ninguna necesidad de hablar en un idioma especial para poder oprimir a nadie. Ustedes con sus
com-piYU-ters, ¿de dónde vienen los tales com―piYU―ters? Me imagino que tienen contenido, ¿en qué consiste tal contenido? ¿Quién decide cuáles contenidos deben entrar? Estos MOU-vis, esta historia irrisoria de mi vida y novelas, ¿quién ha decidido contarla de un modo tal que hasta yo no la puedo entender? Me queda clarísimo, incluso desde la perspectiva de un forastero, por así decirlo, que estas máquinas maravillosas tienen sus tretas, tienden trampas a la mente. El idioma que utilizan es lo de menos. Uno sabe cuando le mienten, y si uno ya no lo sabe, entonces le han enseñado a no saber distinguir entre la mentira y la verdad.

     Súbitamente Butch tuvo una idea y se le iluminó la cara.

     ―
Lolo, ¿qué te parece si vienes conmigo a un canal de televisión mañana para dirigirte al público filipino?

     Su racionalidad había irrumpido repentinamente en el estado de embrujo con una consideración práctica. De algún modo había que hacer algo para poder compartir con otros lo que estaba sucediendo.

     ―
¿Canal de televisión? ―preguntó Rizal. Otra voz desconocida, propia de ese fascinante mundo del futuro.

     Butch agitaba los brazos entusiasmado.

     ―¡Así puedes salir en esa caja y hablar con todos los filipinos que estuviesen viendo televisión en ese momento y decirles las mismas cosas que he aprendido de ti esta noche!

     Rizal echó una mirada al televisor y se quedó en silencio; luego respondió para la desilusión de Butch:

     ―No puedo hacerlo.

     ―¿Por qué no?

     ―Porque eso debe hacerlo usted. Ésta es su época, no es la mía; yo debo volver y cumplir mi parte.

     Butch se sintió decepcionado pero hizo caso omiso, ya que al mismo tiempo sabía muy bien que una cosa así solo podía suceder en los cuentos de hadas. Además, no cabía duda que si tal cosa sucediera pondría su vida entera cabeza para arriba:
¿te imaginas lo que pensaría la familia? Sería contravenir la regla de hierro de la colonia chino-filipina: la invisibilidad. Dio con otra pregunta de igual urgencia y la lanzó sin chistar.

     ―¿Cómo llegaste acá lolo? ¿Por medio de qué arte de magia?

     Rizal quedó en silencio un largo rato antes de responder.

     ―Al hacer memoria recuerdo que salí a pasear por la Luneta… no sé qué aspecto tendrá Intramuros en este tiempo, o la Luneta…se me figura que ha habido muchas nuevas edificaciones.

     ―Intramuros fue arrasado por los bombardeos aéreos de los norteamericanos en 1945, lolo.

     ―Dios mío.
Bombardeos aéreos. Creo poder visualizar lo que significa. Y ¿qué de la Hermita, Tondo, Binondo?

     ―No sufrieron tanto daño. Pero sería imposible para ti reconocer alguno de esos lugares hoy.

     Rizal miró hacia el piso y prosiguió con su relato como rescatando algo de la memoria antigua.

     ―Fuera de las murallas de Manila está la Luneta, el campo de Bagunbayan, y el Malecón donde la gente pasea a pie, a caballo o en carruaje, a la orilla del mar, por la playa. Manila es una de las ciudades más hermosas del Oriente, mucho más que Singapur o Hong-Kong. Intramuros está algo hacinado con tantos edificios y la falta de árboles y vegetación lo hacen desagradable durante la temporada del calor. Pero tiene muchas iglesias imponentes con torres; casas antiguas, escuelas, cafés y hoteles. Y el Pásig es un hermoso río donde la gente aún va a pescar y nadar.

     ―Hoy está contaminado, el agua está negra y pestilencial, aunque se ha hecho algún esfuerzo por limpiar y dragarlo...

     ―Qué triste que los filipinos no han sabido cuidar sus propios tesoros.

     ―Incluso puedo recordar que en mi niñez Manila era una ciudad mucho más linda en comparación a como se la ve hoy.

     Butch se dio cuenta que había interrumpido a Rizal y añadió: ―Por favor, lolo, siga. ¿Qué recuerda...?

     ―Caminaba por el Malecón. Era una hermosa tarde y sólo había unos pocos carruajes y personas circulando a pie. De repente apareció una anciana, como por arte de magia, una señora igual a cualquiera de las vendedoras ambulantes que abundan en toda Manila y en cada ciudad, pueblo y barrio, señoras que andan con un paño doblado sobre la cabeza y un canasto bajo el brazo. Pensé que sería una vendedora de
cuchintá o poto. Tenía una expresión amable en el rostro, su vestimenta era limpia y decente y caminaba hacia mí, en dirección opuesta a la mía. Quiero decir que ella caminaba en dirección al mar. Yo volvía al hotel. Cuando pasábamos el uno a la otra, de repente ella habló en voz baja, como si se dirigiera a mí pero sin atreverse a hablarme directamente:

     ―¡Dios le bendiga, Dios se lo pague!, dijo. Quiere decir:
May God bless and repay you! Y al mismo tiempo de decir las palabras hizo algo bastante curioso: se arrodilló al lado mío, y desdoblando el paño se cubrió la cabeza, y sacó algo del canasto que me ofreció con ambas manos, la cabeza agachada y mirando hacia el suelo.

     ―Yo le dije: “Párese por favor, ate”, pero no hizo caso, siguió con las manos en alto y entendí que se trataba de una ofrenda. Entonces vi que en sus palmas acopadas había un pequeño libro y lo reconocí: era un
anting-anting, tal como los que, según el conocimiento popular, los tulisanes6 llevan alrededor del cuello dentro de una bolsita de género. Dentro de tales libritos hay rezos en latín farfullado y en dialecto para proteger al individuo de todo tipo de peligros, desde culebras venenosas, las balas de la Guardia Civil, mujeres traicioneras, vecinos malintencionados, etc. Ella me ofrecía el anting-anting.

     Butch ya no estaba en Makati City en el año 2003. Estaba en el Malecón, viendo a una anciana arrodillarse ante un caballero hispanofilipino: su héroe, el héroe de todos los filipinos.

     Rizal prosiguió.

     Entonces yo le hablé: “
Bakit po ninyo ibinibigay ito sa aquin?7, y eché una mirada alrededor para ver si había alguna patrulla de la Guardia Civil en las cercanías, o incluso transeúntes curiosos, pero cosa extraña: estábamos solos. Dijo que me había reconocido porque me había visto en Calamba donde tenía deudos, y que todos temían por mi seguridad porque se decía que los frailes se vengaban contra toda mi familia y, sobre todo, contra mí.

     Naturalmente, para sosegarla le dije: “No hace falta darme esto,
kagalang-galang na ate8, estoy a salvo”. Pero no se movía del lugar. “Tómelo, hijo mío”, dijo, “en la página 103 usted verá una plegaria para ver el futuro de sus seres queridos”.

     Sus palabras, como es normal, me despertaron la curiosidad. He estudiado las supersticiones filipinas con cierta profundidad, así como el trabajo de los curanderos y hechiceros. La curiosidad se apoderó de mí, aparte del hecho que los tales
anting-anting son en extremo raros. Me hice el despreocupado y acepté su ofrenda, también para que no llamáramos la atención, con el posible resultado de meternos en problemas, sobre todo la anciana. Además de que sospechaba que se me vigilaba.

     ―De modo que tomé el librito y lo dejé caer en el bolsillo de mi chaqueta.

     En ese momento parecía recordar que estaba ahí y empezó a dar palmaditas sobre los bolsillos. Encontró algo en el izquierdo. ¡Era el librito!

     Rizal lo pasó a Butch. Era del tamaño de un escapulario grande y bastante grueso, con páginas de un papel finísimo de color azulino, y cubiertas de escritura diminuta y prolija en tinta negra. Se puso a recorrer las páginas y vio extraños dibujos y escritura en una mezcla que parecía ser de latín y un idioma nativo. Lo abrió en una página cualquiera y leyó:

          b R G t
          l b x t
          _______

          I l c g
          s l b s

          _______

          Sanen bog ca lot nitan
          biniagan say ngaranto
          Sionto sia

          Say Dasalen 3 Pdre
          Nuestro Saquey a siac
          nebos trebolacionis
          Amin


     ―No se entiende nada ―dijo Butch.

     ―Ella me había dicho que leyera la plegaria en la página 103 para ver el futuro de mis seres queridos. Metí el librito en el bolsillo y de repente, ella se había ido. Volví al Hotel Oriente pensativo, repasando el extraño incidente en la memoria, y una vez dentro del zaguán y habiendo pasado el salón de recepción y subido la escalera hasta el segundo piso, donde estaban mis habitaciones, me sentí lo suficientemente seguro como para sacar el librito del bolsillo. La curiosidad me perdió: lo abrí en la página 103 justo al llegar a la puerta de mi habitación. Es todo lo que recuerdo. De repente me encontré delante de aquella puerta ―apuntó la del departamento de Butch.

     ―Entiendo. Será mejor que no mire la página 103 ―dijo Butch. El librito fue devuelto a Rizal y desapareció en el bolsillo de su chaqueta.

     ―Se me figura que solo estaré aquí un cierto tiempo más ―dijo Rizal.

     Al escuchar la palabra ‘
time’, Butch volvió a mirar su reloj en un movimiento reflejo y recibió un shock. ¡Eran las dos y media de la mañana! Rápidamente volvió a mirar a Rizal a la vez que le preguntaba:

     ―¿Quiere decir que en algún momento volverás…?

     La pregunta quedó flotando en el aire.

     Butch estaba solo.

 
    Putangina! 9 Butch saltó del sofá con un grito de dolor, como una piedrecilla disparada de una onda.

     ¡Se había ido!

     Butch empezó a recorrer el departamento entero esperando descubrir que
lolo José sólo se había materializado en alguna otra pieza. Pero no se encontraba en ningún lado.

     Lentamente Butch volvió al living, sumido en la confusión.

     De repente un pensamiento le cruzó la mente como una pequeña luz y miró en la dirección del sofá.

     El sombrero de copa seguía allí, como una tarjeta de visita.


    
 Fin

________________
―¿Quién eres?
Estimado amigo, no sé cómo se llama pero le ruego acepte mis disculpas y no tema, porque estoy igualmente confundido y perturbado.
―Jaime, ¿a quién has dejado entrar? Me refiero al hombre en traje negro con un sombrero en la mano.
    ―No hemos dejado entrar a nadie, señor.
    ―¿Qué me dices? Entonces ¿quién es este tío parado en mi living?
    ―No lo sabemos señor. ¿Quiere ud. que alertemos a Seguridad?
Está bien, no hace falta.
Tagalo: hermana mayor.
Remontados.
¿Por qué me da esto usted?
Respetada hermana mayor.
Tagalo: hijo de puta.