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Revista Filipina

Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina

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Invierno 2017
Volumen 4, Número 2

     
Revista Filipina, Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Invierno 2107, Vol. 4, N
úm. 2

RESEÑAS Y COMENTARIOS BIBLIOGRÁFICOS
PDF: EF y la literatura neofilipina



Edmundo Farolán Romero,
Antología hispanofilipina,
Rakuten Kobo, 2017, 147 pp. [ISBN: 1230001939453]


LUIS M. LALINDE
Universidad de Alicante



El presente volumen, que se presenta y distribuye de forma electrónica, es una antología realizada por Edmundo Farolán (Manila, 1943), quien se sabe, y sabemos, conocedor y partícipe de la literatura hispanofilipina contemporánea. En este sentido, el autor nos brinda una interlocución de primerísima mano del sentir y de la riqueza de las letras filipinas, en el idioma de Cervantes, a toda la comunidad hispana.
      Si el filosofo y lingüista Ludwig Wittgenstein nos decía que algo no existía hasta que no fuera nombrado, el profesor Farolán no sólo nombra sino grita, a modo de enseñanza (y no es la primera vez), la existencia y la vigencia de una literatura que no debe caer en el ostracismo y, mucho menos, en el olvido. Es más, Farolán no sólo se limita a hacer un recopilatorio de los fragmentos más identificativos y, sobre todo, identitarios de la literatura hispanofilipina, como más adelante comentaremos, sino también añade una breve presentación del fragmento y del autor en un sentido más amplio. Es decir, contextualiza lo que estamos leyendo y, en esencia, nos invita a indagar más en la obra de los distintos autores. De esta manera, una vez más, pone en valor sus contribuciones a las letras hispanas desde las lejanas tierras filipinas.
      Dicho esto, en cuanto a la obra propiamente, se encuentra dividida en literatura escrita en prosa y en poesía, apareciendo la primera estructurada en tres subapartados: ensayo-discurso, novela-cuento corto y teatro. Para cerrar su monografía, Farolán incluye un pequeño apartado dedicado a la vida y obra de los distintos autores que ha seleccionado para esta antología, como datos biográficos.
      Entre otras cosas, en la obra podemos vislumbrar un recorrido histórico-cultural de los dos últimos siglos de “lo hispánico” y “el español” en las islas Filipinas, y de cómo ha ido cambiando la significación de la identidad filipina y la presencia hispánica en aquellos lares. En esta línea, el antologador comienza esgrimiendo la implicación y el nexo de los filipinos con el mundo hispano en boca del famoso Luis Rodríguez Varela, narrando y ensalzando las hazañas perpetradas conjuntamente entre españoles y filipinos a lo largo de la historia moderna del archipiélago y, sobre todo, exhortando a los filipinos a luchar por la “madre patria” que, en aquel entonces, había sido invadida por las tropas napoleónicas:




Habitantes de Filipinas. La voz del corazón os habla por mi tosca pluma y rudo estilo. La patria es vuestra madre. Ella os llama, ella os convida a tomar las armas. La patria, hermanos míos, está amenazada. Los franceses insultan la ley de vuestro rey, y sobre todo, la religión de vuestro Dios (p. 6).
      Seguidamente, observamos como Farolán aboga por una selección de textos que reflejan el inicio del distanciamiento entre los elementos indígenas y funcionariales, en un contexto finisecular y colonial. Así tenemos los pasajes del clérigo José Apolonio Burgos y del escritor Marcelo Hilario del Pilar, en ellos si bien se ensalza la lealtad prestada por los filipinos a España, también se denuncian los abusos y las calumnias del clérigo regular sobre la población indígena. Agravios que, ante la pasividad de Madrid, pondrán la mecha de un creciente malestar social contra España que desembocará en unas incipientes ansias independentistas, cuyo punto de inflexión será la figura de José Rizal.
      A Rizal, Farolán le dedica un notable espacio, empezando por su Epistolario dirigido a los filipinos y en donde expone las razones de su posicionamiento frente a la colonización española; y, continuando, con fragmentos de sus novelas más aclamadas como Noli me tangere y El Filibusterismo, que van en la misma línea de defender las libertades filipinas; obras que Farolán culmina, como no podía ser de otro modo, con la poesía “Mi último Adiós”, compuesta justamente en la noche previa de ser ejecutado por sedición a manos de los españoles. Dichos trabajos, en su conjunto, tejen y dan muestra del cambio de mentalidad y concienciación que estaba experimentando la población filipina acerca de su condición colonial. Magistralmente, se observa también en el fragmento de Antonio Luna, Sangre torera, al incidir en la diferencia de cosmovisión y apreciación de lo filipino y lo español.
      Como inciso, señalar que Farolán recoge otros fragmentos dedicados al héroe nacional, aunque ya de época más reciente, como las poesías de Lorenzo Pérez Tuells y Esperanza Baxter que muestran, a nuestro juicio, lo más valioso de la antología. Esto es, la introducción de manera natural de los autores vigentes dentro de los clásicos en aras de crear un continuum cronológico en la obra. Lo cual el lector, especialmente no ducho en estos temas, obviamente agradece.
      Una vez consumada la independencia, se incluyen una serie de fragmentos donde se expresa el ideal de lo que debe ser un filipino como reacción a la consiguiente colonización estadounidense. De esta forma, sobresaliente es el texto de “Filipinizad a los filipinos” de Jesús Balmori:




     ¡Abandonad el idioma que no os pertenece, la moda que os ridiculiza, todo lo que os afea y os arruina y os deshonra! (p.80).
      Como observamos, el nacionalismo filipino se defendía a partir del español. Sin embargo, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial será el tagalo, idioma artificial normalizado para la ocasión, el medio de expresión del filipinismo. En este sentido, a la estela e idea de filipinidad de Balmori, le seguirán, en un contexto de evidente ostracismo cultural a medida que avancen los años, otros autores, siendo los más recientes de esta nómina ―de heterodoxos frente a la americanización y el neoindigenismoel propio Edmundo Farolán y Guillermo Gómez Rivera. Este último, realizará una férrea defensa del español frente al inglés a través de un personaje literario, Doña Librada, en su obra Por los fueros filipinos:




     Somos filipinos como Rizal, nuestro héroe nacional, y, como él, nuestro idioma nacional es el español.” […] “El inglés puede añadirse del español y el tagalo, pero forzarnos a dejar el español y el tagalo, así como así, es un capricho colonial que nos hiere en nuestros derechos humanos y en nuestra identidad nacional.” […] “desde el sínodo de 1599 los indígenas filipinos aceptaron ser ciudadanos españoles. Entonces, nuestros antepasados, ya como ciudadanos españoles, entendían que la imposición del idioma español en Filipinas adquirió la debida justificación. Por otro lado, la imposición del inglés sobre nosotros no tiene ninguna justificación legal porque Estados Unidos todavía no nos ha aceptado, por ley, como ciudadanos americanos. Por eso, es el inglés, y no el español, la verdadera imposición colonial (p.89).
      Otro autor que destaca Farolán es el diplomático Claro M. Recto, quien denuncia el fuerte distanciamiento que existe en Filipinas respecto al español, como sostiene en el siguiente discurso:




     Sería trágico que llegase el día en que para leer a Rizal, a del Pilar, a Mabini y a Adriático, a Palma y Arellano, a Mapa y a Osmeña, los filipinos tuviéramos que hacerlo a través de traducciones bastardas (p. 26).
      Pero, de todos los autores que recoge Farolán, tras Rizal, al escritor que más páginas y análisis dedica es a Enrique Fernández Lumba, con su artículo “La Reliquia”, donde expone el inicio de cambio de paradigma acerca del español en la academia hispanofilipina. Con Fernández Lumba, según Farolán, se muestra:




     […] la realidad que muchos hispanistas en Filipinas no quisieron aceptar; es decir, la realidad de que el español en Filipinas había muerto, y que todo lo que quedaba era nada más que la memoria de una cultura y literatura que lucía por más de un siglo, y que, ya en la segunda mitad del s. XX, era una reliquia.
      Y ya, por último, Farolán recopila los escritos de varios autores, que si bien son conscientes de la nueva realidad del español en Filipinas, reivindican a contracorriente su herencia y legado en el archipiélago. Entre ellos tenemos a Tony P. Fernández, en cuyo texto se ensalza a la figura de Claro M. Recto por su defensa del legado hispánico como parte de la cultura híbrida filipina. Sin embargo, se percata y se lamenta de que esta herencia tiene poco futuro en las islas al ver que hasta el propio nieto de Recto no sabe español. Por otro lado, también tenemos a Elizabeth Medina que, profundizando en la problemática del español en Filipinas, responsabiliza de “la pérdida de la identidad y memoria hispanofilipina” a la política y hegemonía cultural perpetrada durante la colonización estadounidense. No en vano, con la llegada de Estados Unidos se produjo una ruptura violenta con el pasado hasta el punto de rechazar o, cuando menos, minimizar el aporte de la cultura hispánica en la identidad filipina. En este sentido, subraya que hay una disociación al observar que los filipinos de la actualidad no han experimentado su propio legado como pueblo, e incluso al constatar que existe un pronunciado sesgo cultural e historiográfico contra el período histórico que va del siglo XVI a 1898.
      En resumen, de todo lo anterior, observamos que Farolán, a partir de la elección de textos, plasma el antes y el después de lo que implicó la independencia de Filipinas y la irrupción de Estados Unidos en las islas. De este modo, entendemos a partir de la selección del autor que si en el siglo XIX “lo hispánico” y el español marcaban la senda de la creación literaria en el archipiélago, en el siglo XX serán algunos literatos filipinos ―cada vez menos―, los que reclamen una senda para el español y “lo hispánico” en las tierras de la llamada Perla de Oriente. Una de las singularidades de esta antología reside en la inclusión de estos nombres epigonales como Lumba y Tony Fernández.
      En esta línea, podríamos decir que el “Himno Nacional Filipino”, compuesto en español por José Palma y recogido en la obra de Farolán, da testimonio del recorrido histórico que ha sufrido el español a lo largo de la última centuria. No en vano, durante el colonialismo estadounidense pasará a cantarse en inglés y desde 1956 en tagalo, siendo lo más significativo que en la actualidad sólo se pueda cantar por ley en este último idioma. Señal o signo que percibimos como un ejemplo más del distanciamiento filipino de su pasado.
      Finalmente, y a modo de conclusión, cabe advertir que está obra se puede entender como una introducción genérica a la magna obra que, en estos momentos, está realizando el profesor Farolán y que poseen como punto de partida los siguientes títulos: Antología de la Prosa Hispanofilipina, tomos I y II; y Antología del Teatro Hispanofilipino, tomos I y II. Así, de esta forma cada vez más específica y especializada, Farolán se está erigiendo en el principal interlocutor, por no decir referente, de las letras hispanofilipinas. Y esta obra que reseñamos, como decíamos, se erige en todo un trampolín para sumergirnos en las profundidades del patrimonio del país asiático, cuyas aguas poseen un fuerte tapiz confeccionado por las lenguas predominantes autóctonas; y Farolán, como de si un submarinista se tratara, logra traspasar esa “barrera” al adentrarnos en el fondo marino de la creación literaria, arrojando una arrolladora luz ante tanta oscuridad que se cierne sobre esta literatura.
      De esta forma, y a sabiendas de que hace mucho que no se publica una antología de escritos hispanofilipinos, el propio autor nos presenta esta obra como “una memoria, un despertarse de que Filipinas fue y sigue siendo hispánica” […] “un ‘darse cuenta’ no sólo de la existencia sino también de la riqueza de la literatura hispanofilipina entre los lectores y estudiantes del mundo hispánico”. En ese sentido, respecto a los objetivos de la obra, como punto de partida, sin duda, el autor contribuye a mover los hilos o el debate sobre la situación de lo hispánico en Filipinas. Sin embargo, aún hacen falta muchas más contribuciones dada la escuálida bibliografía en la materia. Ante tal paupérrimo panorama es imprescindible incrementar el número de publicaciones de esta índole si no deseamos ver a la literatura filipina en español como una reliquia, como consecuencia del inexorable paso del tiempo.
      En suma, por lo que concierne a esta antología, se agradece como bocanada de aire fresco, donde no sólo se dignifica y realza la labor de los literatos filipinos, sino sobre todo por reclamar atención para seguir de cerca la producción habida, y también por haber, en tierras filipinas. No en vano, a pesar de los pesares, nunca deben olvidar que el español sigue siendo la lengua clásica de un país asiático de cien millones de personas, por tanto, en su expresión y proyección literaria. Edmundo Farolán es un vivo ejemplo de ello.

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