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Revista Filipina

Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina

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Primavera 2017
Volumen 4, Número 1

     
Revista Filipina, Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Primavera 2107, Vol. 4, N
úm. 1

RESEÑAS Y COMENTARIOS BIBLIOGRÁFICOS



LA NOVELA FILIPINISTA:
FILIPINAS EN LA NOVELA ESPAÑOLA ACTUAL


ISAAC DONOSO
Universidad de Alicante


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Ramón Vilaró, Tabaco. El imperio de los marqueses de Comillas, Madrid, Martínez Roca, 2003, 304 pp. [ISBN 84-270-2883-0].
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Sara Mañero Rodicio, El sueño del árbol, Madrid, Verbum, 2015, 355 pp. [ISBN 978-84-9074-186-3].
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José María Fons Guardiola, Los variados avatares de Chejov, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2015, 158 pp. [ISBN 978-84-7796-286-1]. XXXIV Premio Felipe Trigo de narración corta.
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Marta Galatas, Dejé mi corazón en Manila, Madrid, La esfera de los libros, 2017, 376 pp. [ISBN 978-84-9060-500-4].

     En el número 1 de la segunda etapa de Revista Filipina publicamos una reseña dedicada al libro ―bellamente editado y con poderoso título― de Inma Chacón, Las filipinianas, aparecido en Alfaguara en el año 2007. Hicimos entonces un pequeño sumario de las novelas, sobre todo históricas, que, siendo de autoría española, trataban o recreaban un tema filipino o de ambiente filipino. Decíamos entonces que la literatura hispanofilipina no abundaba en narraciones, no ofrecía al público lector una materia que quizá estaba demandando, no encontraba un boom como el hispanoamericano con el cual saciar un lenguaje novelesco innovador y una escenografía que daba rienda suelta a la imaginación. Claramente la novela filipina en español no podía hacer eso, ni puede, pues tan sólo comienza en estos últimos años, con tres novelas publicadas y alguna en camino, a presentar un pequeño repertorio de textos, en cualquier caso siempre al margen del apoyo editorial que recibieron los autores americanos del boom. No encontramos ninguna editorial que apueste por una línea de obras filipinas, a excepción de la novel Editorial Hispano Árabe, que valientemente ha asumido la continuidad de la «Colección Oriente». Hay que ser realistas, y no creer que después de una escisión cultural tan drástica como la acaecida en el siglo XX filipino, el creador archipelágico va a ser capaz de recomponer el puzzle en el que se encuentra. No obstante, y en el mercado global en el que vivimos, somos de la opinión de que un mayor apoyo editorial sería bienvenido, pues así lo reclama la demanda, un público que sin duda demanda leer Filipinas.
     Y así lo prueban las obras que en los últimos años han ido apareciendo, obras que en su conjunto dan una secuencia completa de la historia del archipiélago asiático, desde la llegada de Magallanes a la época cibernética. Ya señalamos en nuestra reseña de Las filipinianas otros textos españoles que habían novelado temas filipinos: la conquista española (Los primeros de Filipinas (2004), de Pedro J. de la Peña), el comercio del galeón y el siglo XVIII (El Galeón de Manila (2007), y Conspiración en Filipinas (2001), de Manuel Lozano Leyva;), y la Revolución filipina (La Perla del Oriente (1993), y Perdido Edén (2004) de Jorge Ordaz).
     Nos gustaría en esta ocasión hacer un comentario bibliográfico a las últimas publicaciones al respecto, y recuperar, en primer lugar, una novela que no atendimos en su momento, Tabaco, de Ramón Vilaró. El texto apareció hace casi quince años, pero representó sin duda un punto de inflexión en la novela filipinista. Empleaba un concepto tabaquero para titular cada capítulo, que explicaba a través de los personajes o en la narración de los sucesos. El título además hilaba argumentalmente la historia, que trataba del fascinante ascenso de Antonio López y López como magnate de las empresas al servicio del imperio español a finales del siglo XIX, primero en Santiago de Cuba y, después, la sucesión de su hijo Claudio López Bru y la creación de la Compañía General de Tabacos de Filipinas.
     El valor narrativo de la novela reside, aparte de dar voz y revivir la construcción del imperio Comillas, en el personaje ficticio Gil de Tallaferro, amigo de la infancia de Claudio y posteriormente abogado del consorcio. La historia nos va llevando al esperado escenario de un castila (Vilaró usa castilla y castilia; ciertamente la obra no destaca por el empleo de filipinismos) que, pese a su impasible vida de abogado que se desahoga en burdeles, queda enamorado por una mestiza filipina, Clarisa, amante de José Rizal. Igualmente es esperable que la dalaga acabe siendo katipunera, y que el pobre Gil pierda completamente su racionalidad europea. Pero al menos sí hay dos elementos que golpean el relato: primero la aparición de Rizal como personaje, al que se le adjudica una nueva amante; y segundo, el pequeño pero catártico diálogo en el que el coronel valenciano dice la verdad más desgarradora a Gil: “―¡O es que creías que tu puta era una monja! […] ¡Pégate un tiro, antes de que te conduzca ante un tribunal por traidor!”. Es la única vez que la novela nos lleva a la cruda realidad, junto al hundimiento de Jacint Verdaguer. Nada que ver con la idealizada imagen de la mestiza de portada, magnífica joya de Carlos Vázquez (1905) que ilustra el volumen y que, sin duda, avala la magnífica edición.
     El siguiente texto es una obra publicada más recientemente en el tiempo, El sueño del árbol de Sara Mañero Rodicio (2015). A diferencia de la anterior, con un reclamo iconográfico delicioso en la portada, el árbol de pintura salpicado que ilustra la portada del libro de Verbum para nada indica que el tema es filipino. Creemos que la cuestión no es banal, pues sin duda la obra es una de las que más se esfuerzan por mostrar ese mundo filipino, en mentalidad y lengua, con un uso exuberante de conceptos filipinistas, y frases enteras en tagalo. Es una lástima que la portada no transmita directamente el contenido de la obra. Quizá una de las maravillosas tallas en madera filipina podría haber resuelto mejor el tema de portada, pues a la postre el libro trata de las innumerables capacidades de la ebanistería filipina, aprendida por Arnaldo Verín de una familia de igorotes, e importada a una carpintería madrileña. La descendencia de Arnaldo, tanto en Filipinas como en España, se entrecruza a través de esa fábrica de muebles, entrelazando al mismo tiempo dos historias en dos tiempos y dos escenarios diferentes: la Filipinas de finales del XIX y comienzos del XX, y el Madrid en 2011. La lengua de la narración es igualmente doble, un español clásico y depurado para los capítulos decimonónicos, y un español coloquial e irreverente para el Madrid actual.
     La trama gira en torno a la vida de Arnaldo Verín, desde que sale de su aldea gallega hasta que muere en un naufragio, dejando dos viudas y huérfanos, y la reconstrucción de la historia por parte de sus descendientes. El sueño del árbol, por lo tanto, es la fuerza de la naturaleza para dictar los destinos, para dar vida después de la muerte del tronco, para determinar lo que las cosas acaban siendo, a pesar de la incertidumbre de nuestras vidas, y todo ello narrado con el telón de fondo de la ruina del imperio español y la conquista americana del archipiélago filipino.
     La novela es extensa y peca de prolijidad, hay materias que se podían haber resuelto más rápidamente. Después de muchos capítulos, viajes, guerras, peripecias y pesadumbres, la resolución del conflicto se va precipitando de forma frenética. Y lo cierto es que la novela es melancólica, apesadumbrada, y el desenlace final se espera como la salida a un túnel, descifrar por fin el enigma que hay detrás de la vida de Arnaldo, castila amancebado con una igorota. El resultado de este enlace interracial no es mucho más satisfactorio que el de la novela anterior, y la dalaga acaba cumpliendo el famoso refrán filipino: “Santa santita, de corazón maldita”. Pero más allá del armazón de la obra, destacan sin duda verdaderos tesoros que la novela contiene, dispersos en diferentes partes, análisis muy certeros de la realidad filipina y de su historia. Como ejemplo, la magnífica trama de Rizal y los problemas con los dominicos en Calamba, que Sara Mañero relata con afinada maestría.
     José María Fons Guardiola nos llevaba prometiendo un texto rompedor desde la aparición de Sostiene Sentado, artículos periodísticos de David Sentado (2011). Y en efecto, Los variados avatares de Chejov es una obra innovadora y de una originalidad poco usual. Todo ello le valió el «XXXIV Premio Felipe Trigo de narración corta» y la publicación de la obra por la Diputación de Badajoz. Conocedor de primera mano de la realidad cultural filipina, José María Fons nos ofrece un delicioso relato que transciende nuestra capacidad de comprensión, para llevar el plano de la creación a la robótica. Ante la ruina de la literatura hispanofilipina, el último de los escritores filipinos en español, David Sentado, recibe el encargo de adiestrar a un robot en la materia, de forma que el robot eluda la fractura cultural y produzca una obra, la mejor de las obras, como si culturalmente Filipinas hubiera vivido un continuum hispánico. El robot, de nombre Chejov, va adhiriendo todo un material misceláneo, con el fin de poner orden al caos filipino. El resultado es completamente inesperado, metafísico, y el plano cultural se abandona para acceder, seguramente, a la mayor de las certidumbres filipinas: la responsabilidad delegada en lo divino.
     Al margen de la trama, la obra es un verdadero tesoro de ideas, datos y reflexiones sobre la literatura filipina, su pasado y su porvenir, la forma de dinamizar su producción, hacia dónde se debería de caminar, para acabar sin escrúpulos en un mundo embrutecido sin solución de continuidad. No es una novela histórica, ni por su extensión ni por su materia, sino una narración corta en la que se plantea, seguramente por primera y única vez, el metarrelato de lo que pudo ser la literatura hispanofilipina de no haberse arruinado el español en el país asiático, una ciencia-ficción de una literatura que no es, pero que pudo ser, estableciendo todos los nexos aislados para dar, efectivamente, realidad a ese continuum. Una obra maestra de David Sentado, que aún no ha tenido réplica por parte de Pánfilo Goyena (el caos en el que acaba la obra, compromete la aquiescencia del novoguipuzcoano, recordemos gran adicto a la entropía).
     Finalmente, hace unos meses se presentó la última obra de Marta Galatas, Dejé mi corazón en Manila, una novela clásica, de mirada femenina, la historia de Julia Salazar, una mujer que escapa de la guerra civil española para sufrir el holocausto filipino durante la segunda guerra mundial. En lugar de filipinismos la obra abunda en anglicismos, y en una visión de la sociedad filipina desde arriba, a diferencia por ejemplo de la novela de Sara Mañero. En efecto, la obra de Galatas destaca sobre todo por reflejar un espectro de la sociedad filipina de la Belle Époque poco conocida en la actualidad, incluso en la propia Filipinas: las élites de origen español que dominaban el país durante la época norteamericana y, en concreto, durante los diez años de la Mancomunidad, 1935-45, los años durante los cuales sucede la trama de la novela. Por sus páginas cobran vida Manuel Quezon (que escribe Quezón, a pesar de la numerosísima insistencia por parte de la historiografía en escribir el apellido sin tilde), Enrique Zóbel y, sobre todo, Andrés Soriano. La deriva de estas familias como consecuencia del conflicto civil español, la intromisión de la Falange, el colaboracionismo con el golpe militar de una parte de estas familias, son ingredientes que sin duda dan originalidad a la novela, y disculpan otros errores en torno a la cultura filipina, como “Banco Islas Filipinas” (que debería ser “Banco de las Islas Filipinas”, p. 92) o hablar de tagalo cuando se trata de población ilonga (p. 142). Aunque es una novela de mujeres, en lugar de filipinas, las protagonistas de la trama manileña son extranjeras: la española Julia y la norteamericana Carol, espía de la CIA. El único filipino retratado con mayor abundancia es el otro protagonista del relato, Santos Echevarría (aunque de origen hispano-filipino). Personaje extraño, se presenta como un arribista mujeriego (“Las oportunidades las tenía a cientos con las mujeres filipinas, una raza sin lugar a dudas de abundantes y excelentes cualidades, féminas extraordinariamente dóciles y dispuestas”, p. 42) y acaba siendo retratado como gran marido y padre de familia. Julia tampoco es un personaje demasiado claro, y da la impresión de ser opuesta a la idea de una mujer libre y dueña de las riendas de su vida. Tiene un momento de acción cuando su marido está preso en el Fuerte de Santiago, pero se desvanece después en la misma descripción apática. Se sube a un barco, se enamora, se casa, tiene hijos, y todo parece que pasa abnegadamente.
     El “corazón” tampoco parece que se quede en Manila, pues la pareja triunfa felizmente en Nueva York y Madrid, y en Manila sólo ha quedado la destrucción, nada que añorar. En fin, la obra tiene una primera parte valiosa para la historia de Filipinas al dar voz a personajes que era necesario recuperar, pero tras la guerra mundial, no hay más novedades que transciendan el desarrollo narrativa, hasta llegar a la esperada muerte de Santos convertido en marido ejemplar. Sin duda se hubiera añadido un notable valor a la trama argumental si se hubieran descubierto los vínculos falangistas y la doble vida de Santos, que tan sólo se intuye, pero en ningún momento se desarrolla ni afecta el desenlace de la novela. Éste podría haber sido el sentido de “dejar el corazón en Manila”, si Julia hubiera descubierto la falacia en la que vivía con Santos y Carol, ambos espías de dos bandos enfrentados, y hubiera tomado por fin las riendas de su vida, sin cosméticos ni maquillaje, aunque, si se quería, con el agar-agar, producto que acaba teniendo un inusitado protagonismo en los capítulos finales. Era necesario sin duda un momento catártico, que la novela no tiene, pero que Galatas había perfilado correctamente a través de la figura enigmática de Andrés Soriano, sus vínculos falangistas, y el papel en la sombra de Santos.
     La edición presenta una bella imagen de portada en tapa dura, imagen en consonancia con el excesivamente edulcorado relato que se narra a pesar del drama bélico. Tan sólo hemos encontrado un momento en el que, por fin, el texto transciende la descripción aséptica: “Y cuando le preguntaron si vio lo que le hicieron a las mujeres, dijo que no, pero que podía oír sus gritos […] Cuando salí del baño vi que también habían violado y sodomizado a una niña de ocho años”, p. 270. Con este trato narrativo, el lector pasa por el conflicto aprendiendo de los espías americanos y burdeles japoneses, pero se echa en falta una visión de la propia vivencia filipina, que acaba en porteadores, guerrilleros y prostitutas. En cualquier caso, insistimos en que la obra ofrece novedosas aportaciones al mundo de la Mancomunidad, las élites de origen español en la Filipinas norteamericana y, de forma curiosa, el desarrollo de la farmacia en el país, pues a la postre éste es el negocio de Santos.
     Sin duda se nos han olvidado otros textos, o no hemos llegado a conocimiento de otras novelas, pero las que hay dan un muestrario de la temática, materia y vigencia del tema filipino en la novela española. No hemos podido tener acceso a la obra de Juan Manuel de Prada, Morir bajo tu cielo (2014), pero sí a una novela que promete ofrecer nuevas aportaciones al género, Copla el recuerdo de Manila, de Jordi Verdaguer Vila-Sivill y, actualmente, en vías de publicación. El texto ya ha recibido importantes galardones: finalista del Premio de novela Ateneo de Sevilla (2016); finalista del Premio Ateneo de Valladolid (2016); premio a la mejor carta de amor del Ayuntamiento de Arucas, Gran Canaria (2016). La Unión de escritores de Cuba, a través de su presidente, ha manifestado deseo de publicar el libro y presentarlo en la Feria del Libro de La Habana del próximo año.
     En conclusión, ante la falta de una novela filipina consolidada y que pueda ofrecer al público hispanohablante los deleites de un escapismo hacia la Perla del Oriente, la novela filipinista está siendo, en los últimos años, un substituto del mercado editorial. Al menos ha producido, se puede decir ya, una proliferación de textos que, en su intento de recuperar filipinismos léxicos, ambientes filipinos y la mentalidad del archipiélago, componen un pequeño esfuerzo por reemplazar lo que se ha perdido con la precariedad cultural que ofrece, lamentablemente, la creación desde Filipinas en lengua española.

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