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Revista Filipina
Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Invierno 2019, volumen 6, n
úmero 2

BIBLIOTECA Y ACTUALIDAD



ENTREVISTA CON
MACARIO OFILADA MINA


REALIZADA Y TRANSCRITA POR ANDREA GALLO
MANILA, 3 DE NOVIEMBRE DE 2019

Con ocasión del fallo del V Premio José Rizal de las Letras Filipinas, con un intervalo de diez años desde la primera entrevista que tuvimos con el académico Ofilada —publicada en Destiempos (el lector curioso podrá leer la entrevista en la página http://www.destiempos.com/n21/gallo.htm )—, hemos conversado de nuevo con alguien que es ya, a día de hoy, el futuro hecho realidad de la literatura hispanofilipina, sobre su musa y su proceso creativo, además de otros aspectos de la cultura y las letras de su país. He aquí el resultado de esta conversación:

AG: Ante todo, además de agradecerte la disponibilidad por esta entrevista, quiero felicitarte por la atribución del «V Premio José Rizal de Letras Filipinas» que el Instituto Juan Andrés de la Universidad de Alicante te otorga en este año 2019 por tu poemario Salmos heridos, Algunos pecados de juventud y Gymnopédies astrales, editado por la Editorial Hispano Árabe de Barcelona en la Colección Oriente, donde ya publicaste tu novela Abad de Dios. ¡Felicitaciones!
….¿Cómo consideras este premio dentro de tu trayectoria artística?

MO: Muchas gracias por la felicitación. Aprovecho esta oportunidad para hacer llegar, desde estos tristes trópicos que es mi tierra de origen y proyección, a los colegas del Instituto Juan Andrés y de la Universidad de Alicante un cordial saludo y mi agradecimiento por este honor generoso. No sólo es un reconocimiento hacia mi pobre persona sino que es ante todo un acto que honra a mi tierra con todo su patrimonio hispánico e incluso prehispánico, pues desde la fusión de estos dos empezó a edificarse la nación filipina. Y esta construcción es una aventura. Sigue como aventura por ser una historia. La historia es, dicho en términos nietzscheanos y orteguianos, es voluntad de aventura. Esta misma voluntad la ha trazado santa Teresa de Jesús como Camino de Perfección, cuyo motor es la “determinada determinación”. Mi trayectoria artística es lo que podría denominarse mi “determinada determinación” dentro de mi camino. Siempre he interpretado mi trayectoria vital como camino hacia Jerusalén, hacia la Pasión que es muerte y eventualmente resurrección. Este premio es como una pausa. Es mi Transfiguración. Mi Monte Tabor antes de subir mi Monte Calvario. He de bajar del Tabor para caminar hacia Jerusalén, antes de subir finalmente el Calvario. Un momento de descanso, refrigerio, retiro durante el recorrido duro para no huir de ello sino para emprenderlo con una mayor “determinada determinación”. El premio es importante. Pero no es lo más importante. Es un estímulo, por así decirlo, para poder seguir abrazando lo más importante que es el proceso creativo que exige constancia y fidelidad, pues es una vocación. No es una mera llamada dentro de la vida sino que es la mismísima voz de la vida, de mi vida. Mi “determinada determinación” es mi respuesta incesante a esta voz, a esta llamada, a esta vocación como filhispano que en mi caso es un acorde de tres notas, a saber, el filipino, el inglés y el español.

AG: Me alegra que hagas referencia a los idiomas que dominas y que usas para tu expresión artística y académica, de hecho, te asomaste a la escritura en español con un tomo poderoso sobre San Juan en 2002 con un libro editado por la prestigiosa Monte Carmelo. Reciente es otro título tuyo sobre Santa Teresa, es decir, tu producción en español había empezado como escritura profesional vinculada a una interesante ocasión de publicación. Por otra parte, has publicado una novela y ahora este poemario y, por lo visto, guardas bastante más inéditos en español
….¿Cuál es entonces tu relación con la lengua española y por qué has decidido elegirla para tu creación literaria en vez del inglés o del filipino?

MO: En realidad, antes de publicar ese libro —que fue mi primero y con un lenguaje y estilo marcadamente académicos por ser la tesis doctoral—, en 2002 ya me había asomado a la escritura en español, como dices, con muchos artículos, ensayos, recensiones publicados en diversas revistas científicas europeas y filipinas. Y por supuesto, es preciso distinguir las obras publicadas (las del asomo que tú denominas) y las no publicadas, es decir, los manuscritos. Los libros sobre san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús son escrituras profesionales, pues revelan mi faceta como investigador con una metodología multidisciplinar en la que convergen principalmente la filosofía, la teología, la espiritualidad o el estudio del hecho religioso, y siempre con sentido histórico y cultural. Es cierto que en este sentido, mi formación en español ha sido clave en la elección de la lengua. Por otra parte, también es cierto que me eduqué en inglés, por lo que tengo también varios libros y artículos, es decir, lo que llamas escrituras profesionales en inglés. De hecho, me enseñaron primero a escribir en inglés para prepararme para el colegio, pues como bien sabes las clases se daban en inglés, algunas en filipino, como lengua filipina y estudios sociales. Nunca me dieron clases en español. Los únicos cursos en español que seguí en Filipinas fueron un cursillo avanzado en gramática y composición y otro en literatura en el Centro Cultural de la Embajada de España. De los cursos universitarios de Lengua Española no quiero hablar, pues no quiero hablar mal de nadie. El español sólo lo hablaba en casa y con algunos familiares o amigos de la familia. También leía libros en casa en español, muchos de los cuales eran devocionarios. Mi madre me enseñaba a escribir cartas o deletrear, usando la antigua ortografía, palabras en español, lo cual me costaba, pues mi padre a la vez me compraba libritos y tebeos y asimismo me enseñaba a escribir cartas y deletrear en inglés. El filipino lo aprendí en los alrededores, de manera natural. Pero el filipino que aprendíamos en el colegio en Makati de los Padres Agustinos, que también llevan la Iglesia de San Agustín retratada en mi novela, era distinto, más formal, rígido, anticuario, ideologizado (por lo de la dictadura de Marcos) e incluso poético. Este tipo o variante de filipino, que era también el que se utilizaba en los medios de comunicación, sobre todo en aquellos años duros pero tranquilos e idílicos de la Ley Marcial de Marcos, no lo podía reconciliar con el filipino que aprendí en casa, en la intimidad por lo cual cultivé un disgusto por él, y como resultado el filipino no llegó a ser mi lengua literaria. No como en el caso del español y del inglés, pues me sentí a gusto con estos dos dado que yo pude reconciliar lo aprendido en casa y en compañía de los familiares y de los amigos con lo del colegio, los viajes y los medios de la comunicación (en el caso del inglés); y con lo del colegio (pero no en clase sino con los padres agustinos españoles cuyo español ya era algo filipinizado o parecido al español filipino, e incluso corrompido por la influencia del inglés), las visitas y cursillos en el Centro Cultural de la Embajada de España (donde me di cuenta de algunas diferencias históricas y culturales entre el español decimonónico filipino y el español europeo actual, pero esta experiencia no fue traumática dado que pude asimilar con naturalidad esta transición, por decirlo así), los diálogos con conocidos latinoamericanos (con cuya variante del español se nota una afinidad o proximidad con lo aprendido en casa), los viajes (primero a México y después a España), los libros y materiales disponibles entonces…
….Para mí, la escritura o la lengua literaria es un acto espiritual. Entiendo espíritu como integridad. En inglés y filipino, pude lograr una integridad que se encarna en mi persona por poder reconciliar, asimilar, unir todos los ámbitos en que me movía. Esto no significa que tenga dominio intelectual y cultural sobre todo los dominios pero tenía integridad, esto es, pude cultivarme como espíritu en todos ellos. No así con el filipino. No era fragmentación, porque todos nuestros conocimientos son fragmentarios, sino más bien desintegración, falta de reconciliación, desgarramiento. Con el filipino, no logré una túnica sin costura, que es la costura filhispana que ciertamente incluye el elemento yanqui o gringo, lo cual es la condición para la desnudez, que es condición constituyente del espíritu en su transparencia y que es un tema recurrente en mi obra, sobre todo en mis poemas. Desgraciadamente no pude integrar todos esos ámbitos. Tal vez a estas alturas, con la madurez, ya he logrado una cierta integración o espiritualización en lengua filipina pero todavía no me he atrevido a intentarlo. Otro factor es la presencia de incontables dialectos de tagalo en un área no muy extensa y este proyecto artificial de construir una lengua nacional llamada filipina como un batiburrillo compuesto de las varias lenguas filipinas. Eso contribuye al desgarramiento continuo que no es la evolución dinámica de una lengua sino la fundamentación de un permanente estado de disolución e desintegración de la lengua filipina, lo cual no permite que sea lengua de espíritu. No sé si me he explicado muy bien. Ah, ¡por cierto! He de reconocer la gran ayuda del programa televisivo bilingüe Barrio Sésamo o Sesame Street en este proceso personal de integración, de espiritualización de mi realidad filhispana. En la época de Marcos se intentaron programas parecidos en lengua filipina, pero a mi juicio su uso de la lengua era rebuscado, afectado, pretencioso. No podía reconciliar mi experiencia cotidiana de la lengua filipina con el uso de la lengua filipina de estos programas y del régimen de Marcos en general. Y, sobre todo, no podía aceptar que me parecía otra lengua el tagalo de algunos compañeros de juegos en la provincia de Bulacán o algunos coetáneos en Tondo, Manila o en la provincia de Batangas puesto que las distancias no eran grandes. De ahí mi incapacidad de producir obras literarias en filipino. Aunque yo quisiera intentarlo en el futuro.

AG: Me ha sorprendido que hayas dicho que lo hispano incluye el elemento yanqui o gringo dado los casi cincuenta años de colonización norteamericana de tu país. ¿No se incluye en este conjunto el interludio japonés como parece sucede en el caso de Jesús Balmori?

MO: Me costaba creer al principio, cuando era un niño, que el español que hablábamos en casa en Filipinas era distinto al que se hablaba en España o en Latinoamérica. Aquellos padres agustinos españoles del colegio, aquellos vecinos y amigos de mi madre españoles y latinoamericanos ya llevaban mucho tiempo en Filipinas, por lo que no podía distinguir a tan tierna edad entre acentos y vocablos. Lo mismo con el inglés nuestro, con el que se hablaba a los norteamericanos y a los ingleses. Empecé a darme cuenta de las diferencias cuando vinieron a visitarnos algunos amigos australianos. Fue, por así decirlo, mi primera crisis lingüística. Mi padre me explicó la gran distancia física y cultural entre Filipinas y Australia. Y lentamente empecé a deshacerme de mi creencia infantil de homogeneidad lingüística. Con la edad, uno se hace más agudo, se hace diferenciador.
….Respondiendo ahora a tu pregunta, aquel interludio japonés era algo pasado, superado, temporal. Los japoneses no han logrado echar raíces si bien han podido difundir, imponer, enseñar algo de su lengua y cultura, sobre todo respecto a sus artes culinarias. Pero sin echar raíces. La niponofilia de Balmori fue breve. Yo creo que lo estimuló la actitud de los norteamericanos al español, a lo hispánico antes de la Segunda Guerra Mundial. Balmori vio las atrocidades, por lo que se hizo consciente de que Japón era un amor fugaz, por no decir equivocado. A mi juicio, aunque ya han formalmente terminado las épocas de la colonización, tanto española como estadounidense, y sin contar con la breve ocupación inglesa de Manila, siguen siendo vigentes sus respectivos “patrimonios”. Han echado raíces en nuestra identidad filipina, es decir, filhispana, que incluye el amor con el inglés de los norteamericanos. He aquí la síntesis de mi diferenciación. España y USA no eran amores fugaces. Sólo con estas raíces uno puede llegar a ser creativo, porque uno se siente dueño de sí mismo enmarcado en este conjunto patrimonial. Por favor, no pienses que no le doy importancia al interludio japonés. Lo japonés, como lo malasio, lo surasiático, lo chino, lo indio, lo inglés o lo de Inglaterra y no de Norteamérica son las voces que se oyen, tal vez no del todo potentes, pero latentes, presentes, vibrantes, de aquel acorde de tres notas principales con que configura mi identidad filhispana.

AG: A este propósito, ¿cómo describirías tu proceso creativo? Por ejemplo, ¿cuándo escribes poesía, cómo nacen tus poemarios? Quiero decir, ¿los planificas o la inspiración nace espontáneamente? ¿Por qué sientes la necesidad de expresarte en verso? ¿Es una necesidad interior, un deseo de comunicarte con un público o un compromiso cultural?

MO: El proceso creativo, para mí, es un experienciar —y no sólo un experimentar como dejé claro en mi libro de 2002 al referirme a la experiencia mística desde san Juan de la Cruz—, esto es, el proceso constante de la mediación de lo real como realidad y de la realidad como real. Pero en mi proceso creativo, yo me apropio de este experienciar de forma que la mediación sea mía, es decir, mi mediación de mi real como mi realidad y de mi realidad como mi real. Este proceso creativo se identifica con mi vida misma. Aunque no esté escribiendo o leyendo, aunque esté paseando, comiendo, durmiendo, discutiendo con alguien, estoy creando, pues los distintos momentos no sólo constituye material para mis obras sino que son la obra misma en su extensión original. Los poemas, las novelas, los escritos son la condensación de esta misma extensión original. Son su versión efable, legible, inteligible, por decirlo así. Cada momento es momento de inspiración, de iluminación incluyendo los momentos más secos, áridos, desolados. Sólo es cuestión de aceptarlos, reconciliarlos con mi cotidianidad, integrarlos en mi escritura.
….Entre las formas de escritura está el verso. La escritura es como la aceituna. El verso o el poema es el aceite de oliva virgen extra de la escritura. Es la pureza, virginidad, frescura del experienciar, de la mediación que luego pasa por filtros que son el camino hacia la prosa. Esto no significa que no revise mis poemas. De hecho, soy un corrector quisquilloso. Antes de filtrarse lo real como realidad, la realidad como real se deja oír en su inefabilidad más pura cuyo primer fluir desde el manantial, más allá del mundo pero histórico a la vez, es el aceite de oliva virgen extra del verso. Luego, este fluir pasa por los filtros que son fases de expresión en que la inefabilidad se analiza, se desmenuza, se analiza, se corta, se prolonga, se amplía. Todas estas fases son las etapas de la prosaización de lo poético cuyo extremo toma cuerpo en las numerosas recensiones, reseñas, críticas tanto en revistas como en páginas volanderas. Yo voy más allá de las necesidades interiores o deseos de comunicarme o compromisos. Como bien sabes, muchos de mis escritos nacieron sin intención de ser publicados. Quiero oír aquella voz primordial, saborear el aceite de oliva virgen que es más fuerte, más intenso, más impactante y dejar que se oiga, que hable, que pronuncie su discurso a través de mi mediación. Es esta la razón por la que escribo en verso. Un lector atento de mis obras se percatará de la integración, al menos de la temática, de mis versos con mi prosa, incluyendo mis obras más académicas. Yo soy espíritu y persona. Yo soy integridad y particularidad. De ahí mi personalidad que es íntegra y específica. Hay que tener personalidad para ser creativo.

AG: Y ¿cómo ha sido el proceso de elaboración de Abad de Dios? ¿Cuál es el móvil para su composición? ¿En qué te has inspirado: es decir, hay más de autobiografía o de ficción? Al gestar y construir la novela, ¿pensabas en un público concreto, y cuál, o se trataba más bien de escribir algo íntimo, algo tuyo que te sirviera como espacio interior personal?

MO: Siempre había querido escribir una novela, pues aunque no tenía o tengo una vida azarosa, accidentada, agitada o fabulosa como las celebrities sí tengo una rica, llena de recuerdos, de acontecimientos y sobre todo de lecciones, primero dentro del seno familiar, y desde el cual empiezo a dialogar con mi cultura circundante y formadora y asimilar todos los ámbitos de la vida, incluso lo ideal, lo fantástico, lo irracional (que no es irreal, para mí todo es real). Abad de Dios nació con mi consciencia de ser filhispano, de ser tal vez el último de los filipinos que nacieron con el español como una de nuestras lenguas y fibras íntimas, y no como los que siguen aprendiendo un español como lengua extranjera o como algo implantado desde fuera (que no es la sensación que tuve al entrar de adolescente en el Centro Cultural de la Embajada de España por vez primera). La novela la escribí en un espacio de tres meses en 2001. Después la corregí varias veces, incluso dejando en la versión final algunas inconsistencias (la vida es constante mas no siempre coherente o consistente) hasta que la editorial la rescató del olvido de mis archivos personales y la publicó.
….La autobiografía y la ficción son dos caras de la misma moneda, que es mi espiritualidad y personalidad. En esta novela yo hablo de mí o de una familia de filhispanos, con vínculos tal vez idealizados o romantizados con una España idealizada y la tierra filipina hispana. No pronuncio un juicio sobre la existencia actual de esta España idealizada y tierra filipina hispana, pero dejo entrever que tal vez ya no existen salvo en el recuerdo, en la nostalgia, en la memoria. El protagonista, Miguel, cuyo nombre significa ¿quién cómo Dios? —yo nací en el antiguo arrabal de San Miguel de Manila y recibí el bautizo y la confirmación en la iglesia dedicada a este arcángel al lado del hospital en que vi la luz—, es un personaje muy introspectivo. Es ante todo un lector. El drama se desarrolla a través de la lectura, que es medida privilegiada de diálogo. De hecho, los diálogos, la acción, el desarrollo de la novela parte de la lectura cuyo ambiente es el silencio. En este sentido, la lectura es ante todo contemplación que mueve a la acción que es lectura, lectura de la circunstancia, de las personas creando así un espacio personal que brota desde dentro pero siempre dialogal, intentando buscar la integridad, desde una particularidad que es filhispana, a través de la lectura que se hace aventura, viaje, exploración. Todo esto, de hecho, es lectura. Y el público a quien está destinada la novela es un grupo lector. Un lector es una persona dialogal, con quien se puede dialogar. Más allá de la intimidad, que sin duda es el núcleo de todo el material asimilado por el novelista, se encuentra el diálogo que es la ampliación de lo que llamas el espacio interior personal en uno compartido, común, en clave de comunión.

AG: En Abad de Dios se nota cierta familiaridad con la forma actual de escribir novelas en España, ¿cuáles son los autores contemporáneos que lees y que te inspiran?

MO: Parte del proceso creativo es dialogar con otros, específicamente de quienes puedes aprender mucho. Entre ellos, novelistas en lengua española y también inglesa. Entre los de habla inglesa, yo siempre he admirado a Ernest Hemingway (El viejo y el mar y, por el tema hispano, Por quién doblan las campanas) y Mario Puzo (El padrino), por la sobriedad de su prosa que intento, sin éxito, aplicar en mi prosa en español. Graham Greene (El poder y la gloria) me ha ayudado a poner en su sitio mi fe católica en mis narrativas. Washington Irving, Edgar Allan Poe y Robert Frost me han enseñado la importancia de la ambientación. Mi primer modelo para la prosa española, a quien quería imitar por su estilo pero sin lograrlo, era Ortega y Gasset a quien leí por vez primera en fecha temprana cuando era adolescente. El filósofo madrileño será siempre para mí reto a la vez que fuente de inspiración, por su estilo circunstancial. Cuando se gestaba Abad de Dios, había leído y estudiado como filósofo y teólogo las autobiografías de san Agustín y santa Teresa de Jesús. De hecho, preparaba estudios serios sobre estos dos textos que se publicaron después. Y en Salamanca, leí el estudio biográfico con trozos autobiográficos de Miguel de Unamuno que es la Vida de D. Quijote y Sancho que incorporaba, como claves y contrastes, en su análisis y discurso la autobiografía teresiana y la ignaciana o de san Ignacio de Loyola a través de la obra biográfica del padre Pedro de Ribadeneira. De ahí el elemento hagiográfico presente en la novela. Pero mi novela unamuniana preferida, por su introspección y porque la acción es interna, sin apenas referencia a la circunstancia externa, es San Manuel Bueno, Mártir. De él he copiado la metáfora de lagos y montañas, que es espejo del lugar, sobre todo en mi infancia cuando aún Manila no era un superpoblado, cuando vivía en Parañaque, encima de una colina, con una vista de la sierra de Antipolo y la Laguna de Bay. Durante mi juventud, también frecuentábamos Tagaytay con su vista del Lago de Taal, el volcán y la sierra. La tía Tula en mi novela la he copiado de alguna forma de la Tía Tula unamuniana. En Réquiem por un campesino español de Sender encontré un elemento afín a esta novela de Unamuno. De Cela, sobre todo La Colmena, he aprendido mucho sobre la ambientación de la narración de la vida cotidiana en un ambiente cosmopolita (Madrid) durante un período específico (Posguerra). Otro autor que hacía hincapié en lo ambiental, pero que utiliza diversos métodos narrativos, muchas veces desconcertantes pero siempre penetrantes, es Luis Martín Santos, cuya obra Tiempo de silencio es un tour de force. Lo mismo puedo decir de Emilia Pardo Bazán cuya descripción en Los pazos de Ulloa me ha influido en mi descripción del Santander rural en mi novela. Por supuesto, José Rizal, sobre todo en su Noli me tangere, es el maestro del costumbrismo y es punto de referencia obligatorio para cualquier novelista filhispano y de tiempos poscoloniales, que se refleja en Abad de Dios. García Márquez, especialmente en Cien años de soledad, me ha recordado que toda novela es fabulación, imaginación, recreación de la realidad como real y de lo real de la realidad. Lo mágico no es irracional. De hecho, es el elemento necesario. Es el encanto de la vivencia que ha de transmitirse con todo su encanto que es su mismísima belleza con su fuerza de atracción. Lo mismo puedo decir de Borges, sobre todo su Aleph. No puedes copiar o imitar los hechos como tal. Hay que utilizar una vara mágica, como Harry Potter (me leí todas las novelas), para hacer que los hechos primero sean míos. De ahí que pueda compartirlos. Nemo dat quod non habet, como dicen los latinos. La pluma creativa de todo escritor es esa vara mágica. No me refiero al pilot, a la máquina de escribir o al portátil sino la pluma que todo escritor lleva dentro. Empiezo a tomar posesión de los hechos como lector y de ahí configuro una historia. No en soledad sino en solidaridad, en comunión con otros lectores como yo. Y todo escritor es siempre un lector. Como el protagonista Miguel de Abad de Dios, yo soy un gran lector y para hablar de todos mis autores preferidos necesitaría ríos de tinta. Baste por el momento, mencionar a los de arriba, sobre todo al referirme a Abad de Dios.

AG: En Abad de Dios hablas con nostalgia del pasado hispano de tu tierra y empleas Manila, Intramuros, como símbolo, ¿no te ha inspirado en esto el autor filipino en inglés Nick Joaquín?

MO: Yo sólo empecé a leer a Joaquín a los 17 años al ingresar en la universidad de los dominicos. Fue sólo entonces cuando me di cuenta de un símbolo común: Intramuros. Mi madre trabajaba en el Banco Central en la sede central en la ciudad de Pasay, frente al Centro Cultural de Filipinas en tierra reclamada de la bahía de Manila. Los fines de semana, a veces, tenía que acudir a la bodega que tenía el banco en Intramuros, pues entonces ocupaba un cargo administrativo, dentro de las ruinas de lo que fuera el ayuntamiento de la ciudad de Manila, en la Plaza de Roma, al lado de la catedral reconstruida de Manila. Y siempre me llevaba. Yo tenía entonces 4 ó 5 años. Desde fecha temprana, conocí los alrededores de Intramuros por los paseos, por las visitas a las iglesias, sobre todo la Iglesia de San Agustín. Para mí, el templo que mejor simbolizaba Intramuros era San Agustín, la iglesia sobreviviente, la testigo silenciosa. Para Joaquín era Santo Domingo, ya desaparecido por su devoción a la Virgen del Rosario, La Naval de Manila. Ciertamente esta devoción está arraigada en el pueblo filipino, incluso en mi familia. Mi madre y mi abuela me hablaban con nostalgia de la fiesta de La Naval, que era la gran fiesta religiosa de Manila, aún en Manila Intramuros antes de la Segunda Guerra Mundial y antes de su traslado, tras la guerra, primero al campus de Sulucan o Sampáloc de la Universidad de Santo Tomás y al templo actual en Ciudad de Quezon. Mi Intramuros era el del sobreviviente, en que perviven restos, huellas, vivencias de lo filhispánico que es San Agustín, que el protagonista Miguel visita en la novela. Esto simboliza una peregrinación hacia el manantial. También visita Santo Domingo, con la imagen taumatúrgica de la Virgen del Rosario, La Naval de Manila pero ya fuera de Manila, Intramuros. Es esta una peregrinación hacia la otra ribera desde la que puede otearse el manantial, desde la que el manantial sigue manando.
….Yo no conocí la iglesia de Santo Domingo de Intramuros. No como mi abuela, mi madre y Nick Joaquín. Lo mío no es mera nostalgia o un mero regreso o redescubrimiento. Lo mío es actualización, la permanencia de la fuente, del manantial y su redescubrimiento y en su proyección. Esta actualización, que es sacramentalización o mediación constante, ha sido captada como viaje por Madrid, Úbeda, Santander, San Juan, Marikina... en todos los lugares mencionados y aludidos en la novela, en que hay un maridaje del español actual de España y del español decimonónico de Filipinas. Lo mismo puedo decir respecto a mi obra poética. ¡Ah!, en la novela se habla de un dominico español, que se basa en un personaje que aún vive (sin que lo sepa él) y amigo, que reside en la parroquia dominicana en San Juan dedicada al Santo Cristo. Ésta era la parroquia de Nick Joaquín. Ese dominico es amigo también del escritor filipino. Para que veas que también hay convergencias. Nunca he vivido en San Juan. Pero uno de los personajes, que era sobrino de mi bisabuelo Vicente Abad Recio, en que se basa el abuelo de Miguel, vivía en San Juan, acudía con frecuencia a dicha parroquia dominicana, tenía amistad con los dominicos españoles y algunos detalles del velatorio y entierro se basan en hechos reales. De hecho, dicho velatorio y entierro me despertó de mi letargo anterior a la producción de mi novela.

AG: El español en Filipinas ha sido la lengua fundacional de la cultura del país, por lo tanto en la narrativa nacional encuentras nombre como Rizal, Paterno o Balmori que han ofrecido un modelo estético y ético. Sin embargo, por otra parte, usar su lengua para hablar de tu contemporaneidad no es ni eficaz ni sería original, me pregunto entonces: ¿es difícil hablar de la realidad filipina, de tu realidad filipina en lengua española? Efectivamente en Abad de Dios has hecho un primer intento de forjar la lengua española a la contemporaneidad filipina, ¿te parece una operación complicada o es algo natural e inmediato? ¿Cuáles han sido las mayores dificultades? ¿Es un proceso de creación lingüística in fieri o lo consideras perfectamente logrado?

MO: Eso es siempre un reto. Siempre in fieri. Puede tomar cualquier dirección, abrir cualquier horizonte, revelar cualquier dimensión. Un reto es un proyecto, una proyección continua. Todos mis escritos son ensayos, pues son intentos, itinerarios, caminos, aventuras. No es que queramos dar en el blanco, pues el blanco somos nosotros mismos. Este blanco no es estático. Es dinámico, es histórico, es experienciable. En constante necesidad de mediación. Estoy convencido de que lo difícil es lo noble, lo que debe realizarse. El éxito, en mi opinión, no consiste en los logros sino en los filones, las sendas, las aperturas. Yo no escribo para mí mismo. Escribo para los filipinos, y los miembros de la comunidad hispana y eventualmente para todos los hombres de buena voluntad. Espero que a través de mis obras filhispanas todos, empezando con los filipinos, puedan oír aquella nota que forma parte de aquel acorde de que te hablaba.

AG: Una aclaración: noto que siempre prefieres y has preferido la etiqueta filhispano a hispanofilipino, ¿nos explicas de nuevo las razones de elección?

MO: Como sabes, la justificación de mi uso del término filhispano aparece en aquel artículo que me publicaste hace años en Transmodernity (Macario Ofilada, “La singularidad de la literatura filhispana” en Andrea Gallo (ed.) Transmodernity: Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World, vol. 4 n.° 1, pp. 54-66). A mi manera de ver filhispano expresa el hecho de que, como filipino, pertenezco a la comunidad hispana que abarca a los españoles, mexicanos, colombianos, etc. ; en cambio, hispanofilipino, a mi juicio, expresa la reducción de lo hispano a lo filipino, pues ser filipino abarca no sólo lo hispano, sino también lo gringo, lo japonés, lo chino, lo malasio, etc. En realidad, es cuestión de preferencias. Personalmente prefiero hacer hincapié en mi pertenencia como filipino a una comunidad o commonwealth de hispanos, con la misma herencia, en vez de ser un hispano reducido a lo filipino.

AG: Gracias por esta aclaración. Volviendo al tema de la creación literaria y de su significado en la época presente, notamos que hoy en día se lee siempre menos; sin duda la novela sigue siendo el género más leído, pero, por ejemplo, el público que lee poesía es escasísimo y, curiosamente, muchos de los que escriben versos no leen poesía, ¿Cuál crees que es la función del escritor hoy en día, especialmente en tu país? ¿A quién se dirige? ¿Cuál es su público?

MO: El verdadero escritor es, sobre todo, profeta. No es un brujo que se dedica a predecir las corrientes o los acontecimientos. Es profeta, es portavoz. No habla por sí mismo. Habla por el otro que le trasciende, que es más íntimo que él. Como profeta, es mediador, es sacramental de la experiencia, que es mediación de lo real como realidad y de la realidad como real. Yo digo verdadero escritor para distinguirlo de los que escriben, publican, figuran en los medios pero que no son escritores porque no son profetas, no son portavoces. Son ideólogos de sí mismos. El verdadero escritor, desde el punto de vista de su propio país, es el portavoz de lo menos malo de su tierra, de lo mejor de su país. Se dirige, en primer lugar, a sus vecinos, prójimos, con quienes comparten su proximidad vivencial que se encarna en la tierra para que éstos oigan lo mejor de esta tierra. Y lo mejor es el espíritu integrador, la persona específica de esta tierra en medio de tanta diversidad, en medio de la pluralidad, en clave de comunión que destruye cualquier pretensión monolítica o tendencia hacia la dispersión. El Espíritu integrador, la Persona específica aspira hacia lo Absoluto, que muchos identificamos como Dios, que se deja experienciar, que se deja mediar en nuestra comunión como religión, en nuestra convivencia como ciudad, en nuestra seguridad como ciencia, en nuestra creación como arte. Como escritor filhispano, es mi pretensión que se deje oír, que se oiga esa nota clave que forma parte del acorde que somos todos nosotros en clave de comunión, que es convivencia, seguridad y creación, si bien, a veces o a la fuerza, hemos de comenzar por la elite, la clase de los dirigentes, de los cultos o de esa minoría orteguiana y realizar con ellos un proceso de mediación experiencial. Así construimos la comunión, edificamos comunidades. Por medio de fases de mediación, empezando con la elite, con los dirigentes pero siempre con la mirada hacia todos, sin intentar convertir esta gran masa en una entidad monolítica sino en una comunión, con divergencias necesarias, con diferencias respetuosas pero en clave de comunión, con la más profunda solidaridad puesto que como pueblo compartimos el mismo destino, el mismo camino hacia el bien común. Como escritor filhispano, he de amasarle al pueblo el pan que es fruto de las alegrías y tristezas, de los sudores y lágrimas, de la sangre y de los suspiros de este pueblo en clave de comunión, como tierra solidaria, en camino hacia una seguridad y creación más grande que abarque a todos, que alimente a todos, que refresque a todos en medio de este duro bregar. Al amasarle el pan al pueblo, yo Macario, el bienaventurado, lucho como san Miguel gritando: ¿quién como Dios? Me refiero al Dios verdadero de nuestra comunión y no los dioses falsos que abundan en el supermercado de divinidades como ideologías, productos, inventos.

AG: Para concluir demos un pasito atrás: en 2009, es decir hace diez años, empezamos otra entrevista hablando de la situación de la lengua castellana en Filipinas a raíz de la entonces reciente propuesta de ley de la enseñanza obligatoria del español. Desde tu punto de vista ¿cuál es el balance de estos últimos diez años, de la situación de la lengua española en Filipinas?

MO: Ya no existe la lengua española como herencia del pasado o parte del alma filipina. De hecho, ya no existe prácticamente el español en Filipinas. Lo que existe es el E/LE (español como lengua extranjera). Es un producto que nos vende la tierra de origen a través de sus organismos oficiales y que aquí ha de venderse. Yo participaba en esta empresa para ganarme la vida. Pero veo que no estamos enseñando español y cultura, ni valores ni humanidades. En este comercio, los clientes son la ley absoluta. Es puro consumismo, lo peor del capitalismo; se disfraza como un don o regalo amistoso pero es la nueva forma de colonización, de mentalidad colonial y racismo, en contra de los mismísimos filipinos y con los mismo filipinos, respaldados por muchos advenedizos con una formación pésima en la didáctica, como protagonistas. Los estudiantes son clientes. Tienen demandas o exigencias, muchas veces irracionales. Son consumidores y no son aprendientes. Son jefes, no discípulos. Son trepadores, no amantes de su patrimonio. Podrían derramarse ríos de tinta de los problemas de la enseñanza del E/LE en mi tierra y sobre la cual he publicado algunos ensayos. Merece una entrevista aparte.
….Desde que he dejado de ser un docente activo, he dejado de publicar sobre el tema pero sigo investigando, leyendo y reflexionando al respecto. Cuando era docente, me dedicaba a investigar el vínculo de la enseñanza del E/LE con la cultura en un ambiente facilitado por la intercomprensión. Como bien sabes, los pilares fundamentales de la cultura son los valores. Esto es lo que hay ahora: E/LE sin valores, sin sensibilidad para la cultura filipina. El E/LE debe ser mediación cultural. A este respecto, cabe decir que el E/LE, como producto, es un medio pero no el fin. Es de lamentar que se haya convertido en el fin o se ha identificado con el fin por lo que consiguen trabajos más lucrativos, trepar con la gente guapa, fingiendo que hablaban el español en el seno familiar, pero no es cierto, falsificar un conocimiento de nuestro patrimonio filhispano a través de visitas guiadas y organizadas a lugares culturales con explicaciones tendenciosas y no fundamentadas, etc. Para cumplir, basta ser medio. Pero el EE/LE no sólo ha cumplido, debido al trámite de la enseñanza obligatoria del español, sino que se ha convertido en el cumplimiento mismo. En efecto, está muerto el español. Vive el E/LE. El E/LE es un dios falso, como muchos de sus componentes aquí que se han constituido en dioses falsos dentro de la sociedad filipina. En vez de resucitar el español, ha colaborado en la firma de su acta de defunción. Ha matado, de alguna manera, al Superhombre que es el español en estas tierras. Hace diez años, el español en Filipinas aún existía. Moribundo sí, ya que el corazón aún latía, pero el cerebro ya prácticamente estaba muerto. Ya ha dejado de existir. Solo el E/LE.
….En sí el E/LE no es malo. De hecho, es, como todos los productos, amoral. Puede ser un instrumento para el bien. Un instrumento es sólo un medio y no es el fin mismo. Su finalidad más noble debería ser la nueva implantación del español en esta tierra, un renacimiento de lo filhispano. En esto ha fracasado. Para lograr esta finalidad noble, el E/LE constantemente en todos los pasos o fases del aprendizaje, de la interacción, del desarrollo tiene que ceder el paso al español. No deben intentar convertir a los alumnos o clientes en meros remedos o marionetas. Y lo peor de todo es que estos mismos clientes desean ser remedos o marionetas. Pero el E/LE se ha convertido en la absoluta finalidad, alimentando las ambiciones desenfrenadas tanto de los vendedores como de los consumidores, tanto de los individuos como de las instituciones. El español es cultivo, cultura, agricultura con los elementos de tierra, fuego, aire y agua. En cambio, el E/LE, que es la moda de hoy, es un producto de laboratorio, muy alejado de los cuatro elementos primordiales mencionados. Muy lejos de los arrozales de mis poemas. O de los trigales. El E/LE es el despacho de pan, a varios kilómetros de la panadería. El español son los mesones tradicionales mientras que el E/LE son las comidas rápidas. Yo sigo escribiendo, investigando, reflexionando, respirando y aspirando como el último pulmón del español en medio de esta crisis ambiental que desafortunadamente había causado la desaparición del español en estas islas y que está causando la crisis actual del E/LE, que tiene solución mediante una conversión radical de la filosofía, actitud y gestión de este medio importante, grande y potente. Sólo de esta manera, y con la colaboración de un E/LE racionalmente planteado, sobre todo desde el punto de vista institucional (léase político), tal vez oigamos latir acordes en esta noche oscura del español en estas islas. Con el tiempo, quizá podamos reactivar o despertar el cerebro. Sólo de esta manera, el cuerpo inerte, con cerebro comatoso, recupera su alma para proyectarse como Espíritu y Persona. ¡Ya quisiera poder anunciar como Zarathustra, con la majestad de Strauss y bajando de mi Tabor para emprender el camino hacia Jerusalén, la muerte del E/LE, tal como se practica hoy en día, que es su constitución como conjunto de dioses falsos, y la resurrección del español en Filipinas!

AG: Uff, ¡Qué fuerte! Sin duda, suena muy fuerte lo que dices, Macario. En parte lo comprendo y veo en ello ‘algo profético’, de hecho ofreces un punto de vista ‘despiadadamente lúcido’ que algo de razón indudablemente tiene. Sin embargo, por otra parte, viendo yo (y hasta participando en primera persona de) señales de ‘resurgimiento’, es decir de un tal vez modesto pero renovado interés y de una incipiente toma de conciencia hacia la expresión filipina en español, no puedo no leer en esta última postura tuya una provocación que pretende estimular un proceso de recuperación auténtica del español EN y DE Filipinas. En esto encuentras en mí un convencido aliado: siempre he pensado y he afirmado que hasta que haya hablantes nativos como tú de español filipino, es preciso hacer cuanto sea posible para que esta herencia —hasta los años setenta de comunidades, hoy en día de familias, dentro de poco sólo de aislados individuos— sea reconocida como patrimonio inmaterial del país. En este ámbito, si me lo permites, creo que vosotros, los escritores filipinos, podéis hacer mucho para guardar, mantener y transmitir el español asiático.
….Te agradezco mucho esta interesantísima entrevista y hasta diría iluminante, te renuevo mis felicitaciones por el nuevo galardón y espero leer pronto tus nuevas obras.