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Revista Filipina
Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Invierno 2019, volumen 6, n
úmero 2

BIBLIOTECA Y ACTUALIDAD

EL BESTIARIO DE ISABELO DE LOS REYES
Y OTROS SERES INVISIBLES
DEL ARCHIPIÉLAGO FILIPINO


ANTONIO GARCÍA MONTALBÁN

A la Dra. Vasiliki Malatra,
que tanto sabe de seres imaginarios,
visibles o no.

“Quiero contar de cuerpos
que han mudado en otras formas diversas”.
Ovidio,
Metamorfosis.

A modo de introducción
….“Entre la memoria y el sueño” podría muy bien haber sido el enunciado de estas páginas, porque ese y no otro es el paisaje que transita. También hubiera sido posible “Figuras de lo imaginario”, pero con ello parecía dejar sin amparo la experiencia de la realidad, tan fundamental en la construcción del individuo y el pensamiento colectivo.
….En el origen de todas las creencias antiguas existe un ímprobo esfuerzo por conservar el contacto con la creación entera y explicarla. Así, la imaginación poética de los pueblos suele surgir del culto a la naturaleza, más aún cuando ésta tiene mimbres de sobrehumano escenario físico y el paisaje humano resulta de una inusitada diversidad1. En ese sentido, la exuberancia de Filipinas constituye sin duda un extraordinario espacio propicio para la imaginación, un mundo donde han sucedido —y suceden— cosas extraordinarias, dignas de mención por singulares y raras. Decía un poeta, justamente olvidado, que allí, “…en las ramas de los árboles,| en lugar de la calandria, el ruiseñor y el gilgero [sic], u otros pájaros o pájaras, | canta el lagarto chacon | y a veces también las ranas2. Y en el otro extremo de la escala poética, aunque se trate de prosa, con resonancia emocional mucho más profunda, Rizal daba con una de sus intuiciones inapelables al escribir:




Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y continuada a los trinos del grillo, oculto en la yerba, o de la zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el chacón3, ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las sombras. Pero ni los perros, ni los otros insectos ven los dolores de los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!4
….Con todo, la imaginación de un pueblo es un fenómeno complejo que está más allá de estos registros (puntuales) y ha de buscarse en el pensamiento tradicional. Expresión que remite a un conjunto de creencias establecidas de una comunidad, que, aunque de límites difusos, se concreta en hábitos, costumbres y tradiciones que acaban configurando una suerte de estructura histórico cultural y, en última instancia, una identidad colectiva. En todo caso, lo decisivo es la creencia compartida, “algo” que va más allá de las ideas, de las normas escritas. La creencia fundamenta el grupo, confirma el mundo, los acontecimientos, la historia, es, en definitiva, una forma de comprensión. Basta la creencia para convertir en real lo que es puramente moral.
….Sin duda, la naturaleza de esa imaginación colectiva responde a procesos cognitivos y conmociones sociales que conforman la conciencia colectiva de una comunidad, así como a las actividades prácticas que dan en una determinada realidad cultural. Bergson hablaba de “memoria espiritual” y Dukheim y Levy-Bruhl entendían la sociedad como una “esfera” de “representaciones colectivas”. Éste último entendía, incluso, que los procesos lógicos eran un producto del desarrollo histórico. Robert Graves escribía con perspicacia que “la lógica es al pensamiento verdadero lo que la carne y judías enlatadas son a los productos naturales”5. Y Levi-Strauss concluía que la diferencia entre el pensamiento de un individuo de una sociedad primitiva y el hombre contemporáneo, en realidad estaba en la forma de clasificar sus impresiones.
….Pero vayamos más lejos. En lo que aquí atañe, siguen siendo enormemente sugestivas las observaciones que hiciera De Martino a propósito de la “realidad” de ciertos fenómenos que se dan en las culturas primitivas y no en la nuestra. Para este etnólogo e historiador de las religiones, la naturaleza misma está culturalmente condicionada. Esto es, las leyes de la naturaleza podrían “variar” en función de la idea que de ella se forjan las diversas culturas. Habría, pues, cosas posibles o no posibles en función de un determinado “universo espiritual”6. Se trata, ciertamente, de una fenomenología conocida, aunque cosa bien distinta es su “encarnación” en una manifestación coherente, o al menos que nosotros pudiéramos llamar coherente7. Después de todo, ciertas experiencias nos sumen en la perplejidad y, ante ella, entiendo que solo hay dos caminos posibles: el silencio o la literatura8.
….Es en ese contexto de la imaginación colectiva, donde Isabelo de los Reyes vino a emprender su temprana tarea de folklorista9 y de donde surgirán los seres extraordinarios objeto de estas notas. Seres metafóricos, cuyo simbolismo constituye una auténtica pedagogía de la imaginación, una forma poética de concebir la realidad, de narrar incluso la historia, cuando no de construir un pasado imaginario. Seres que se desenvuelven en un espacio intermedio entre el contexto objetivo, la fisicidad de las islas y sus gentes, y el escenario subjetivo de las creencias. Habitantes de consejas y leyendas que nos hablan de cómo siente y percibe un pueblo, de sus mitos y tabús. Seres potencialmente literarios, por extravagantes e ilógicos, cuyos relatos conforman una forma primitiva de conocimiento y tienen en ese sentido una función ideológica.
….La descripción y contextualización de estos seres extraordinarios o monstruosos del imaginario filipino se ha de enmarcar en el interés por investigar el folklore del archipiélago, en las postrimerías del siglo XIX, y ha de entenderse como un ejercicio de autoafirmación colectiva, anterior a una cuestión nacional que se articulará después.
….El “renacimiento filipino” quiso ser un despertar de las antiguas creencias tras el “olvido” impuesto con la llegada de los occidentales y la expansión del cristianismo. Un intento de rehabilitación de lo autóctono para vivir de su propio universo poético. Pero es ésta una difícil tarea cuando, de modo inexorable, el tiempo ha transformado los agentes en juego y las circunstancias son otras. Ante esa situación, la única tarea poética que parece posible es la de conciliar los elementos, asegurando la continuidad entre el pasado y el presente, entre el imaginario de las cordilleras interiores y los “ruidos” de la vida moderna, pero esa conciliación dará ya, siempre, en otra cosa.
….Para la imaginación del hombre corriente, ese mundo, incluso entonces, estaba abocado a la desaparición, y hoy, como en tantos otros lugares, está perdido. Sabido es que vivimos un imparable proceso de alienación cultural, una forma de olvido, como la del pez que olvida el mar, en expresión chestertoniana. Pero todo sigue estando ahí, tal vez, lo que ha cambiado es nuestra forma de verlo10.
….Siendo metáforas y símbolos del hombre y sus miedos, estos seres extraordinarios ponen siempre de manifiesto una manera de entender el mundo que los ha creado. Así, cabe preguntarse cuánto hay de simbólico en estos monstruos y seres invisibles que nos ocupan, y tratar de reconocer la supervivencia enmascarada, o no, de aquel mundo. Configuran, sin duda, un mundo ético-moral de virtudes y pecados, respetuoso y destructivo, al tiempo que un punto de encuentro entre hombre y animales, incluso plantas. En todo caso, lo sugestivo es conocer la criatura o la idea que los inspira, pero esa cuestión, como la textual a la que más abajo hacemos referencia, merece otras atenciones que escapan a las que aquí se pueden prestar. Nos limitaremos, pues, a apuntar algunos de los rasgos sobresalientes de ese mundo fermentado de la fabulación de lo imposible.
….El bestiario isabelino y el resto de la galería de seres extraordinarios llega a nosotros a través de textos que responden a una intención investigadora de carácter etnológico11. No obstante, su potencial literario permitirá a De los Reyes y sus colaboradores ir más allá y llevar a cabo una producción textual que, exigente en la forma, constituirá una notable contribución a la literatura filipina en español. Don Isabelo y sus corresponsales consiguen así una suerte de poesía de los invisible, no un universo distinto del de vivir, el mismo. Esto es, intentando hacer ciencia llegan al milagro de la literatura, después de todo hablan de lo mismo.
….Se trata, en efecto, de textos no argumentativos, pero sí ilustrativos de una serie de creencias populares y relatos ejemplarizantes. Una primera disección del conjunto isabelino permite establecer dos tipos: los meramente descriptivos, referidos a la dimensión física o características corpóreas de estos seres extraordinarios, y los sustancialmente narrativos, fabulaciones entorno a la psicología, contingencias o hábitat de estos seres extraordinarios. Unos manifiestan básicamente una conciencia física; otros, una naturaleza anímica, expresada en actitudes y acciones, y por lo tanto en relato. Aunque el cuerpo, claro está, también funciona como metáfora referida a la psique.
….La especificidad de estas últimas fabulaciones es la que ciertamente llama la atención y centra su valor literario. Se trata, en general, de relatos simples, constituidos por una sola aventura. Suelen presentan una limitación temporal, transcurriendo la acción generalmente en una noche, de hecho la oscuridad es uno de sus rasgos característicos. También, los acontecimientos se suceden en un orden cronológico y si la acción se produce en un viaje o desplazamiento, lo que interesará es especialmente el regreso. Desde el punto de vista espacial predomina el medio rural, aunque no se suele mencionar el paisaje, tan solo aquellos elementos útiles para el desarrollo de la acción. Los personajes suelen ser poco numerosos, sin matices psicológicos, quedando explicados por su comportamiento. Y gestos, actitudes y pocas palabras bastarán para darles vida, pero no escapan a un cierto esquematismo.
….Diversos elementos textuales ponen de manifiesto la oralidad de su origen; sustancialmente dos, el humor, muchas veces subyacente, y el dramatismo elemental del relato.
….Como puede verse, en lo formal estos relatos no difieren mucho de la tradición europea, después de todo quienes recopilan estas historias se han formado en ella, y, por otro lado, la transculturalidad, señalada ya por De los Reyes, es un elemento a tener en cuenta y dará en un cierto sincretismo12.
….Alguna vez ha sido definida la imaginación como “repertorio de lo potencial, de lo hipotético, de lo que no es, no ha sido ni tal vez será, pero que hubiera podido ser”13. Un campo de estudio enormemente sugestivo, y a eso se aplicó don Isabelo. Con objetivos y registros distintos, no resulta exagerado afirmar que su bestiario está a la altura del de las Tentaciones de Flaubert, del Manual de zoología fantástica de Borges o de tantos otros como podrían citarse.
….No se ha pretendido abarcar aquí la totalidad de los seres fantásticos filipinos ni aventurar reflexiones de orden etnográfico. Tampoco ir más allá de las notas de nuestro autor o de sus colaboradores y, a excepción de acentos, comas y alguna g y j que se ha adaptado a la grafía actual, se ha procurado respetar el texto original, para no restar ni un ápice al encanto de su expresión.
….Podemos preguntarnos qué queda de estos seres en las Filipinas de hoy, pero ¿acaso importa?


Stacks Image 388

Cabezas.
Detalle de la portada de la obra de Fr. Andrés López,
Arte de la Lengua Pangasinana, Manila (Libro manuscrito, 1750)


Galería de seres imaginarios

El Tiktik y el Asuang
     El tiktik es ave nocturna que lanzando su grito en medio de la noche preceder suele a la lechuza (y de ahí que tiktik también es espía en tagalo). Y como la segunda ave es siempre de mal agüero, la imaginación la ha convertido en asuang, el cual, ora come los cadáveres mal custodiados izándolos hasta la techumbre con su lengua tan sutil como hebra de seda, ora cual ogro, el feto que reemplaza en el vientre de la madre con ipa (salvado de arroz); ya dificulta el parto de ésta o agrava a los enfermos, pegándose cual araña ó lagartija a la cara opuesta del suelo en que yazgan.
     Se conoce la persona asuang si se cubre su orina con clircla (media cascara leñosa de la nuez de coco) y se golpea esta, porque empieza á cacarear.
     El duende aparece de noche en figura de coloso inofensivo, por los sitios no frecuentados; bien enamorándose de una mujer y concediéndole el privilegio de no carecer nunca de dinero a trueque de conservar secretas sus relaciones y de dejarse no más que pellizcar mucho de él14.

Del
Tigbalang, el Palíanak y el Bulislis
     Y qué decir del gigantesco y piscívoro tigbalang que con cabeza y pies de caballo tiene lo demás de hombre; del palíanak que descarría al viajero con gemidos de infante, remedio á lo cual es ponerse la camisa al revés, y del bulislis que gasta zancas y muslos extremadamente largos y labios tan sueltos, que al sentarse en cuclillas, las rodillas están dos palmos más altas que los hombros y cuando ríe, los labios le cubren los ojos, si ojo (que aun no se ha averiguado si ha de ser ciclope o no), circunstancia a la cual debieron el no ser devorados algunos que cayeron en su poder15.

El
Huniango
     El huniango en realidad no es otra cosa que el dragón, en Tayabas timbabalak, saurio poco mayor que la lagartija y con alas membranosas que a sus costados se pliegan en abanico16.

Los
anuyo
     Los anuyo (ninfas) son los que castigan con frenesí y otras dolencias a los extraños que tratan sin respeto lo desconocido [espíritus invisibles], o se bañan en algún rio no frecuentado (rendidos e irritados?)17.

Los
Balo y los Kákap
     Balo son entes sobrenaturales que en los despoblados amedrentan con las maravillas que presentan. Los aparecidos se dejan contemplar en forma de humo o sombra o invisibles afectan al oído. También existe una sombra kákap, delgada y escurridiza, muy parecida al hombre, como él de alta, que se introduce por resquicios de cinco pulgadas de anchos robando gallinas, andando sobre dos pies y con garras y dientes muy fuertes18.

El
Duende, Tianak o Iigbatang.
     Según un manuscrito tagalo (nadie pudo asegurarme haberlo visto) que tuvo un ilustrado indígena, natural de la provincia, que fue uno de los primeros alumnos de la Universidad de Santo Tomás de Manila, el alma de los fetos abortados se transforma en duende, tianak o iigbatang.
     Es de advertir que los ancianos que me suministran estos datos, sólo saben esto por tradición, transmitida de generación en generación por sus antepasados que han leído dicho manuscrito:

El
Duende
     Es un diablillo, que se enamora, como si fuera pollo galante, de las muchachas; es decir, galante, si es correspondido, (si galantería se puede llamar lo que se verá más adelante), y vengativo en demasía si desdeñado. Es o no desdeñado, según que su adorada profiera o no maldiciones contra él, pero sus agasajos como sus venganzas, son igualmente molestos. Los primeros se manifiestan sintiéndose la joven pellizcada a todas horas por un ser invisible, sin dejarla dormir ni comer a sus anchas (¡vaya una galantería!). Las segundas, son más terribles. Si se le antoja a él, en su furor de amante desdeñado prende fuego a la casa de su idolatrada, esparce arena, u otra cosa en el plato en que come ella, tira piedras desde la techumbre al suelo de la casa, y otras travesuras de este calibre.
     En abril de 1885, había en el pueblo de Baliuag una joven, de quien se prendó uno de esos. No podía figurarse la conmoción que produjo entre aquella gente, este sobrenatural suceso. El duende desdeñado se vengaba de la joven.
     He aquí lo que cuentan.
     Una tarde, reunidos los de la casa con algunos vecinos al pié de la escalera, bajo la sombra de un espeso cañaveral, comentando cada cual a su modo lo que ocurría, olfatean un olor a humo de trapo quemado, penetran en la casa, y ¡oh espanto! encuentran que la saya de la muchacha, colgada con otras prendas de vestir de unas perchas dentro del cuarto, estaba ardiendo; tanto más extraño, cuanto que hacia media hora, no había gente en el interior de la casa. Otra siesta, estando la joven sola en la casa, y sin que haya fuego en el fogón, ardió la cocina, gracias que los vecinos acudieron á tiempo.
     Un hombre que se permitió recomendar a la joven, valor contra ese enemigo y cosas por el estilo, sufrió un pellizco que de fuerte, parecía haberle arrancado un girón de su piel, sin dejar, no obstante, huella alguna en ésta. Un amigo mío, que quiso probar si era cierto lo del pellizco, dando consejos a ella, a imitación del otro, fue más afortunado, pues no le costó nada tamaño atrevimiento.
     Transcribir los comentarios de la gente sobre esto, sería cuento de nunca acabar. Dícese que el duende se venga de esta manera de la muchacha por no querer hablarle, y por no querer pedirle perdón de las injurias que dijo ella contra él, en un principio, y otras cosas más que omito en obsequio a la brevedad. La muchacha está así como atontada, sin que pudiera darse cuenta, en ocasiones, de su situación. El pánico embarga de tal modo su ánimo, que le hace sufrir desmayos alarmantes, tanto que una vez tuvo necesidad de la asistencia de un sacerdote, creyendo llegada su última hora.
     Para que una mujer se libre de las persecuciones de un galán semejante, estará siempre al lado de un compadre suyo.
     Pero tampoco los varones están exentos de los amores de estos seres, pues, también andan por ahí duendes hembras en busca de iguales aventuras que las de los machos, con las mismas manifestaciones de cariño y venganzas que ya dijimos. ¿Si será también una comadre el remedio para el perseguido por estas duendes?
     El que consiga apoderarse del bonete que siempre lleva, y que es de cuatro picos, como los de los sacerdotes, adquiere dominio sobre él19.

El
Tianak o Iigbatang.
     Se presenta materialmente bajo la forma de un niño recién nacido, unas veces, y en la forma de un perro, en la de un puerco, en la de un trozo de madera, otras. En una u otra forma se le conoce por un vagido semejante al de los recién nacidos. Se encuentran en parajes despoblados y solitarios, donde extravían los viajeros que pasan por aquellos lugares. Si algún caminante no da con el punto de su viaje, no hay duda es por influjo del tianak.
     En mi pueblo, cuando uno de nuestros criados se fue a cierta sementera a una legua de la población, a su vuelta dijo haberle sorprendido la noche en la mitad del camino, donde, oyó un lamento de niño, que al parecer partía a corta distancia del sitio donde él se hallaba. Ajeno a esta preocupación, se dirige en seguida hacia el punto donde creía encontrar el chiquillo que gritaba, y ¡oh maravilla! no encontró otra cosa que un pedazo de madera chillando y hasta creía que se movía. Indescriptible fue su estupor al ver aquella mágica madera, se le puso el pelo de punta, y se echó a todo correr hasta encontrar la vereda que seguía, reanudando su camino y tomando por faro, según costumbre, la torre de la iglesia. Mas, cuando creía haber llegado ya dentro de la población y frente a la iglesia, al lado de la cual se pasaba para llegar a nuestra casa, se dio cuenta el infeliz de que estaba en el punto de donde había venido, divisando a lo lejos la torre de la citada iglesia; nueva caminata hacia aquel punto, llega y... nueva decepción. Las casas y luces que veía desde lejos se disipan cual humo a su llegada, viéndose en medio de un campo solitario donde creía encontrar alguna casa en que albergarse aquella noche. No tuvo la suerte de tropezar con ningún ser humano que pudiera servirle de guía, siendo esto otro efecto del poder del tianak. Imposibilitado de continuar con aquellas idas y vueltas, rendido de cansancio como estaba, pues más que corría, volaba en alas del miedo, se vio precisado a descansar debajo de un árbol, donde pasó una noche peor de lo que se podía imaginar, hasta que vino el día a desvanecer aquella magia que tanto le aterrorizó, viéndose con que estaba a media legua de distancia de casa.
     A duras penas pudo llegar, calenturiento y tan agitado que nadie podía arrancarle ninguna explicación de lo que lo había pasado, hasta el día siguiente en que nos contó, con voz temblorosa aun, lo que trasmito al curioso lector. Enterado un viejo de lo que pasó al citado criado, habló con gravedad de esta manera:
     –Es que tú no has sabido lo que debías haber hecho. El mejor talismán para burlarse de los maleficios del tianak es una cosa muy sencilla.
     –¿Cuál es? –preguntamos con ansiedad. –Por experiencia propia me consta que, al que lleva la camisa puesta al revés no alcanza su influencia; y si hubieras puesto de esta manera la tuya, hubiera cesado de repente el encanto. Ten presente esto, –añadió dirigiéndose al criado– para cuando te suceda otra vez.
     –¡Oh Dios mío!... si se me sometiera otra vez a semejante prueba, no sé si saldría con vida como ahora. Vds. no saben lo que es pasar una noche, trece horas mortales, con un miedo atroz en medio de un campo solitario, donde el silencio sólo era interrumpido por aquel vagido que me perseguía por todas partes, no sabiendo uno a qué santo encomendarse; ni yo mismo sé porqué ahora respiro aún.
     Tal era la impresión que causó en aquel hombre y tal su fe en la palabra del viejo, que desde entonces no llevó la camisa sino de la manera indicada, aún dentro de la población20.

El
Tigbalang
     Una de las transformaciones, como dijimos, de los fetos abortados, además del duende y del tianak, es el tigbalang o tikbalang. Imagínese el lector un hombre alto, flaco, seco y huesudo, como un esqueleto cubierto de piel, con los miembros desmesuradamente largos que no guardan proporción con el tronco, y tanto que, sentado en cuclillas, se le ve exceder la rodilla de la cabeza; imagínese además, que si Anubis, divinidad antigua de los egipcios, se representaba bajo la figura de un hombre con cabeza de perro, que si Diospolí, dios no menos antiguo de los mismos, con la de carnero, el tigbalang ostenta la de caballo, con unas púas muy duras parecidas a las del puerco-espín por crines, conservando no obstante, la piel humana; imagínese todo esto, repito, y se tendrá una idea de la personificación del ser que describimos.
     Vive, por lo regular; en lo más espeso de los bosques, guareciéndose en el hueco del tronco de los más grandes árboles.
     Lo más importante de su carácter que debe ser conocido, es su odio a muerte a los niños; odio debido a la envidia que estos en su feliz inocencia le inspiran. ¡Envidia!... ¿y por qué?
     El tigbalang, en vez de estar en el limbo de los niños, es enviado a la tierra (¿por quién?), donde está obligado a llevar la vida peor que imaginarse cabe; siente hambre y sed, sin que le sea posible comer, ni beber, para satisfacer dichas necesidades, (¡el suplicio horrible de Tántalo!); siente un cansancio eterno, sin que se halle impulsado a caminar sin tregua ni descanso, como el Judío errante de la tradición; y lleva, sobre todo, un tormento atroz en su conciencia (con qué conciencia, ¿eh?) que le tortura continuamente. Y por eso, la vista de la felicidad que disfrutan los niños, exaspera y enfurece a este desventurado ser. ¡Y no para aquí su infortunio!
     Es cosa sabida que, entre las púas que lleva en la cabeza, hay tres que se distinguen de los demás, por ser más gruesas. Cada una de éstas, y la de en medio sobre todo, es un poderoso anting-anting (amuleto) para el que lo consiga. ¿Seremos tan indiscretos que revelaremos a nuestros lectores el secreto de adquirir un objeto tan inapreciable como el antiing-anting en cuestión? Sí, pequemos de serlo, en obsequio a los mismos, advirtiéndoles que tales medios no son del todo sencillos que digamos, además de que no todos tienen predestinación de tener dicho amuleto.
     Sales vagando, lector, por los bosques, sin advertirlo a nadie, en busca del tigbalang, el cual suele encontrarse sentado en cuclillas al pié del tronco de los más grandes árboles. Si estás predestinado, le hallarás más o menos pronto; procurarás que no te vea, en caso que le encuentres; te abalanzas sobre él, le derribas en tierra y le atas con un cordón de la Correa bendita, que debes llevar preparado. Cuídate de sujetarle muy bien, montándote sobre él, porque tal como tu le ves, sin alas volará con toda tu humanidad encima por las regiones desconocidas del éter, pugnando por desprenderse de tu peso, y recorrerá más espacios, que ni el mismo Hipogrifo de los tiempos fabulosos, hasta que el cansancio le rinda. Entonces, no pudiendo más, bajará á cierta distancia del punto de partida, y se confesará vencido, prometiéndote dar todo lo que pidas. Le exiges una de las tres principales púas, advirtiéndote que la de en medio es la preferible, lo que te negará al principio, siendo el mayor sacrificio para él semejante desprendimiento, y te ofrecerá tan sólo una de las dos restantes. Tu que ejerces dominio sobre él, le aprietas la ligadura que le sujeta, y harás todo, en fin, por intimidarle, hasta que acceda –lo que no podrá menos– a tu petición.
     Poseedor ya del amuleto, el tigbalang es tu más obediente servidor, y podrás contar por esclavo con un genio semejante a aquellos de que hablan Las mil y una noches. Con un simple llamamiento tuyo, se te presentará humildemente.
     Se sabe de uno, en la provincia, que con inaudita osadía, emprendió conquistar el ya citado anting-anting, habiendo obtenido feliz éxito. ¡Cuántas hazañas, cuántos milagros dio a conocer este hombre por medio de su famosa adquisición! Pero esto merece capítulo aparte21.

Los
Mangmangkík
     Los espíritus llamados mangmangkík, que habitan en los árboles, los cuales, según cree el vulgo de Ilocos, suelen vengarse produciendo graves enfermedades. En la Memoria sobre etnología de Filipinas para la Exposición filipina de Madrid, se halla un cuento ilocano que el autor de la citada memoria me hizo escribir. Se titula Ni Juan Sadút (Juan el Perezoso); según este cuento, se apareció al héroe de la narración un mangmangkík en forma humana, cuando trataba de cortar un árbol, sin haber antes pedido permiso a dicho anito22.
     Los ilocanos no pueden darnos perfecta idea acerca de la naturaleza de los mangmangkík y dicen que no son demonios, según la idea que los católicos tienen de los demonios, ni sombras o espectros, ni cafres; por lo cual yo opino que son los antiguos anitos de los árboles, aquellos ilocanos en la época de la conquista, que habiendo sido víctimas del rayo, caimán o cuchillo, se enterraban por lo regular al pie de algún árbol con su especie de túmulo, y a quienes, según el P. Concepción se pedía licencia para entrar en fas montes u otros lugares a cortar árboles o plantas23.

El
Litao y la Sirena
     Probablemente Litao fue el anito del mar y de los ríos, y no la Sirena: la idea de ésta fue introducida en Filipinas por los españoles, lo cual confirman las tradiciones ilocanas, y además la sirena es nombre español, y tiene equivalente en ilocano. La sirena, al decir de los ilocanos, era al principio una niña hermosa; vivía con su madre en un tugurio, asentado en las orillas de un río, cuyas aguas bañaban el zaguán de la referida casucha; un día en que estaban cosiendo ellas, cayó la aguja de la niña y ésta intentó bajar a buscarla; pero su madre se opuso a ello, diciendo a su hija dejase ya el objeto perdido, pues temía que el litao (deidad varón de las aguas) la raptase con sus encantamientos o poderes sobrenaturales. Sin embargo, la niña, viendo su aguja en el fondo del agua cristalina, se bajó furtivamente, cuando su madre estaba distraída y apenas puso sus lindísimos pies en el líquido, éste la tragó produciendo muy grandes burbujas. Desde entonces quedó dotada del poder de encantar ó hacer cuanto guste.
     La sirena de los ilocanos es muy diferente de la sirena de la tradición española, según la describe una colaboradora del Folklore Andaluz, y creo que muchos de los caracteres de la ilocana, proceden del antiguo anito, llamado Litao. Éste ha perdido su importancia desde que la sirena se ha introducido en las preocupaciones ilocanas, y hoy está casi olvidado del todo. [Este litao], según he oído en Vigan, es un varón pequeño, que vive en las ramas de las cañas, que se encuentran en las riberas de los ríos; es el poder sobrenatural que tiene. ¡Que curiosa combinación de fábulas o consejas, la española e ilocana! Los Agustinos Buzeta y Bravo dicen que “como los filipinos no creen posible vivir sin mujer, a cada dios dan también una diosa”.
     Los ilocanos dicen que la sirena vive en un magnífico palacio de oro (¿domus áurea?) submarino o que está debajo del agua de un río. Es creencia bastante común en Vigan que en el horno, que según me aseguran, está dentro del río, hacia la parte Norte del Palacio Episcopal, vive la reina de las aguas.
     En toda la comarca ilocana ninguno (hasta los indígenas ilustrados) he oído que se haya atrevido a gritar o hablar de la sirena estando en un río temen que salga a matarles.
     La sirena siempre lleva desplegada sobre las espaldas una exuberante cabellera, cuyas extremidades las arrastra en el suelo. Ella suele ir al pueblo á cazar victimas humanas, se presenta en forma de mujer hermosísima e invita a ir al río con pretextos y halagos; y allí ya, el agua la ayuda en su empresa con una súbita crecida o con descomunales remolinos y burbujas, como dicen. Y con sus uñas fenomenalmente largas, mata a su víctima; pero si ésta no tiene antigua culpa á la sirena, como por ejemplo, si no ha hablado mal de ella, le perdona la vida y allí agasaja con manjares exquisitos, regalándole prendas valiosas y contándole su pasado.
     Cuéntase que una mujer fue llevada a su magnífica morada por un cetáceo y al llegar; éste la presentó a su augusta soberana, quien le había confiado aquella orden.
     Apareció la sirena y se mostró sobremanera afable, diciéndole que nada temiese, que no iba a ser asesinada por su bondad y virtudes extraordinarias. Y en efecto, la sirena la trató como una amiga o hermana y no la hizo nada desagradable, sino al contrario.
     La cautiva tuvo vivas ansias de ver á su familia y pidió permiso á la sirena. Esta se la concedió con orden de volver, su pena de morir ahogada. La ingrata ya no regresó y temerosa de su culpa no quiso bañarse nunca en ningún río o mar; pero se lavó en una artesa y murió ahogada en ella.
     A veces, dicen, se ve a la sirena detrás del carro de la Virgen en las procesiones; anda majestuosa, grave y con los ojos fijos en el suelo.
     Cuando sale del fondo del agua, ésta se divide en dos muros dándola paso, como a un Moisés, que pasa con los pies enjutos.
     La sirena tiene por sirvientes a los peces; es hermosísima en toda la plenitud del pensamiento, pero tiene el olor desagradable de los pescados podridos. En su cabellera está el quid encantador el poder preternatural. Si alguien puede arrancarle una hebra, a él pasará la virtud de encantar u omnipotencia. Su cabellera es poderosa como una red metálica con que envuelve y arrastra á su víctima.
     A pesar de estar en el fondo de su babilónica habitación, puede oír todas las conversaciones sobre ella.
     Si me tomara la molestia de contar sus hazañas, llenaría muchas páginas. Citaré solo una muy curiosa. Cundía la noticia en 185... de que la sirena prestaba febril actividad a sus cazas (en Ilocos nadie muere ahogada que no sea por la dichosa sirena) y que todas las madrugadas aparecía al Norte de la Catedral de Vigan. Varios jóvenes acordaron ir a cogerla (¡que valientes! iban a jugar con fuego... sobrenatural): la empresa era atrevida pero en fin la llevaron a cabo.
     Llegó la hora de la cita; la sirena, en efecto, estaba, ¡que horror! habrá sabido los propósitos de sus adversarios, y salió a su encuentro. Los jóvenes avanzaban y retrocedían con los pelos erizados; mas por su esfuerzo lograron acercarse a la sirena y conseguir la captura de la soberana de las aguas... ¡supuesta!
     Era una soltera, que estaba esperando a su amante24.

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1   El jesuita Murillo Velarde escribía: “Las gentes que habitaban estas Islas, quando las conquistaron los Españoles, se distinguían en dos diferencias principales. Havía Naciones Políticas, con su modo de govierno, subordinación y policía, y otras, que vivían poco menos que fieras en los montes. Políticos eran los Tagalos, Pampangos, Ilocos, Pangasinanes, Cagayanes, Camarines, Visayas y Mindanaos. Bárbaros eran los Negros del Monte, los Zambales, los tingues, los Manguianes, Ilayas, Igorrotes, Subanos, Manobos, Tagabaloyes y otros, que hasta ahora, o no están sujetos o no lo están del todo. Otros Negros hay que por decencia llaman en Manila Morenos o Criollos, muy despiertos y de costumbres más políticas y racionales”. Añadiendo a este abigarrado panorama la realidad cosmopolita que se daba en la capital y que era descrita en términos hiperbólicos: “No hay en el Mundo Ciudad donde concurran tantas Naciones como en ésta [Manila], pues además de los Españoles, que son los vecinos y dueños del Pays, y los Tagalos que son los Indios Naturales de la tierra”. Y así continúa con una larga relación de pueblos a los que suma otros de todos los continentes, añadiendo.: “Ai bastante número de Armenios, algunos Persas y Tártaros, Macedones, Turcos y Griegos. Ai gente de todas las Naciones de Europa, […]. Ay de todos los Reynos de España, y de toda la América, de suerte que el que estuviese una tarde en el tuley o puente de Manila, verá pasar por todas las Naciones, verá sus trages y oirá sus lenguas; lo que no se logrará en ninguna otra Ciudad de toda la Monarquía Española, y con dificultad en alguna otra parte de todo el orbe”. Véase respectivamente en Pedro Murillo Velarde, Geographia Historica de las Islas Philipinas, del Africa y de sus Islas adyacentes, en Geographia Historica (10 vols.), Madrid, Oficina de D. Gabriel Ramírez, 1752, tomo VIII, p. 33, e Historia de la Provincia de Philipinas de la Compañía de Jesús. Segunda parte….desde el año de 1616 hasta el de 1716, Manila, Imprenta de la Compañía de Iesús, por D. Nicolás de la Cruz Bagay, 1749, (Lib. I, cap. ii), p. 5 y v.
2   En “Rarezas de Manila”, poema de F. de Lerena, publicado en el periódico quincenal Ilustración filipina y recogido en Wenceslao E. Retana, Aparato bibliográfico de la Historia General de Filipinas, Madrid, Imprenta de la Sucesora de M. Minuesa de los Ríos, 1906, vol. 3, p. 1527.
3   “Lagarto que vive en las casas de los filipinos y es notable por su grito, con el que repite muchas veces la palabra toco”. Nota de Ramón Sempau en la edición barcelonesa Noli me tangere, Casa editorial Maucci, 1903, cito de la 3ª, p. 124
4   Cito de José Rizal, Noli me tangere, Berlín, Berliner Buchdruckerei-Actien-Gesellschaft, 1887, p. 74.
5   En efecto, el pensamiento pre-lógico se caracteriza por pensar en sensaciones, imágenes, sonidos, y no tanto en secuencias de palabras. Véase Robert Graves, Los dos nacimientos de Dionisio, Barcelona, Seix Barral, 1980, pp. 18 y s.
6   “La natura o la realtà si mostra tutta vivente nelle forme pure del conoscere, nella poesia e nella filosofía,…”. Cito de Ernesto De Martino, Il mondo magico. Prolegomeni a una storia del magismo, Turín, Bollati Boringhieri, 1973, p. 283. Existe una edición en español de Rosa Corgatelli (trad.). Buenos Aires, Libros de la Araucaria, 2004.
7   En este sentido, poner orden en el caos de la experiencia, hacer comprensible y racional la realidad es una opción. La otra consiste en “desclasificar” y fragmentar, de modo que la realidad ordinaria se transforme en un fascinante objeto que apele a las cenagosas profundidades de nuestro yo.
8   Todo depende de la intensidad de la experiencia. El silencio, en todo caso, tendrá una dimensión individual, de enorme complejidad emocional en la que no podemos entrar aquí. La literatura, en cambio, el relato surgido de estas experiencias, tiene una dimensión colectiva, porque se nutre del fruto acrisolado del imaginario común si quiere ser entendido. Cosa distinta son los mundos fantásticos creados por determinados artistas. Piénsese en el Bosco o Arcimboldo, quienes construyen sus desconcertantes mundos desde la propia interpretación personal, desde la singularidad de las formas que surge del íntimo diálogo entre sus fantasmas y su pensamiento estético.
9   Véase Benedict Anderson, “El huevo del gallo. Un pionero del folclore mundial en Filipinas”, en New Left Review, 2000, núm. 3, pp. 77-89.
10   Véase Wenceslao E. Retana, Supersticiones de los indios filipinos. Un libro de aniterías, Madrid, Vda. de M. Minuesa de los Ríos, 1894, pp. xxxiii, n. 28, también en p. xxv.
11   La década de los 80 del siglo XIX verá la publicación de diversos trabajos de Isabelo de los Reyes y otros colaboradores suyos, como parte de una corriente investigadora, arriba mencionada, que, en la segunda mitad de esa centuria, se interesará por el estudio científico de los pueblos de esas islas.
12   Isabelo de los Reyes, Artículos varios sobre etnografía, historia y costumbres de Filipinas, Manila, J. A. Ramos Editor, 1888 y el primer volumen de El Folklore filipino, Manila, Imprenta de Santa Cruz, 1889-1890, del que tomo algunos de los casos de los paralelismos que relaciona: “Los gallos en llegando a viejo, o estando siete años en alguna casa pone[n] un huevo del que nace cierto lagarto verde que mata al dueño de la casa; o una serpiente que si mira primero al dueño, éste morirá, pero si se adelanta en mirarla, ella es la que fina, según los portugueses y franceses. Del huevo nace el basilisco, según los italianos e ingleses, y también en el centro de Europa. El P. Feijóo dice que «es verdad que el gallo, en su última vejez, pone un huevo». Los gallegos o ilocanos están acordes en que es un escorpión el contenido del huevo. En Castilla como en llocos, se tiran los dientes caídos al tejado, para que nazcan otros. Según las andaluzas, las cualidades personales del sacerdote que bautiza, han de influir en la suerte del bautizado. Algo de esto creen las ilocanas; pero atribuyen especialmente a la madrina o padrino esa influencia. Los ilocanos creen en la superstición madrileña de que si el niño enferma, cuando esté próximo a morirse, debe recibir la bendición de su madrina, pues si no, sufrirá mucho; y que todo niño que fallece, guarda una silla en el cielo a su madrina. […] Los castellanos y tagalos dicen que los gatos son muy duros para morir, porque tienen siete vidas. Según los ilocanos son nueve las vidas del gato. […] Es señal de viento correr mucho los gatos, dicen los gallegos, y los filipinos sustituyen por dichos animales las cucarachas. Cuando el gato se lava la cara, anuncia lluvia, según los gallegos, y al decir de los ilocanos, llueve, si bañamos a dicho animal. Los portugueses creen que «cuando un gallo canta cuatro veces antes de media noche es presagio de muerte». Los de Vigan dicen que cuando el gallo se asusta por la noche y grita es señal de que algún pariente o amigo ha muerto. Los ilocanos cuando bostezan, hacen una cruz sobre los labios, no para que no entre el demonio, según creencia española, sino para no ser atacado de cólera. Cuentan que, en las épocas de epidemia, muchos mueren al bostezar” (El Folklore filipino, vol. I, pp. 75-77).
13   Italo Calvino, “Visibilidad”, en Seis propuestas para el próximo milenio, Aurora Bernárdez y César Palma (trads.), Madrid, Siruela, 1998, p. 89-104 (97).
14   El Folklore filipino, vol. II, p. 133 y s.
15   Ibíd., II, p. 133 y s.
16   Ibíd., II, p. 134.
17   Ibíd.
18   Ibíd., II, p. 134.
19   Ibíd., II, pp. 60-62.
20   Ibíd., II, pp. 63-65.
21   Ibíd., II, pp. 66-69.
22   Anota De los Reyes (vol. I, p. 34, n. 2) que “los filipinos adoraban en dioses secundarios que venían a ser unos patronos tutelares como los del politeísmo griego”.
23   El Folklore filipino, vol. I, p. 28 y s.
24   Ibíd., I, pp. 35-39.