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Revista Filipina
Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Primavera 2019, volumen 6, n
úmero 1



BIBLIOTECA Y ACTUALIDAD




J
UAN HERNÁNDEZ HORTIGÜELA






Episodios Filipinos














Revista Filipina
Manila
2019










© Juan Hernández Hortigüela

Revista Filipina. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina
https://revista.carayanpress.com/

Edición de Manila, 2019

ISSN: 1496-4538



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Este obra está bajo una licencia de
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional






TABLA DE CONTENIDOS


I.    Juan Sebastián Elcano: un testamento generoso, incumplido
II.
   Un héroe burgalés, olvidado en la expedición de Magallanes
III.
  Gobierno de Filipinas del Capitán General don Fernando Norzagaray y Escudero
IV.
  …y ahora, Magallanes
V.
  Sangre de niños españoles para Filipinas: Bicentenario de Francisco Xavier Balmis
VI.
 La alimentación en la expedición de Magallanes-Elcano










I

JUAN SEBASTIÁN ELCANO:
UN TESTAMENTO GENEROSO, INCUMPLIDO



Se está conmemorando este año 2019 el comienzo de la gran expedición de Magallanes-Elcano que, por primera vez, circunnavegó el orbe. Bien es sabido que la figura de Magallanes es la protagonista principal de esta magnífica expedición, y muchos cronistas internacionales y nacionales relegan a segundo término la figura española de Juan Sebastián Elcano. El cronista principal de la expedición, que fue tripulante de la misma, el italiano Antonio Pigafetta, llega al extremo de no citarle, ni una sola vez1, a pesar de deberle la vida por llegar salvo de vuelta a Sevilla. Los españoles, tampoco se exceden en su generosidad con el español Juan Sebastián Elcano, muchas veces por ignorancia y otras, más actuales, por ser español, muy fiel a la Corona española, a pesar de haber sido condenado, y considerado como proscrito de la justicia, por algún grave delito de ventas prohibidas a extranjeros2.
      De la figura descubridora de Juan Sebastián y su actitud como tripulante durante la famosa expedición, se ha escrito lo suficiente como para no incidir más en ella, y dejar a los historiadores que continúen con sus investigaciones para tratar de descubrir aquellos aspectos de la misma, que no se hayan estudiado suficientemente. No obstante, hay algunos aspectos de su biografía que no se han tratado con suficiente criterio, para que su figura sea mejor conocida por el gran público, al menos en el relato de su vida civil, familiar y sentimental. Algunos aspectos, en este sentido, son los que queremos destacar en esta breve noticia, mediante la lectura y análisis de su testamento.
      Los datos biográficos de Juan Sebastián no son muy abundantes, aunque se sabe que nació en Guetaria (Guipúzcoa), hijo de Domingo Sebastián Elcano y Catalina del Puerto, se ignora exactamente su año de nacimiento, porque no se ha localizado su partida de bautismo aunque, probablemente, fue bautizado en su querida iglesia de San Salvador. El dato fiable que aparece en los archivos oficiales españoles es que, en el mes de agosto del año 1519, se encontraba en Sevilla enrolándose en la expedición de Magallanes, cuando contaba con 32 años; es decir, se supone que nació en el año 1487. En Guetaria quedaría un hijo suyo, Domingo, habido con Mari Hernández de Hernialde, aunque no consta que fuera su esposa. Durante su corta estancia en Valladolid, tuvo una hija (cuyo nombre se desconoce) con María de Vidaurreta.
      La escritura de su propio apellido, que hoy citamos escrito como Elcano, tiene algunos aspectos de incertidumbre, pues en su propio testamento lo firma como Juan Sebastián del Cano; en ese mismo testamento cuando se refiere, repetidas veces a su querido hermano Martín, le nombra como Martín Pérez del Cano. Sus paisanos guipuzcoanos prefieren reconocerle como Elkano, pero esto ya es otra historia. Sea para algunos Elkano, para otros Elcano, o Del Cano o de el Cano, esto no estorba su leyenda.
      Su madre, Catalina del Puerto, tuvo ocho hijos y, además, tuvo que cuidar a María, hija de su marido, posiblemente ya fallecido, habida fuera del matrimonio. Se supone que la vida de esta mujer para sacar a sus hijos adelante, no fue, como se colige, nada fácil, aunque su carácter fue siempre de una fortaleza ejemplar, en defensa de su familia.
      Desde muy pequeño, Juan Sebastián demostró una gran afición por el mar, heredada de su padre, con quien trabajó en las labores de pesca en un barco de su propiedad. Nada nos dicen sus datos biográficos de su formación intelectual. En el año 1518 se encontraba en Sevilla, cuando se preparaba la expedición de Magallanes y, posiblemente, por su experiencia en la navegación fue admitido en la tripulación. Como ya sabemos, alcanzó su máximo exponente como navegante después del mes de abril del año 1521, con ocasión de la muerte de Magallanes en la isla de Mactán (Filipinas), y lograr terminar la primera vuelta al mundo, regresando con 18 supervivientes al puerto de Sevilla, en septiembre del año 1522, a bordo de la deteriorada nave Victoria3.
      Afortunadamente, Juan Sebastián Elcano pudo disfrutar en vida, aunque no por mucho tiempo, sus méritos contraídos en la extraordinaria expedición, pues además de gozar del prestigio en la Corona, ocupó algunos cargos de responsabilidad. Dos años después de desembarcar en España, fue designado en el año 1524 miembro de la Diputación española que estaba estudiando, junto a los portugueses, las circunstancias geográficas y geofísicas de las delimitaciones del Tratado de Tordesillas.
      La lealtad al rey de Juan Sebastián Elcano, le hizo enrolarse, tres años después, en una magna expedición real compuesta de siete naves4, con destino a las islas Molucas, capitaneada por García Jofre de Loaysa, que partió de La Coruña el día 24 de julio de 1525. La dotación de estos barcos estaba compuesta por unos 450 hombres. Elcano fue encargado del reclutamiento de tripulantes, encargo que cumplió en las provincias vascas; cerca de 50 tripulantes de la expedición eran vascos. Entre la selección de estos tripulantes, merece destacarse que viajaron con él tres hermanos suyos, entre los cuales estaban Martín Pérez, y Antón Martín, además de un cuñado suyo, Santiago de Guevara, y un sobrino. Es oportuno citar a otro miembro de la expedición, Andrés de Urdaneta, un muchacho de no más de 18 años, que fue ayudante personal de Juan Sebastián, quien sobrevivió a la expedición. Elcano ocupó el cargo de Lugarteniente y Segundo de abordo de la expedición, embarcado en la nave Sancti Spiritus.
      La expedición fue muy desgraciada y fracasó en sus objetivos; el Capitán General, Loaysa, murió un día 30 de julio y seis días después, el día 6 de agosto de 1526, moría a los 39 años de edad, enfermo de escorbuto, el mismo Juan Sebastián Elcano, en la única nave superviviente, Santa María de la Victoria; ambos fueron sepultados, según la costumbre, bajo las aguas del océano Pacífico. Pocos días antes de su muerte, Juan Sebastian redactó su testamento.
      El testamento es un modelo de generosidad, religiosidad y paternalismo. Demuestra un cariño especial por su madre, su hijo Domingo, fruto de su relación con María Hernández de Hernialde, su hija habida en Valladolid con María Vidaurreta, sus hermanos y sus amigos; a nadie olvida Juan Sebastián en su testamento, donde se desprende generosamente de todas sus pertenencias, desde las mejores o mayores hasta las más pequeñas e insignificantes.
      Previamente, hay que saber que el rey Carlos I recompensó su hazaña nombrándole caballero5, y otorgándole un escudo de armas con la inscripción, sobre un globo terrestre, con la leyenda: Primus circumdediste me, mediante cédula real del 23 de enero de 15236. Además le otorgó una pensión anual, vitalicia, de 500 ducados de oro (¡una gran fortuna!) que, por cierto, no cobraría nunca a pesar de las insistentes reclamaciones de su madre y familia, ante la Corona de Carlos I.

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Escudo de Juan Sebastián Elcano

      El encabezamiento del testamento dice así: “En la nao Victoria7 en el mar Pacífico, a veintiséis días del mes de julio, año del Señor mil e quinientos e veintiséis días del mes de julio, en presencia de mi Íñigo Ortes de Perea, contador de la dicha nao capitana de sus Magestades, el Juan Sebastián de el Cano, vecino de Guetaria, estando enfermo en cama de su cuerpo, e sano de su juicio y entendimiento natural, tal cual a nuestro Señor plugo de le dar, temiéndose de la muerte que es cosa natural, estando presentes los testigos infraescritos, pie entó esta escriptura cerrada y sellada, que dijo ser su testamento y ultima voluntad, el cual dijo que otorga ha e otorgó por su postrimera e ultima voluntad, e mandaba e mandó que se guardase e cumpliese. E efectuase todo lo en él contenido, e cada una cosa parte dello. Testigos fueron presentes e le vieron firmar de su nombre Martín García de Carquizano…8
      Su religiosidad queda manifiesta cuando continúa: “Primeramente mando mi ánima a Dios, que me la crió e me redimió con su preciosa sangre en la santa cruz e ruego e suplico a su bendita madre, señora Santa María nuestra Señora, que ella sea mi abogada delante de su precioso hijo que me quiera alcanzar perdón de mis pecados e me lleve a su gloria santa”.
      Comienza su generoso reparto de bienes a la iglesia, citando en primer lugar a su querida iglesia de Guetaria de San Salvador9, donde estaban enterrados su padre y otros familiares, manifestando que se celebren allí sus “exequias y aniversarios”, para lo cual concede seis ducados. Continúa concediendo diferentes ducados a las iglesias de esa jurisdicción, San Martín, San Prudencio, Magdalena, San Antón, San Pedro, San Gregorio y limosnas a diferentes vírgenes que cita; a la Señora de Heziar le hace una donación de cuarenta ducados de oro, “para que hagan con ellos unos ornamentos, que a mis cabezaleros10 e testamentarios bien visto fuere”.
      Curiosamente hace un donativo a la iglesia de Santa Verónica de Alicante11, donde había prometido ir en romería, “e porque yo no puedo cumplir, que se haga un romero, e mando para el dicho romero veinte e cuatro ducados para que los de a la iglesia de la Santa Verónica, e traiga fe del prior e de los mayordomos que recibieren los dichos veinte e cuatro ducados”.
      Antes de continuar con el reparto testamentario, justo es decir que Juan Sebastián, advierte al principio del mismo que todas sus donaciones se hagan efectivas “después que S.M. e sus tesoreros hubieren pagado todo lo que me debe Su Magestad; e fasta tanto no sean obligados mis bienes, ni herederos a pagar dichos ducados, ni otra pía ni manda salvo después con los dichos dineros que S.M. me diere”.
      Habían pasado casi tres años desde su llegada a España y todavía el Tesorero de la Casa de la Contratación, encargado del pago de los haberes y demás deudas directas de la Corona, no habían sido satisfechas a Juan Sebastián. Al emprender este nuevo viaje ponía sobre aviso a los testamentarios para no comprometer su fundamento, a su familia y a los propios albaceas.
      No olvida a los tripulantes de esta nueva expedición salida del puerto de La Coruña, por lo que afirma que concertó “con el guardián e frailes del Monasterio de La Coruña para que dijesen una misa de Concepción cada día, e tuviesen cargo de rogar a Dios por mi ánima, e de todos cuantos en esta armada veníamos e por la dicha armada fasta tanto que yo volviese a España, e para ello hizo una obligación de sesenta ducados”. Como no podía ser de otra manera, no olvidó al Patrón de las Españas, Santiago Apóstol, cuya protección siempre se pedía en estas circunstancias, a cuya iglesia ordenó la dádiva de seis ducados.
      Pero tal vez el mayor beneficio y donde más se entretiene su testamento es en favor de su familia a la que, sin duda, además del respeto debido, amaba con todo su corazón: “mando que se digan por mi ánima e la de mi padre e por quien yo soy encargo, en la dicha iglesia de San Salvador una misa añal, la cual mando que la diga D. Lorenzo Sorazabal, e otra misa añal mando que se diga en la Madalena de la dicha villa, e la dicha misa diga mi hermano D. Domingo12 e otra misa añal sea dicha en la iglesia de San Sebastián e diga D. Rodrigo de Ainza13, mi sobrino, e mando que sean pagados de su capitanía lo acostumbrado en la dicha villa”.
      En este punto familiar de su testamento, Juan Sebastián vuelve a aclarar, para conocimiento de sus albaceas o cabezaleros que “todas las mandas susodichas mando que sean pagadas de los dineros que S.M. me debe, e hasta tanto los otros mis bienes no sean obligados a pagar ni cumplir ninguna de las dichas mandas, y que los comisarios de la Santa Cruzada de los dichos seis ducados de la dicha redención no puedan pidir, ni ningún mayordomo ni tesorero, ni oficial de otra las dichas iglesias, ni otra persona alguna de las dichas mandas”.
      A partir de aquí, su testamento de mayores cuantías van a corresponder a sus familiares más directos, “mando a María Hernández de Hernialde, madre de Domingo del Cano mi hijo, cient ducados de oro, por cuanto seyendo moza virgen hube, y mando que le sean pagados los dichos cient ducados dentro de dos años después que este mi testamento fuera en España”.
      La visión de futuro y mayor previsión posible, lo demuestra al testamentar a favor de su hija, cuyo nombre no cita en ningún momento, tal vez por desconocimiento. En cualquier caso, los siguientes párrafos son un claro ejemplo de visión y compendio legal, para dejar todo atado conforme a su criterio: “Mando que la fija que yo tengo en Valladolid de María Vidaurreta, que si fuera viva, que en cumpliendo cuatro años lleven a la dicha villa de Guetaria, e la sostengan fasta que venga a edad de se casar, e después le sean cumplidos cuatrocientos ducados de oro a su arreo e ajuar e vestido conforme la dote, con tal condición e pacto que ella sea casada con consentimiento e por mano de mis testamentarios e cabezaleros e de mi heredero; e si se casase sin licencia dellos, que no le den blanca ni cornado14, e desde agora fago la desheredación como si entonces fuere vivo: asímesmo, que si por ventura antes de casar la dicha mi fija falleciese de esta presente vida, en tal caso no le mando nada, antes digo que los dichos cuatrocientos ducados, e el arreo y vestidos dejo al mi heredero: asimesmo después de casada si muriese ella sin hijos, e puesto caso que haya, si los tales hijos murieren sin llegar a perfecta edad, en tal caso mando que la dicha dote haya mi heredero, o herederos que fueren”.
      En los párrafos siguientes, pretende Juan Sebastián hacer un sentimental descargo de conciencia, en favor de la madre de su hija, María Vidaurreta, a la que tampoco olvida en sus donaciones: “mando a la dicha María Vidaurreta, madre de la dicha mi fija, por la crianza della e por descargo de mi conciencia, cuarenta ducados, los cuales mando que le sean pagados dentro de un año después de este mi testamento.
      A sus sobrinos, hijos de sus hermanos, también manda cierta cantidad de ducados, y relaciona una curiosa lista de pertenencias privadas, compartidas algunas de ellas, que las dona a sus familiares y amigos. Entre esta larga relación, citamos solamente algunas piezas que, por su rareza idiomática, o curiosidad, hemos escogido:


– 800 hachas
15
– 2 piezas de holanda fino nº 4
16
– 51 bacinejas, grandes e pequeñas
17
– 100 mazos de abalorios
– 1 pieza de angeos
18 de veintisiete anas19
– 39 platos
– 20 aguamaniles
– 50 saleros
– 1 resma de papel
– 6 libras de margaritas
20
– 100 docenas de cascabeles medianos y 50 pequeños
21
– 4 docenas de tijeras
– 40 sombreros vedejudos
22
– 23 sartas de margaritas mayores
– 19 sartas de margaritas menores
– 3 cucharas de plata que vale cada una 12 reales (de plata)
– 2 anillos de oro

      Entre sus ropas de vestir aparecen muchas partidas relacionadas: capas aguaderas, jubones, chamarras, sayos, calzas, calzones, medias, papahigos23, bonetillos, saragüelles24, etc., etc. Curiosamente, solo aparecen en el testamento dos libros, uno de ellos correspondiente a un almanaque en latín y otro libro de astrología. De todos estos bienes manda que algunos se utilicen como “rescate”25 para los indios.
      Deja a sus amigos algunos de sus vestidos y demás vestimenta. Concretamente a su amigo Andrés de Urdaneta le deja un jubón de tafetán plateado y una arroba de aceite. A su querido hermano Martín Pérez del Cano, le deja la mayoría de sus vestidos, con la condición de que los reparta con sus hermanos, si coincidiera con ellos.
      Asimismo, dona a su hermano Martín Pérez, “mando todas las otras cosas de comer y el vino e aceite que lo reparta con sus hermanos, si topare con ellos, y que los coma con sus compañeros”.
      En la última parte de su testamento, es cuando Juan Sebastián Elcano manifiesta su querencia, respeto y amor por toda su familia, en general, y por su madre e hijos habidos con diferentes madres, muy particularmente; sí podemos observar que hay una querencia especial con su hermano Martín Pérez del Cano, pero no en cuanto a la herencia que recibe sino en cuanto que le responsabiliza de vigilar sus donaciones; esto nos parece normal puesto que, como ya hemos apuntado, navegaba con él en la expedición de Loaysa y estaba presente el día de la firma de su testamento.
      Para que no haya dudas, deja claro en su testamento ordenando que se debe pagar a sus deudores conocidos, sea con las pertenencias que tenía compartidas o con cualquier deuda monetaria que aparezca, aunque nunca se le conocieron deudas de dudosa condición, y lo que es más importante, a nuestro parecer, vuelve a reiterarse y testamentar a favor de sus hijos y de su querida madre, Catalina del Puerto, a la que, en algunas ocasiones, la cita como mi señora, o con el título de doña, demostrando un respeto y cariño que hoy nos hace reflexionar: “E complido e pagado todas las mandas e deudas susodichas, en lo remanesciente dejo mi heredero único de todos mis bienes así muebles como raíces, e de todo lo que a mi pertenece de cualquier causa e razón a Domingo del Cano, mi hijo e de Mari Hernández de Hernialde, con esta condición e pacto, que mi señora Doña Catalina del Puerto sea señora e usufructuaria de todos mis bienes en su vida, e que los reciba todos los dichos bienes habidos e por haber, por inventario e que goce del usufructo dellos en toda su vida, o antes fasta que fuese voluntad della, y después de sus días deje los dichos bienes al dicho Domingo, mi heredero… E por si ventura la voluntad de Dios fuere quel dicho Domingo fallezca desta presente vida, en vida de la dicha mi señora madre, en tal caso quel dicho Domingo ni su madre, ni pariente cercano dél tenga derecho ni accion dél, antes dejo por mi heredero universal de todos mis bienes a la dicha mi señora madre, para que como madre legítima pueda heredar e disponer de toda la hacienda, como a ella bien visto fuere”.
      Pero añade más circunstancias, dignas de un padre responsable cuando manda que “e por cuanto todos los bienes míos son bienes castrenses e ganados en servicio de S.M. e mercedes de S.M. e puedo disponer dellos como mi voluntad fuere, digo que la donación que hago a mi madre en falta de mi hijo, que hago con esta condición e poder que doy a ella, que ella pueda heredar e tomar por heredera de todos mis bienes a la dicha mi hija, si viva fuere, con las condiciones e pactos que ella quisiere, sin que para ello tenga acción ni derecho alguno ninguno de sus hijos de mi señora [se refiere a sus hermanos] e suplico e pido a la dicha mi señora, que seyendo la dicha mi hija obediente a ella e seyendo cual debe ser semejante persona, que en tal caso en falta de mi hijo, que lo tome a dicha mi hija por mi heredera, e para ello doy todo mi poder bastante según e de la manera que mejor e más complidamente lo puedo dar”.
      Continúa insistiendo en el testamento su fidelidad y amor por sus hijos, cuando sigue constatando eventualidades de la vida misma, “asimesmo si por ventura mi señora madre muriese sin que el dicho mi hijo casare, o hubiere hijos, e después de muerta ella, si el dicho hijo muriese sin haber herederos, en tal caso dejo por heredera universal a la dicha mi hija, seyendo obedientes mis cabezaleros e testamentarios, e casándose por mano dellos. E si muriere ella sin haber hijos, dejo por heredero universal a Martín Pérez del Cano, mi hermano”.
      Juan Sebastián quiere que se cumpla íntegramente su testamento y responsabiliza de ello a las personas que mayor representación en su vida tienen en la fecha del testamento. A tal efecto de responsabilidad ordena que “e para complir, e mandar pagar e efectuar todas las mandas susodichas, dejo por mis testamentarios e cabezaleros e administradores y ejecutores de las personas de mi hijo e hija de mis bienes, al muy magnífico señor comendador Loaisa, capitán general de esta armada de S.M.26 y a la dicha mi señora Doña Catalina del Puerto y al dicho Martín Pérez del Cano, y a D. Rodrigo de Gaínza, mi sobrino, e a Santiago de Guevara, mi cuñado, e a maestre Martín de Urquiola, e a D. Domingo Martínez de Gorostiaga, e cada uno dellos in solidum e juntamente; e dejo a mi señora y a mi hermano D. Domingo27 y a Domingo Martínez de Gorostiaga e Rodrigo de Gaínza, mi sobrino, administren sus personas e gobierno, e cuando fueren de edad los casen, e ruego e pido que como buenos administradores e gobernadores quieran mirar por ellos e por sus cosas; e para todo lo susodicho doy poder complido a todos los susodichos”.
      Finalmente, algo más para su madre, “mando a la dicha mi señora pueda disponer hasta cantidad de cient ducados de mis bienes en cosas que fueren su voluntad della, e no sea obligada a dar cuenta dellos a mi heredero y herederos”.
      Y por si no estuviera suficientemente clara su última voluntad, finaliza afirmando que: “revoco todos o cualquier testamento, o testamentos e codicilos28 que fasta agora yo he hecho, los cuales mando que sean en sí ningunos e de ningún valor y efecto e mando que no valgan nada”.
      Un hombre que testa con tanta claridad viendo cercana su muerte, que ama profundamente a su tierra, a su familia, sin extraños circunloquios o excepciones testamentarias; un auténtico caballero que es muy fiel a sus queridos amigos, a quienes demuestra su agradecimiento por tantas penalidades pasadas en su compañía; un capitán que no olvida tampoco a los tripulantes con los que navegó, y capitaneó, en la pasada y penosa expedición de la primera vuelta al mundo, no se le puede negar su hombría de bien, sobre todo teniendo en cuenta que, a pesar de su fidelidad a la Corona, nunca le compensó, económicamente, sus sacrificios y dejó de pagar sus haberes pendientes, ni aún después de muerto en auténtico acto de servicio.
      Juan Sebastián murió once días después de firmar su testamento (el 6 de agosto de 1526) a la edad de 39 años. Poco tiempo después su madre, Catalina del Puerto, luchó denodadamente por los derechos de su hijo, emprendiendo una difícil empresa contra las autoridades de la Corona para que le fueran satisfechos sus haberes pendientes y las mercedes que le concedió Carlos I, con motivo del éxito de su primera vuelta al mundo (recuérdese que le concedió una pensión vitalicia de 500 ducados anuales). La insistente reclamación de la madre por los derechos contraídos por su hijo, fue en vano: nunca consiguió nada más de la Corona, salvo buenas o, a veces, malas palabras; nunca consiguió un dinero que hubiera paliado la difícil vida de Catalina, su señora madre29.
      Hemos de pensar, por consiguiente, que una buena parte de su testamento, muy generoso con todos, no se pudo cumplir a pesar de que sus albaceas estuvieron siempre dispuestos a respetar la responsabilidad contraída. No obstante, la figura de Juan Sebastián Elcano queda sobradamente dignificada por su última voluntad. Pensamos que su testamento fue un fiel retrato de su personalidad; un documento que dignifica una obra de alcance universal.

Madrid, día del casamentero San Antonio,
13 de junio de 2019

____________________
1
  Hay varios aspectos que habría que analizar acerca de la ingratitud de este cronista italiano, para tener un comportamiento tan desleal con Juan Sebastián Elcano. Antonio Pigafetta era un fidelísimo y admirador tripulante de Fernando Magallanes, como lo demuestra en su crónica, cuando Magallanes, luchando contra las fuerzas de Lapu-Lapu, pierde la vida en Mactán, escribiendo: “Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Adornado de todas las virtudes, mostró inquebrantable constancia en medio de sus mayores adversidades. En el mar se condenaba a sí mismo a más privaciones que la tripulación. Versado más que ninguno en el conocimiento de los mapas náuticos, conocía perfectamente el arte de la navegación, como demostró dando la vuelta al mundo, lo que nadie osó intentar antes que él”. Se sabe que Juan Sebastián Elcano participó en el motín ocurrido en la bahía de San Julián contra Magallanes, aunque su participación fue muy superficial y, además, fue perdonado. Pero Pigafetta consideraría que este delito de Juan Sebastián, debería haber sido castigado con igual o similar dureza, como se hizo con los principales amotinados. Es decir, su inquina contra Juan Sebastián, no desapareció nunca de la mente de Pigafetta, por haber conspirado contra su admirado capitán.
2
  Parece ser que vendió una nave suya a compradores extranjeros, hecho éste que estaba muy penado en España por aquellos años.
3
  A su llegada a España escribió una breve nota al rey en la que le comunicaba: “Dígnese saber V.M. que hemos regresado dieciocho hombres con uno solo de los barcos que V.M. envió bajo el mando del capitán general Hernando de Magallanes, de gloriosos memoria. Sepa V.M. que hemos encontrado alcanfor, canela y perlas. Que ella se digne estimar en su valor el hecho de que hemos dado toda la vuelta al mundo, que partidos por el oeste, hemos vuelto por el este.
4
  Las naves citadas fueron: Santa María de la Victoria, Sancti Spiritus, Anunciada, San Gabriel, Santa María del Parral y San Lesmes
5
  En esta época, la consideración de “caballero” no le otorgaba dinero, pero sí una gran influencia en la sociedad proporcionándole la llave que le abría muchas puertas dentro de la Corte y en futuras expediciones beneficiosas que pudiera solicitar.
6
  El escudo se presenta dividido en dos cuarteles: el primero con el castillo alusivo a Castilla y el segundo, representa dos palitos cruzados de canela, rodeados con tres nueces moscadas y varios clavos (estas especias representan su incursión por las Islas Molucas, o Especiería) El escudo está coronado por un globo terráqueo rodeado de una banderola con una inscripción que dice: Primus circundedisti me.
7
  Se refiere a la nave Santa María de la Victoria
8
  Lo firman también otros tripulantes presentes, ente los que se encontraba Andrés de Urdaneta, superviviente de esta expedición, y que después fuera autor del encuentro del ansiado tornaviaje desde Cebú (Filipinas) hasta Acapulco (Nueva España), en el año 1565.
9
  Iglesia de estilo gótico. Hoy, después de diferentes reformas hechas años anteriores, es Monumento Nacional.
10
  Cabezalero: recaudador, testamentario.
11
  Esta iglesia corresponde hoy al Monasterio de la Santa Faz, en la ciudad de Alicante.
12
  Cita a su hermano con el tratamiento de “don” debido a que era sacerdote, donde demuestra su gran respeto por él.
13
  Quiere decir Gaínza.
14
  Cornado: moneda de plata y cobre.
15
  Hacha, en este contexto debe referirse a velas de cera para el alumbrado.
16
  Holanda: lienzo fino para hacer camisas o ropa interior.
17
  Vaccínea: vasos y recipientes de diferentes tamaños.
18
  Angeo (anjeo): pieza de tela gruesa.
19
  Ana: medida antigua equivalente a un metro.
20
  Margarita: interpretamos que se refiere a algún tipo de perla marina.
21
  Cascabel: estas piezas las custodiaban los capitanes o contramaestres de las naves, destinadas a regalar o cambiar a los indios por comida o agua. En varias expediciones españolas se utilizaron los cascabeles, los espejos, las tijeras y otros abalorios de colores como las cosas más apetecidas por los indios.
22
  Vedejudo (vedijudo): explica con esta palabra que los sombreros era de lana tejida.
23
  Papahígo: especie de montera que cubría la totalidad de la cabeza para guardarse del frío.
24
  Saraguelles (zaragüelles): calzones largos, hasta media pierna.
25
  Rescate: esta palabra significa aquí “transacción” o “trueque” ( para utilizar con los indios).
26
  Recuérdese que este capitán, Loaysa, donde iba embarcado Juan Sebastián Elcano, murió cuatro días después de testamentar Juan Sebastián, (30-07-1526) por lo que nunca pudo ser testamentario.
27
  No olvidemos que Domingo, uno de sus hermanos, era sacerdote, por lo que, con el respeto debido, también le cita como “don”.
28
  El codicilo era muy habitual en la antigüedad. Se trataba de un documento complementario de testamento o sustituto de éste cuando no existía ninguno.
29
  Toda la Historia española está llena de ingratitudes e incumplimientos, por parte de la Corona. Muchos conquistadores y hombres de valor demostrado, y sacrificado servicio a la Corona, fueron víctimas de capitulaciones oficiales y promesas que nunca se cumplieron.





II

UN HÉROE BURGALÉS, OLVIDADO
EN LA EXPEDICIÓN DE MAGALLANES



No es la primera vez que recuerdo (y lo haré con toda la intención histórica de que disponga) que, en este año 2019 se inició, hace 500 años, la primera vuelta al orbe de la expedición de Magallanes-Elcano; como esta magna expedición finalizó tres años después, es decir, en el año 1522, ello es que me restan tres años para continuar recordando este capítulo de gran trascendencia para el mundo.
      En el anterior episodio pretendía ofrecer al lector otra mirada, muy desconocida, de Juan Sebastián Elcano, independiente de su llegada triunfadora a Sevilla, a bordo de la nave Victoria, en el año 1522. Históricamente este gran acontecimiento parece que, para el gran público, se ha centrado siempre en las figuras protagonistas de Magallanes y Elcano. Sin embargo, no hay que olvidar que dentro de los 234 tripulantes que componían la expedición, hubo otros españoles cuya participación en la misma debería tener un protagonismo a la altura de los dos principales o, al menos, reconocer los méritos contraídos hasta la finalización del evento histórico.
      Uno de estos héroes españoles, olvidado, al que quiero dedicar estas breves líneas, por sus reconocidos méritos, es el burgalés Gonzalo Gómez de Espinosa. Nació este héroe español en el año 1474 (ó 1479), en la villa de Espinosa de los Monteros (Burgos) perteneciente a la histórica comarca de las Merindades, vilmente saqueada por el ejército francés en el año 1808. Formó parte en la expedición de Magallanes-Elcano, con el cargo de Alguacil Mayor30, y el encargo de reclutar tripulantes para la misma, donde se incorporaron varios paisanos suyos. Navegó, como correspondía a su cargo, junto a Magallanes en la nave capitana, Trinidad.
      Gómez de Espinosa adquirió un gran protagonismo con ocasión del motín contra Magallanes (puerto de San Julián, año 1520), de los capitanes de la expedición Juan de Cartagena31, capitán de la nave San Antonio, y Gaspar de Quesada, capitán de la nave Concepción. Como alguacil mayor se ocupó, por encargo de Magallanes, de administrar justicia a los amotinados, por lo que dictó sentencia de pena de muerte contra el capitán Gaspar de Quesada y Luis de Mendoz32, capitán de la nave Victoria. Esta actuación aumentó y confirmó su prestigio ante Magallanes y gran parte de la tripulación, así como su inquebrantable fidelidad a su Capitán General. Fue el encargado de explorar el estrecho de Todos los Santos (hoy Estrecho de Magallanes) y se debe a Gómez de Espinosa el descubrimiento de la desembocadura del citado estrecho al océano Pacífico, que ocasionó una gran alegría entre los expedicionarios.
      Cuando muere Magallanes en abril de 1521 en la isla de Mactán, y cae también su sucesor, Duarte Barbosa, Espinosa de los Monteros es nombrado capitán de la nave Victoria, pero debido a la falta de pericia del sucesor de Duarte Barbosa, Juan Pérez Carvallo, fue nombrado Gómez de Espinosa como Capitán General de la expedición, navegando en la nave Trinidad (en este punto sólo quedaban 108 tripulantes, de los 234 embarcados en Sevilla)33. La nave Concepción, debido a su lamentable estado para la navegación, fue quemada en el archipiélago de San Lázaro, pasando sus tripulantes a repartirse entre las dos naves en servicio: Victoria, ahora capitaneada por Juan Sebastián Elcano y la nave Trinidad, donde navegaba el Capitán General, Gómez de Espinosa.
      A partir de aquí, comienza para Gómez de Espinosa una verdadera odisea llena de responsabilidades, tribulaciones y penalidades aunque, a pesar de todas ellas, logró sobrevivir.
      Las dos naves citadas, Victoria y Trinidad, después de otros eventos en los que no procede ahora detenernos, llegaron a la isla de Tidore del archipiélago de las Molucas. Allí llenaron las bodegas de las dos naves de las, muy valoradas entonces, especias34. Llegó la hora de partir hacia España, pero antes de salir de Tidore, se dieron cuenta de que la nave Trinidad no estaba en condiciones de navegar, debido a una importante vía de agua bajo la quilla. Según algunos autores, relatan que Elcano y Espinosa decidieron que la Trinidad se quedara en Tidore para su reparación, con 50 tripulantes, y Elcano regresaría a España por la ruta de África35. Gómez de Espinosa, toda vez que fuera reparada su nave, regresaría por la ruta de América, hasta Panamá. Es decir se escogieron dos rutas diferentes y contrarias geográficamente.
      En este importante punto histórico, hay varias contradicciones y discrepancias acerca de este acuerdo entre el Capitán General de la expedición, y el capitán de la Victoria, Juan Sebastián Elcano. No se puede entender, o al menos se presentan dudas razonables, de la causa de la separación de estas naves, sin que toda la tripulación se dedicase a reparar la Trinidad, habida cuenta de que estaba establecido siempre navegar en “conserva”36 (así se había navegado desde que salieron de Sevilla), con objeto de recibir, de una manera rápida, los socorros necesarios de cualquiera de las naves dañadas, cuando se producían problemas en cualquiera de las mismas. Ante esta importante decisión se piensa, se discute y discrepa históricamente, si fue una decisión del Capitán General de la expedición, Gómez de Espinosa, o una deserción de Juan Sebastián Elcano. En cualquier caso, si esto último fuera cierto, pues no hay documentos que lo confirmen (solo hipótesis más o menos razonadas) se privó a Gómez de Espinosa de obtener el honor y privilegio de ser el primer navegante en dar la primera vuelta al mundo. Otros autores han afirmado que Elcano no quiso esperar a Espinosa, ante las exigencias de los tripulantes de la Victoria que deseaban volver a España cuanto antes, debido a su precaria situación. El mismo Antonio de Pigafetta, cronista principal de la expedición y protagonista que sobrevivió a la misma, escribe que, cuando se decidió la marcha de la Victoria, “nos separamos al fin llorando37.
      Finalmente, reparada la Trinidad, y cargada con mil quintales de clavo, salió de Tidore en abril de 1522, camino de Panamá. Después de navegar durante seis meses, se dieron cuenta de que habían avanzado solamente 300 leguas38; de las tormentas, enfermedades, infortunios y demás desgracias, que se produjeron en estas fechas solo quedaban 20 tripulantes de los 50 que habían quedado con Gómez de Espinosa. En el mes de junio fueron apresados por los portugueses, quienes les llevaron a la isla moluqueña de Ternate, en su poder. Les fue confiscada la nave Trinidad, y su cargamento de especias, así como los mapas y documentos. De nada sirvieron las protestas y los escritos dirigidos a los portugueses por Gómez de Espinosa39. Incluso fue maltratado, vejado y amenazado de muerte si no cesaba en sus protestas.
      A partir de aquí, todo fueron prisiones y torturas para los ya 17 supervivientes, conducidos como prisioneros por Java y Malaca hasta Cochín, en la isla de Ceilán, donde estuvieron presos hasta el año 1526, que fueron llevados a Lisboa, donde continuaron en prisión durante casi un año más. Gracias a las relaciones familiares y amistosas entre las Coronas de España y Portugal, los tres supervivientes conocidos, Gómez de Espinosa, León Pancaldo y Ginés de Mafra, fueron liberados. Una vez en España, en el año 1527 Gómez de Espinosa fue llevado a Valladolid para ser interrogado por el Obispo de Ciudad Rodrigo, Gonzalo Maldonado, cuya declaración transcribimos:


En la villa de Valladolid, dos días del mes de Agosto de mil y quinientos y veinte y siete años E después de lo susodicho en la villa de Valladolid el día 2 de Agosto del dicho año, estando el dicho señor obispo de Ciudad Rodrigo en las casas de su posada, usando de la dicha comisión por ante mí el escribano y testigos de yuso escritos el dicho Gonzalo Gómez de Espinosa, habiendo jurado en forma debida de derecho e siéndole leído el dicho abto e comisión dada por los señores presidente y del Consejo de las Indias al señor obispo de Ciudad Rodrigo, del dicho Consejo, e siéndole por él encargado que diga e declare so cargo del juramento que hizo, lo que sabe e pasó cerca dello, dijo: Que lo que sabe e vio es que este declarante, como capitán que fue elegido, muerto Magallanes, llegó con la nao Trinidad e la nao Victoria a la isla de Tidori, que es en Maluco y que allí cargó ambas naos de clavo y otras cosas e mercaderías que rescataron en la dicha isla; y que la nao Victoria se vino para Castilla, y por capitán della Juan Sebastián del Cano, y este declarante se quedó con la nao Trinidad porque hizo agua y no estaba para navegar y la descargó y aderezó y volvió a cargar y se partió con ella cargada de clavo, que podía traer cerca de mil quintales de clavo, poco más o menos, con lo que traían algunos que venían en la dicha nao, con la cual navegaron cerca de siete meses, poco más o menos, sin poder tomar puerto y con la fortuna y tiempos contrarios volvieron y arribaron sobre las islas de Maluco y surgieron en la costa de Zamafo, cabe la isla de Doy. Allí supo cómo Antonio de Brito, capitán del rey de Portugal, con gente portuguesa, estaba en la isla de Ternate, que es junto a la isla de Tidori, media legua poco más o menos, y que allí hacía una fortaleza y que le escribió una carta con el escribano de la dicha nao Trinidad, que se llamaba Bartolomé Sánchez, requiriéndole e pidiéndole de parte de Su Majestad, que le enviase algún socorro e ayuda para llevar la dicha nao a la dicha isla de Tidori, de donde había salido, porque la gente de la dicha nao estaba enferma e mucha della se había muerto y no tenía gente con que la llevar40.


      La Corona concedió a Gómez Espinosa una pensión anual de 300 ducados, vitalicios, una inscripción en su escudo que decía, Tu fuiste uno de los primeros que la vuelta me diste41. Transcribimos la relación del discurso del rey Carlos I, sobre los méritos y concesiones que otorgó a Gómez de Espinosa:

Don Carlos, por la divina clemencia emperador semper augusto rey de Alemania [...] Por cuanto vos, Gonzalo Gómez de Espinosa, hicistes relación que con deseo de nos servir continuando lo que vuestros antepasados hicieron a la Corona Real de estos nuestros reinos, el año pasado de 1519 fuistes en la Armada que nos enviamos al descubrimiento y contratación de la especiería a las nuestras islas del Maluco, de la cual fue por nuestro capitán general Fernando de Magallanes, difunto, y vos llevastes cargo de nuestro Alguacil mayor de la dicha Armada, y vos hallasteis en el descubrimiento y conquistas de todas las islas y tierras que se descubrieron y conquistaron con la dicha Armada en el dicho viaje, donde pasastes muchos peligros, trabajos y necesidades, hubo un batallón con el rey o señor de Mactán, donde peleando el dicho nuestros capitán general murió, donde vos por le ayudar y socorrer pusistes vuestra persona a mucho peligro y peleastes con mucho ánimo y esfuerzo y lo mejor que pudistes registes la gente que quedó de la dicha Armada y se metió en las naos della, y que no contentos los enemigos con lo que habían hecho, ordenaron cierta traición y enviaron sus mensajeros diciendo que les pesaba de lo que habían hecho y que querían ser vuestros amigos y tener con vos y con la gente de la dicha Armada toda paz y amistad y que en señal de ello vos querían dar una joya y vos enviastes ciertos capitanes y gente para asentar la dicha paz y recibir la dicha joya, quedando vos en guarda de la dicha Armada y que luego, como saltaron en tierra los dichos capitanes y gente, los contrarios les acometieron de guerra y pelearon con ellos muy reciamente, y que visto el dicho engaño, vos fuistes a socorrer la dicha gente y peleastes con ellos y los recogistes y los salvastes con mucho trabajo y peligro y la tornastes a recoger las naves, y visto por vos que aquello no bastaba para llevar las dichas naos en la dicha Armada por la que había muerto esquilmastes las dos de ellas, donde pusistes toda la artillería, jarcias y municiones y otras cosas que llevabais y quemastes la otra nao y visto por los capitanes y gente de la dicha Armada la calidad de vuestra persona, industria y esfuerzo, os eligieron por nuestro capitán general de la dicha Armada y seguistes el dicho viaje, hasta llegar a las dichas islas del Maluco, en el cual dicho viaje llegastes a la isla del Puluan y el rey y señor de dicha isla, salió a vosotros, con el cual tuvisteis una muy reñida batalla en el mar y por vuestra persona saltastes en un navío en que venía y le prendistes mucha gente de la que traía, el cual nos escribió con vos, ofreciéndose por nuestro vasallo y continuando vuestro viaje, y después asentasteis con él paz y os dio ciertos pilotos de que teníais necesidad y siguiendo el dicho viaje, llegasteis a las dichas nuestras islas del Maluco, y aportastes a una de ellas que se llama Tidori, y desde allí, tratasteis paz y amistad con el rey y señor de ella y de las dichas islas, y tanto trabajastes con ellos, que con esto y con el buen tratamiento de amistad y amor que con ellos tuvisteis, se constituyeron por nuestros vasallos y en señal de ello, os dieron en nuestro nombre y como nuestro capitán y mensajero, parias y os dejaron contratar y rescatar la dicha especiería en las dichas islas y después fuistes preso por portugueses y estuvisteis cuatro años en la dicha prisión, y en el dicho viaje nos hicisteis otros muchos y señalados servicios. Y nos suplicasteis y pedisteis por merced, que en remuneración de ello y de los trabajos y necesidades y peligros que pasasteis, os diésemos y señalásemos armas para que además de las que tenéis de vuestros antecesores, pudieseis traer y poner en vuestras casas y reposteros y en las otras partes donde quisierais y por bien tuviereis. Y nos, acatando lo susodicho porque de vos y de los dichos vuestros servicios quede memoria, y vos y vuestros sucesores seáis más honrados, porque es justo que los que bien y lealmente sirven a sus príncipes y señores naturales, sean de ellos honrados y favorecidos, uvímoslo por bien y es nuestra merced y voluntad que además de las armas que de vuestros antecesores tenéis vos y vuestros sucesores para siempre jamás, podáis tener y traer por vuestras armas propias y conocidas y en vuestras casas y reposteros en las otras partes y lugares que vos y ellos quisierais y por bien tuvierais un escudo partido en tres partes, en la mitad de todo el dicho escudo a la parte de arriba un águila rampante entre dos columnas pardillas en campo dorado, las cuales dichas columnas son en señal del esfuerzo que tuvisteis en la dicha navegación y de parte de abajo, partido el dicho escudo en dos partes, en la primera a la mano derecha, una cabeza en campo verde, en señal del capitán general que vos matasteis en la mar, y aparte del dicho escudo, de la mano izquierda, cinco islas con sus árboles de clavo en campo blanco, argenleado de color de agua, en señal de las cinco islas que vos descubristeis, y por orla del dicho escudo, cinco ramos repartidos entre cinco islas, cercadas de agua, en señal del descubrimiento de las dichas islas y de otras islas y tierras que en el dicho viaje descubristeis y de la una parte del dicho escudo, a la mano derecha, un rey desnudo en señal del dicho rey de Luzón, que vos prendisteis, y a la otra parle de la mano izquierda, otro rey desnudo, que tenga asimismo del dicho escudo, en señal del rey de Puluan, que asimismo prendisteis, los cuales dichos reyes tengan un rótulo que diga: "tu fuistes uno de los primeros que la vuelta me distes" y encima del dicho escudo, un yelmo cerrado con su timble y encima del dicho yelmo, una figura del mundo, en señal de la vuelta que vos disteis en dicho viaje, todo en un escudo tal como este. Las cuales dichas armas, vos damos y señalamos por vuestras armas propias y conocidas y de los dichos vuestros herederos y sucesores y descendientes y de ellos para que les podáis traer y poner como dicho es en vuestros reposteros y casas y en las otras partes y lugares que quisierais y por bien tuvierais, y por esta nuestra carta o por su traslado signado de escribano público mandamos. Dada en Burgos a 4 días del mes de Febrero de 1528.

YO, EL REY 42


      En el año 1529 fue nombrado Gómez de Espinosa visitador de la Flota de Indias; no se sabe con exactitud la fecha de su muerte, aunque se estima que fue entre el año 1530 y 1538, en Sevilla. Así finalizó la historia de este digno español, burgalés, cuyos méritos no han sido puestos, con la consideración que merecen, al conocimiento del gran público, para su mejor entendimiento y comprensión de la extraordinaria expedición de la primera vuelta al Orbe.
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[Archivo General de Indias: MP-Escudos, 231]
En la parte alta del escudo figura la inscripción:
Tú fuiste uno de los primeros que la vuelta me diste

      Gonzalo Gómez de Espinosa ha merecido ser citado con más entusiasmo, dentro de la amplia historiografía de esta extraordinaria expedición, que tanta trascendencia tuvo, no sólo para España, sino para todo el mundo. Las discrepancias históricas de los relatores, tienen fundamento pero, según mi criterio, al no existir documentos fehacientes que lo atestigüen, no se debe discutir que Juan Sebastián Elcano, y sus 18 tripulantes supervivientes en la nave Victoria, fueron los únicos en llegar a Sevilla, después de completar la vuelta al mundo. Sin pretender influir en el criterio del lector, ponemos a su libre consideración los siguientes datos (que no dejan de ser meras reflexiones o hipótesis):
      1. Antonio de Pigafetta, en su crónica Primer viaje alrededor del globo, no se digna citar ni una sola vez a Juan Sebastián Elcano. Los motivos pudieran ser varios: en primer lugar, su fidelidad y “amor” por Magallanes que demuestra durante toda su obra, llena de elogios hacia él. En segundo lugar, el motín de San Julián, donde Juan Sebastián Elcano tuvo una indiscutible participación, debió disgustar tanto a Pigafetta que, a partir de esa circunstancia, Elcano debió ser muy mal considerado por él, tal vez pensando que debería haber sido ejecutado como los demás; es decir, aparece una especial inquina contra Elcano, que justificaría ignorarle en su obra. Esta actitud de Pigafetta nos parece ingrata, solamente pensando que llegó vivo a Sevilla, junto con los 18 supervivientes, gracias a la pericia de Juan Sebastián.
      2. De otra parte, se ha de considerar que la mayoría de los cronistas de la expedición consideran, de hecho, a Juan Sebastián Elcano como Capitán General de la expedición cuando, en realidad, fue Gonzalo Gómez de Espinosa el que fue elegido para esa importante responsabilidad hasta llegar a las islas Molucas embarcado, además, en la nave capitana Trinidad. Es posible que, en algún momento, durante la confusión del los breves mandos de la misma, entre Duarte Barbosa y Juan Carvallo, la nave Victoria fuera capitaneada por Elcano, y se podría pensar que la tripulación de esta nave le hubiera elegido a él como Capitán General. No sería descabellado pensar que los tripulantes estarían divididos, sentimentalmente, desde el motín de San Julián.
      3. La decisión de separar las naves en las islas Molucas puede tener varios relatos, o hipótesis. El Capitán General pudo decidir la separación, con el acuerdo o desacuerdo de Elcano, o bien fuera Elcano, ante la indudable presión de la tripulación de regresar a España después de casi tres años de penalidades, quien desobedeciera las órdenes del Capitán General. Por otra parte, ambas decisiones pudieran ser planteadas desde la consideración de que, tanto Espinosa como Elcano, sabían muy bien que la única ruta legal de navegación de las naves españolas era la contraria a la elegida por Juan Sebastián, por lo que pudiera haber habido agrias controversias legales en las decisiones adoptadas. La desobediencia e incumplimiento de las leyes por los responsables, era objeto, con frecuencia, de fuertes penas e, incluso, estaba castigado con la pena de muerte. Gómez de Espinosa no podía (o no quería) por su importante cargo, incumplir esas leyes.
      4. Quedar en Tidore cincuenta tripulantes al mando del Capitán General podría ser un síntoma de controversia entre los supervivientes de la Victoria y la Trinidad, habida cuenta que todos, absolutamente todos, cansados y derrotados por los difíciles sucesos y la enfermedad, deseaban volver a España, y en algún momento del acuerdo tuvieron que elegir.
      5. Parece posible, por expediciones posteriores que se han citado en estas páginas, que Gómez de Espinosa no hubiera llegado nunca (o sí) a Panamá, como pretendió, sin éxito; esta fatal circunstancia hubiera dado lugar a que no se hubiera completado la vuelta al Orbe, y la trascendencia para España y para el mundo hubiera sido considerada de otra manera bien diferente.
      6. Nos parecen interesante las citas de Miguel Gonzalo Ojeda, durante su discurso de ingreso en la Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, leído el 11 de febrero de 1958:

En esto, el mensajero de Elcano ha llegado a Valladolid con la noticia de la feliz vuelta. El emperador Carlos acaba de llegar de Alemania. Impaciente por saber más del glorioso hecho, porque ha colaborado en él y es tal vez el más completo y duradero triunfo de su vida; aquel mismo día 13 de Septiembre envía a Elcano la orden de comparecer sin tardanza en la corte con dos de sus hombres, “los más cuerdos y de mejor razón” y que le lleven todos los escritos referentes al viaje.
    Los dos hombres que Sebastián Elcano lleva a Valladolid no podían ser otros, por lo probados, que Pigafetta y el piloto Albo; no tan clara aparece la conducta de Elcano en lo tocante al otro deseo del Emperador: que le entregue todos los papeles de la flota. La conducta de Elcano es ambigua, puesto que no entrega ni una sola línea escrita por Magallanes. El único documento de éste redactado durante la travesía debe su conservación a la circunstancia de haber caído, con el Trinidad, en poder de los portugueses. Queda casi fuera de duda que Magallanes, un hombre tan exacto y fanático de su deber, consciente de la importancia de su misión, llevaba un dietario que sólo una mano envidiosa pudo destruir secretamente. Es de creer que a todos aquellos que durante el viaje se habían levantado contra el caudillo, les pareció harto peligroso que el Emperador pudiera tener noticias imparciales de aquellos sucesos; así, desaparece misteriosamente, después de la muerte de Magallanes, hasta la última línea de su puño, y se pierde también, cosa no menos singular, aquel gran diario del viaje, obra de Pigafetta43.

      Podríamos continuar ampliando estas conclusiones, pensando que, aunque Juan Sebastián Elcano fue agasajado y homenajeado por el mismo Carlos I, bien es sabido que la pensión de 500 ducados anuales, que le fue concedida por la Corona, nunca se llevó a efecto, a pesar de ser reclamada por su familia, después de muerto.
      Desconocemos si existe algún monumento erigido en España a Gonzalo Gómez de Espinosa; es posible que, ante las dudas existentes, en su momento histórico se consideró más conveniente ensalzar los méritos del gran Juan Sebastián Elcano, y navegar, prudentemente por los procelosos mares del olvido. Al menos, pensamos, la villa burgalesa de Espinosa de los Monteros, debe considerar que tiene una deuda pendiente con este hijo del pueblo.

Los Arenales (Alicante), suave ola de calor en este litoral,
a 29 de junio de 2019

____________________ 
30  El cargo de Alguacil Mayor suponía la gobernación de la justicia en la expedición, con potestades en lo civil y en lo criminal, por considerarle honrado y capacitado para este cargo. Este cargo se considera como un sustituto del oidor (juez)
31
  Juan de Cartagena era sobrino del todopoderoso obispo Juan Rodríguez de Fonseca (algunos autores afirman que era hijo de este obispo)
32
  Hubo más penas de muerte. Los miembros de los cuerpos de los ejecutados fueron expuestos en las naves como escarmiento para los marineros. Se declaró reos a Juan de Cartagena, Antonio de Coca, Pedro Sánchez de la Reina, Juan Sebastián Elcano y a Luis Molina, condenándoles a trabajos forzados, como a otros cuarenta miembros de la tripulación, por haber tomado parte en el levantamiento. Magallanes desterró a Juan de Cartagena, abandonándole en San Julián, con “unos pedazos de pan y una botella de vino”, junto al sacerdote, también revolucionario, padre Reina.
33
  A estas alturas sólo quedaban ya dos naves, la Victoria y la Trinidad, porque la Concepción debido a su mal estado fue quemada en Filipinas, antes de partir hacia las islas Molucas (recuérdese que la San Antonio, desertó, y la Santiago había sido destrozada durante una tormenta).
34
  No está muy claro el tipo de especias que cargaron, pero lo más probable es que fuera el oloroso clavo de estas islas considerado el mejor del mundo. Al parecer, cargaron en las dos naves unos 2.000 quintales de clavo (1 quintal castellano= 46 kgs.)
35
  Recuérdese que esta ruta elegida por Juan Sebastián Elcano, estaba prohibida a los españoles después del Tratado de Alcaçovas con Portugal del año 1479.
36
  “Navegar en conserva”, era navegar la flota sin separarse. Este sistema de navegación, invento español, fue adoptado por todas las armadas europeas, hasta bien entrado el siglo XX.
37
  Antonio de Pigafetta, italiano de nacimiento, al parecer experto en geografía y cosmografía, se enroló en la expedición con el nombre de Antonio de Lombardía.
38
  La dificultad de navegación por esta ruta es debida a las corrientes contrarias, en la latitud sur, al sentido de las agujas de un reloj, hasta la línea del Ecuador. Por eso, en ésta y en otras ocasiones que se intentó la vuelta a América, desde estas latitudes (Saavedra y Cerón, Jofre de Loaysa, López Villalobos) todas fracasaron, entre otras circunstancias, por el mismo motivo. No fue hasta el año 1565, cuando Andrés de Urdaneta hizo el viaje desde Cebú (Filipinas) hasta Acapulco, descubriendo lo que en Historia se llama el tornaviaje. Urdaneta tuvo la habilidad de localizar la corriente japonesa del Kuro-Sivo, a los 40º, latitud norte, que le llevó hasta las costas de California, y desde aquí a Acapulco la navegación era muy sencilla.
39
  Hay que tener en cuenta que, según el Tratado de Tordesillas, firmado con Portugal en el año 1494, las islas Molucas eran propiedad de España (los portugueses habían llegado a estas islas, y las ocuparon en el año 1512). Este conflicto no acabó de solucionarse hasta el año 1529, con el Tratado de Zaragoza, mediante el cual España vendió a Portugal las Molucas por 350.000 ducados, por el sistema de retrovendendo (hoy llamaríamos hipoteca), quedando España con las islas Filipinas.
40
  “Declaraciones que dieron en Valladolid Gonzalo Gómez de Espinosa, Ginés de Mafra y León Pancaldo sobre los acontecimientos de la nao Trinidad en las Molucas”. Archivo de Indias (Sevilla): Legajo 1.º; Papeles del Moluco de 1519 a 1547.
41
  Cf. Santiago Montoto, Nobiliario Hispano-Americano del siglo XVI, Madrid, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, 1929, tomo 11, p. 152, §Gonzalo Gómez de Espinosa.
42
  Archivo General de Indias (Sevilla): Legajo 1.º Papeles del Moluco de 1519 a 1547, citado en Gonzalo Miguel Ojeda, Gonzalo Gómez de Espinosa en la expedición de Magallanes. Discurso leído en el acto de su solemne recepción académica, celebrado el 11 de febrero de 1958, Burgos, Institución Fernán González-Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, 1958, p. 38.
43
  Es también el postulado de Stefan Zweig en su famosa biografía de Magallanes.




III

GOBIERNO DE FILIPINAS DEL CAPITÁN GENERAL
DON FERNANDO NORZAGARAY Y ESCUDERO



En mi último libro, De Filipinas a Vietnam (Españoles con la cruz y la espada) publicado este mismo año, he dedicado un capítulo completo al que ostentó, durante tres años, el importante cargo de Gobernador y Capitán General de las islas Filipinas, don Fernando Norzagaray y Escudero; coincidió su mandato con la expedición hispano-francesa en el territorio de Annam (hoy Vietnam).
      Dos han sido los motivos por los que me decidí a investigar la vida civil y militar de este buen gobernador: en primer lugar, su importante responsabilidad y participación en la organización de un ejército de 1500 hombres, españoles y filipinos, que lucharon junto a los soldados franceses, en diversas campañas militares en el territorio annamita, mal conocidas en nuestra historia como “Guerra de Cochinchina”. En segundo lugar, me pareció interesante el conocimiento de su gobernación civil en las Islas Filipinas, durante los tres difíciles años de su permanencia en el archipiélago, en cumplimiento de sus funciones civiles y militares.
      Abundantes consultas bibliográficas, el Archivo General Militar de Segovia, y el Archivo del Congreso de los Diputados, han sido las instituciones donde he podido obtener las fuentes principales para poder escribir mi citado libro, y obtener datos de la vida civil y militar de don Fernando Norzagaray y Escudero. Nació en San Sebastián el año de 1808. Desde muy pequeño ingresó en el ejército; con diecisiete años fue nombrado alférez de infantería en la Guardia Real, alcanzando el máximo grado de Capitán General cuando apenas contaba con 40 años de edad. Intervino en la Primera Guerra Carlista destacando por su valor; senador del reino en el año 1853 y Capitán General de Extremadura, Aragón, Castilla la Vieja, Puerto Rico y Andalucía.

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Fernando Norzagaray Escudero
Gobernador y Capitán general de Filipinas

     La En octubre del año 1841 se vio envuelto en los pronunciamientos del día cinco del mismo mes, por lo que se decretó su ingreso en prisión, que no se pudo efectuar al haberse ocultado. Dos días después, sin embargo, fue apresado y conducido al palacio de Buenavista, donde se le incomunicó hasta comparecer el día 18 ante un Consejo de Guerra que le condenó, por sedición, a ser privado de su empleo y sus condecoraciones y confinado en las islas Marianas, por un período de seis años. Conducido el 30 de octubre a Cádiz, fue internado en el castillo de Santa Catalina. Habiendo solicitado su defensor que en lugar de ser confinado en las Marianas lo fuese en Cuba o Puerto Rico, dado su mal estado de salud, y estando de acuerdo con ello los fiscales militar y togado, fue rechazada la petición por Espartero, por lo que en el mes de junio de 1842 embarcó hacia Filipinas; llegó a Manila en el mes de noviembre y fue internado directamente en la fortaleza de Santiago.
     Fue amnistiado en el año 1844 al intervenir en Manila contra unos revoltosos levantados, en el año 1843, contra el Gobernador de Filipinas, Marcelino Oráa Lecumberri. En el año 1846 fue nombrado Mariscal de Campo. Diez años después, en el año 1857, fue nombrado Gobernador y Capitán General de Filipinas.
     Entre sus títulos, nombramientos y condecoraciones, figuran: Senador del Reino, Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III, de las Reales y Militares de San Fernando y San Hermenegildo, de la Americana de Isabel la Católica, y de la Real y Militar Portuguesa de Nuestra Señora de Villaviciosa, Gran Oficial de la Legión de Honor, Caballero de segunda clase de la Real y Militar de San Fernando y dos veces de la primera, condecorado con varias cruces de distinción por acciones de guerra, Benemérito de la Patria, Académico de Honor de la Real de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, socio de mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País de Puerto-Rico, Gentil Hombre de Cámara de S. M. con ejercicio, Subsecretario con ejercicio de decretos, Teniente General de los Reales Ejércitos, Gobernador, Capitán General, Vice-Real Patrono, Presidente de la Real Audiencia Chancillería, Superintendente delegado de hacienda de las Islas Filipinas, y en tal concepto inspector del resguardo marítimo y terrestre, Presidente de la Junta de Autoridades Superiores, de la de presupuestos, y del Excmo. Ayuntamiento de Manila, Subdelegado de la renta de Correos, Protector del Banco Español Filipino de Isabel II y de la Sociedad Económica de Amigos del País, Inspector General de todas las armas e institutos de este ejército, etc.
     Fernando Norzagaray se ocupó de realizar grandes reformas en Filipinas; merecen destacarse la introducción en la administración filipina del sistema métrico decimal, extensivo a la moneda del país (peso) que permanece en la actualidad, siendo comercializada la moneda en las diferentes “casas de cambio” que se abrieron en Manila. Procedió a dictar una ley de “vagos y maleantes”, para perseguir a los malhechores; se ocupó de sacar los cementerios del interior de los pueblos e, incluso, del interior de las iglesias.
     Fomentó la agricultura y concedió y la máxima prioridad al consumo del tabaco filipino, en contra de las importaciones de tabaco de Virginia y Kentucky; concedió premios a los nativos que capturasen a los peligrosos cocodrilos que abundaban en los ríos filipinos, y que tantas desgracias causaban en la población. A este buen gobernador se debe el diseño de un plan completo de carreteras de primer y segundo orden en el archipiélago.
     Ante el quebrantamiento, se ve obligado a dejar Filipinas de manera urgente el día 12 de enero de 1860, por el peligro inminente de perder la vida:

Imponente fue la manifestación de cariño que recibió de los habitantes de la capital y pueblos circunvecinos, quienes en masa acudieron a darle postrer adiós, haciendo votos por su salud y feliz regreso al suelo natal […] A las prendas de hidalguía, caballerosidad y templanza que le adornaban y por las que tan bien querido era entre todos, debemos agregar que como gobernante merece citársele como uno de los más dignos modelos que imitar, por su celo en bien de la nación, por sus afanes en el servicio del país, por su rectitud invencible y por su acrisolada probidad.

      Falleció este ilustre personaje en el mes de septiembre de 1860, pocos meses después de dejar Filipinas, en su ciudad natal de San Sebastián. El pueblo filipino le premió dedicándole una calle en Intramuros de Manila y el nombre de un pueblo (Norzagaray), situado a 50 km. de Manila, en Luzón Central (actual Región IV-A).
      Si sus virtudes como Gobernador civil fueron muy reconocidas por el pueblo filipino, el desempeño de su cargo como Capitán General no lo fue menos, demostrando una lealtad y patriotismo, no siempre bien entendido por algunos miembros de las instituciones eclesiásticas establecidas en Filipinas. En puridad, uno de los motivos de la intervención militar española en el reino de Annam, fue el asesinato del obispo dominico español Fr. José Díaz Sanjurjo, por las huestes del rey Tuduc, seguido, un año después, por el martirio del también obispo dominico, Fr. Melchor García de Sampedro; coincidían estos asesinatos con otros anteriores de frailes franceses.
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Tonkín, Annam y Cochinchina
(las tres regiones que conforman la actual república de Vietnam)

      Los intereses franceses en la zona, debido a su cercanía de China y a su alianza con Inglaterra contra los chinos, como consecuencia de la muy manipulada “Guerra del opio”, eran la posesión de la zona del reino de Annam, considerando los asesinatos de los frailes españoles y franceses, una excusa y detonante de sus aspiraciones territoriales. Sin embargo, en principio, a España le interesaba más la protección de sus misiones en Tonkín y dar un escarmiento a Tuduc, por la persecución y terribles asesinatos de sus frailes. Esto facilitó la “invitación” del emperador Napoleón III a la reina Isabel II, para formar una alianza militar para luchar, conjuntamente, contra el rey Tuduc; alianza que se aceptó, donde las tropas españolas estuvieron siempre bajo el mando de los militares franceses.
      No obstante, durante el transcurso de esta guerra, España consideró la posibilidad de que esta intervención redundara en aumento de su prestigio internacional y, de paso, establecida la paz, considerar la posibilidad de crear el establecimiento de alguna base de carácter comercial en esta parte del mundo, debido a su cercanía con las Islas Filipinas. Debido a la proximidad de la zona del conflicto a las Islas Filipinas, el gobierno francés pidió a la reina Isabel II, y así se aceptó, que las fuerzas españolas fueran reclutadas en esta provincia española. Fue el Capitán General Norzagaray quien se encargó de cumplir la orden de la Corona y, además, ponerse a las órdenes directas que llegaran del mando francés, en la persona del vicealmirante C. Rigault de Genouilly. Como no podía ser de otra manera el capitán general se limitó con prontitud a cumplir las órdenes recibidas, como era su obligación y lealtad a la Corona. Esto no quiere decir que, el cumplimiento de dichas órdenes, le hicieran tragar mucha saliva… o sapos, durante toda la contienda.
      Me parece muy relevante una carta que escribió el ministro de Estado español, Sr. Calderón Collantes, por encargo de S.M. la Reina, fechada el 18 de enero de 1859, dirigida al Capitán General, Sr. Norzagaray, en la que:

A la mayor brevedad posible informe lo que se le ofrezca sobre los beneficios comerciales que convengan alcanzar aparte de las indemnizaciones convenientes por los daños causados y gastos de la guerra.
   Además de esto deberá V.E. dar su dictamen acerca de la conveniencia de establecer la soberanía española en alguna de las partes de Cochinchina. Vd. sabe cuantas probabilidades existen para que la Francia conserve la península de Turana sobre la cual invoca derechos antiguos que hoy puede hacer valer por la fuerza de las armas. Partiendo de esta información sería muy oportuno saber qué cesión equivalente a ésta pudiera exigir el Gobierno español, qué ventajas pudiera esto producirle, y en qué punto de la costa debe fijar al efecto sus miras49.

      Uno de los documentos archivados en el Congreso de los Diputados se refiere a la respuesta que D. Fernando Norzagaray y Escudero escribió al ministro de Estado; esta carta me parece muy importante porque revela su carácter patriótico, su vivo interés por las Islas Filipinas y el profundo conocimiento del país que gobernaba.
      Comenzó su carta escribiendo que, lo primero que hizo al enterarse de los sucesos de Tonkín, es hablar con el dominico Fr. Manuel de Rivas, que había ejercido como misionero en esa región asiática, y que había sido designado para acompañar a las fuerzas españolas, para pedirle una memoria de su experiencia misionera y con datos suficientes adquiridos durante los largos años pasados en esas misiones50:

Encargado el Vicealmirante C. Rigault de Genouilly de llevar a cabo las operaciones militares, no me tocaba a mí dictar disposición alguna a este Jefe sugerido que en tal concepto tampoco creo las hubiera admitido, pero siendo yo el delegado del Gobierno Supremo Español en esta parte de la Monarquía, creí que podría, en calidad de tal, hacerle algunas observaciones
   También le hice presente lo conveniente respecto a la indemnización, cuya cifra se elevaba en aquella época a la suma de 490.578 pesos 73 cmos. por gastos de expedición, cantidad que posiblemente ha ido creciendo y continuará en aumento, sin que pueda fijarse el guarismo a que habrá de ascender, porque es desconocida la fecha en que terminará la campaña. Vd. desea saber mi dictamen sobre la conveniencia de establecer la soberanía española en alguno de los puertos de Cochinchina, puesto que es casi decidido que los franceses ocuparán la Península de Touranne. Asunto es éste muy grave que me reservo explanar a V.E. con mayor número de datos. Pero desde ahora me anticipo a manifestarle que tenemos dentro de la Isla de Luzón y a la vista misma de la capital de Manila numerosas tribus de infieles que no reconocen nuestro dominio y ejercen sus tropelías y actos antropófagos sobre los pueblos cristianos inofensivos, lo cual se debe a que este Gobierno no ha tenido todavía los elementos necesarios para conquistarlos.
   Al S.O. del Archipiélago se encuentra la dilatada isla de la Paragua perteneciente al dominio de la Corona, cuasi despoblada y sin que poseamos materialmente más que los miserables pueblos que en su parte Norte comprende el Gobierno de Calamianes.
   Acabamos de posesionarnos de la isla de Balabac punto importante y de gran porvenir y que sobre estas ventajas reúne la especial de fijar el límite de nuestra posesión por aquellas partes; pero que hasta hoy nos está costando los naturales sacrificios de hombres y dineros en que como suele decirse dentro de nuestra propia casa.
   Tenemos también la preciosa isla de Mindanao de la cual sólo poseemos una pequeña parte del litoral, quedando improductivo para nosotros lo más fértil y rico de su dilatado suelo, sin otro motivo que el de carecer de elementos materiales para dominarlo. Existen además al S.E. de estas Islas la Sultanía de Joló, foco perenne de la piratería y los feroces habitantes de las Samales que bajo la bandera española no sólo causan sus depredaciones en las indefensas costas de las Islas Visayas sino que también las hacen extensivas a los extranjeros, dando lugar a reclamaciones como las de que tiene conocimiento esa Primera Secretaría.
   Todos los territorios nos pertenecen y debieran producirnos óptimos frutos, todo este país debiera presentar el respeto de la civilización y la cultura, y hállame tan distante de ofrecer este lisonjero cuadro porque hemos carecido y carecemos todavía de los elementos indispensables para su realización.
   La ocupación de la isla de Balabac fue solamente el principio de un plan que tenía preparado para ir ocupando después, según fuera posible, la isla de Joló y Samales, proyecto que la expedición de Cochinchina me obliga a suspender y el cual llevado a su término nos hubiera proporcionado resultados más positivos, porque si gloria es la empresa de vengar y proteger nuestros misioneros y correligionarios en el Tunkín, país extraño a nosotros, católicos son también y súbditos además de la Corona de España los pueblos de las provincias Visayas que anualmente sufren las persecuciones y cautividad de los infames moros joloanos; y si es misión civilizadora el llevar la luz del Evangelio a los Tunkines que para aplacar sus ídolos irritados sacrifican en sus aras nuestros misioneros y catequistas, no lo es menos conseguir la conversión de los moros del Sur que abroquelados en el Alcorán roban, degüellan y cautivan centenares de españoles cristianos. Esto, en mi entender, tiene además la ventaja de que nos toca más de cerca.
   Si tanto pues nos queda que hacer en nuestras propias posesiones, si todos estos ricos veneros de abundancia los tenemos sin explotar por falta de elementos ¿a qué llevar nuestras armas a establecerse sólidamente en el Tunkín para arrostrar las consecuencias de un éxito por lo menos dudoso y de aumento de fuerzas de mar y tierra necesario para conservarlo? Atrévome a creer que estos sacrificios serán más útiles y reproductivamente empleados en los trabajos interiores que acabo de indicar a V.E.

      Ésta fue la respuesta más gallarda, sincera y acertada de un leal Gobernador y Capitán General de las Islas Filipinas. Seguramente el ministro no se sentiría tranquilo al leer esta carta. La certera y realista visión de esta respuesta al ministro de Estado, que seguramente influyó en las posteriores decisiones, fue confirmada meses más tarde cuando, sin acuerdos previos con Francia, nuestras tropas fueron retiradas con cierto desprecio de Cochinchina (aunque el comportamiento de nuestras tropas fue digno de encomio por algunos mandos militares franceses), dejando muchos muertos en el campo de batalla, con escasos honores y sin los beneficios económicos que se pretendían. Sí se consiguió del rey Tuduc, como único beneficio espiritual, el respeto para la vida de nuestros frailes y el fomento de nuestras misiones dominicas esparcidas por el territorio.
      Una vez más la política exterior de España fracasaba, por actuaciones más sentimentales y quijotescas que por el prestigio y autoridad internacional que pretendía, y merecía, y que no se pudo, o no se supo, acordar ante las autoridades francesas. El dominico Fr. Francisco Gaínza, tal vez con poca prudencia, y exceso de celo, al considerarse contrario a la expedición, criticó amargamente la actuación del gobernador don Fernando Norzagaray, en el sentido de que se excedió en el cumplimiento de las órdenes de S.M. la reina Isabel II, para cumplir con las diferentes peticiones de ayuda y entregar el material necesario para continuar con la expedición y lucha en Cochinchina y, en general, “por la ciega caballerosidad con que nuestro gobierno puso sus tropas al servicio de la Francia”.
      Nos parece injusta esta apreciación del padre Gaínza. Nada en contra, estimamos, que se puede achacar al Capitán General de Filipinas, D. Fernando Norzagaray, fiel cumplidor y obediente a las órdenes que recibía desde España a miles de kilómetros de la metrópoli, como quedó demostrado en el contenido de la carta que hemos citado anteriormente. La caballerosidad que menciona el padre Gaínza, como un posible error del gobierno español, era una de las características innatas del buen gobernador. No podemos estar de acuerdo con los comentarios negativos del dominico sobre este militar y político, que se ocupó de cumplir fielmente las órdenes recibidas de la misma reina Isabel II, como era su obligación.
      Francia, finalizado este conflicto, que duró cuatro años, realizó una política expansiva, obteniendo grandes resultados, colonizando la famosa Indochina. Esta situación del imperio colonial francés duró hasta el año 1940 con el comienzo de la II Guerra Mundial, cuando los japoneses ocuparon los principales enclaves de Tonkín. Después de la guerra, el rebelde comunista Ho Chi Min se apoderó del norte de Vietnam, generando la que fue llamada “Guerra de Indochina”. Los franceses sufrieron una triste y sangrienta derrota en la famosa ciudad de Dien Bien Phu, acabando con su hegemonía en la zona. Pero esta es otra historia.

Los Arenales, día de San Fermín,
7 de julio de 2019

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44  El reino annamita, actual Vietnam, a mediados del siglo XIX estaba formado por las regiones de Tonkín, la mayor del reino, situado al norte; la parte central de la región, se llamaba Annam y el sur se denominaba Cochinchina
45
  Este pronunciamiento fue provocado por la que fue regente María Cristina de Borbón, y militares afines como O’Donell y Narváez, contra el general Baldomero Espartero, regente de España.
46
  Francisco Xavier Baranera, S.J., Compendio de la Historia de Filipinas, Manila, Imprenta de los Amigos del País, 1878, p.110.
47
  Más datos pueden verse en nuestro libro De Filipinas a Vietnam (Españoles con la cruz y la espada), Sevilla, Punto Rojo, 2018.
48
  José Montero y Vidal, Historia general de Filipinas desde el descubrimiento de dichas islas hasta nuestros días. Madrid, Manuel Tello, 1895, tomo III, pp. 282-283.
49
  Carta del Ministro de Estado al Gobernador y Capitán general de las islas Filipinas, del 18 de enero de 1859. Congreso de los Diputados: P-01-0016-0001-0004.
50
  La memoria solicitada por el gobernador Norzagaray a Fr. Manuel de Rivas, la entregó con el título Idea completa del Imperio de Annam o de los reinos unidos de Tunquin y Cochinchina (Madrid, 1859). Es extraordinaria por su sencillez y claridad, cómo expone sus criterios acerca de los sucesos de Cochinchina. Su experiencia y descripciones geográficas y sociales del territorio, hacen de este documento valiosa fuente para cualquier investigador.
51
  Hoy, esta preciosa isla se llama Palawan.
52
  Esos “miserables pueblos” que se citan, corresponden hoy a uno de los mejores y más bellos lugares de Filipinas, con un futuro turístico envidiable, sobresaliendo en la isla Palawan el lugar denominado El Nido.
53
  Congreso de los Diputados: P-01-0016-0001-0004




IV

…Y AHORA, MAGALLANES


Durante los últimos días del mes de junio y lo que va del mes de julio, he tratado de ofrecer a mis lectores algún aspecto no muy conocido, sobre los principales personajes, protagonistas, de la magna obra española ofrecida al mundo, de la primera vuelta al orbe iniciada en el año 1519, de una duración de tres años.
      Juan Sebastián Elcano, último capitán de la nave Victoria, que completó la circunnavegación a la tierra, llevando a los 18 supervivientes al puerto de Sevilla, en el año 1522, le he analizado desde el punto de vista sentimental y patriótico, a través de su extenso testamento, pocos días antes de entregar su vida, al servicio de la Corona española, siendo depositados sus restos en el océano Pacífico, gran cementerio de españoles; por cierto, ninguna autoridad española en nuestra historia, se le ha ocurrido nunca ofrecer una triste corona de flores en honor de tantos miles de españoles enterrados en ese Mare Hispanicus, que descubrió Vasco Núñez de Balboa. El otro personaje, protagonista, a que me he referido en párrafos anteriores, es otro buen español, de Burgos, último Capitán General de la extraordinaria expedición, llamado Gonzalo Gómez de Espinosa.
      Para finalizar (todavía quedan tres años para repensar esta historia) mi humilde contribución a la conmemoración de uno de los más importantes acontecimientos de nuestra historia, pretendo hacer una breve semblanza del principal protagonista de la expedición, Fernando de Magallanes, desde la perspectiva de su nacencia portuguesa y desde su posterior vinculación a la Corona española.
      Hasta no hace tanto tiempo, se ha discutido mucho acerca de la ciudad de nacimiento de Fernando de Magallanes. Desde siempre, hemos aceptado que este gran personaje había nacido en Oporto en el año 1480. Ahora se sabe, y se acepta como definitivo, que Magallanes nació en el pequeño pueblo de Sabrosa. Rui de Magallanes e Inés Vaz fueron sus padres; tanto el padre como el resto de su familia eran hidalgos y, tradicionalmente, gente de armas al servicio de la Corona portuguesa. Desde joven, Fernando se educó siendo servidor de la reina Leonor, esposa del rey Juan II de Portugal y, posteriormente, con su sucesor el rey don Manuel de Portugal, en el año 1495.
      Cuando contaba 25 años de edad, participó en la expedición de Francisco de Almeida a la India; durante varios años en la India se adiestró en la navegación, “Hernando de Magallanes era hombre experimentado en la mar y de mucho juicio55. Participó en la conquista de Malaca y en la posterior expedición a las Molucas, junto a su buen amigo Francisco Serrano, emprendida por Alfonso de Alburquerque. Magallanes no logró llegar a Molucas debido a un naufragio, pero sí su amigo Serrano, estableciéndose los portugueses en las ricas islas de las especias, desde donde Portugal controló el mercado internacional de estos valiosos productos, desde la Casa de la Especiería establecida en Lisboa. Mantuvo frecuente correspondencia con su amigo Serrano56, de quien se dice que le aportó pruebas documentales y cartografía de la región, en las que podía constatar que las islas Molucas podían pertenecer a España, y se podía llegar allí sin dejar de cumplir lo establecido en el Tratado de Alcaçovas, ni el posterior gran Tratado de Tordesillas57.
      Magallanes participó de varias escaramuzas en Azamor (Marruecos) donde fue herido; de estas heridas quedó cojo de por vida. Aquí se vio envuelto en negocios, nada claros, de venta de ganado. Vuelto a Portugal, solicitó del rey Juan III de Portugal, algún título honorífico como premio a los servicios prestados a la Corona, pero el rey desestimó, de malas maneras, su petición, debido a sus problemas habidos en Azamor y acusado, tal vez sin razón, de diversos insultos al propio monarca. Fue enviado nuevamente a Azamor a reparar los daños causados. Obtenida sentencia favorable, regresó a Portugal, pero no consiguió del rey prebenda alguna debido a su permanente desconfianza con Magallanes. Creyéndose Magallanes perjudicado personalmente por el rey, decidió desnaturalizarse portugués a través de diversos actos públicos y reivindicar su servicio a la Corona española representada por el rey de Carlos I.
      Una vez en España, acompañado por el cosmógrafo Rui Falero, logró hacerse oír en la corte, gracias al apoyo de su familiar Diego Barbosa, con cuya hija, Beatriz, contrajo matrimonio. Logró la diligencia a su favor del omnipotente obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca y del factor de la Casa de Contratación, Juan de Aranda. El emperador, por diversas informaciones de las autoridades del Consejo Real y de la Casa de Contratación, aceptó los proyectos de Magallanes de navegar a las islas de las especias por una ruta diferente a la prohibida por los españoles. Así se llegó, después de múltiples consultas y conversaciones, a las favorables capitulaciones con la Corona española para realizar la expedición que, finalmente, partió de Sevilla el 20 de septiembre de 1519. Magallanes no pudo culminar su proyecto, muriendo el día 27 de abril de 1521, como consecuencia de su imprudente jornada en la isla filipina de Mactán.
      Toda vez que conocemos esta semblanza de la vida de Magallanes, nos proponemos ahora dar a conocer algunos aspectos menos conocidos de este navegante portugués. Fernando de Magallanes era un hombre de carácter taciturno, reservado y de difícil trato. Cuando llegó a España y logró contactar con las autoridades que quisieron escuchar su proyecto, incluso con el rey Carlos I, al parecer traía “un globo bien pintado, y en él señalaba al Rey y a sus ministros la derrota que pensaba llevar, reservando siempre la situación del estrecho según la imaginaba, y omitía de propósito para que otro no le ganase por la mano su descubrimiento58. Según Pigafetta, tenía en su poder una carta hecha por Martín Behain que se guardaba en la tesorería del rey de Portugal; nunca se ha descubierto por los historiadores portugueses la verdad de esa estimación de Pigafetta.
      Desde la corte portuguesa se recibieron muchas intrigas y reclamaciones cuando se conoció el proyecto que estaba presentando a la Corona española, manifestando su disgusto por las facilidades y favorable acogimiento que le ofrecieron para llevar a término el mismo. El embajador portugués, Álvaro de Costa, hizo muchas gestiones en la corte española para apartar a Magallanes de su empresa: “Decíale que de llevarla a cabo, no sólo ofendía a Dios y a su Rey”. Pero Magallanes le contestaba que “tenía ya dada su palabra al Rey de Castilla, y que faltar a ella ofendería más a su conciencia y a su honor que no aceptar el consejo que le daba59. Las gestiones tendenciosas del embajador ante la Corona no tuvieron éxito, a pesar de que instaba a los ministros españoles que no escuchasen sus discursos llenos de “vanidad y agravio contra su monarca y contra su corona”. Las reclamaciones portuguesas contra Magallanes fueron tan intensas que, aunque nunca esto se llegó a demostrar, no faltó quien aconsejaba que matasen a Rui Falero y a Magallanes, “y así andaban entrambos a sombra de tejado, y cuando les tomaba la noche en casa del Obispo de Burgos, enviaba sus criados que los acompañasen60.
      Magallanes recibía con frecuencia embajadas de Portugal, en el sentido de que abandonase el proyecto en España y retornase a Portugal, donde sería servido de su rey natural: Magallanes siempre respondió que se consideraba ya “vasallo del Rey Carlos I” y que llevaría el proyecto hasta el final. Uno de los más activos representantes de la corte portuguesa, que trataron de convencer a Magallanes, fue el factor Sebastián Álvarez, quien utilizó todas las artes maliciosas para promover la discordia entre Rui Falero y Magallanes; con ambos se entrevistó varias veces sin lograr convencerles de su vuelta a Portugal. El embajador de Portugal, Álvaro Costa, escribió una carta al rey de Portugal el día 28 de septiembre de 1518, sobre las reclamaciones que había hecho a Carlos I para que no admitiese a Magallanes en su servicio, “sobre el negocio de Fernam de Magalhaés he trabajado muchísimo”, presentándole muchos inconvenientes que había para que aceptase el proyecto de Magallanes, “cuán feo era receber hun Rei os vasalos de outro Rei seu amigo a sua vontade, que era cousa que entre caballeiros se nam acostumaba”61.
      A pesar de estas informaciones, y las no menos negativas e importantes de algunos oficiales de la Casa de Contratación, el rey Carlos I continuó confiando y favoreciendo el proyecto de Magallanes, hasta el punto de condecorar a Rui Falero y Magallanes, otorgándoles el título de Caballeros de la Orden de Santiago.
      Fue tan eficiente la protección del Obispo Fonseca y del mismo emperador que, tal vez, por el exceso de confianza o por orgullo personal, llevó a Magallanes a cometer algunos errores. En el mes de octubre del año 1518, con motivo de botar la nave Santísima Trinidad, y estando presente muchos habitantes de Sevilla, ordenó Magallanes colocar banderas y estandartes de Portugal en la nave: los trabajadores y el pueblo de Sevilla denunciaron ante las autoridades de la Contratación el hecho, porque pensaban que era un desprecio a la Corona española. El alcalde del puerto ordenó quitar las banderas, a lo que Magallanes se opuso manifestando que esas banderas eran las de sus armas; gracias a las gestiones de un factor de la Contratación accedió Magallanes a retirar las banderas, no sin antes ocasionar fuertes discusiones.
      Otro acontecimiento previo a salir la expedición fue el concerniente a la elección de la marinería; Magallanes pretendió que la tripulación estuviese compuesta, en su mayoría, por marineros portugueses. Este aspecto fue considerado por los administradores de la Casa de la Contratación como un desprecio a los marineros españoles, aunque Magallanes se disculpaba exponiendo sus dificultades por la escasez de españoles que querían embarcarse en la expedición. El Obispo Fonseca intervino activamente en este asunto, ordenando a Magallanes suprimiese el exceso de marineros portugueses en la armada, motivo por el cual fueron enrolados marineros de otras naciones, como italianos, griegos, bretones, franceses, etc. que permanecían en Sevilla en busca de aventuras o aprovechar la oportunidad de embarcar para América.
      Correspondió al Obispo Fonseca nombrar los empleos principales de las cinco naves, y dentro de estos nombramientos ordenó el cargo de capitán de una de las naves (San Antonio) y veedor (comisario) de la flota a su sobrino, Juan de Cartagena62. A pesar de todas las dificultades, intrigas y pormenores, la expedición se fue conformando y a mediados del año 1519, ya se vislumbraba el término de los preparativos para emprender la navegación:


Hallábase ya pronta y provista de lo más necesario, y a consecuencia de las órdenes del Rey, el asistente de Sevilla, Sancho Martínez de Leyva, hizo solemne entrega a Magallanes del estandarte real en la iglesia de Santa María de la Victoria de Triana, recibiéndole el juramento y pleito homenaje, según fuero y costumbre de Castilla, de que haría el viaje con toda fidelidad como buen vasallo de S.M.63.

     El rey de Portugal, D. Manuel I, convencido de su imposibilidad de conseguir la vuelta de Magallanes, cuando se enteró de la salida de la expedición de España, envió varias naves al Cabo de Buena Esperanza con el ánimo de apresar a Magallanes si osaba navegar por esa zona prohibida para los españoles, e interceptar su paso al mar de la India. Cuando pudo constatar que no se producía este error por parte de Magallanes, ordenó a su gobernador en la India, Diego López de Sequeira, enviar seis naves de guerra a las islas Molucas para apresar, e incluso matar, a Magallanes. Como bien se conoce, tampoco tuvo éxito este proyecto del rey D. Manuel64.
     Sin lugar a dudas, cuando mejor se puede valorar a Magallanes como Capitán General de la expedición, es en el lamentable proceso del motín en la bahía de San Julián. Magallanes debió actuar haciendo uso de la autoridad que le confería su cargo. No obstante, hay algunos aspectos no muy claros, de donde se puede deducir su carácter autoritario y amargo. Era evidente que la imposición de Juan de Cartagena, sobrino del obispo de Burgos, Rodríguez de Fonseca, como veedor y capitán de la nave San Antonio, no fue aceptada de buen grado por Magallanes. Las cinco naves tenían ordenada la navegación “en conserva” y por la noche, por medio de las luces de los faroles, debían “saludar” a la nave Trinidad, donde viajaba Magallanes, como saludo protocolario o señal de acatamiento a su autoridad. A los pocos días de salir la expedición, Juan de Cartagena, desde la nave San Antonio, se negó a efectuar el saludo nocturno; recriminado por Magallanes al día siguiente su actitud de la noche anterior, Juan de Cartagena le respondió que, como veedor y en calidad de “persona conjunta, con la misma autoridad que Magallanes”, no tenía ninguna obligación de seguir el protocolo. Este ligero incidente fue el inicio de que las relaciones entre ambos dejaron de ser amistosas, más bien distantes. Magallanes no admitió nunca la autoridad de Juan de Cartagena, y en varias ocasiones procedió a apresarle por no cumplir sus órdenes.
     Pero las escasas y malas relaciones de Juan de Cartagena y Magallanes, culminaron durante su estancia en la bahía de San Julián. En este puerto, donde Magallanes decidió pasar el invierno, tuvo varias reclamaciones de la marinería cuyas pretensiones finales eran volver a España. Magallanes “los exhortó y rogó que no faltasen al valeroso espíritu que la nación castellana había manifestado y mostraba cada día en mayores cosas, ofreciéndoles del Rey correspondientes premios, con lo cual se sosegó la gente65. El día 1 de abril, Domingo de Ramos, llamó a todos los capitanes, oficiales y pilotos, a oír misa y después les invitaba a comer en su nave; excepto su fiel capitán, Álvaro Mesquita, nadie se presentó a la comida. Esa misma noche el capitán Gaspar de Quesada y Juan de Cartagena, con treinta soldados, iniciaron el motín en las naves Concepción, San Antonio y Victoria, apoderándose de ellas. Magallanes envió a la nave San Antonio a Gonzalo Gómez de Espinosa y a Duarte Barbosa con varios hombres armados para pacificar el motín, izando la bandera en la nave Victoria. Por la noche la nave capitana abordó a la San Antonio, apresando a los rebeldes.
     Las sentencias contra los rebeldes fueron muy duras, condenado a muerte a Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada, cuyos cuerpos fueron descuartizados y expuestos en las jarcias de la nave para general escarmiento. Al resto de participantes en el motín, entre los que se encontraba Juan Sebastián Elcano, fueron castigados a trabajos forzados. Tal vez por temor a la autoridad y buen hacer del Obispo Fonseca, no se atrevió a matar a Juan de Cartagena, pero habrá que considerar que al sentenciarle a destierro y abandonarle sin comida en la playa, junto al clérigo, padre Reina, pudo ser peor que la propia muerte. Nunca más se supo de Juan de Cartagena.
     Después de la llegada de la nave Victoria a Sevilla, en el mes de octubre del año 1522, se tomó declaración sobre los diversos hechos acontecidos durante la navegación. El alcalde Leguizamo tomó declaración al capitán, maestre y marineros, acerca de los acontecimientos de San Julián. En general, las declaraciones de todos ellos fueron contrarias al comportamiento de Magallanes, por no informar a los capitanes de la derrota que seguiría y perder demasiado tiempo con paradas innecesarias, sin justificación alguna; también declararon contra Magallanes acusándole de que informaba y favorecía a los capitanes y marineros portugueses, despreciando en ocasiones a los españoles. De la realidad de lo que allí aconteció nunca hubo certeza firme.
     Tres años duró la magnífica expedición, y conocer todos los pormenores de las tribulaciones y penalidades de Magallanes, sus capitanes y demás marinería queda al criterio de los lectores. Sin embargo, nada de los hechos relatados empece la extraordinaria gesta histórica, ni la de sus hombres, todos héroes, que soportaron tres años de difícil navegación, donde la enfermedad, las muertes producidas en diferentes escaramuzas, las tormentas en los procelosos mares por donde navegaban, y las difíciles relaciones personales que eran evidentes, en los pequeños espacios que ocupaban, son suficientes para considerar este expedición, junto con el descubrimiento de América, como el acontecimiento más importante por su trascendencia mundial.

Los Arenales, día de la Patrona marinera, Virgen del Carmen,
a 16 de julio de 2019

__________________________________ 
54   Antonio de Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar Océano que llaman Indias Occidentales, Madrid, 1601-15, década II, libro II.
55
   Habían concretado volver a verse en las islas Molucas, pero al parecer, Francisco Serrano murió en la isla de Ternate, a manos de los musulmanes allí establecidos, casi en las mismas fechas cuando murió Magallanes en la isla de Mactán.
56
   Mediante el Tratado de Alcaçovas firmado en el año 1479, entre los reinos de Portugal y España, se prohibió a los españoles navegar por las rutas africanas que condujeran al océano Índico. El Tratado de Tordesillas se firmó con Portugal en el año 1494, definiendo el reparto territorial del mundo.
57
   Martín Fernández Navarrete, Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, Madrid, Atlas, 1964, p.382.
58
   Ibid., p. 384.
59
   bid., p. 385. Vid. etiam A. Herrera, ob. cit., década II, lib. 2, cap. 21, p. 54.
60
   Navarrete, ob. cit., p. 478.
61
   Las malas lenguas de Sevilla decían que Juan de Cartagena no era sobrino del Obispo Fonseca, sino su hijo. Este nombramiento suponía que el Obispo concedía a su sobrino la misma categoría y autoridad que a Magallanes en la expedición, es decir navegaba en la misma como su conjunta persona. Era fácil prever que debido, por una parte, el carácter autoritario y difícil de Magallanes junto con la autoridad que se arrogaba Juan de Cartagena, los problemas llegarían pronto; esto se pudo comprobar meses más tarde, cuando Juan de Cartagena se negaba a obedecer algunas órdenes de Magallanes siendo motivo suficiente para que las relaciones de ambos fueran tan complicadas que terminaron con el motín de San Julián, siendo Juan de Cartagena uno de los principales promotores del desgraciado motín.
62
   Navarrete, ob. cit., pp 290-291.




V

SANGRE DE NIÑOS ESPAÑOLES PARA FILIPINAS:
BICENTENARIO DE FRANCISCO XAVIER BALMIS



Una de las grandes pandemias que ha sufrido la humanidad ha sido la de la terrible enfermedad de la viruela. Gracias al descubridor de la vacuna, el médico inglés Edward Jenner, nacido en Berkeley, esta enfermedad está considerada, hoy, como erradicada en el mundo entero.
     El Dr. Jenner observó que las ordeñadoras de vacas de su región quedaban inmunes contra la viruela humana. El cow-pos (viruela que padecían las vacas) se transmitía a estas ordeñadoras, incluso a los niños, de una manera muy leve y local (generalmente en las manos) además de tener la singularidad de que no era transmitida a los humanos. El Dr. Jenner investigó, durante más de veinticinco años de estudio, este fenómeno, que finalizó con la publicación en Londres el año 1798 de sus excelentes resultados, acogidos en el mundo entero como una luz de esperanza contra esta penosa enfermedad que había matado a millones de personas.
     Un médico investigador español, insigne cirujano militar, nacido en Alicante en el año 1753, Francisco Xavier de Balmis y Berenguer, se ocupó de la traducción al español de un libro, publicado en Francia por uno de los médicos más señalados como defensores de la vacuna de Jenner, Jacques Louis Moreau, titulado Traité Historique et Practique de la Vaccine. En este texto, que prologó el propio Dr. Balmis, del que se editaron más de 2.500 ejemplares en España, se divulgaba y se recogían todos los comentarios sobre la vacunación.
     Desde entonces el Dr. Balmis se dedicó al estudio y puesta en práctica de la vacuna, no sólo en España sino en Hispanoamérica y Filipinas, donde esta enfermedad había hecho estragos durante más de dos siglos. Su proyecto fue bien aceptado por las autoridades españolas con el respaldo, definitivo, del rey Carlos IV, quien fue el gran promotor de la expedición científica que, finalmente, dirigiría el propio Dr. Balmis, para vacunar a los pueblos americanos y filipinos.
     En realidad, las islas Filipinas no se incluyeron en el derrotero de la expedición en el proyecto inicial. En el primer reglamento que expuso el Dr. Balmis se refería únicamente a la vacunación en los países americanos. No obstante había una nota al final del Artículo 7.º del mismo, en la que se decía que: “En el caso de que S. M mande llevar la vacuna a las islas Filipinas, puede verificarse con mucha facilidad, pues el viaje de Acapulco a las islas Marianas, por donde se pasa, es ordinariamente de treinta a cuarenta días, y de estas a Filipinas de ocho a diez, por razón de lo que favorecen los vientos generales: pero la vuelta es penosa y larga y dura más de seis meses”.
     La Gaceta de Madrid publicó el 5 de agosto de 1803 un adelanto de la expedición para ser llevada “a las Américas y si fuera dable a las Islas Filipinas”. Es decir, tres meses antes de partir la expedición no estaba todavía decidido el transporte de la vacuna al archipiélago filipino. Finalmente, el rey Carlos IV ordenó que la vacuna llegase a Filipinas.
     La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna zarpó del puerto de La Coruña, en la corbeta “María Pita”, el 30 de noviembre de 1803. En la expedición figuraban además de médicos, enfermeros y demás ayudantes sanitarios, veintidós niños cuyas edades estaban comprendidas entre los tres y los nueve años. La mayoría de estos niños fueron recogidos en la Casa de Expósitos de La Coruña y los restantes, de otras instituciones benéficas de Madrid.
     La ausencia de medios frigoríficos para transportar la vacuna en las debidas condiciones sanitarias, fue el motivo principal de que fuesen los propios niños los “depósitos” de la vacuna para que llegara fresca a su destino. El sistema consistía en inocular la vacuna a los niños de dos en dos, de manera que a los ocho o diez días las pústulas se llenaban de pus; la linfa se transfería con una lanceta al brazo de otros dos niños y así sucesivamente hasta que llegó a su destino, utilizando el mismo procedimiento posteriormente.
     Las dificultades para la vacunación fueron muchas, entre otras penalidades y rechazos de los pueblos, porque algunos niños enfermaron y murieron y hubo que ir sustituyéndolos con gran dificultad.
     En Venezuela la expedición se dividió al objeto de poder recorrer todos los países y fuel el Dr. Balmis el encargado de llegar a Filipinas. La expedición a Filipinas salió de Acapulco el día 8 de febrero de 1805, en el navío Magallanes. La travesía fue muy dura para los veintiséis niños componentes de la expedición, porque tuvieron que dormir hacinados debido a la gran cantidad de pasajeros que utilizaron el barco y a la escasa y mala alimentación.
     Después de cinco semanas de difícil navegación llegaron a Manila el 15 de abril de 1805, con mucha pena y poca gloria puesto que no tuvieron una recepción oficial, como hubieran merecido. Gracias al alcalde, que se hizo cargo del hospedaje y manutención de la expedición pudieron iniciar la vacunación.
     El Dr. Balmis, llegó muy enfermo de disentería, cansado de tantos meses de trabajo, dificultades e incomprensiones y denunció, una vez más, ante las autoridades de España, el escaso interés demostrado por las autoridades españolas en Manila, como le había ocurrido en otros lugares de América.
     No obstante, se inició la vacunación al día siguiente de arribar. El rechazo inicial a la vacuna por parte de los españoles y filipinos de Manila era evidente. El Gobernador, D. Rafael María de Aguilar, vista la dificultad para iniciar el trabajo del Dr. Balmis, fue el primero en vacunar a sus dos hijos, siendo este ejemplo seguido por la población de Manila. Tres meses más tarde ya se habían realizado más de 9.000 vacunaciones y se había formado el consejo de vacunación que debería seguir el trabajo iniciado.
     El cansancio del Dr. Balmis había quebrantado mucho su salud y solicitó al rey pasar a descansar a Macao. El 3 de septiembre partió para Macao con tres niños con intención de vacunar en este enclave portugués. Finalmente, intentó vacunar en Cantón (China) pero las autoridades no se lo permitieron.
     Llegó a Madrid en septiembre de 1806, siendo recibido por el rey con todos los honores que merecía el éxito de su expedición. Además de los excelentes resultados de la vacunación, el Dr. Balmis había aprovechado la expedición para investigar determinadas plantas recogidas durante la misma, que fueron utilizadas posteriormente para la obtención de otros medicamentos.
     Murió este gran médico castrense a los sesenta y seis años de edad, en Madrid, el 12 de febrero de 1819. Con esta primera expedición sanitaria y humanitaria de carácter mundial se cerró una de las páginas más hermosas que honra la acción española en Ultramar.

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Monumento homenaje a la expedición de la vacuna en El Parrote, La Coruña







VI

LA ALIMENTACIÓN EN LA EXPEDICIÓN
DE MAGALLANES-ELCANO



Continuando con mi contribución al conocimiento de algunos aspectos, no demasiado conocidos por el gran público, de la expedición de Magallanes-Elcano, pretendo ahora comentar algunos datos relativos a la alimentación de la heroica y sufrida tripulación y otros datos complementarios.
     Se sabe que el hambre y la sed fueron, en general, los problemas fundamentales en las expediciones españolas de descubrimientos y conquistas por todo el orbe, no solo durante la navegación sino, también, en tierra firme.
     Antes de crearse la Casa de Contratación, eran las autoridades del barco las que hacían la previsión de los alimentos. Posteriormente, la Casa de Contratación daba instrucciones de los alimentos que debían embarcarse, dependiendo del número de tripulantes y de la duración del viaje.
     De una manera general, durante las navegaciones, la dieta habitual de los marineros era la galleta, o bizcocho de trigo, tocino, pescado y carnes saladas, aceite de oliva, legumbres, frutos secos y los imprescindibles vino y vinagre. Durante los primeros días de navegación, las verduras, frutas, y las carnes frescas (cerdos, aves) que se transportaban, se consumían lo antes posible porque, de no hacerlo así, se corrompían pronto y había que arrojarlas al mar. Las carnes embarcadas solían ser de cordero, vaca y cerdo, previamente adobadas, ahumadas o curadas como cecina. El bizcocho y los alimentos salados se conservaban más tiempo, aunque la humedad iba deteriorándolos hasta agusanarlos y pudrirlos.
     Desde las consideraciones actuales de la correcta dieta alimenticia, en el presente siglo XXI, el consumo de hidratos de carbono y proteínas, era muy equilibrado en las expediciones. Las semillas secas (llamadas menestras) y el bizcocho, proporcionaban los hidratos de carbono, aunque la masticación se hacía imposible sin una dentadura normal. En caso contrario era necesario empapar la galleta con agua o vino para poder comerla. La fuente de proteínas se obtenía de carnes frescas de vaca, cerdo, carnero y aves; posteriormente era necesario ahumar estas carnes, o ponerlas en salazón, para su mejor conservación. En muchas travesías se llevaban gallinas vivas que proporcionaban los huevos. Las principales fuentes de grasas provenían del tocino de cerdo y del aceite de oliva. El pescado se procuraba en el mar, en el tiempo en que la falta de viento era propicia para esta labor, o se transportaba salado (bacalao y otros).
     Los alimentos se condimentaban, habitualmente, con sal, cebolla, orégano, pimienta y ajo. Las legumbres no solían faltar en la comida de los marineros, una de las más apreciadas y populares de la época eran los garbanzos, “De las meiores legumbres son los garvanços”,“E el bien que faze las favas secas cozidas con carne o con azeyte es que ablandan los pechos”. Los hornos, si el tiempo no lo impedía, se encendían a medio día para cocinar los alimentos; en el supuesto de tempestad se cerraban y permanecían muchos días inactivos; en estos casos se prescindía de comidas calientes.
     La conservación de los alimentos, era preocupación constante de las autoridades del barco, pero la humedad, las variaciones de temperatura y el calor excesivos deterioraban los mismos, sufriendo muchas alteraciones que disminuían su valor nutritivo.
     Aunque se recomendaban las cantidades y su distribución diaria para cada marinero, se entendía que era para personas sanas y bien alimentadas. Sin embargo los marineros no eran buen ejemplo de buena salud y dietas sanas, sino, por lo general, muy contrarias a esta actitud. Lo normal era que, esta clase social, estuviera mal alimentada, tanto por la cantidad como por la calidad. Añadiremos que es lógico pensar que esta alimentación inadecuada, se incrementaba con las malas costumbres habituales entre los marineros, entre las que destacaban el excesivo consumo de alcohol. Con estas premisas se podría deducir que la alimentación de los marineros que embarcaban, en su mayor parte, era deficiente o inadecuada para los trabajos que tenían que soportar.
     Como ejemplo de equilibrio alimenticio, citamos una relación de los menús diarios en la expedición de Pedro Méndez de Avilés, a La Florida, en el año 1568; la dieta alimenticia diaria de la tripulación consistía en lo siguiente:

L, X, V, S:
Libra y media de sancocho
1 Litro de agua
1 Litro de vino
Medio celemín para 12 personas (150 grs. /persona) de menestra de habas y garbanzos
1 Libra para cada 3 personas (153, grs. /persona) de pescado salado

MARTES:
Libra y media de bizcocho
1 Litro de agua
1 Litro de vino
1 Libra para cada 10 personas (46 grs. / persona) de menestra de arroz con aceite
½ Libra de tocino

JUEVES Y DOMINGOS:
Libra y media de bizcocho
1 Litro de agua
1 litro de vino
1 Libra de carne salada
2 Onzas de queso

CADA MES:
1 Litro de aceite
½ Litro de vinagre

     El avituallamiento de los alimentos no siempre era el adecuado. Difícil era prever la duración exacta del viaje, debido a eventualidades que obligaban a su prolongación durante numerosos días, y difícil era la previsión y administración de los alimentos. A estas dificultades se añadían frecuentes engaños, por parte de los vendedores, en los pesos de los alimentos, en su escasa calidad y en el hurto de los propios marineros durante las travesías. Por si fueran pocas estas deficiencias y desgracias, con ocasión de fuertes tempestades, en algunas expediciones fue necesario arrojar alimentos por la borda para aligerar lastre del barco y poder conservar la vida.
     El agua se transportaba normalmente en vasijas de barro, barriles o botas, su conservación presentaba serias dificultades. En primer lugar la rotura frecuente de las vasijas, la deficiente limpieza de los barriles, el calor y la mala calidad del agua transportada eran los principales enemigos para que el agua tuviera que racionarse o arrojar al mar por inservible. El agua de la lluvia no se despreció nunca y se recogía en las toldas del alcázar y el castillo del barco, almacenándose en canutos de bambú o cocos, como lo hacían los indígenas. En la expedición de Pedro Fernández de Quirós, el cronista relata cómo, aprovechando una tormenta se recogió el agua “con veinte y ocho sábanas tendidas por toda la nao, se cogieron esta y otra vez trescientas botijas de agua; remedio puro de nuestra necesidad y gran consuelo de toda la gente”.
     Cuando se saltaba a tierra a hacer aguada, se recogía la que se encontraba, a veces de mala calidad, y se consumía aunque no tuviese las mínimas condiciones de salubridad. Existen referencias, a principios del siglo XVI, de la destilación del agua del mar por el calor, recogiéndose en vellones de lana o esponjas, para ser envasada después en las vasijas u otros recipientes.
     Con estas consideraciones generales de la alimentación, venimos a afirmar que no diferirían mucho de las que se emplearon en la expedición de Magallanes-Elcano en el año 1519, habida cuenta de la experiencia que se obtuvo en los primeros viajes de descubrimiento de Colón, y los posteriores “viajes menores”, de Vespucio, Juan de la Cosa, Ojeda, Diego de Lepe, Pedro Alonso Niño, etc., que se hicieron durante el año 1499 y 1500.
     Es comprensible que nadie pudiera saber con certeza la duración de la expedición de Magallanes-Elcano; por consiguiente, calcular la cantidad de alimentos necesarios para la alimentación de la tripulación, en un periodo de tiempo desconocido, sería harto difícil. La hipótesis más lógica, sería pensar más en la capacidad de carga de los barcos que iban a navegar, que calcular el tiempo de la travesía, siempre imprevisible. Seguramente se pensó que podrían obtener alimentos y agua en las diferentes escalas que pudieran encontrar, como así fue, no sin antes sufrir en exceso la terrible hambruna y la sed que causaron muchos muertos. Obsérvese que no se cita en la relación, la cantidad de agua embarcada; por una parte, estaba prevista una primera escala en Sanlúcar y posteriormente en las Islas Canarias, donde la aportación de agua a la armada sería definitiva; por otra parte, no habría dudas en pensar que durante la navegación sería sencillo encontrar agua.
     Los alimentos embarcados en las cinco naves, previstos por los administradores de la Casa de la Contratación y por los cálculos del propio Magallanes y sus asesores, fueron los siguientes:

     
– 415 Pipas y media de vino
     – 475 Arrobas de aceite
     – 200 Arrobas de vinagre
     – 245 Docenas de pescado
     – 228 Arrobas de tocinos añejos
     – 42,5 Fanegas de habas
     – 82 Fanegas de garbanzos
     – 2 Fanegas de lentejas
     – 5 Pipas de harina
     – 250 Ristras de ajos
     – 112 Arrobas de queso
     – 54 Arrobas de miel
     –12 Fanegas de almendras (sin pelar)
     – 150 Barriles de anchoas
     – 5 Jarras de sardinas para pescar
     – 75 Arrobas de pasas de sol
     – 200 Libras de ciruelas pasas
     – 16 Quintales de higos
     – 272 Libras de azúcar
     – 70 Cajas de membrillo
     – 1 Jarra de alcaparras
     – 18 Recipientes de mostaza
     – 6 Vacas
     – 222 Libras de arroz

     Los alimentos en los que se ponía mayor atención, por su elevado consumo, fueron el pan, el vino y el aceite; partiendo de estos imprescindibles alimentos, se calculaba el tiempo en consumir estos, sin que este cálculo pretendiera coincidir con los días de navegación: Hecha repartición por el pan y vino y aceite, que es lo principal que ha menester en la armada, conforme a la gente que en ella va y los mantenimientos que lleva, hallo que sale por persona repartido por 237 personas que van en la armada: de vizcocho, a razón de nueve quintales, 17 libras, por hombre; de vino, a razón de una pipa, de 20 arrobas, e dos azumbres por hombre, quedando media azumbre de ración cada día, lleva para setecientos cincuenta y seis días, y a un tercio de azumbre para mil ciento treinta y cuatro días.
     Ahora ya se sabe que los alimentos nunca fueron suficientes para cumplir su misión, durante los tres largos años que duró la expedición. Todos los cálculos, como no podía ser de otra manera, fueron hechos con la mejor voluntad de la Corona pero nadie estaba capacitado para calcular el tiempo de duración de la expedición, ni sus tribulaciones y penalidades que habrían de sufrir sus tripulantes. Como consecuencia del naufragio de la nave Santiago, y la posterior deserción de la nave San Antonio, se perdieron toneladas de alimentos que necesitaron, posteriormente, los tripulantes supervivientes.
     Ofrecemos a continuación relación del coste de los alimentos embarcados en las naves que fueron repartidos, equitativamente, entre todas ellas teniendo en cuenta cu capacidad y número de tripulantes:

     • Vizcocho — 372.510 Maravedís
     • Vino y agua (incluidos gastos de
     salarios del aprovisionamiento) — 90.000 Maravedís
     • Legumbres — 23.037 Maravedís
     • Aceite — 58.425 “
     • Pescados curados — 68.879 “
     • Tocino curado — 43.908 “
     • Animales vivos y carne — 17.735 “
     • Queso — 26.434 Maravedís
     • Pipas, toneles y envases — 393.623 Maravedís
     • Azúcar — 15.451 Maravedís
     • Vinagre — 3.655   
     • Ajos — 2.198    
     • Pasas, higos, almendras — 10.799 “
     • Miel — 8.980 “
     • Harina — 5.927 “
     • Sal, mostaza, membrillo — 9.531 “

     A continuación, relacionamos otros datos interesantes de la expedición, por considerarlos oportunos para mayor conocimiento de los lectores.
     El coste total de la expedición sumó 8.334.335 maravedís. La contribución mayor correspondió a cargo de la Hacienda de la Corona española, con un montante de 6.454.209 maravedís; el resto de 1.880.126 maravedís fue donado por don Cristóbal de Haro. Finalizada la expedición, la Corona comerció con las especias que trajo la nave Victoria en su bodega, calculadas en 1000 kg. de clavo; parece ser que la venta de estas especias fue suficiente para sufragar el coste total de la expedición. Si la nave Trinidad, apresada por los portugueses en la isla de Tidore (Molucas), hubiera logrado llegar a España, la venta de sus especias embarcadas, calculadas en 900 kg., hubiera resultado la expedición, económicamente positiva.
     Las naves intervinientes en la expedición, fueron fabricadas en Sevilla cuyo coste fue el siguiente:

     Concepción,    228.750 Maravedís
     Victoria,        300.000     
     San Antonio,   330.000   
     Trinidad,       270.000   
     Santiago,      187.500   

     Como datos importantes de los gastos que ocasionaron los salarios y materiales, más significativos, empleados en la fabricación de estas naves, merecen citarse:

     • Diferentes maderas 175.098 Maravedís
     • Salarios de carpinteros y calafateadores 672.118 Maravedís
     • Clavos y diversas piezas de acero 142.532 Maravedís
     • 173 Piezas de lona para velas 149.076 “
     • Cuerdas, cables, jarcias, etc. 324.170    
     • Armas de fuego (arcabuces, falcones, etc.) 160.135 “
     • Pólvora 109.028 “
     • Armaduras y material de protección 110.910 “

     Hasta completar el presupuesto total de la expedición, faltan otras partidas que omitimos, conformándonos con citar los gastos más característicos de la misma. Observados los gastos totales, no hemos encontrado un solo maravedí aportado por la Corona portuguesa, aunque seguramente fueron elevados los gastos que empleó en pagar a sectarios oficiales y extraños personajes, con el objetivo de impedir la capitanía de Magallanes, y en manipular la expedición para que no llegara a buen término; ambos objetivos, afortunadamente, no consiguió nunca.

Madrid, día del Patrón de España,
Santiago Apóstol, a 25 de julio de 2019