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Revista Filipina
Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Primavera 2019, volumen 6, n
úmero 1



ARTÍCULOS Y NOTAS

INVOCACIÓN DE UN MITO: RIZAL Y EL ÚLTIMO DISCURSO DE MIGUEL DE UNAMUNO


ISAAC DONOSO
Universidad de Alicante



Resumen
Los acontecimientos sucedidos en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 entre el escritor Miguel de Unamuno y el militar José Millán Astray poseen una importancia simbólica como reflejo de una fractura ideológica española acentuada por el conflicto civil. Su recreación literaria ha silenciado, sin embargo, el fondo del enfrentamiento dialéctico, y las heridas todavía abiertas de una España que no había saldado cuentas de su debacle colonial, y errores políticos como el fusilamiento de José Rizal. La invocación del nombre de Rizal por parte de Unamuno fue el desencadenante de la disputa, como símbolo del vencedor que no convence, y paga las consecuencias, en ese caso, el desastre del 98.


Palabras clave: José Rizal, Santiago Mataix, Miguel de Unamuno, discurso de Salamanca, política colonial


I. El hombre Rizal
      Santiago Mataix desembarca en Manila a mediados de noviembre del año 1896 como corresponsal del Heraldo de Madrid. Será el único periodista enviado directamente desde la península para cubrir los acontecimientos que estaban teniendo lugar como consecuencia del alzamiento revolucionario filipino. A los pocos días, el 28 de noviembre, se entrevista con el gobernador general Blanco, y envía crónicas dubitativas sobre la situación militar y quejas contra la censura. El general Camilo Polavieja llega el 3 de diciembre a Manila como segundo cabo. Las noticias que remite Mataix por el cable a España manifiestan un claro juicio de valores:




Fe en Polavieja

La confianza en Polavieja es tan extraordinaria como alarmante y peligrosa la indignación de los peninsulares ante la conducta del general Blanco.
   Duélense los marinos de que no se utilice más su concurso para la campaña1.

      El día 6 de diciembre el periodista del Heraldo envía una larga carta describiendo de forma sarcástica el estado de abandono y apatía en el que se encontraba la administración del gobernador Blanco, frente a un alzamiento armado imparable y próximo a Manila. Los siguientes telegramas tienen como fin denunciar la censura y demostrar confianza en Polaviaje como único garante de la seguridad en el archipiélago. La opinión pública peninsular encuentra en el Heraldo valoraciones hasta el momento desconocidas sobre la situación en Filipinas, y Mataix es actor directo de la construcción narrativa de los hechos: “Puede asegurarse que sin excepción ninguna lamentan todos aquí los errores del general Blanco como gobernador y como caudillo2.
      No se demorará mucho la tensión existente entre un general Blanco que esperaba regresar a la península en marzo, y un general Polavieja que había recabado desde su llegada a Filipinas apoyos locales para situarse al mando de la administración. Así, con fecha 12 de diciembre, el periodista Mataix anuncia el nombramiento de Camilo Polavieja como gobernador general de las islas Filipinas y describe sus inmediatas acciones de choque. En pocos días se había dado un vuelco completo a la política en Filipinas, con procedimientos similares a los de un golpe de estado, y con el inestimable concurso del control de la opinión pública a través del periodista Mataix. Dos recién llegados alteran de forma inopinada el escenario filipino, dos recién llegados que son a su vez paisanos de la ciudad industrial de Alcoy.
      El único corresponsal español enviado a Manila atesora verdadero poder a la sombra del nuevo gobernador, y redacta glosas de Andrés Bonifacio, Emilio Aguinaldo, Edilberto Evangelista, Rosario Villarruel, Mariano Llanera, Gregorio Romero Sy-Quia y otros miembros de la revolución, desde los acaudalados ilustrados a los aldeanos que luchan con lo puesto. Los detalles que ofrece de todos los estamentos sociales, con una agudeza exuberante en un entorno tropical nada fácil de desentrañar para un recién llegado (un bago, como eran tildados los novatos), manifiestan que Mataix dominaba, pese a sus veintiséis años, el oficio de periodista. Sin duda se vio altamente beneficiado por el respaldo de Canalejas en el Heraldo de Madrid, y después por el contacto directo con Polavieja, relaciones probablemente facilitadas por la alcoyanía, de nacimiento o adopción, de todos ellos. Pero no cabe duda, a tenor de la calidad de las crónicas e imaginando la complejidad hostil y caótica de la Filipinas finisecular, que Mataix se adaptó rápidamente a la dinámica del país. Y tal vez, con menos acierto, se acomodó a los dictados de Polavieja, a pesar de representar a un periódico liberal.
      Mataix fue el periodista que vivió en primera persona la muerte de José Rizal. Puede percibirse en él una empatía con el desenlace trágico de José Rizal, una reflexión por indagar la extraña entereza y soberbia capacidad de afrontar la muerte de un personaje a quien solamente llega a conocer en los últimos momentos de su vida. Nada posiblemente sabía Santiago Mataix sobre José Rizal más allá de los clichés que circulaban en la metrópoli, esto es, autor de novelas anticlericales y filibustero. Lo llega únicamente a tratar brevemente en los momentos más decisivos del desenlace trágico, el juicio sumarísimo que de antemano le condenaba a muerte y las horas en la celda y capilla esperando las siete de la mañana del día 30 de diciembre: “Todavía creo oír su característico ceceo; aún me parece verle accionar con los brazos atados por encima de los codos, y sereno el rostro hasta que el fiscal Sr. Alcocer pidió para él la pena de muerte3.
      El manifiesto éxito de la campaña periodística, y la circunstancia alcoyana, facilitan un trato de favor del corresponsal del Heraldo con el nuevo gobernador. De hecho, Santiago Mataix fue testigo de excepción de las deliberaciones del Estado Mayor, siguió la evolución de los combates y detenciones, e incluso se anticipó a ellas en telegramas enviados al Heraldo. Sorprende que, a escasas semanas de estar en Manila, acceda a la celda de José Rizal a pocas horas de ser fusilado:




Me repugna visitar presos, ver fusilamientos y presenciar ejecuciones. Evité contemplar las que pude, y como no he tenido nunca obligación de describir ninguno, excusado es decir que mi visita a Rizal esta mañana constituye una dolorosa excepción en mi vida: su capilla es la primera que veo.
   Pude infringir disposiciones severísimas y entrar en la fúnebre estancia, sin intentar la grosera crueldad de someter a interviews al pobre preso. El padre que le asistía, fue profesor de Rizal en su niñez, y lo ha sido también mío; la conversación deslizose, pues, sin violencias: estudios y travesuras de la infancia e historias de chicos, constituyeron el tema de nuestra charla.
   El religioso, terciando en ella, dijo que el reo había sido presidente de la Congregación de San Luis, y Rizal contestó con viveza:
   «—Padre, recuerde usted que yo no fui nunca presidente, sino secretario; era muy pequeño, y no podía presidir; porque fíjense ustedes que yo no he presidido nada en mi vida; he sido y soy muy pequeño.
   Si cuando escribí el Noli me tangere se hubiera seguido el consejo del P. Nozaleda, entonces profesor de Santo Tomás, no dando importancia al libro ni al autor, otro gallo nos cantara a todos; no estaría yo aquí en capilla, y quizás no hubiera rebeldes en Cavite.
   Entonces era yo un pobrete a quien los cocheros de Manila engañaban, y hacían burla de mí hasta los banqueros del Pásig Los mismos filipinos no estaban muy prendados de los hechos de este infeliz; algunos me combatían, pero de igual a igual, sin que nadie hablara aún de esos apostolados, supremacías ni monsergas que me han perdido. Pero marché a Londres y allí pude notar que se me atacaba con saña, se predicaba contra mi libro, se abominaba de mí, y aun creo que se concedieron indulgencias a folletos en que se me injuriaba. Resultó lo que había de suceder: cada sermón, a los ojos de mis paisanos, era una homilía; cada injuria un elogio, cada ataque nueva propaganda de mis ideas.
   ¿A qué negarlo? Me envanecía semejante campaña; pero, créanme, y eso mejor lo saben ustedes que yo, que ni tuve importancia para tales censuras, ni soy digno de la fama que mis engañados partidarios me dan; los que me han tratado, ni me suben a los cuernos de la luna, ni me fusilarían tampoco. Creeríanme como soy: inofensivo; los más fanáticos por mí son los que no me conocen; si los filipinos me hubieran tratado, no hubieran hecho de mi nombre grito de guerra».
   Creyéralas o no, Rizal dijo en su capilla verdades como puños: el apóstol tagalo no ha sido en su vida más que una medianía, víctima de sus sueños de gloria.
   ¡Dios le haya perdonado! Santiago Mataix. [05-02-97]4
      Pero la empatía, incluso la admiración que debería de haber despertado la solidez de las ideas de un “indio” hecho filipino con la cultura de la España decimonónica, no parece sino responder a compasión espiritual, más que a convicción liberal. Manila bullía con movimientos liberales, masones, ilustrados, progresistas, ideas de desarrollo económico y fomento urbano y mercantil. Cualquier liberal llegado a Manila pronto sabría encontrar sus interlocutores, y sabría darse cuenta del panorama evidente en el que se encontraba la colonia. Por el contrario, sorprende sin duda en Mataix su connivencia con la fase más dura de la represión gubernamental, sin duda fruto de los beneficios, personales o profesionales, que su cercanía a Polavieja le reportaban. El respaldo a la política militar fue lo que a la postre se telegrafió día tras día a Madrid, y el Heraldo de Madrid, diario liberal, acabó consolidando un relato de alzamiento rebelde que debía ser reprimido con mano dura.
      Para incendiar la opinión pública en contra de los condenados filipinos, se empleó como símbolo “filibustero” a la figura de José Rizal. Por la posición privilegiada que alcanzó inmediatamente Mataix nada más llegar al archipiélago, y ser desde el primer momento fuente privilegiada de lo que pasaba en Filipinas, parece que el periodista no quedó ajeno a la construcción del estado de opinión que denuncia Retana. Más bien al contrario, Mataix toma posición favorable a las actuaciones de Polavieja y su política de mano dura, y es vehículo del relato que se transmite no sólo a Madrid, sino a provincias, como revela un periódico de Pamplona:




   Según ha comunicado un telegrama de Manila, parece que el doctor Rizal ha declarado que él como todos sus amigos políticos de Filipinas, aspiran ha mucho tiempo a la implantación en aquel Archipiélago, del régimen autonómico.
   Dice el doctor Rizal que la insurrección de Filipinas, vencerá como la de Cuba, porque son muchos y poderosos los elementos con que cuenta, mas cree que su declaración ha sido un tanto prematura y expuesta.
   Como es de suponer, nadie da crédito a estas absurdas declaraciones del doctor Rizal. En Manila todo el mundo opina que debe ser inmediatamente fusilado y así esperan que se haga. De la misma opinión parece que es el general Polavieja, que fue interrogado por el corresponsal del Heraldo señor Mataix6.
      No otra política se transmite más que la del fusilamiento de los intelectuales y el desarme de las masas. Precisamente esta forma de acción política se hizo celebérrima como causa del desastre del 98 con el famoso (apócrifo o no) “¡Muera la inteligencia!” del fundador de la Legión, José Millán Astray el 12 de octubre de 1936 ante Miguel de Unamuno, cuando éste invocaba la memoria de Rizal:




En mi interior, yo estaba de acuerdo con casi todo lo que decía Unamuno. Muchas de sus afirmaciones eran de puro sentido común, aunque en aquella ocasión resultasen explosivas. Sobre todo, cuando de manera inesperada, en su característico juego de ideas y de palabras, sacó a colación el fusilamiento de Rizal, héroe de la independencia de Filipinas, como ejemplo de la brutalidad agresiva e incivil de los militares. Yo mismo sentí un cierto desasosiego al oír pronunciar con elogio el nombre de quien había luchado ferozmente contra España. Y fue exactamente el momento en que Millán Astray se puso en pie y lanzó un grito, ahogado en parte por la gran ovación con que fue acogido. Pero yo lo oí perfectamente decir: “―Muera la intelectualidad traidora”7.
      La idea de que Rizal “había luchado ferozmente contra España” llama poderosamente la atención, pues en ningún lugar escribió el autor filipino contra España, sino contra una administración conservadora dominada en el archipiélago por las órdenes religiosas, solicitando por motivos políticamente argumentados representación en Cortes como el resto de territorios españoles, para acometer las reformas que las islas requerían8.
      Si en la península se transmitió la idea de Rizal como un José Martí filipino, si no sólo se trasmitió sino que se perpetuó como traidor, rebelde y filibustero varias décadas después, probablemente la labor del “cuarto poder”, y en este caso de Santiago Mataix como corresponsal directo y privilegiado de la Revolución filipina, tuvo bastante responsabilidad en ello. Ciertamente el periodista alcoyano llegaba a Manila cuando Rizal estaba política y socialmente sentenciado (aunque no judicialmente). Obtenía además privilegios especiales para poder acceder, y se enfrentaba cara a cara con un personaje del que había escuchado muchas sentencias, pero pocas certidumbres. El momento era de la más alta solemnidad. Mataix se apiadó de él, pero no fue consciente de la dimensión del hecho histórico:




La figura humana de Rizal es digna de profundo estudio. Vivió treinta y cinco años; a los veintisiete había dado la vuelta al mundo; fue médico, novelista, poeta, político, filólogo, pedagogo, agricultor, tipógrafo, políglota (hablaba más de diez lenguas), escultor, pintor, naturalista, miembro de Centros científicos europeos, que dieron su nombre a especies nuevas por él descubiertas; vivió y estudió en las grandes capitales de Europa y América; el índice de sus libros y escritos varios ocupa no pocas páginas de este volumen. Dedicaron a su muerte veladas y recuerdos necrológicos varias Sociedades científicas, y la Prensa de todo el mundo. Ese fue el hombre que fusilamos9.

II. El nombre de Rizal
      La relación con el general fue tan estrecha que cuando, dada por sofocada la revolución, Polavieja regresa a España, Santiago Mataix lo hace en el mismo vapor. Desde que tocan tierra peninsular el periodista pasa a ser ayudante y secretario personal del antiguo gobernador. Este cambio tan repentino de redactor de un periódico liberal a secretario personal de un general militar produjo cierta ironía y sorna en la prensa liberal de la época, especialmente de Barcelona:




En Mataix, el lacayo de’n Polavieja va venir á Barcelona. ―¿A qué vé en Mataix?―se preguntavan molts. ―¿Qué’s propasa? ¿Qué vol? ¿Qué intenta?
   Prompte va saberse. En Mataix va venir senzillament á prende’l pols als vells polaviejistas…10
      Queda claro que, tras el desastre, un sector fuerte de la política española estaba condicionado por los militares polaviejistas11.
      El nefasto desenlace con la intervención norteamericana, culminó con la venta del territorio en el Tratado de París firmado el 10 de diciembre de 1898. Una población que reclamaba mayoría de edad tras tres siglos de aculturación, se vio abandonada al limbo político más gélido por la misma madre que le había dado forma. No hay testimonio más esclarecedor del destino cruel que les deparaba a los filipinos que el de Apolinario Mabini, intelectual político de la revolución:




Todos mis esfuerzos fracasaron, porque el Tratado de París concluido el 10 de diciembre del año anterior había dejado al Congreso de los Estados Unidos la facultad de determinar los derechos civiles y la condición política de los filipinos […] Debíamos pues elegir entre la guerra y el cargo de incapacidad12

      Sólo quedaba la exaltación hasta el mito de la figura y obra de Rizal, tema que ha producido a lo largo de las décadas una voluminosa bibliografía catalogada particularmente como “Rizaliana”13. En cuanto a España, la posición revisionista de Retana14 en su obra Vida y Escritos del Dr. José Rizal (1907), prologada por Javier Gomez de la Serna y epilogada por Miguel de Unamuno, constituye el principal argumento peninsular del error político que supuso el fusilamiento de Rizal.
      Rizal era hombre de letras, que había usado la palabra, la palabra española, y el perfil regeneracionista presentado por Retana del escritor filipino no podían hacer del mito filipino sino un verdadero paladín de la Hispanidad, asesinado por su propia madre. Es de este modo cómo el pensamiento liberal europeo llega al archipiélago filipino, dando paso a reivindicaciones sociopolíticas como nunca antes habían tenido lugar en Asia. Las reivindicaciones adquirían forma a través del razonamiento, del positivismo y del cientificismo, a través del uso de la escritura, la prensa y del pensamiento argumentativo, a través de la lengua española:




En lengua española pensó, y en lengua española dio a sus hermanos sus enseñanzas; en lengua española cantó su último y tiernísimo adiós a su patria, y este canto durará cuanto la lengua española durare; en lengua española dejó escrita para siempre la Biblia de Filipinas15.

      Rizal dará cuerpo al proceso en el cual la argumentación que convulsionaba Europa se traslade a Asia por medio del uso de la escritura y del español. Con el empleo de la misma lengua con la que argumentaban los colonizadores, Rizal argumenta, diserta y expone la problemática filipina en clave liberal, y al mismo tiempo desmonta las falacias de un sistema colonial obsoleto que debe dejar paso a la construcción de una nueva era (no necesariamente independiente). Es por ello que los escritos de Rizal constituyen instrumento imprescindible para comprender cómo se gestó la modernidad de la primera República de Asia, cuando Filipinas lideraba el pensamiento sociopolítico asiático. Y es aquí donde se debe situar el valor transcendental de la lengua española para la incipiente nación filipina:




A la sombra fatídica de los patíbulos escribe Rizal su Noli. Desaparece la desunión filipina causada por el mutuo desconocimiento. Los régulos rivales ceden el paso a los filibusteros. Mindanaw y Bisayas descubren de pronto que tienen la misma fisonomía y la misma sensibilidad que Luzón. Y cuando América llega encuentra un pueblo homogéneo que la denosta en la misma lengua, por sus jefes, como antes denostó en la misma lengua, por boca de Rizal, a los capitanes generales. He aquí la obra de Rizal16.

      La muerte de Rizal pronto pasó a ser simbólica. Todos los principales intelectuales y escritores del archipiélago fueron en los años sucesivos componiendo páginas y poemas en su memoria17. En cuestión de unos años sus obras, que habían sido prácticamente clandestinas o permanecían inéditas, empezaron a circular y ser traducidos, y su figura fue más venerada que comprendida18.
      Para Unamuno, si el error histórico no podía repararse, al menos no podía repetirse19:




El gran representante de la literatura menor en la España de la Restauración fue un auténtico colonizado, al que Unamuno conoció durante sus años de estudiante: el filipino José Rizal, que estudiaba por entonces Medicina en Madrid y asistía a algunas clases con el primo de Miguel, Telesforo de Aranzadi. A través de este y de uno de los profesores de la Facultad de Filosofía, Miguel Morayta, masón y republicano federal que introdujo a Rizal en su logia, trató Unamuno con el futuro líder nacionalista, por quien conservó siempre admiración y afecto (escribiría, como es sabido, el prólogo a la biografía de Rizal por Wenceslao de Retana, donde, por cierto, comparó a Rizal con Sabino Arana Goiri en términos muy elogiosos para ambos).
   Sin embargo –y al contrario que Morayta–, Unamuno no simpatizó con el anticolonialismo de Rizal. Lo que le fascinó en el médico filipino fue, por el contrario, su españolidad: el hecho de que hubiera adoptado el español como lengua literaria, en aparente detrimento del tagalo, su lengua materna. Es curioso que no reparase en que la elección lingüística de Rizal tenía un sentido –y una función– eminentemente políticos20.


III.
La invocación del nombre de Rizal

      En estas circunstancias, Unamuno tiene que pronunciar unas palabras ante la cúpula militar en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, para lo cual redacta unas notas improvisadas en una carta: “guerra, internacional, occidental, cristiana, vencer y convencer, independencia, odio y compasión, lucha, unidad, catalanes y vascos, cóncavo y convexo, imperialismo, lengua, ni la mujer, odio inteligencia que es crítica y diferenciadora inquisitiva no inquisidora, Rizal...21.
      Pueden haber dudas sobre qué dijo exactamente Unamuno ese día, pero no en cuanto al talante de esta sucesión de palabras. Tampoco parece que hay dudas de su voluntad premeditada por mencionar la figura del escritor y mártir filipino (“San José Rizal” lo llamó Unamuno22). Y tampoco parece que el profesor fuera inconsciente sobre lo que esta mención suponía. Varias décadas antes Gómez de la Serna enuncia de forma contundente la transcendencia política del fusilamiento de Rizal en la política española:





¡Hay dos Españas! Una grande, generosa, con cualidades legendarias ensalzadas en todo el planeta, con sus legiones de caballeros, héroes en el hogar, en el mundo, sacrificando serenos la vida por un amor, por una idea, por una disciplina militar o científica: la España que amó Rizal hasta su muerte, por la que pidió ir a Cuba para asistir en los hospitales a nuestros heridos, y hacia donde se dirigía oficialmente cuando le apresaron… Y otra España, negra, la que le apresó en esa hora gloriosa de su vida; España cada vez más reducida, que forman malos e ineptos, crueles y fanáticos, cabezas sin honra y honras sin cabeza, con la que no hay que tener ni la complicidad del silencio23.

      Unamuno invoca el nombre de Rizal como símbolo de un hombre asiático educado por una España, y fusilado por otra. La construcción del mito rizaliano ya se había fraguado desde hacía décadas a nivel mundial, y el pensador vasco había sido partícipe directo de las reflexiones sobre Rizal en suelo español. Sabía perfectamente las consecuencias que la invocación del nombre de Rizal, el Día de la Raza, ante militares que habían estado en Filipinas, iban a producir. Y efectivamente, ante el nombre de Rizal, se produjo el alboroto. Eugenio Vegas Latapie, testigo del evento, señala: “Y fue exactamente el momento en que Millán Astray se puso en pie y lanzó un grito, ahogado en parte por la gran ovación con que fue acogido. Pero yo lo oí perfectamente decir: “―Muera la intelectualidad traidora”.
      Como es bien sabido, Luis Portillo ficcionalizó el suceso según sus particulares y legítimos intereses literarios24. Lo que no es tan conocido es que el suceso —al margen de las palabras que se dijeran o no— se produjo por la invocación del nombre de Rizal:




En El País de ayer domingo venía un artículo de Lola Galán, “Unamuno, sin leyenda”, a propósito de la publicación de la biografía del escritor vasco escrita por Jean-Claude Rabaté. Al hablar del famoso discurso de Unamuno en Salamanca, ante Millán Astray, el 12 de octubre de 1936, dice Rabaté que nunca se sabrá lo que realmente dijo el escritor. Los historiadores han tratado de reproducir sus palabras de su improvisada intervención, “pero, inexplicablemente ha quedado olvidada durante cuatro décadas la mención a José Rizal, dice Rabaté”. Rizal, silenciado25.

      Rizal construyó todo un mundo intelectual para revelar la etiología del sistema colonial, tanto del colonizado como del colonizador, pues como decía: “los esclavos de hoy serán los tiranos de mañana”. Nada transcendió en la metrópolis, como no transcendió su fusilamiento, más allá de las notas mandadas por Santiago Mataix, y escuetas reseñas minusvalorando su figura.
      En el contexto de una España actual que parece haber suturado las heridas del pasado, los españoles podrán seguir debatiendo sobre los sucesos de Salamanca y el último discurso de Miguel de Unamuno, y sobre lo que exactamente sucedió o no, pero seguirán sin discernir la realidad del mito mientras no se vaya al fondo del asunto. Para ello sería recomendable leer a José Rizal.

_______________________
1  I. Donoso y Aarón Jaén, Crónicas de Santiago Mataix sobre la Revolución filipina y la muerte de José Rizal, Alcoy, Archivo municipal, 2018, p. 62.
2  Ibid., p. 68.
3  Ibid., p. 155.
4  Ibid., p. 158.
5  W. E. Retana, Vida y escritos del Dr. José Rizal, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1907, p. 491.
6  El Aralar. Diario católico-fuerista, 6 de diciembre de 1986, núm. 836, portada.
7  Eugenio Vegas Latapie, Memorias políticas (II): 1936-1938. Los caminos del desengaño, Madrid, Tebas, 1987, pp. 108-109. Véase también el reciente trabajo de Severiano Delgado Cruz, “Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca”, alojado en el repositorio documental de la Universidad de Salamanca.
8  Así puede verse en su prosa ensayística: José Rizal, Prosa selecta. Narraciones y Ensayos, edición de I. Donoso, Madrid, Verbum, 2012.
9  Prólogo de Javier Gómez de la Serna, en W. E. Retana, Vida y Escritos del Dr. José Rizal, Madrid, ob. cit., p. viii.
10  La Esquella de la torratxa: periódich satírich, humorístich, il-lustrat y lilterari, 9 de febrero de 1900, núm. 1100, p. 93.
11  Sector que hizo todo lo posible por no verse acusado de las consecuencias políticas del 98. Así, cuando en 1903 se desata en el país la cuestión Nozaleda, el diputado liberal Santiago Mataix (en una pirueta ideológica sorprendente) se convierte en acusador del sector clerical como el gran responsable de la pérdida de Filipinas. Véanse Donoso y Jaén, ob. cit., pp. 40-41; y Juan Hernández Hortigüela, Proceso político contra el último de Filipinas, Sevilla, Punto Rojo, 2017.
12  Apolinario Mabini, La Revolución filipina (con otros documentos de la época), Manila, Bureau of Printing, 1931, p. 311.
13  Existen numerosas biografías sobre José Rizal, desde prácticamente todos los puntos de vista: Austin Craig, Lineage, Life and Labors of José Rizal, Philippine Patriot. A Study of the Growth of Free Ideas in the Trans-Pacific American Territory, Manila, Philippine Education Company, 1913; Carlos P. Quirino, The Great Malayan. The Biography of Rizal, Manila, Philippine Education Company, 1940; Rafael Palma, Biografía de Rizal, Manila, Bureau of Printing, 1949 (traducción inglesa: The Pride of the Malay Race. A Biography of José Rizal, Nueva York, Prentice-Hall, 1949); Sixto Y. Orosa, José Rizal: el héroe nacional filipino, Manila, Nueva Era, 1956; León María Guerrero, The First Filipino: A Biography of José Rizal, Manila, Instituto Histórico Nacional, 1963; Austin Coates, Rizal. Philippine Nationalist and Martyr, Hong Kong, Oxford University Press, 1968 (traducción española: Rizal, nacionalista y mártir filipino, Madrid, Agencia Española de Cooperación Internacional, 2006); José Barón Fernández, José Rizal: médico y patriota filipino, Madrid, Manuel L. Morató, 1980 (traducción inglesa: José Rizal, Filipino Doctor and Patriot, Manila, San Juan Press, 1981); Antonio M. Molina, Yo, José Rizal, Madrid, Agencia Española de Cooperación Internacional, 1998; José Ricardo Manapat, Las biografías de Rizal: un estudio crítico de las obras biográficas escritas desde 1897 hasta el 2000, Universidad de Filipinas, Quezon City, 2001 [tesis inédita]; y Asunción López Bantug, Lolo José: An Intimate and Illustrated Portrait of José Rizal, Quezon City, Vibal Foundation, 2008.
14  Gloria Cano, “Wenceslao Retana Revisited: A New Historical Assessment”, en I. Donoso (ed.), More Hispanic than We Admit. Insights into Philippine Cultural History, Quezon City, Vibal Foundation, 2008, pp. 263-301.
15  Epílogo de Miguel de Unamuno a Retana, ob. cit., 1907, p. 484.
16  Antonio Abad, “El tema de Rizal”, en A Rizal Anthology (A Selection of winning literary pieces from various contests held under the auspices of the José Rizal National Centennial Commission), Manila, Instituto Histórico Nacional, 1994, p. 329.
17  Comenzando por los principales poetas de la Revolución filipina contemporáneos a Rizal: José Palma, Pacífico Victoriano y Cecilio Apóstol. Alfredo S. Veloso recogió en antología los principales poemas en honor de Rizal: Return from Oblivion. Poems to Rizal, Manila, Asvel, 1962.
18  Aquí se sitúa una de las críticas más incisivas realizadas a la obra de Rizal, la de Retano Constantino: “In his time, the reformist Rizal was undoubtedly a progressive force. In many areas of our life, his ideas could still be a force for salutary change. Yet the nature of the Rizal cult is such that he is being transformed into an authority to sanction the status quo by a confluent of blind adoration and widespread ignorance of his most telling ideas”, en “Veneration without Understanding”, Dissent and Counter-Conciousness, Quezon City, [s.n.], 1970, pp. 125-145.
19  Véase Alda Blanco, “Miguel de Unamuno y José Rizal: una lectura desde la periferia”, Revista de Occidente, 1998, núm. 210, pp. 65-74.
20  Jon Juaristi, “Unamuno, el aldeano que aprendió griego”, ABC, 29 de septiembre, 2014.
21  “Apuntes de Miguel de Unamuno para su discurso del 12 de octubre de 1936”. Casa Museo Unamuno.
22  Retana, ob. cit., p. 497.
23  Prólogo, Javier Gómez de la Serna, en Retana, ob. cit., p. vii.
24  Luis Portillo, “Unamuno's Last Lecture”, Horizon, diciembre, 1941, pp. 394-400
25  Jorge Ordaz, “Unamuno y Rizal: silencios”, Obiter Dicta, publicado el 10/19/2009: http://www.jorgeordaz.com/2009/10/unamuno-y-rizal-silencios.html



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Fig. 1: Portada de W. E. Retana, Vida y escritos del Dr. José Rizal,
Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1907


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Fig. 2: “Apuntes de Miguel de Unamuno para su discurso del 12 de octubre de 1936”.
Casa Museo Unamuno. Puede verse el nombre de Rizal en letra de Unamuno
en la esquina inferior izquierda.