portada          invierno 07-08          archivos         enlaces          contactar

 

 

 

 

 

Biblioteca de Crítica Literaria Filipina

Número Primero

 

 

 

 

I. Introducción

Isaac Donoso Jiménez

 

II.  José Rizal: El consejo de los dioses.

Edición de Isaac Donoso Jiménez

 

 

 

JOSÉ RIZAL

 

EL CONSEJO DE LOS DIOSES

(Alegoría)

 

Lema: —Con el recuerdo del

pasado entro en el porvenir

 

R

eunidos estaban un día los dioses y las diosas, por orden de Júpiter, en la deliciosa cumbre del Olimpo. Brillante era la reunión: una luz pura y viva les inundaba, al par que la brisa, suave y fresca, meciendo sus cabellos, agitaba sus porosos vestidos, en tanto que una delicada fragancia saturaba el transparente espacio de celestiales olores.         

Júpiter, sentado en su trono de oro y piedras preciosas y llevando en la mano el cetro de ciprés, tenía á sus pies al águila, cuyo plumaje de acero reflejaba mil diversos colores: los rayos, sus terribles armas dormían silenciosamente en el suelo, porque si despertaban, eran capaces de incendiar el Olimpo. Á su derecha está su esposa, la celosa Juno, altiva diosa de la refulgente diadema y el vanidoso pavo real, cuyo vistoso plumaje desafiaba al sol mismo: a su izquierda se sentaba la sabia Palas, hija y consejera, adornada de su casco y terrible égida, ciĖendo el verde olivo y sosteniendo gallardamente su pesada lanza. Formando severo contraste estaba Saturno acurrucado, y mirando desde lejos tan hermoso grupo. En gracioso desorden hallábanse la hermosa Venus, recostada en un lecho de rosas, coronada de oloroso mirto, y acariciando al Amor; el divino Apolo, que pulsaba blandamente su lira de oro y nácar, regalo de las Nereidas, y jugando con las nueve hermanas, mientras que Marte, Belona, el esforzado Alcides y alegre Momo cerraban aquel círculo escogido.

Llegó Mercurio, y quitándose de la cabeza el gorro frigio, así le habló a Júpiter:

  —He cumplido ya tus mandatos, soberano padre; Neptuno y su corte no pueden venir, pues temen perder el imperio de los mares, á causa del actual arrojo de los hombres; Vulcano aún no ha terminado los rayos que le encargaste para armar al Olimpo y los está concluyendo; en cuanto á Pluton ...

 —ŃBasta!, interrumpió Júpiter; tampoco los necesito. Hebe, y tú, Ganímedes, repartid el néctar para que beban los inmortales.

Mientras aquellos llenaban su cometido llegaron Baco y Sileno, éste á pié y aquél montado en una burra con el tirso en la mano y verdes pámpanos en las sienes, cantando:

    «El que vivir desea

y divertirse,

abandone á Minerva:

mis viĖas cuide...»

 

  —ŃSilencio!, gritó la diosa de la Sabiduría; ņno ves que el poderoso Júpiter ha de hablar?

  —ņY qué?, contestó IsleĖo; ņse ha enfadado el vencedor de los Titanes? Los dioses toman el néctar: por consiguiente, puede cualquiera expresar su alegría de la manera como le plazca; pero ya veo que mi discípulo te ha ofendido y tomas por pretexto ...

  —Defiéndele, Sileno, gritó Momo con voz socarrona, por que no digan que tus discípulos son unos impertinentes.

Minerva iba a replicar; pero Júpiter la contuvo con un gesto.

Entonces manifestó Minerva su desprecio con una sonrisa tan desdeĖosa que alteró la delicada severidad de sus hermosos labios.

Después de tomar los dioses todos de la inmortal bebida, Júpiter comenzó á hablar de esta manera:

  —Hubo un tiempo, excelsos dioses, en que los soberbios hijos de la tierra pretendieron escalar el Olimpo y arrebatarme el imperio, acumulando montes sobre montes, y lo hubieran conseguido, sin duda alguna, si vuestros brazos y mis terribles rayos no los hubieran precipitado al Tártaro, sepultando á los otros en las entraĖas de la ardiente Etna. Tan fausto acontecimiento deseo celebrar con la pompa de los inmortales, hoy que la Tierra, siguiendo su eterna carrera, ha vuelto á ocupar el mismo punto en su órbita, donde giraba entonces. Así, que yo, el Soberano de los dioses, quiero que comience la fiesta con un certamen literario. Tengo una soberbia trompa guerrera, una lira y una corona de laurel esmeradamente fabricadas: la trompa es de un metal, que solo Vulcano conoce, más precioso que el oro y la plata; la lira, como la de Apolo, es de oro y nácar, labrada también por el mismo Vulcano, pero sus cuerdas, obra de las Musas, no conocen rivales, y la corona, tejida por las Gracias, del mejor laurel que crece en mis jardines inmortales, brilla más que todas las de los reyes de la Tierra. Las tres valen igualmente, y el que haya cultivado mejor las letras y las virtudes, ese será el dueĖo de tan magníficas alhajas. Presentadme, pues, vosotros el mortal que juzguéis digno de merecerlas.

Calló Júpiter, y Juno, levantándose orgullosa, tomó arrogantemente la palabra diciendo:

  —Júpiter, permíteme que hable la primera, como tu esposa y madre de los dioses más poderosos. Ninguno mejor que yo podrá presentarte el mortal más perfecto que el divino Homero. Y á la verdad, ņquién osará disputarle la supremacía, así como ninguna obra puede competir con su Iliada, valiente y atrevida, y su reflexiva y prudente Odisea? ņQuién, como él, ha cantado tu grandeza y la de los demás dioses, tan magníficamente como si nos hubiera sorprendido en el Olimpo mismo y asistido á nuestras asambleas? ņQuién contribuyó más á que el odoro incienso de la Arabia se quemase abundantemente ante nuestras imágenes y se nos ofreciesen pingües hecatombes, cuyo sabroso humo, subiendo en caprichosos espirales, nos era tan grato que aplacaba nuestras iras? ņQuién, como él, refirió las batallas más sublimes en más hermosos versos? Él cantó á la divinidad, al saber, á la virtud, el valor, al heroísmo y á la desgracia, recorriendo todos los tonos de su lira. Sea él el premiado; pues creo, como cree el Olimpo entero, que ninguno se ha hecho más acreedor á nuestras simpatías.

  —Perdona, hermana y esposa del grandioso Jove, contestó Venus, si no soy de tu respetable opinión. Y tú, Júpiter, visible tan sólo para los inmortales, sé propicio á mis súplicas. Ruégote no permitas que al cantor de mi hijo Eneas le venza Homero. Acuérdate de la lira de Virgilio, que cantó nuestras glorias y moduló las quejas del amor desgraciado; sus dulcísimos y melancólicos versos conmueven el alma: él alabó la piedad, encarnada en el hijo de Anchises: sus combates no son menos bellos que los que se efectuaron á los pies de los muros troyanos; Eneas es más grande y piadoso que el iracundo Aquiles: en fin, en mi sentir, Virgilio es muy superior al poeta de Chío. ņNo es verdad que él llena todas las cualidades que tu sagrada mente ha concebido?

Dijo, y se acomodó graciosamente en su lecho, cual la graciosa Ondina que, medio reclinada en blanca espuma de las azules olas, forma la joya más preciosa de un hermoso y poético lago.

 —ŃCómo!, replicó airada Juno; Ńcómo el poeta romano ha de ser preferido al griego! ņVirgilio, imitador tan sólo, ha de ser mejor que Homero? ņDe cuándo acá la copia ha sido mejor que el original? ŃAh, hermosa Venus! (En tono desdeĖoso). Veo que estás equivocada, y no lo extraĖo; porque no tratándose de amores no estás en tu juicio; además, el corazón y las pasiones jamás supieron discurrir. Deja el asunto; te lo suplico por tus innumerables queridos ...

 —ŃOh, bellísima Juno, tan celosa como vengativa!, interrumpió ruborizada Venus; á pesar de tu buena memoria, que siempre se acuerda de la manzana de oro que injustamente fué negada á tu renombrada y nunca bien ponderada hermosura, miro con disgusto que te olvides de lo groseras que nos ha hecho tu favorito Homero. Empero, si por tu parte le encuentras razonable y verídico, sea esto en buen hora, y te felicito por ello; pero por lo que á mi me toca, los dioses del Olimpo digan ...

 —ŃSi!, interrumpió Momo; que digan que tú alabas á Virgilio, porque él se ha portado bien contigo; que Juno defiende á Homero, pues él es el cantor de las venganzas; que os hacéis mutuas caricias y atentos cumplidos. Pero, tú, Júpiter, ņpor qué no intervienes en las disputas y te estás allí, como el ignorante, que oye embobado las trilogías en las fiestas olímpicas?

 —ŃEsposo!, gritó Juno, ņpor qué permites que nos insulte así este monstruo deforme y feo? Échale del Olimpo, pues su aliento infesta. Además ...

 —ŃGloria á Juno, que nunca insulta, pues sólo me llama feo y deforme! cantó Momo.

Los dioses no pudieron contener la risa; Juno palideció, su frente se arrugó, y lanzando una fulminante mirada, exclamó:

 —ŃCalle el dios de la burla! ŃPor la laguna Stygia!... Pero dejemos eso, y hable Minerva, cuya opinión ha sido siempre la mía desde lejanos tiempos.

 —ŃSí!, dijo Momo; otra como tú ilustres mequetrefes, que os halláis allá donde no debéis estar.

Minerva aparentó no oirle, sino que, levantando su casco, descubrió su severa y tersa frente, mansión de la inteligencia, y con voz argentina y clara exclamó:

  —Te ruego me oigas, poderoso hijo de Saturno, que conmueves el Olimpo al fruncir tu ceĖo terrible, y vosotros, prudentes y venerandos dioses que presidís y gobernáis á los hombres, no toméis á mal mis palabras, siempre sometidas á la voluntad del donante. Si por acaso mis razones carecen á vuestros ojos de peso, dignáos rebatirlas y pesarlas en la balanza de la justicia. Hay en la antigua Hesperia, más allá de los Pirineos, un hombre cuya fama ha atravesado ya el espacio que separa al mundo de los mortales del Olimpo, ligera cual rápida centella. De ignorado y oscuro que era, pasó á ser juguete de la envidia y ruines pasiones, abrumado por la desgracia, triste destino de los grandes genios. No parece otra cosa sino que el mundo, extrayendo del Tártaro todos los padecimientos y torturas, los ha acumulado sobre su infeliz persona. Mas á pesar de tantos sufrimientos é injusticias no ha querido devolver á sus semejantes todo el dolor que de ellos recibiera, sino por piadoso y demasiado grande para vengarse, trató de corregirles y educarles, dando á luz su obra inmortal, el Don Quijote. Hablo, pues, de Cervantes, de ese hijo de la EspaĖa, que más tarde será su orgullo, y que ahora perece en la más espantosa miseria. El Quijote, su parto grandioso, es el látigo que castiga la risa; es el néctar que encierra las virtudes de la amarga medicina; es la mano halagüeĖa que guía enérgica á las pasiones humanas. Si me preguntáis por los obstáculos que superó, servíos escucharme un momento, y lo sabréis. Hallábase el mundo invadido por una especie de locura, tanto más triste y frenética cuanto más extendida estaba por las imbéciles plumas de imaginaciones calenturientas, cundía por todas partes el mal gusto y gastábase inútilmente en lecturas perniciosas, cuando hé aquí que aparece esa luz brillante que disipa las tinieblas de la inteligencia; y cual suelen las tímidas aves huir al divisar al cazador ó al oir el silbido de la flecha, así desaparecieron los errores, el mal gusto y las absurdas creencias, sepultándose en la noche del olvido. Y si bien es verdad que el cantor de Ilión, en sus sonoros versos, abrió el primero el templo de las musas, y celebró el heroísmo de los hombres y la sabiduría de los inmortales; que el cisne de Mantua ensalzó la piedad del que libró á los dioses del incendio de su patria y renunció á las delicias de Venus, por seguir tu voluntad; tú, el más grande de los dioses todos, y que los más delicados sentimientos brotaron de su lira, y su melancólico estro transporta á la mente á otras regiones; también no es menos cierto que ni uno ni otro mejoró las costumbres de su siglo, cual hizo Cervantes. Á su aparición, la Verdad volvió á ocupar su asiento, anunciando una nueva Era al mundo, entonces corrompido. Si me preguntáis por sus bellezas, á pesar de conocerlas yo, os envío á Apolo, único juez en este punto, y preguntadle si el autor del Quijote ha quemado incienso en sus inmortales aras.

Calló Minerva, y su límpida frente arrojaba resplandores. Apolo, sacudiendo su rubia cabellera, y como contestando á la interpelación indirecta, dijo:

  —Con el placer con que acojes en serena noche las quejas de Filomena, así serán gratas para tí mis razones, padre mío. Las Nueve Hermanas y yo leímos en los jardines del Parnaso ese libro de que habla la sabia Minerva. Su estilo festivo y su acento agradable suenan á mis oidos cual la sonora fuente que brota en la entrada de mi gruta umbría. (Os ruego no me tachéis de apasionado porque Cervantes me haya dedicado muchas de sus bellas páginas.) Si en la extremada pobreza, engendradora del hambre, la miseria y las desgracias, que al infeliz de continuo acosan, un humilde hijo mío ha sabido elevar hasta mi sus cantos y armonizar sus acentos, al ofrecerme un tributo mucho más bello y precioso que mi carro reluciente é indómitos caballos; si en la hedionda mazmorra, funesto encierro para mi alma que á volar aspira, su bien cortada pluma supo verter raudales de deslumbradora poesía, mucho más agradables y ricas que las linfas del dorado Pactolo, ņpor qué le hemos de negar la superioridad y no darle la victoria cuál á ingenio el más grande que los mundos vieron? Su Quijote es el libro predilecto de las Musas, y mientras festivo consuela á tristes y melancólicos, é ilustra al ignorante, es al mismo tiempo una historia, la historia más fiel de las costumbres espaĖolas. Opino, pues, con la sabia Palas, y me perdonen los otros dioses que de mi parecer no participan.

 —Si su mayor mérito consiste en haber soportado tantas desgracias, contestó Juno, pues en lo demás á ninguno aventaja, ni es que no sale vencido, diré también que Homero, ciego y miserable, imploró en un tiempo la caridad pública (lo que nunca ha hecho Cervantes), recorriendo pueblos y ciudades con su lira, única amiga, y viviendo en la más completa miseria. Esto bien lo recuerdas, ingrato Apolo.

—ņY qué? ņY Virgilio no ha sido también pobre?, exclamó la madre de Eros, ņNo estuvo mucho tiempo manteniéndose con un pan solo, regalo de César? La melancolía que se aspira en sus obras, ņno dice lo bastante cuánto debió haber sufrido su corazón sensible y delicado? ņHabrá padecido menos que el brillante Homero y el festivo Cervantes?

 —Sin duda, contestó Minerva, todo esto es cierto; pero vosotros no debéis ignorar que Cervantes fué herido y cautivo por muchos en el inhospitalario suelo del África, donde apuró hasta las heces el cáliz de la amargura, viviendo con la continua amenaza de la muerte.

Iba á inclinarse ya el sagrado fallo del olímpico Júpiter á las razones de Minerva y Apolo, cuando Marte, levantándose del asiento, con voz atronadora e iracunda exclamó:

 —ŃNo, por mi lanza! ŃNo! ŃJamás! ŃMientras una gota de sangre inmortal aliente en mis venas, Cervantes no triunfará. ņCómo permitir que el libro que echa al suelo mi gloria y ridiculiza mis hazaĖas se alce victorioso? Júpiter; yo te ayudé en otro tiempo: atiende, pues, ahora á mis razones

 

—ņOyes, justiciero Jove, aĖadió exaltado Juno, las razones del valeroso Marte, tan sensato como esforzado? La luz y la verdad campean en sus palabras. ņCómo, pues, dejaremos que el hombre, cuya gloria el tiempo respetó (y que lo diga Saturno), se vea pospuesto á ese advenedizo y manco, sarcasmo de la sociedad?

—Y si tú, padre de los dioses y de los hombres, dudas de la fuerza de mis razonamientos, pregunta á esos otros, si hay algo que se atreve a sostener los suyos con su brazo.

Y al decir esto, arrogante se adelantó al medio, desafiando á todos con su mirada y blandiendo su acero, que aplastaría con su peso al atleta más fornido.

Entonces Minerva con rostro altanero y mirada reluciente, dió un paso y exclamó con voz tranquila:

  —Temerario Marte; que te olvidas de los campos troyanos do fuiste herido por un simple mortal: si tus razones se fundan en tu espada, las mías no temerán combatirte en tu terreno. Pero para que no se me tache de imprudente, quiero demostrarte que te equivocas mucho. Cervantes siguió tus banderas, y te sirvió heroicamente en las aguas de Lepanto, donde su vida perdiera, si el Destino no le dedicase a un fin más grande. Si tiró la espada para coger la pluma, fué por la voluntad de los inmortales, y no por despreciarte, como tal vez te lo has imaginado en tu loco desvarío.—Y más blandamente aĖadió: —No seas, pues, ingrato, tú, cuyo magnánimo corazón es inaccesible al rencor y odiosas pasiones. Puso en ridículo la caballería; porque no era ya conveniente á su siglo; además, no son esas las luchas que á tí te honran, sino las batallas campales; tú lo sabes bien. Estas son mis razones, y si no te convencen, acepto tu reto.

Dijo, y cual suele caliginosa nube, cargada de rayos, acercarse á otra en medio del Océano cuando el cielo se encapota, así Minerva caminaba lentamente, embrazando su formidable escudo y enristrando la lanza, mensajera terrible de la destrucción. Tranquila era su mirada, pero aterradora: su voz tenía un sonido que infundía pavor. Belona, la dela tea incendiaria y el inexorable látigo, se puso al lado del iracundo Marte. Al ver esto Apolo, el hijo de Latona soltó la lira, cogió el arco, arrancó dela dorada aljaba una flecha que relució cual rayo durante la tempestad, y auxiliando á Minerva tendió el arco, dispuesto á disparar.

El Olimpo, próximo á desplomarse, se estremeció;, la luz del día se obscureció, y los dioses tiemblan. Enojado Júpiter blandió un rayo y gritó:

 —ŃA vuestros asientos, Minerva, Apolo: y vosotros, Marte y Belona, no irritéis mi cólera celeste!

Cual suelen las carniceras y terribles fieras, encerradas en jaula de hierro, obedecer sumisas á la voz del esforzado domador, así aquellos dioses ocuparon respectivamente sus puestos, amedrentados por la amenaza del hijo de Cibeles, quien, al ver su obediencia, más blandamente aĖadió:

 —Yo terminaré la contienda: la Justicia pesará los libros con su recta imparcialidad, y lo que ella diga, se seguirá en el mundo, mientras que vosotros acataréis su inmutable fallo.

Entonces, la Justicia, descendiendo de su asiento, se colocó en medio del concurso, sosteniendo su siempre imparcial balanza; mientras que Mercurio colocaba en los platillos la Eneida y al Quijote. Después de oscilar por mucho tiempo la aguja marcará al fin el medio, declarando que eran iguales.

Venus se asombró, pero calló; una sonrisa se dibujó en los labios de Juno, pero se disipó rápidamente cuando vió subir y bajar á los dos platillos donde el Quijote y la Iliada estaban.

Suspensos estaban los ánimos: ninguno hablaba, ninguno respiraba; el alegre Céfiro detuvo su vuelo, y sentándose en una rama aguardaba también la decisión del Destino. Al fin ambos platillos se detuvieron á una misma altura, y allí permanecieron fijos. Se asombraron todos los dioses.

En esto, Júpiter, con voz solemne, pronunció las siguientes palabras:

  —Dioses y diosas: la Justicia los cree iguales; doblad, pues, la frente, y demos á Homero la trompa, á Virgilio la lira y á Cervantes el lauro; mientras que la Fama publicará por el mundo la sentencia del Destino, y el cantor Apolo entonará un himno al nuevo astro, que desde hoy brillará en el cielo de la gloria y ocupará un asiento en el templo de la inmortalidad.

Apolo, pues, pulsando la lira, á cuyo sonido se iluminó el Olimpo, entonó el himno de gloria que resonó en aquellas alturas.

«ŃSalve, oh, tú, el más grande de los hombres, hijo predilecto de las Musas, foco de intensa luz que alumbrará á los mundos; salve! ŃLoor á tu nombre, hermosa lumbrera, en cuyo derredor girarán en lo futuro mil inteligencias, admiradoras de tu gloria! ŃSalve, grandiosa obra de la mano del Potente, orgullo de las EspaĖas; flor la más hermosa que ciĖe mis sienes, yo te saludo! ŃTú eclipsarás las glorias de la antigüedad; tu nombre escrito en letras de oro en el templo de la Inmortalidad, será la desesperación de los demás ingenios! ŃGigante poderoso, serás invencible! Colocado como soberbio monumento en medio de tu siglo, todas las miradas se encontrarán en tí. Tu brazo poderoso vencerá á tus enemigos, cual voraz incendio consume la seca pajilla. ŃId, inspiradas Musas, y cogiendo del oloroso mirto, laurel bello y rosas purpurinas, tejed en honor de Cervantes inmortales coronas! Pan, y vosotros, Silenos, Faunos y alegres Sátiros, danzad en la alfombra de los umbrosos bosques, en tanto que las Nereidas, las Náyades, las bulliciosas Ondinas y juguetonas Ninfas, esparciendo mil aromosas flores, embellecerán con sus cantos la soledad de los mares, las lagunas, las cascadas y los ríos, y agitarán la clara superficie de las fuentes en sus variados juegos!.»

 

Manila, 13 de abril de 1880 [1].

 



         [1] Edición desde W. E. Retana, Aparato bibliográfico de la historia general de Filipinas, Madrid, Minuesa de los Ríos, 1906, vol. 3, pp. 1581-1586.

         Publicada por primera vez en Revista del Liceo Artístico-Literario de Manila, 23 de abril de 1880, p. 41; después en El Comercio, Manila, 31 de diciembre de 1900. Cf. W. E. Retana, Vida y escritos del Dr. José Rizal, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1907, p. 459.

         Recientemente ha sido editada por la editorial Linkgua [www.linkgua.com], aunque no en su versión original que presentamos, sino en el arreglo teatral de Lope Blás Hucapte, Manila, Imprenta y Taller de encuadernación del “Día Filipino”, 1915.